Capítulo 10. Mariano
G len conduce las dos horas enteras sin poner música, que es su manera de darme espacio, y sin dejar de mirarme por el retrovisor, que es su manera de no dármelo.
—Si sigue apretando así la mandíbula, señor, llegamos con una factura de dentista.
—Conduce.
—Hay café en el termo. Del suyo.
—¿Desde cuándo tenemos termo?
—Desde que usted tiene sentimientos, señor. Me pareció el momento.
El Hudson aparece y desaparece entre los árboles, gris como una junta de accionistas. Después la autopista se rinde, empieza una carretera de dos carriles con nieve sucia en los bordes, y el navegador anuncia el pueblo con el entusiasmo de quien anuncia una avería.
El pueblo entero cabe en una calle principal: una ferretería, una cafetería con una vaca de plástico en la puerta, una gasolinera con un cartel escrito a mano. Ni un edificio de más de dos plantas. Miro este sitio con mis ojos de arquitecto y mis ojos de arquitecto piden la baja.
Una boñiga congelada decora la acera como una escultura municipal. Mi abrigo cuesta más que ese tractor aparcado, y aquí eso no es un mérito: es un defecto de fábrica. Vale, Ferrante. Respira. Has venido a mirar, no a opinar.
Y aquí vive ella. La mujer que gestionaba mi imperio con tres teléfonos eligió el único lugar del estado donde no hay nada que gestionar.
¿Qué hace ella aquí? Esa cabeza organizaba tres continentes antes del almuerzo. Este pueblo no le da trabajo ni para un lunes.
O donde nadie la encuentra. La idea me llega sola y no me gusta cómo se sienta.
La casa está en una calle con arces pelados, la tercera a la derecha. Porche de madera que pide pintura, una cerca torcida con dignidad, un tobogán de plástico rojo asomando de la nieve.
Un tobogán.
—Aparca aquí —digo tres casas antes.
—¿Quiere que...?
—Quiero que aparques.
—Aquí tiene mi número —dice, muy serio—. Por si lo secuestra una vaca.
Glen lleva años esperando el día de poder hacer chistes. Ha elegido hoy. No pienso pagárselo.
Bajo del coche solo. El aire huele a leña y a frío limpio. Mis zapatos de suela de cuero resbalan en la primera placa de hielo, y me agarro a una farola con toda la elegancia disponible. En este pueblo hasta la acera opina de mí.
Y entonces los oigo.
Risas. Pequeñas, agudas, de esas que no se compran.
En el jardín de la casa hay tres figuras. Dos diminutas, embutidas en monos de nieve, una azul y otra roja, con las mejillas encendidas por el frío. Y un hombre grande, de espaldas, con gorro de lana y una parka abierta sobre una camisa de cuadros.
De cuadros. Están haciendo un muñeco de nieve. Torcido, con una zanahoria en mitad de la frente, porque el niño del mono azul la ha clavado ahí con autoridad y el hombre grande se ha reído y la ha dejado donde estaba.
Me quedo al otro lado de la calle, junto a la farola, con el vaho saliéndome como a un idiota al ralentí.
Ahí está. La teoría, en alta definición. El decente que madruga, el que hace muñecos de nieve un sábado. Dos horas de coche para venir a verle la espalda al hombre de la casa. Y ella está feliz. Compruebo la dirección en el teléfono, dos veces. Es esta.
Me tendría que dar la vuelta. Subirme al coche, decirle a Glen que arranque, archivar este pueblo con el resto.
No me muevo. La niña del mono rojo se ha caído de culo en la nieve y se levanta sola, sin llorar, sacudiéndose las manoplas con una paciencia de relojero, y no puedo dejar de mirar cómo lo hace.
La puerta de la casa se abre.
Y sale Carolina. Y se me olvida respirar.
Un jersey gris, una bufanda a medio poner, una taza humeante en la mano. El pelo recogido de cualquier manera. Tres años más y ninguno le ha cobrado nada.
Se me olvida el frío, la farola y la teoría.
—¡La merienda! —grita hacia el jardín—. ¡El muñeco puede esperar, tiene más abrigo que voso...!
Me ve.
La frase se le muere en el aire. La taza se le inclina y el café dibuja una línea marrón en la nieve del porche, y ella ni lo nota. Durante medio segundo, le pasa por la cara otra cosa.
Después llega el pánico y lo tapa todo.
El hombre de los cuadros se gira, me ve y viene hacia mí por el jardín con la pala al hombro, tranquilo como un domingo.
—¿Busca a alguien? —Y antes de que conteste, me repasa de arriba abajo: el abrigo, los zapatos de ciudad, el coche negro tres casas más allá—. Usted es de la ciudad, amigo de Caro.
—Se nota, ¿verdad?
