Capítulo 4. Carolina #2
—¿Sabe? La vi venir desde el principio. —Recoge sus guantes sin prisa, dedo a dedo, alisando cada uno—.
Cómo lo miraba usted. Con esos ojos de perro de anuncio.
Todo el edificio lo veía menos él, que nunca ve lo que tiene delante si no está en un plano.
—Se cuelga el bolso—. Hizo bien mi hijo en dejarla ir. Las empleadas enamoradas salen caras.
Podría contestar muchas cosas. Que él vino a buscarme a oscuras a un pasillo. Que el taxi lo rechazó él. Que la despedida la pidió él con los labios propios en mi cuello.
No contesto ninguna, porque todas suenan a defensa, y defenderse delante de esta mujer es declararse culpable.
—Yo no habría dicho nada a nadie —digo en su lugar, bajito—. Nunca. No hacía falta todo esto.
Por un instante, uno solo, algo le cruza la cara. No llega a ser duda: es su prima lejana, la que se recibe una vez al año por cortesía. Parpadea una vez de más, la primera de la visita, y lo despacha recolocándose el guante.
—Nadie hace falta hasta que hace falta. —Ya está en la puerta, y el joven se apresura a abrírsela y casi se lleva el paragüero por delante—. Que le vaya bien la vida, señorita Winter.
La puerta se cierra. Los trajes, el granate, el perfume, todo desaparece escaleras abajo, y yo me quedo de pie en mis cuarenta metros con una copia del acuerdo y las rodillas de gelatina.
Llego al sofá por las paredes, saco el helado de detrás del cojín y me lo como de pie, a cucharadas grandes, mirando la puerta, porque hay documentos que solo se digieren con azúcar.
Tres días ha tardado esta familia en mandarme once páginas y un cheque por una sola noche.
Y entre cucharada y cucharada, con el frío bajándome por el pecho, se me instala la pregunta que no me deja terminar la tarrina: si por una sola noche mandan once páginas y un cheque, ¿qué mandarían por algo más grande?
* * *
Dos semanas después, un viernes, Holly llega con una botella de vino de siete dólares y la autoridad de quince años de amistad.
Nos conocimos en la universidad, compartiendo un piso con calefacción intermitente y un casero fantasma. Ahora diseña interiores, sale con un fotógrafo que por fin no es idiota, y tiene la única llave de repuesto de mi casa.
Entra sin llamar, deja el vino en la mesa con golpe de subasta, se quita las botas de dos patadas y las deja donde caen, que es su firma desde el año uno.
—A ver. —Se sienta en mi sofá, sirve dos copas hasta donde no llegan las copas de la gente educada y me estudia—. Después de la fiesta… Tres semanas evitándome por teléfono. O estás enferma o hay hombre. Y tú me pones enferma.
—Holly...
—Ay, madre. —Deja la copa—. Es el jefe. Es el exjefe, ¿verdad? Dime que no es del jefe.
—No hay nada que contar. —Recojo sus botas del suelo y las pongo rectas junto a la puerta, porque mis manos necesitan un empleo mientras miento—.
Se acabó esa etapa. Dimití, me fui, y fue la decisión correcta.
Expediente cerrado. —Vuelvo al sofá, cojo mi copa, brindo sola—.
Mejor cuéntame tú. Las montañas. Quiero ver las fotos.
Holly me sostiene la mirada por encima del vino, con la cabeza ladeada un grado, como se mira un presupuesto que no cuadra.
Después decide concederme la tregua y saca el teléfono.
—Prepárate, porque hay material. —Pasa fotos con el pulgar, el brazalete tintineando a cada foto—.
Cabaña de madera, mira. Nieve de verdad, de la que cruje, no la papilla gris de aquí.
Este es Dave con el gorro de reno, abrazado al trípode como a un primogénito.
Esta es la chimenea. Y este señor del fondo...
—amplía con dos dedos— es un alce. Se plantó ahí la segunda mañana y nos miraba desayunar. Solemne, como un suegro.
