Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 2. Carolina
5%

Capítulo 2. Carolina

E l vestido lleva tres años colgado en el fondo de mi armario con la etiqueta puesta.

Seda verde esmeralda, espalda abierta hasta donde la decencia firma. Lo compré para una boda a la que al final no fui y nunca encontré otra ocasión a su altura.

Hoy la ocasión soy yo. Es mi última noche como empleada del Estudio Ferrante, y pienso despedirme con la espalda descubierta.

Me suelto el pelo delante del espejo, la melena color miel por fin libre, cosa que esta empresa no ha visto nunca, porque los recogidos eran parte del uniforme y el uniforme se acabó.

En la muñeca, dos gotas del perfume cítrico que Mariano vetó en la oficina hace tres años con un memorando que nunca explicó.

La mujer del espejo tiene los ojos verdes y grises a la vez, según la luz y según el enfado, y unas pecas de verano que cinco inviernos de oficina no han terminado de borrar. No está mal, la mujer del espejo. Esta noche, por una vez, pienso dejarla salir.

Que me despida quien quiera. Ya no trabajo ahí.

* * *

El salón del St. Regis brilla como una joyería asaltada.

Arañas de cristal, seiscientas copas, camareros con bandejas de tartaletas de cangrejo, una banda de jazz y un árbol de cuatro metros con luces doradas.

Toda la plantilla del estudio ha decidido olvidar los planos hasta enero, y los becarios bailan mal y con entusiasmo, que es la única manera honesta de bailar en la fiesta de la empresa.

—Vaya, vaya. —Una copa de champán aparece delante de mi cara—. La señorita Winter, de verde guerra.

Raimon Cross, cómo no. Consultor externo, tres proyectos compartidos, la lengua más rápida del sector inmobiliario.

Buena gente debajo de mucho traje, aunque jamás se lo diré, porque desde hace un año este hombre tiene un pasatiempo, y su confidente oficial de dramas con novios, con café de por medio, soy yo.

—Raimon.

—¿El jefe ya ha visto el vestido? —Sonríe encima de su copa—. Lo digo por avisar a los de mantenimiento. Cuando lo vea, algo se va a romper.

—Para ya.

—Solo pregunto por seguridad laboral.

—Para. Ya.

Se ríe y levanta las manos en son de paz. Hace un año, en una cena de proyecto, me pilló mirando a Mariano un segundo de más, uno solo, y desde entonces vive de ese segundo como otros viven de las rentas. Me saca de quicio con una facilidad que debería ser ilegal.

Bailo con Marta, la de contabilidad, que me hace prometer que escribiré. Brindo con el jefe de proyectos, que pide perdón a cada compás. Me río de verdad dos veces. Celebro y entierro a la vez, y nadie en este salón distingue una cosa de la otra. Todos me desean suerte.

Mariano llega a las nueve, de esmoquin negro.

Cruza el salón saludando a los directores, da su discurso de tres frases exactas y brinda por los resultados y por Brooklyn. Ni una palabra sobre la asistente que se marcha esta noche. Ni una copa alzada medio centímetro en mi dirección. Y yo… no me atrevo a acercarme a él.

Solo una vez, entre el brindis y la banda, sus ojos me encuentran por encima de las seiscientas copas y se quedan dos segundos. La cara que pone no está en ningún catálogo de los que le conozco.

Después alguien le habla, y la cara desaparece, y a las diez y media el esmoquin negro ya no está en el salón.

Se ha ido de su propia fiesta sin despedirse. Mejor así, más fácil.

Eso me digo, y ni yo me lo compro.

* * *

A las once dejo mi copa en una bandeja.

El taxi espera abajo con mi caja de la oficina en el maletero: una planta, tres tazas, un premio de cristal. Debería bajar, firmar la salida y empezar mi vida nueva.

Mis pies opinan otra cosa. Mis pies me llevan a los ascensores del anexo, donde Víctor monta su guardia de noche.

—¿Olvidó algo, señorita Winter?

—Una cosa, arriba. Cinco minutos.

No es mentira del todo. Ahí arriba se me ha quedado media vida, y quiero mirarla por última vez sin público.

Despedirme de mi mesa, del pasillo de mármol, de la vista que me acompañó más noches que cualquier persona.

De la oficina, no de él. Él ya se ha ido.

Seguramente tiene otra fiesta, con una mujer nueva de estreno.

La última planta está a media luz, con las lámparas de emergencia encendidas y Manhattan entero haciendo de lámpara grande al otro lado del cristal.

Camino hasta mi mesa, paso la mano por el borde. Adiós, mesa. Años de codos, de cenas frías, de teléfonos sonando a la vez. Me giro hacia el pasillo para irme.

Y entonces veo la luz debajo de su puerta.

—¿Piensas despedirte de la mesa y no de mí?

