Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 9. Mariano
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Capítulo 9. Mariano

G len deja la carpeta sobre mi escritorio a las ocho y diez de la mañana, recién duchado y con cara fresca, que es exactamente la combinación que le pago.

Me encuentra donde me dejó anoche: en la mesa grande, con los planos de Hamburgo desplegados y el flexo encendido a plena mañana. Cuatro lápices gastados en fila. He corregido tres fachadas esta noche. Dos no necesitaban corrección.

—El contrato de Hamburgo, revisado —anuncia—. Para cuando deje de esperar. ¿Ha dormido?

—He desayunado. Es parecido.

Abro la carpeta con el café al lado.

Y no es Hamburgo.

Es papel viejo. Membretes de otra década, actas, minutas, piel gastada. Alguien en el registro ha confundido las cajas.

—Glen. —Levanto la carpeta con dos dedos—. ¿Esto te parece Hamburgo? Porque si Hamburgo tiene este aspecto, hemos comprado el edificio equivocado y tú...

Y ahí la veo.

Al pie de una página cualquiera, una firma inclinada, apretada, con la F clavada como un compás.

La conozco. Es la letra que firmaba mis castigos del colegio.

—...y tú me vas a dejar esta carpeta exactamente donde está —termino, en otro tono.

Glen parpadea, abre la boca, la cierra y desaparece con el instinto de supervivencia que también le pago.

Paso las páginas despacio. El café se enfría solo.

Acuerdos de confidencialidad. Media docena. Todos del bufete Anselmi, el de la familia, no el del estudio. Tres generaciones tomando acta de los asuntos de mi familia, cobrando por página y callando por vocación.

Y hay algo que no me cuadra. Dos de estos acuerdos tienen fecha anterior al problema que tapan. El bufete escribía el silencio antes de que pasara nada. ¿Cómo se sabe un secreto antes de que exista? Lo apunto. Todavía no sé dónde. Pero lo apunto.

Y detrás de cada acuerdo, una hoja. Un dossier.

Foto, nombre, dos párrafos. Una modelo de Múnich que no me suena de nada. Una abogada de la que recuerdo el perfume y ni una palabra más. Una tal Vanessa con tres líneas sobre sus «hábitos de gasto». Diez años de mi vida privada, fichados con memoria de notaria. Mejor que la mía.

Paso otra página.

El café se me queda a medio camino de la boca.

Acuerdo de confidencialidad. Referencia, dos letras: C.W. Fecha, veintisiete de diciembre.

La fiesta fue el veinticuatro.

Once páginas. Nada a la prensa, nada a la televisión, nada a nadie.

Y la cláusula cinco, la que alguien redactó con mucho cuidado y muy mala sangre: si de la relación mencionada resultaran hijos, y la paternidad quedara probada, el menor se criará en territorio de la familia Ferrante, bajo sus condiciones.

Paso las hojas de las otras. La cláusula cinco se repite en todas. Palabra por palabra.

Vuelvo a la de Carolina. Detrás, su hoja. Una foto de archivo del estudio, el pelo recogido, la barbilla alta. Dos párrafos fríos. «Sin familia relevante. Una tía en el norte del estado.»

La tía. La tía existía en los archivos de mi madre antes que en mi despacho.

Marco el número de Milán sin mirar el reloj. Mi madre está de vacaciones con mis abuelos. Allí es media tarde; da igual, para esto no hay horario comercial.

—Mariano. —Su voz llega planchada, sin una arruga—. Qué sorpresa tan previsible.

—La cláusula cinco. ¿Qué significa?

El silencio que sigue es corto, y aun así lo administra, como administra todo.

—Veo que has estado leyendo papeles viejos.

—¿Qué hiciste, mamá?

—Mi trabajo. —Ni se molesta en fingir—. Te vi la cara en esa fiesta de Navidad, hijo. La cara que le ponías a tu asistente cuando creías que nadie miraba. Y a la mañana siguiente la vi a ella cruzar tu lobby con el vestido de la noche anterior. No hizo falta ser notaria.

—Así que fuiste a su casa. Con abogados.

—Fui a proteger este apellido, que es lo que llevo haciendo cuarenta años mientras tu padre colecciona vinos y tú coleccionas edificios.

—Una pausa mínima—. Y no me mires así por teléfono.

Me aseguré, nada más. Y no solo con ella, si te sirve de consuelo: ya has visto la carpeta.

Tus amistades femeninas salen caras de blindar.

—¿Dossieres, mamá? —Me levanto, porque sentado no me cabe—. ¿Fotos? ¿«Hábitos de gasto»? ¿A cuánta gente has pagado para seguirme la vida?

—A la necesaria. —Ni un temblor—. ¿O ya no te acuerdas de aquella criatura de hace diez años? ¿La del club? Un mes más y firmabas tu ruina delante de un juez.