—¿Y eso de la mesa?
—Fondue. Quemada. —Lo dice con orgullo—. Se nos quemó por besarnos en el peor momento logístico, nos la comimos igual, con vino, y fue la mejor cena de mi vida. —Pasa otra foto—. Y a las seis de la mañana mi chico se levantaba a fotografiar «la luz». La luz, Carolina. A las seis. En las vacaciones.
—Qué romántico.
—Eso pensé el primer día. El tercero ya era un diagnóstico.
Me río donde toca. Asiento donde toca. Y noto que sujeto la copa con las dos manos, demasiado fuerte, y que voy medio segundo tarde en cada risa, como el doblaje malo de una película, y que el vino no me baja del primer trago.
Holly sigue contando, más despacio con cada foto, vigilándome por encima del teléfono como se baja la música del coche para escuchar un ruido raro en el motor.
Y por dentro, mientras su alce mastica algo carísimo en la pantalla, se me monta sola la frase que llevo tres semanas desmontando: esta mujer durmió en el suelo de mi habitación cuando lo del apéndice.
Me sujetó el pelo en los peores baños de Brooklyn.
Si los formularios de urgencias tuvieran una casilla para «contacto del corazón», pondría su número de memoria.
Y le estoy sirviendo la versión de prensa con la cara planchada, como a una entrevistadora más de recursos humanos.
A tu gente no se le miente con la copa llena. Es de mala educación y encima no funciona.
—...y entonces le dije que o el trípode o yo, y el muy...
—Vino su madre.
Me sale así, en mitad de su frase, sin protocolo, y el salón se queda en silencio de golpe, con el alce congelado en la pantalla entre las dos.
Holly se detiene. Apaga el teléfono sin mirarlo y lo deja bocabajo en la mesa, sin ruido, que en ella es más grave que un portazo.
—¿La madre de quién, Carolina?
—Isabella Ferrante. En este salón, hace dos semanas. —Señalo con la barbilla el sitio exacto, junto a la mesa—. Ahí, de pie, con dos abogados y una carpeta granate. Me hizo firmar un acuerdo de confidencialidad de once páginas.
Lo digo con la voz en orden, administrativa, la voz de leer actas. La voz aguanta.
La cara no. Noto las mejillas encendérseme por fases, y un calor subiéndome por los hombros hasta el cuello, un calor de radiador viejo que no tiene nada que ver con el vino.
Y sé lo que está viendo Holly, porque me ha visto mentir sobre exámenes, sobre dietas y sobre un flequillo, y nunca con esta cara.
Holly deja su copa. Se levanta de su esquina del sofá, viene a la mía, se sienta en el borde de la mesa, de frente a mí, rodilla contra rodilla. Me quita la copa de las manos, la aparca junto a la suya, y me coge las dos manos con las suyas, frías del cristal.
—Cari. —Bajito, sin nada de teatro—. Mírame. ¿Hubo algo con él?
Y ahí se me acaba el acta.
—Sí. —Se me escapa como se escapan los pestillos viejos, de golpe, con marco y todo—. Sí, hubo.
No lloro con ruido. Es peor: las lágrimas salen solas, calladas, dos, tres, por la presión acumulada de tres semanas de espalda recta, y me las quito con el dorso de la mano, con rabia, porque yo no había autorizado esto.
Holly no dice «lo sabía». No dice «te lo dije». Me aprieta las manos y espera, que es lo más difícil que sabe hacer esta mujer, y se sienta encima de su propia lengua por mí.
—Una noche. La de la fiesta. —Trago—. A la mañana siguiente me archivó antes del desayuno. Y tres días después, su madre aquí, con el bufete. ¿Y sabes cómo me llama el documento, Holly? El objeto. «El objeto del presente acuerdo.»
—Ya. —Lo dice bajito, con la mandíbula adelantada, y ese «ya» pesa más que un discurso.