—Se oye. Los zapatos. —Me tiende una manaza—.
Bob. Vivo ahí enfrente. —Señala con la pala una casa con un trineo en el porche—.
Oiga, ya que está: mi mujer le manda saludos a Carolina.
Lo de los papeles de la casa quedó todo en orden, al final.
Marta dice que esa mujer entiende más que el notario del condado y no cobra ni un bizcocho.
Su mujer. Marta. La casa de enfrente.
El aire me sale de golpe, largo, en una nube de vaho que Bob interpreta como frío. Un vecino. Solo un vecino.
—Se lo diré —contesto, y me sale casi amable.
—Bueno, los dejo, que la sopa no se hace sola. —Levanta la voz hacia el jardín—: ¡Campeones, mañana le ponemos los botones! —Y a mí, bajando el tono, con un guiño—: El de la zanahoria manda más que mi capataz.
Se va con su pala, cruzando la calle, a su casa y su Marta.
Y yo me quedo sin teoría y sin plan, delante de una cerca torcida.
Carolina ya está en la puerta del jardín, cerrándome el paso con el cuerpo entero, la taza abandonada en la barandilla del porche.
—Vete. —Lo dice bajo, para que el jardín no lo oiga—. Vete de aquí.
—Tres años sin vernos y me recibes como a un cobrador. ¡Buenas tardes, Carolina!
—¡Buenas! ¿Y cómo se recibe a un cobrador, Mariano? Tú sabrás. Tu familia manda a los suyos con carpetas de piel.
—De eso quiero...
—Tienes un minuto antes de que llame a la policía. En este pueblo tarda cuatro. Te dará tiempo a llegar al coche, si corres con esos zapatos.
—... hablar. Ya he probado la acera, gracias.
Se le escapa medio milímetro de comisura. Lo caza al vuelo y lo fusila. Pero yo lo he visto, y ella sabe que lo he visto, y eso la enfada el doble.
—¿Qué quieres?
—Saber por qué la mujer más honesta que he tenido en nómina se inventó una tía enferma para desaparecer del mapa.
—Mi tía existe.
—Tu tía existía en los archivos de mi madre antes que en mi despacho. —Doy un paso hacia la cerca—. Los he leído, Carolina. Página a página.
Se abraza a sí misma. No sé si es el frío o soy yo, y no sé cuál de las dos opciones me gusta menos.
La miro de verdad por primera vez en tres años.
La melena color miel recogida de cualquier manera, con dos mechones sueltos que en mi despacho jamás se habría permitido.
La cara más delgada. Y los ojos del color del río en deshielo, verdes y grises a la vez, que antes repasaban mis contratos buscando erratas y ahora me miden a mí, buscando la salida.
Está más guapa que en mi memoria. Y mi memoria no es generosa: es exacta.
Y entonces noto el tirón en el abrigo. Abajo.
La niña del mono rojo está a mi lado, fuera de la cerca. Me estudia desde un metro de altura, muy seria, con escarcha en las pestañas y una hoja seca y aplastada en la manopla. No dice nada. Mira mis zapatos, mi abrigo, mi cara. Se toma su tiempo, como una auditora con turno de mañana.
Y la cara que me está auditando la he visto antes. En un marco de plata, en el piano de Milán. En la foto de mi madre a los cinco años.
—Mia. —La voz de Carolina sale rota—. Ven aquí. Ahora mismo.
La niña no se mueve. Y yo tampoco. Estoy clavado al suelo, procesando. Termina su inspección, me clasifica en silencio y solo entonces vuelve con su madre, sin prisa, guardándose la hoja en el bolsillo como un recibo.
Yo ya estoy cruzando la puerta de la cerca.
—Mariano, no...
No la oigo. Cruzo el jardín nevado hasta el muñeco torcido, donde el niño del mono azul sigue trabajando, ajeno a todo, empujando nieve con un camión de juguete. Me acuclillo a su altura. El frío me cala la rodilla del pantalón y me da exactamente igual.
El niño levanta la cabeza.
Pelo negro asomando del gorro. Cejas serias, demasiado pobladas para esa cara. Y una nariz pequeña con un principio de curva que he visto toda mi vida: en mi padre, en mi abuelo, en el espejo.
El jardín se mueve, aunque sé perfectamente que no se mueve.
—Hombre —me informa el niño, y me ofrece el camión, por si sirvo para algo.
—Leo. —Carolina llega en tres zancadas y se pone entre los dos, con la niña ya en brazos—. Adentro. Con tu hermana. Sin discusiones.
—Camión.
—El camión también merienda. Adentro.
Los mete en casa con una mano que le tiembla, cierra la puerta del salón por dentro y vuelve al porche, y ahora sí que estamos solos, ella arriba y yo abajo, con un muñeco de nieve torcido de testigo.