—¡Aquel caso fue una trampa! —Me oigo gritar y no lo corrijo—. Aquella cría tenía un abogado antes que carnet de conducir. Me tendieron la mesa entera, y lo sabes.

—Lo sé. Por eso llegué antes que el juez. —Su voz baja un grado, satisfecha—. Funciona así, hijo: tú vives, yo aseguro. Cuarenta años en ese reparto y no ha fallado nunca.

—Se acabó el reparto. —Voy hasta la ventana, con la ciudad ahí abajo sin enterarse de nada—. Mi vida la administro yo. Mis errores los firmo yo. Y si vuelvo a ver un dossier con mi nombre cerca, el próximo comunicado del estudio lo redacto yo. No te va a gustar el titular.

—Qué dramático. Igual que tu abuelo.

—Mejor que el abuelo: yo pago mis propios abogados. —Cojo aire—. Y una cosa más. Ella no era una amistad femenina, ni un objeto.

—No. —Por una vez, no discute—. Por eso el suyo lo redacté yo personalmente.

Cuelgo antes de decir algo que los Anselmi tendrían que archivar también.

Me quedo de pie junto a la ventana, con el teléfono caliente en la mano y la carpeta abierta en la página de su firma, pequeña y apretada, de tres días después de la fiesta.

Ella dimitió con una mentira que mi madre tenía fichada de antemano. Firmó ese papel sola, a los tres días, sin nadie al lado. Y desapareció sin dejar ni una dirección de reenvío.

El archivo está mal hecho. Y voy a rehacerlo en persona.

—Glen.

Aparece en dos segundos, con cara de haber oído la mitad y deducido el resto.

—¿Señor?

—Cancela la semana. Entera. —Cierro la carpeta y me la pongo bajo el brazo—. Y encuéntramela.

—¿A quién, señor?

—Carolina Winter. —El nombre me sale entero, en voz alta, después de tres años—. Empieza por el norte. El valle del Hudson.

* * *

La dirección me quema en el bolsillo interior desde las cinco de la tarde. Un papel doblado, con la letra de Glen: un pueblo del Hudson, una calle, un número. Y no la necesito, me lo sé de memoria.

Podría estar ya en el coche. En vez de eso, reservo mesa en Don Sandro y le escribo a Cassian dos palabras: cena, urgente.

Contesta con tres: pago yo, drama.

Sandro nos da la mesa del fondo, la de siempre, la que está lo bastante lejos de la cocina para hablar y lo bastante cerca para que huela a trufa. Cassian llega a las nueve, directo de su obra nueva.

Se sienta, deja el teléfono bocabajo, mira mi copa de vino sin tocar.

—Madre mía. ¿Quién se ha muerto?

—Nadie.

—Peor todavía. —Levanta dos dedos hacia Sandro—. Lo de siempre para mí, y para el señor un solomillo, que tiene cara de hambre.

La camarera nueva trae el pan. Morena, guapa, con un escote honesto y una sonrisa de propina asegurada. Se inclina más de lo que exige la cesta del pan. Cassian la sigue con la mirada hasta la cocina, silba bajito, y me mira a mí.

—Ni te has girado.

—Estoy casado con un proyecto.

—Estás enfermo, es lo que estás. —Parte el pan—. Antes hacías el escáner completo de la sala antes de sentarte. Radar Ferrante, lo llamábamos. Iren me tenía prohibido salir contigo sin supervisión. —Moja el pan en aceite—. ¿Desde cuándo no te llevas a nadie a casa?

—Cassian.

—Es una pregunta médica.

—Desde hace demasiado. —Doy un trago—. El apetito funciona. La carta no me gusta.

—Llevas años diciendo eso. —Me señala con el pan—. Y yo llevo años esperando a que me digas por qué.

Ahí está mi entrada. La estaba buscando desde las cinco de la tarde y me la sirve él, con aceite.

—¿Te acuerdas de tu despedida de soltero?

—Me acuerdo de partes. Me casaba a los tres días. Algo bebimos.

—La terraza. Las cuatro de la mañana. —Giro la copa por el pie—. Te hablé de mi asistente. La que dimitió.

—Ah, eso me acuerdo entero. —Deja el pan y se limpia los dedos, uno por uno, tomándose el tiempo—. Me contaste que se inventó una tía enferma para dejarte. Que habría encontrado algo mejor. Y te bebiste mi whisky del bueno con cara de auditoría.

—Y tú me llamaste idiota.

—Con cariño. Era mi despedida, estaba generoso. —Sonríe—. Y tú me contestaste una frase que guardo para el brindis de tu boda, si algún día haces el ridículo de tener una. Dijiste: «Es como una gripe. Se pasa».

—Me acuerdo.

—¿Y bien? Tres años. —Se recuesta, cruza los brazos—. ¿Cómo va la gripe?

—Tiene dos hijos.

