Capítulo 2. Carolina #2
Caliente y firme bajo mis dedos. Cinco años queriendo tocar exactamente aquí.
Apoya los labios en mi sien y cierro los ojos.
Dios.
Esto está mal.
Pero no consigo detenerme.
Deslizo lentamente la mano por su torso, siguiendo el relieve de sus músculos, hasta llegar más abajo, donde una pequeña línea de vello oscuro desaparece bajo la cintura de su pantalón.
Sus ojos oscuros buscan los míos.
Como si estuviera esperando que fuera yo quien dijera que pare.
Nos miramos el uno al otro. Mi corazón late tan fuerte que siento el pulso por todo el cuerpo. Rozo con el dorso de los dedos el vello de la parte inferior de su estómago, y sus ojos se cierran como si le gustara.
Abro la boca para decir algo.
—No lo hagas, hoy de tu boca salen solo mentiras —me interrumpe.
Sea lo que sea que esté pasando ahora mismo, no quiere hablar de ello.
Él desliza un dedo por mi clavícula, entre mis pechos, y luego baja hasta mi estómago. Todo mi cuerpo empieza a vibrar, como si despertara de una hibernación de años.
Me hace girar en un movimiento rápido y nuestra mirada vuelve a nuestro reflejo en el espejo. Él, con su camisa blanca y pantalones negros de esmoquin, y yo con mi ropa interior de encaje. Su mano va a mi estómago y me atrae hacia él.
Sus labios entreabiertos rozan mi cuello, y lo observo, veo el éxtasis en su rostro. Esto es demasiado. Inclino la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro. Mis ojos se cierran de placer.
Joder, ¿qué está pasando ahora mismo?
Con cada beso en el cuello la respiración se nos desordena a los dos, y esto deja de parecer una despedida. Empieza a parecer otra cosa, y no pienso ponerle nombre esta noche.
Sus manos recorren mi cuerpo de arriba abajo. Siento sus labios en mi piel, pero de repente aparta las caderas hacia atrás, alejándose.
—Mariano —susurro.
Sus ojos buscan los míos en el espejo de golpe.
Le tiro del pelo para subirlo a mi boca y me obedece. La obediencia le sale torpe, de no usarla nunca. Y esa torpeza me calienta más que cualquier truco. Mariano, que manda en todo, aprendiendo a ceder con la respiración pegada a mi boca.
Lo muerdo, corto, y él responde con un sonido bajo que me recorre entera. De pronto ya no hay distancia. Me levanta de un tirón y me lleva a la cama como si el resto de la habitación hubiera dejado de existir.
Me tira sobre el colchón. Caigo rebotando, con el pelo en la cara y el corazón en la garganta.
Él se queda de pie, mirándome. Empieza a desvestirse y ya no hay nada torpe en él. Nada. Se saca la camisa de un solo movimiento. Los dedos van al cinturón. La hebilla, un tirón seco, el cuero silbando al salir. El cinturón cae al suelo con un golpe metálico y yo doy un respingo.
Me paso la lengua por los labios sin pensarlo. Una ola de color por todo el cuerpo.
Él lo ve. Lo ve todo. Se pasa la palma por encima del pantalón, despacio, donde la tela ya no disimula nada. Empieza a abrirse el cierre sin prisa, mirándome. Cada diente de la cremallera me suena en las entrañas.
La respiración se me desordena. El deseo me quema por dentro y con él viene el pudor, raro, tardío. Cuántas veces pensé en esto. En él. En cómo sería. Y ahora estamos a segundos de que lo sepa todo.
Se mueve como un hombre que sabe lo que hace. Movimientos limpios, seguros. Se deshace del resto de mi ropa sin ceremonias y se viene encima. Su peso me aplasta un segundo y yo lo busco con las piernas. Lo encajo entre ellas antes de que termine de acomodarse.
Su boca baja por mi cuello, por el pecho. Caliente, húmeda. Yo arqueo la espalda para darle más. Cuando vuelve a mi boca ya está duro contra mí, rozándome, y el roce solo no alcanza.
Cuando por fin me llena, se detiene un momento. La frente en la mía. Los dos respirando el mismo aire escaso. Lo siento entero, profundo, caliente. El cuerpo se me cierra alrededor de él sin que yo lo decida.
—Mírame —pide.
Me mira mientras se mueve. Lento al principio. Tan lento que me obliga a sentirlo todo. Cómo entra. Cómo se queda. Cómo me estira. Cada embestida me saca un sonido corto, sucio, que no intento tragar.
Me coge las muñecas. Las junta y me las lleva por encima de la cabeza, contra la almohada.
Una sola mano le basta. No me suelta. Yo tenso los brazos, busco tocarlo, y él no deja.
No poder llegar a su espalda, a su pelo, a nada, me pone peor.
Quedo abierta debajo de él, sujeta. Y él folla más hondo precisamente porque lo sabe.
Y descubro cómo se desarma a un hombre de hormigón. No se le quita nada. Se le sostiene la mirada hasta que pierde la cuenta.
Y la pierde. El ritmo se le desordena. La mano libre se le vuelve codiciosa. Muslo, cintura, pecho, el punto exacto donde ya estoy empapada. Mi nombre se le escapa dos veces. La segunda ya no suena a orden. Suena a pregunta que no sabe hacer de otra manera.
Me aprieta más las muñecas. Yo empujo contra su agarre y no cede. Esa negativa me manda directo al borde. Me rompo primero, temblando alrededor de él. Las piernas se le cierran a la cintura porque las manos no las tengo. Él me sigue con un sonido ronco contra mi cuello, hundiéndose hasta el fondo.
Después se queda ahí. Pesado y caliente, todavía dentro. Su pulso me golpea las costillas como si quisiera mudarse de pecho.
No me suelta las muñecas enseguida. Las baja despacio, como si le costara devolverme el cuerpo. Y yo, en cuanto puedo, le clavo los dedos en la espalda. No para lastimarlo. Para que no se vaya todavía.
Manhattan parpadea al otro lado del cristal. En algún piso de abajo, la fiesta sigue sin nosotros.
—Ni se te ocurra buscar el vestido —dice contra mi pelo, con el brazo cerrándose sobre mí como una aduana—. Está confiscado hasta el desayuno.
—Eso es retención de bienes.
—Reclamaciones por escrito. Ya conoces el procedimiento.
Me quedo. Es la última decisión de mi contrato, y la primera de la que no pienso arrepentirme.