—Tengo marido —dice.
—¿Cuál? —Me enderezo despacio—. ¿El de la pala? Acaba de irse a su casa. Con su mujer. Que te manda saludos, por cierto.
—Otro. Está de viaje.
—¿De viaje? —Algo se me enciende por dentro, italiano y antiguo—. ¿Y dónde viaja el hombre que deja a otro vecino haciendo muñecos de nieve con MIS HIJOS?
El control se me escapa. Respiro una vez. Dos.
—No son tus hijos.
—CAROLINA. —Y me calmo enseguida, porque veo su cara asustada.
Subo el primer escalón—. Mírale la nariz.
Es la mía. Las cejas son de mi abuelo Ferrante.
Y la niña... —se me cierra la garganta un segundo, la abro a la fuerza—.
La niña es mi madre en el piano de Milán.
Cuadro incluido. ¿Seguimos por las pestañas o pasamos directamente a los análisis?
Me has quitado dos años de verlos crecer, Carolina.
—No, no, no…
Y ahí la veo cambiar.
No es rabia. La rabia la aguantaría. Es miedo. Se pone blanca de golpe, retrocede hasta tocar la puerta con la espalda, y extiende un brazo hacia atrás, hacia la casa, como si pudiera taparla entera con una mano.
—No te los vas a llevar. —Le sale con la voz quebrada por abajo, de un sitio que no le conocía—. Firmé lo que quisisteis. Firmé todo. Desaparecí, no pedí un dólar, no salí en ninguna parte. Dile a tu apellido que el trato está cumplido. Pero a ellos no los tocáis.
—Yo no mandé ninguna carpeta. Y no sabía nada de lo que hace mi madre.
—Claro que no. Tú nunca mandas nada. Tú construyes, y ella limpia. Me lo explicó tu madre en mi salón, con tus palabras de por medio.
—¿Mis...?
La puerta se cierra. No de un portazo: la cierra despacio, con las dos manos, mirándome hasta el último centímetro de rendija, que es mil veces peor.
El pestillo suena. Y después suena otro.
Esta mujer me está cerrando la puerta con un inventario completo de cerrajería.
Me quedo en el porche, con el frío metiéndoseme por el abrigo, oyendo los cerrojos.
Y ahí, helado y expulsado, me acuerdo de por qué esta mujer me volvía loco.
Siempre fue así. Esa mirada baja de oveja mansa, el jersey gris, el moño torcido.
Y debajo, una loba con el inventario completo: los dientes, el genio y la puntería.
Cinco años viéndola bajar los ojos en mi despacho, y cada vez que los subía, te cobraba algo.
Hoy me ha plantado cara con dos crías detrás, sola, contra todo mi apellido, y me ha cerrado la puerta despacio para que doliera más.
Bajo los escalones esquivando la línea marrón de café congelado en la nieve. Paso junto al muñeco torcido, con su zanahoria en la frente, obra del jefe de obra más bajito que he conocido.
Y noto que estoy sonriendo. Solo, en mitad de un jardín nevado, con dos cerrojos recién echados a mi espalda. Sonriendo como un idiota.
Tengo dos hijos con Carolina. Y en su mirada había algo más que miedo. Lo he visto.
Y piense lo que piense la mujer de los cerrojos, decida lo que decida su miedo, van a tener todo lo mejor que existe. Empezando por un padre.
Saco el teléfono y marco.
—¿Ya has tirado el muro? —contesta Cassian.
—Tienen mi nariz. —Me apoyo en la cerca torcida, de espaldas a la casa, porque mirarla ahora mismo no es negociable—. Los dos, Cassian. Él tiene mi nariz y las cejas de mi abuelo. Ella tiene la cara de mi madre a los cinco años. Y Carolina cree que yo mandé el contrato.
Silencio en la línea. Largo.
—Enhorabuena, papá —dice al fin, serio como nunca le he oído—. Y ahora escúchame: no te vuelves a Nueva York sin ellos.
—No pensaba. —Miro la calle de arces pelados, el muñeco con la zanahoria en la frente, este pueblo imposible donde vive todo lo mío—. Voy a necesitar una casa aquí. Y un poco más de tiempo.
Glen me espera apoyado en el coche, comiéndose un bocadillo que no tenía al salir de Nueva York.
—La señora de la gasolinera. Invita la casa. —Lo envuelve con cuidado al verme la cara—. ¿Volvemos, señor?
—Necesito una casa en este pueblo. En venta o en alquiler, me da igual.
—Ya he preguntado. —Ni parpadea—. La casa grande de los Miller lleva años cerrada. La dueña es la señora del café.
—¿Cuánto llevas aparcado, Glen?
—Lo suficiente, señor. Este pueblo habla solo.