El tenedor de Cassian se para a medio camino. Lo deja en el borde del plato, recto, y aparta el plato dos centímetros. Este hombre solo aparta la comida ante los divorcios de los amigos y los presupuestos rechazados.

—¿Quién tiene dos hijos?

—Ella. Carolina. —El nombre me sale más fácil con vino—. Vive en un pueblo del norte, con dos niños pequeños. Me lo soltó Raimon anoche en la inauguración, con tres copas encima. Y dice que no acepta ayudas.

—¿Sola con dos críos? —Frunce el ceño—. ¿Y el marido?

—No lo sé. Eso es lo que no me cuadra. —Doy otro trago—.

Y espera, que hay más. Esta mañana el registro me manda una carpeta equivocada.

Papeles de mi madre. Acuerdos de confidencialidad de una década, media docena, cada uno con su dossier: foto, nombre, hábitos de gasto.

Mis mujeres, Cassian. Fichadas como proveedores.

—Tu madre, como siempre, muy tradicional. —Lo dice como se confirma la lluvia.

—Y entre esos papeles, uno a nombre de Carolina. Firmado tres días después de la fiesta de Navidad. —Bajo la voz sin querer—. Todos llevan la misma cláusula: si de la relación resultaran hijos, se criarían en territorio de la familia Ferrante.

Cassian se pasa la mano por la cara, de la frente a la barbilla, y suelta entre los dedos una palabra de sus obras que Sandro, dos mesas más allá, decide no haber oído.

—¿La has llamado? A tu madre.

—Claro. ¿Sabes qué me ha dicho? —Imito el tono planchado—: «Tú vives, yo aseguro. Cuarenta años en ese reparto». —Dejo la copa—. Tiene fichada hasta la tía enferma. La tía estaba en sus archivos antes de que Carolina me la mencionara a mí.

—Espera. Para. —Levanta las dos manos, el gesto de parar una hormigonera—.

Ordéname esto. Ella se va con una mentira.

Tu madre le planta abogados y un papel sobre hijos hipotéticos a los tres días.

Y ahora resulta que hay dos niños de verdad, en un pueblo, sin padre a la vista. —Cuenta con los dedos—. ¿Edades?

—Pequeños. Dos, tres años. No lo sé.

—¿Y diciembre fue hace...?

—Tres años. —Le sostengo la mirada.

La camarera vuelve con los platos. Se inclina otra vez, sonríe otra vez. Cassian le da las gracias por los dos, porque yo estoy mirando el mantel como si fuera un plano de carga.

—Mírate. —Espera a que se vaya la camarera—.

Un escote de matrícula a medio metro y tú contando meses con la servilleta estrangulada.

¿Sabes qué le dije a Iren hace dos años?

Me preguntó por qué no se te conocía ninguna mujer, con lo que tú eras antes.

Y le dije: a Ferrante no lo dejó una secretaria.

A Ferrante lo dejó la mujer de su vida. Lo que pasa es que él todavía cree que era una secretaria.

—Se encoge de hombros—. Dos años después, ahí estás, estrangulando servilletas. Me debes una cena por el diagnóstico.

—Esta la pagas tú. Lo has escrito.

—Drama incluido, sí. —Corta su carne, mastica, me apunta con el cuchillo—. ¿Y ahora qué? Porque te conozco.

Saco el papel de Glen y lo dejo en el mantel, entre los dos.

—Mañana voy.

—Claro que vas. —Suspira—. ¿Y qué vas a hacer si la cuenta te sale a ti? Y si no te sale, ayúdala igual. Criar a dos críos sola no es fácil.

—Y ese contrato lo voy a quemar. —Lo decido en el momento exacto en que lo digo, y decidirlo me sienta mejor que el vino—. Pero primero necesito verle la cara.

—¿A ella o a los niños?

No contesto. Cassian asiente despacio, porque las respuestas que no doy también me las cobra.

—¿Postre? —pregunta Sandro desde la distancia prudente.

—Para mí no. Mañana madrugo.

—Dos tiramisús —corrige Cassian—. El suyo me lo como yo, pero que conste en la mesa. —Y cuando Sandro se va, levanta la copa hacia mí—: Por la gripe.

—Crónica.

—Idiota. —Sonríe entero, choca su copa con la mía—. Con cariño. Come, que mañana necesitas fuerzas.

* * *

Glen aparece en la puerta con el abrigo puesto y las llaves del coche en la mano, sin que nadie lo haya llamado.

—He cancelado Hamburgo, señor. Y la prueba del sastre.

—¿Y qué les has dicho?

—Asuntos de familia. —Me sostiene la puerta—. Técnicamente, ni he mentido.

En el ascensor me miro en el acero pulido: un tipo sin afeitar, con un papel doblado en el bolsillo interior del abrigo y una dirección apuntada con la letra de Glen. Un pueblo del Hudson, a dos horas y pico.

Voy a averiguar por qué me cambiaron por un pueblo sin semáforos.