Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 4. Carolina #3
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Capítulo 4. Carolina #3

—Me puso un cheque en la mesa. De los que arreglan una vida entera. —Me miro las manos, dentro de las suyas—. Lo cogí, Holly. Un segundo. Lo cogí, ella puso cara de columna que cuadra, y lo solté. Mi único momento de gloria del trimestre.

—Ya. —Segunda vez, más oscuro, con los ojos yéndosele a la mesa como si el cheque siguiera ahí.

—Y hay una cláusula. La cinco. —Le devuelvo el apretón, ahora soy yo la que sujeta—. Dice que si «el objeto» se quedara embarazada, y se probara la paternidad, el niño se criaría en territorio de la familia Ferrante.

Ahí Holly no dice ya.

Ahí Holly me suelta las manos, se levanta, cruza mi salón hasta la ventana con su copa, vuelve, y el vino hace olas peligrosas todo el trayecto sin llegar a saltar, que es pura veteranía.

—¿Territorio? ¿Tutela? —Se lo dice al techo, a la lámpara, al edificio entero—. ¿Quién le escribe eso? ¿O estás embarazada? ¿Qué familia es esa, la Corleone con floristería?

—La que manda peonías de despedida. A mí ni eso: a mí me mandaron el bufete.

—¿Te hizo daño, Carolina? El muy cabrón.

—Físicamente, no. Pero me siento como una basura.

—¿Y sigues enamorada de él?

—No. Claro que no. —Holly me mira fija, sin parpadear, con la paciencia de quince años—. Sí. Peor que antes. Esa noche lo empeoró todo. Pero te juro que lo voy a olvidar. Desde ya.

—Ya.

—Pues escúchame bien. —Se planta delante de mí, me apunta con la copa, y por debajo del enfado le asoma la sonrisa torcida de los peores momentos, la de los exámenes perdidos—: Si algún día hay que esconderte de esa gente, tengo sitio.

La casita de mis padres, en un pueblo a dos horas al norte.

Sin cobertura, con un gallo psicópata y una vecina que lo ve todo.

Ni los abogados de Milán la encuentran en el mapa. Lo digo medio en broma.

—¿Y la otra mitad?

—La otra mitad también va en serio.

Me río con la cara todavía mojada. Ella me lanza el paquete de clínex desde la mesa, puntería de quince años, y se vuelve a sentar a mi lado, y el aire del salón pesa la mitad que hace diez minutos.

—Cinco años —dice al final, levantando la copa como una acusación—. Cinco años me juraste que no sientes nada y nunca va a pasar con ese hombre.

—No pasaba nada.

—Carolina.

—No pasaba nada. Hasta que pasó todo. —Me relleno la copa—. Una vez. Estadísticamente irrelevante. Una despedida, nada más.

—Tú no crees en la estadística ni para el tiempo. —Me quita la botella, me mira de cerca—. ¿Y ahora, vas a olvidarlo?

—Ahora, nada. Trabajo nuevo, vida nueva. Él a sus peonías y yo a mis entrevistas. Y a esa familia pienso olvidarla a la máxima velocidad legal.

Holly no contesta enseguida. Recoge las dos copas, las alinea, me deja mentir en paz, que es lo que hacen las mejores amigas, y apunta la mentira para más tarde, que es lo que hacen las mejores amigas también.

—Ya —dice al final. Solo eso.

Porque Holly discute los horóscopos, los precios del brunch y mis cortes de pelo, y lo que no discute, lo archiva. Muchos «ya» me he llevado esta noche: uno por el objeto, uno por el cheque, uno por el «lo voy a olvidar», y este último, el gordo, por la máxima velocidad legal.

* * *

El retraso, al principio, ni lo miro.

Estrés, dieta de fideos, la vida del revés. Cualquier calendario razonable se descuadra con menos. Pero pasa una semana, y después pasa otra, y el sujetador empieza a apretarme de una manera que no explica ningún fideo.

La prueba de embarazo la compro hoy por la mañana en una farmacia de otro barrio, con unas gafas de sol ridículas en pleno invierno. La cajera ni me mira. Yo miro la caja todo el camino a casa, en el fondo del bolso, como si fuera a explotar.

En el baño, dejo la prueba en el borde del lavabo y me siento en la tapa a contar azulejos. Hay uno con una grieta diagonal, casi bonita, y me concentro en esa grieta como si mi futuro estuviera escrito ahí y no en un plástico blanco.

La alarma de los tres minutos suena, y no me muevo. La apago y me quedo un minuto más, negociando con un palito.

Cuando por fin miro, ahí están.

Dos rayas. Nítidas, rosas, sin margen diplomático.

Me apoyo en el lavabo con las dos manos y dejo que la palabra entre entera.

Embarazada.

Del hombre que me dobló el vestido con esquinas perfectas y me archivó antes del desayuno.

No lloro, y eso me sorprende más que las rayas. Me lavo la cara, salgo del baño, pongo agua a hervir para un té que no me apetece, porque las manos necesitan un empleo mientras la cabeza hace su inventario.

Sola, sin trabajo, con seis meses de sobre y un inquilino nuevo. La calle ya está oscura, y no sé cuánto llevo con la taza fría en las manos.

Necesito hablar con alguien. Y de mi sangre queda exactamente una persona: la mujer que me crió, me enseñó a hacer cuentas y a no deberle nada a nadie.

Preparo otro té y marco el número de la tía Rosa con el té enfriándose al lado.

Contesta al segundo tono, con la tele de fondo y esa voz suya de siempre, la de que todo tiene arreglo menos la muerte.

—¡Niña! Qué casualidad, justo iba a llamarte yo. —Se ríe, y baja la tele—. Siéntate si estás de pie. Tengo noticias.