Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 5. Carolina
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Capítulo 5. Carolina

— Siéntate si estás de pie —repite la tía Rosa—. ¿Estás sentada?

—Estoy sentada. —Me siento—. Ya. Dispara.

—¿Te acuerdas de Iván? El de la calle de atrás, el que me arregló el porche cuando lo del granizo. El viudo.

—El de los tomates.

—El de los tomates. —La risa se le escapa nueva, de estreno—. Pues se viene a vivir conmigo. A su edad y a la mía, esperar es de tontos, dice él, y por una vez un hombre dice algo útil. Y tú ya no tienes que preocuparte de que yo esté sola.

El té se me enfría en la mano mientras la escucho contar cómo empezó: las partidas de los jueves, la sopa que él le subía cuando la gripe, el banco del jardín que arregló sin que nadie se lo pidiera.

Mi tía, nada menos. La mujer que me crió sin quejarse ni cobrar, que no trajo a un solo hombre a casa en todos mis años bajo su techo para que yo nunca me sintiera de sobra. Enamorada a su edad, con voz de quinceañera y un Iván con huerto propio.

—Niña. —Baja la voz—. ¿Te parece mal?

—Me parece lo mejor que he oído este año. —Y es verdad, y por eso el nudo en la garganta no tiene ningún derecho a estar donde está—. Dile a Iván que si te hace llorar, subo y le quemo los tomates.

—Se lo diré con esas palabras. —Duda un segundo—. ¿Y tú? Te noto rara. ¿Comes bien?

Miro la puerta del baño, detrás de la cual hay un cajón, y dentro del cajón, el palito con sus dos rayas.

Ábrele la boca al problema, diría ella. Cuéntaselo, súbete a un tren, deja que te cuide como entonces.

Y ahí mismo veo la casa entera: Iván mudándose, la risa nueva de mi tía, veinte años de criarme sola por fin cobrando intereses. Y yo llegando con una maleta y una barriga a instalarme en mitad de su estreno.

Ni hablar, decido ahí mismo. Esta mujer ya me pagó una infancia. No le voy a facturar también un nieto.

—Como fatal —contesto—. Fideos. Nueva York me sale más cara que nunca, pero estoy en tres procesos de selección buenísimos.

Cero procesos, en realidad. La mentira número dos del mes, y esta ni siquiera me sabe amarga. Hay mentiras que son un regalo de despedida.

—Los fideos matan. —Y oigo que apunta algo—. Ven cuando puedas. Iván hace un asado que resucita.

—Iré —prometo.

La mentira número tres del mes. Ya colecciono.

* * *

Holly aparece el jueves con comida tailandesa y su radar encendido.

—Le he dado mil vueltas —anuncia, repartiendo cajas en mi mesa—. Tienes que decírselo. Es su hijo. Legalmente, moralmente, biológicamente. Se lo dices, él asume, tú respiras.

—Holly.

—Un mensaje. Corto. «Estoy embarazada, es tuyo, hablemos.» Cinco palabras y a dormir.

—Su madre tiene un bufete entero en nómina. —Pincho un fideo y lo suelto—. Gente que convierte un embarazo en un expediente antes del postre. ¿Sabes lo que hacen las familias así cuando aparece un heredero fuera de plan?

—¿Qué van a hacer, robarte al bebé? Estamos en el siglo veintiuno.

—Van a hacer papeles, Holly. Papeles con más abogados que los míos, que son cero. —Aparto la caja—. Custodias, apellidos, colegios en Suiza. Y él firmará donde firme su madre, porque llevo media década viéndolo elegir a su familia por encima de todo lo demás.

Holly me estudia con el tenedor en el aire.

—O sea, que no se lo dices por miedo.

—No se lo digo por matemáticas.

—Tú y tus matemáticas. —Suspira, y me pasa los rollitos, que es su manera de firmar la tregua—. Vale. ¿Y el plan?

—Aguantar. Encontrar trabajo. Parir. En ese orden.

—Ese no es un plan, es una lista de la compra. —Me señala con el rollito—. Cuando explote, y va a explotar, quiero que recuerdes que yo voté por las cinco palabras.

* * *

El timbre suena el sábado a las once, y el corazón se me dispara antes que las piernas. Por la mirilla: el repartidor del tercero, piso equivocado. Nadie. Me quedo igualmente con la mano en el pecho un minuto entero, y ahí lo entiendo: ya vivo esperándolos.

Camino hasta el baño y abro el cajón. El palito sigue ahí, con sus dos rayas rosas, ajeno a las cláusulas.

El menor será criado en el territorio y bajo la tutela que determine la familia.

—No —le digo al cajón, al palito, al apellido entero—. A ti no te encuentran.

Cojo el teléfono y marco a Holly con los dedos todavía fríos.

—¿Cinco palabras? —contesta ella al primer tono.

—Ninguna palabra. —Respiro—. Holly. La casa de tus padres en el valle, la que no consiguen alquilar. ¿Sigue vacía?