Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 3. Carolina
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Capítulo 3. Carolina

M e despierta el olor a café y la certeza inmediata de que he cometido un error de los grandes.

Estoy en su cama, sola, envuelta en unas sábanas que cuestan más que mi alquiler. Por los ventanales, Manhattan ya está en horario laboral. Y por la puerta lateral, abierta, llega su voz desde el despacho: alemán, tono de quirófano, Hamburgo.

Es domingo por la mañana, y el hombre con el que he pasado la noche lleva despierto desde las seis, facturando.

Me visto a la velocidad de la vergüenza.

El vestido verde está doblado sobre una butaca, por la mitad, con esquinas perfectas.

Yo me desnudo como una emergencia; él dobla la ropa hasta en mitad de un incendio.

Encuentro un zapato al primer intento y el otro debajo de la cama, y de mis medias, ni rastro, por más que reviso.

Perfecto, me digo. Voy a cruzar el edificio donde trabajé cinco años con las piernas desnudas en diciembre. Elegantísimo final de carrera, Carolina.

Salgo al despacho con los tacones en la mano, porque una cosa es la derrota y otra anunciarla por el mármol.

Mariano está detrás de su escritorio. Vestido, afeitado, corbata gris. Me señala la cafetera con la barbilla, sin dejar el teléfono, y sigue desmontando a alguien en alemán.

Así que espero, con mis zapatos en la mano y mi dignidad en paradero desconocido, porque hasta las tontas enamoradas tenemos un guion soñado para la mañana siguiente, y en el mío había al menos un «buenos días».

Cuelga por fin, me mira, y elige sus palabras como se eligen los materiales de carga.

—Hay café. Y he pedido que te suban el desayuno.

—No quiero desayuno.

Algo le cruza la cara, rápido, un cristal a punto de ceder por el centro. Lo veo, o juraría que lo veo.

Después parpadea, y el cristal vuelve a ser pared.

—Fue una despedida. —Ni una coma de más—. Tu preaviso terminó el viernes. La liquidación te llegará el treinta y uno. Si necesitas algo más, ya sabes dónde está Recursos Humanos.

Ahí está. Ni gritos, ni crueldad, nada que se pueda denunciar: solo un hombre archivándome con el mismo tono con el que archiva Hamburgo. Ahí está el famoso temperamento italiano: congelado para mí.

—Estupendo —digo, y mi voz suena casi normal, un logro que pienso apuntarme—. Que conste que el servicio de despedidas de esta empresa es muy completo.

Me calzo delante de él, primero un pie y luego el otro, sin apoyarme en nada, que es lo más difícil que he hecho esta semana, y recojo mi bolso.

—Carolina.

—Señor Ferrante.

Aguanta mi mirada tres segundos. Los cuento, por costumbre y por despecho.

—Cuídate. Fue una noche magnífica. —Es todo lo que saca de sí mismo. Magnífica. Como un cierre de obra.

Tanto conocerlo para esto: el hombre que no acepta un no acaba de aceptar el mío sin pelear. Resulta que sí sabía. Solo había que dormir con él primero.

Salgo sin correr, porque correr sería darle importancia, y llorar en el ascensor tampoco cuenta si nadie lo ve.

* * *

Las puertas del ascensor se abren en el lobby, y el universo, que ya demostró ayer su sadismo, remata la faena.

Isabella Ferrante está esperando el ascensor.

La madre de Mariano visita a su hijo dos veces al mes, siempre sin avisar, y todas las veces me tocó a mí gestionar el temporal. Gris perla, guantes de cabritilla, chófer dos pasos atrás.

Su mirada me hace el inventario en tres segundos, de arriba abajo. El pelo suelto de anoche. El abrigo sobre el vestido de fiesta. Las piernas desnudas en diciembre, a las nueve y diez de la mañana de un domingo.

Los ojos de esa mujer suman más rápido que cualquier auditoría, y yo, con el maquillaje de ayer, soy una suma muy fácil.

—Señorita Winter —saluda, con una inclinación mínima.

—Señora Ferrante.

No dice nada más. No le hace falta. Pasa a mi lado dejando una estela de perfume caro y una sospecha, y yo cruzo el lobby con la espalda recta y la sensación exacta de haber sido fotografiada para un expediente.

En la calle, el frío me muerde las piernas como castigo adicional. Paro un taxi, doy mi dirección y me prometo, con la frente en la ventanilla helada, que esto se acabó. Vida nueva, empezando hoy, con las piernas congeladas de la vida anterior.

* * *

Las fiestas pasan. El milagro no llega.

La nueva vida, tres semanas después, consiste en lo siguiente: mi currículum impreso en papel bueno, veintidós envíos, cuatro entrevistas y cero ofertas.

—Está usted sobrecualificada —sentencia una directora de recursos humanos con gafas de carey, en el tono con el que se avisa de un mal olor.

—Puedo estar menos cualificada —contesto—. Deme una semana en su empresa y lo consigo.

No se ríe ni por educación. Nota mental: el humor, después del periodo de prueba.

En la segunda entrevista me preguntan por qué dejé el Estudio Ferrante, y digo «motivos familiares» con tanta naturalidad que casi me lo creo.

En la tercera, el entrevistador pasa veinte minutos hablándome de sí mismo y termina con un «la llamaremos».

En la cuarta ni llego a sentarme: la vacante se cubrió por la mañana y nadie canceló la cita.

Vuelvo a casa andando cuarenta manzanas para ahorrarme el metro, que es la clase de matemática nueva que estoy aprendiendo.

Por la noche hago cuentas en la mesa de la cocina, en el reverso de un sobre: ahorros, alquiler, seguro. Si no compro nada que no sea comida y no me pasa nada que no esté en el sobre, me quedan seis meses de ciudad, justos. En Nueva York eso no es un colchón, es un pañuelo.