Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 8. Mariano
25%

Capítulo 8. Mariano

L a rubia del vestido azul tiene una espalda bonita y la risa de cualquiera.

Es la inauguración del hotel de un cliente. Una terraza en Tribeca, camareros de guante, doscientas personas fingiendo que se caen bien. Yo he venido por contrato social: veinte minutos, dos manos estrechadas por millón facturado, y a casa.

Miro el reloj. Llevo cuarenta y no sé irme.

La rubia me abordó en el minuto ocho. Buen cuerpo, de gimnasio caro. Un vestido azul que se sujeta por fe. Un ático heredado que quiere «abrir a la luz». Y una mano que aterriza en mi antebrazo cada vez que se ríe, con intención de quedarse a vivir.

Se ríe mucho. Yo no he dicho nada gracioso en toda la noche.

Cuando se inclina a por su copa, el vestido me enseña exactamente lo que quiere que calcule. Soy hombre y soy arquitecto: lo mío son los volúmenes. Buenos cimientos, fachada cara, distribución generosa.

Hoy bostezo por dentro. En la terraza de mi propio edificio, con un whisky de treinta años intacto en la mano, delante de un escote de nota alta.

Mi propio edificio, porque Ferrante Holding levanta torres en nueve países: residencial, hoteles, dos aeropuertos en carpeta. El dinero viejo lo administra mi padre con el consejo. Yo dirijo el Estudio: la cabeza que dibuja todo lo que el holding construye.

Arquitecto jefe, planta cincuenta, y una regla que no delego: los números y los contratos de inversión de mis proyectos pasan por mi mesa. El que firma los planos, firma el dinero. Así nadie me cuenta cuentos.

El apetito funciona. La carta no me gusta. Ninguna carta de esta ciudad me gusta desde hace tiempo, y he probado media.

La rubia se gira hacia la barra. El ángulo del cuello me dispara hacia atrás sin permiso.

Aparto la vista. Muevo el hielo del vaso.

Pero el hielo sigue sonando, y mi cabeza sigue en lo suyo. Comparando. Es lo que hace desde hace tres años.

Comparo asistentes: por eso el mío ahora se llama Glen y tiene bigote.

En el segundo cajón de mi mesa sigue pegado su último pósit: «Hamburgo, 9:00. No les grite antes del café». La sustituta lo despegó una vez, para limpiar. Lo volví a pegar yo mismo, en el mismo ángulo, y nadie preguntó.

Y mi café lo tomo ahora con una nube de leche. En toda la planta cincuenta no hay un solo valiente que haya comentado eso.

Comparo cafés, y todos pierden.

Comparo cómo dicen que no las mujeres. Que es nunca. O demasiado tarde. O con una sonrisa que significa sí y una mano que ya va camino de mi cinturón.

Suelto el vaso en la barandilla. Basta.

—...¿verdad, Mariano? —remata la rubia.

—Verdad —contesto, sin tener ni idea de qué.

—¡Lo sabía! —Risa. Mano. Inclinación de cortesía del vestido—. Entonces, ¿me enseñas el ático?

A las once y media de la noche, los áticos se miran desde la cama. Los dos lo sabemos. Ella sonríe con toda la dentadura.

Me salva la campana. La campana lleva raya diplomática y dos copas.

Raimon Cross. Consultor inmobiliario, nos trae clientes desde hace años. Lengua rápida, y esta noche dos copas de ventaja sobre la terraza entera.

—Te robo al arquitecto, guapa. Negocios aburridos.

La rubia se va contoneando su tasación. Raimon la sigue con la mirada hasta el final del trayecto, sin disimular ni intentarlo.

—De nada —dice.

—No te he pedido nada.

—Tu cara sí. Llevaba diez minutos redactando un burofax. —Me planta una copa junto a la que no bebo. Mira las dos. Decide no comentarlo—. Aunque no te entiendo. Eso era un proyecto llave en mano.

—¿Querías algo, Raimon?

—Herzog pregunta por ti. Andan celosos con Hamburgo.

—Herzog puede llamarme al despacho.

—Herzog puede esperar sentado, querrás decir. —Bebe. Me estudia por encima del borde—. ¿Y tú qué? Te veo mejor. Menos... —hace un gesto de tormenta con la mano— que el año pasado.

—Estoy perfectamente.

—Ya lo veo. Whisky decorativo, sonrisa de catálogo, espantando herederas. —Cuenta con los dedos—. Perfectísimo. Para una foto de carnet.

—Raimon.

—¿Qué? Es cariño. Cariño facturable, pero cariño. —Se apoya en la barandilla, brinda consigo mismo. Y de pronto chasquea los dedos, con el impulso exacto de la tercera copa—. Oye, hablando de gente que te ponía firme. ¿Al final la encontraste?

—¿A quién?

—A tu Carolina.

El vaso me resbala medio centímetro en la mano. Lo recojo con dos dedos. El hielo tintinea una vez y se calla.

Tres años sin oír ese nombre en voz alta. Y este me lo suelta entero. Con posesivo.

—La de los archivos que nadie más entendía.

—Raimon levanta su copa hacia un recuerdo, ajeno a todo—.

Menuda pieza es esa mujer. ¿Lo sabías? Una vez le dije que ese jersey le sentaba de maravilla.

¿Sabes qué me contestó? Que mi tasación inmobiliaria también necesitaba revisión.

Todavía me duele. Era un piropo técnico.

—Raimon.

—¿Qué?

—¿Sabes algo de ella? —Dejo el vaso en la barandilla. Despacio. Las manos me piden hacer otra cosa con él—. ¿Dónde está ahora? ¿Seguís en contacto?

—Pues en el norte. —Parpadea, sinceramente confundido—. ¿No lo sabes? Un pueblo de esos del Hudson, no me acuerdo del nombre. Todo verde, todo vacas, cero vida inteligente. Le va bien, por lo visto. Con los niños y todo.

El ruido de la terraza baja de golpe. Como si alguien girase una llave.

Doscientas personas siguen hablando. Yo las oigo desde debajo del agua.

—¿Qué niños?

Raimon me mira por fin de frente. Le veo subir la sobriedad de emergencia, la que llega cuando el cuerpo entiende antes que el dueño. Deja su copa. Se estira la corbata.

—Los... —Traga—. Tiene dos hijos, Ferrante. Pensaba que lo sabías. Me lo contó una amiga suya hace tiempo. En una cena. Entre nosotros.

Dos hijos.

Dos. En menos de tres años. Qué rápida.

Qué eficiencia la del imbécil que la tenga. Cuándo. Con qué prisa. Con qué derecho.

—¿Cuántos años tienen?

—¿Y yo qué sé? Pequeños. Dos, tres. Oye, yo no...

Diciembre. La fiesta. La puerta lateral. «Es mi tía, está enferma.»

No. Freno la cuenta con las dos manos, como se frena una demolición mal calculada. Se casó. Camisa de cuadros, apellido corto, un perro.

—¿Casada? —La voz me sale plana, de obra—. ¿Con quién está?

—Ni idea. Mi amiga dijo que no acepta ayuda de nadie. Que es más terca que... —Se corta—. Ferrante. Ferrante, ¿adónde vas?

Pero algo me tira por debajo del esternón. Un cable que no sale en ningún plano.

¿Y si necesita ayuda? ¿Y si ese fracasado no puede ni mantenerla? Porque me acuerdo de su cara aquella última mañana. «No quiero desayuno.» Esa cara no era la de una mujer con otro esperándola en el norte. Era otra cara.

¿Y si está sola? ¿Y si el fracasado la dejó?

Cruzo la terraza. Dejo la copa en la primera bandeja que pasa. El camarero me dice algo educado que no oigo. La rubia me intercepta a medio camino, con la risa preparada y el vestido en ángulo de ataque. Me ve la cara. La risa se le apaga sola.

En el ascensor mastico la versión oficial. Se fue con otro. Se inventó una tía enferma y se fue al norte con algún imbécil madrugador. Dos hijos en tiempo récord. Perfecto. Que le aproveche el aire puro.

El ascensor baja veinte pisos. La cuenta me espera en el espejo, terca: dos, tres años.

Y una mujer que en cinco años no me mintió ni una vez.

Entonces, ¿por qué me escondió a ese novio?

No me cuadra. Nada me cuadra. Aquella noche yo lo habría dado todo.

Fui un idiota: esperé a que ella diera el paso en vez de darlo yo.

Pues ya está. Eligió a otro. Pero necesito saber que está bien. Solo eso.

Botón del garaje. Marco el número de Glen. Contesta al segundo tono, porque le pago exactamente para eso.

—¿Señor?

—Cancela todo de la mañana. Todo. —Las puertas se abren al hormigón, a mi coche solo bajo los fluorescentes—. Y te espero mañana en mi despacho.

Glen no pregunta nada. Por eso tiene bigote y trabajo.

Miro la ciudad pasar por la ventanilla, los semáforos en verde abriéndose como si la noche tuviera prisa por que yo llegue a alguna parte.