Su voz me llega desde el fondo del pasillo antes que su silueta. Está apoyado en el marco de su despacho, sin pajarita, con el cuello de la camisa abierto y una copa de whisky intacta en la mano.

No se ha ido. Se ha subido aquí, a oscuras, mientras abajo brindaban a su salud.

—Pensaba que estabas en la fiesta —digo.

—Y yo pensaba que tú tenías un taxi esperando. —Deja la copa en la mesa de mi sustituta sin mirarla—. Los dos pensamos mal. Ven aquí.

—Mariano...

—Ven. Aquí.

No debería ir a ninguna parte. Lo sé con una claridad perfecta mientras mis tacones cruzan el pasillo de mármol hacia él, ocho pasos que suenan como ocho decisiones equivocadas.

Me detengo a un metro. Huele a whisky que no ha bebido y a esa colonia que llevo media década respirando de lejos.

—Bonito vestido. —Lo recorre de arriba abajo sin disimular—. ¿Para quién es?

—Para mí.

—Mentirosa. —Lo dice suave, casi con cariño, y da un paso—. Llevas el perfume que prohibí. El pelo suelto. Un vestido de guerra en tu última noche. Todo eso tiene un destinatario, Carolina, y el destinatario quiere saber una cosa antes de que te vayas a cuidar tías al norte.

Da otro paso, y la mesa de mi sustituta me toca la parte de atrás de los muslos. No tengo adónde ir y no estoy usando el adónde que tengo.

—¿Qué cosa? —pregunto, y me sale a media voz.

—Si tu tía existe.

—Existe.

—¿Y está enferma?

Un segundo de más. Solo uno, pero este hombre negocia con segundos y se queda con el mío como un peaje.

—Eso pensaba. —Baja la voz un grado—. Nunca me habías mentido, y me estrenas la mentira para irte. ¿Por qué mientes, Carolina? Porque de dinero no es. Así que hay otra razón.

—No hay otra razón. Ni nadie.

—Segunda mentira. —Su mano sube y me coloca un mechón detrás de la oreja, sin prisa, y medio cuerpo se declara en emergencia.

—Tengo un taxi abajo.

—Tercera. El taxi se fue a las once y cinco. —Ni una sombra de vergüenza en la voz.

—Eso es secuestro.

—Es logística. —Da el paso que faltaba. Su respiración me toca la frente y baja—. Y ahora, la pregunta importante. ¿Puedo?

Sé lo que pregunta. Debería decir que no. Tengo el no ensayado, cargado, listo desde hace un mes. Se acerca. La piel se me pone en alerta, y su respiración me baja por el cuello.

Estoy enamorada de este hombre imposible hasta las muelas; llevo años queriéndolo en silencio profesional, y mañana ya no existirá ninguna razón para verlo.

Quiero. Solo una noche. Que sea mi finiquito. Sus ojos me recorren la cara, buscando la respuesta antes de que la diga. Por primera vez en cinco años, este hombre no está seguro de algo.

—Concedido —murmuro contra sus labios, a un milímetro de los míos.

Y me besa como si llevara cinco años redactando el borrador.

Empieza despacio, un estudio cuidadoso. Un momento después ya no hay nada suave en este beso.

Es hambre con membrete, las dos manos en mi cara, mi espalda contra la mesa, un lápiz rodando al suelo.

Sabe a whisky no bebido y a paciencia agotada, y yo le contesto con todos los intereses acumulados, tirando de su camisa hasta que dos botones se rinden.

—La mesa no —gruñe contra mi boca, y me levanta del suelo como si la gravedad trabajara para él.

—¿Adónde vamos? —consigo decir.

—A mi apartamento, Carolina. —Cruza su despacho conmigo en brazos, hacia la puerta lateral de madera oscura—. Una puerta. ¿Te interesa qué hay detrás? Te he visto mirarla.

—No la miro.

—Cuántas mentiras hoy. —Abre la puerta con el codo—. Vas a récord.

No tengo respuesta. Le beso el cuello, y su olor me entra en los pulmones de golpe: cinco años de contrabando cobrados en una bocanada.

Sus apartamentos huelen a él elevado al cubo. No enciende las luces: Manhattan entra por los ventanales y hace el trabajo. Veo una cama grande y deshecha a medias, un traje colgado con disciplina militar, y nada más, porque su boca vuelve a la mía y el inventario se cancela.

—¿Tienes idea de lo que ha sido? —La voz le sale ronca, todavía sin aliento—. Media década oyéndote decir «señor Ferrante» con esa boca. Esta noche quiero oír todo lo que dice esa boca cuando estás debajo de mí.

Me coloca frente al espejo de cuerpo entero. Se queda detrás de mí y, despacio, baja la cremallera de mi vestido.

Lo observo concentrado en lo que está haciendo, con la mirada fija en el cierre. Primero desliza uno de los tirantes finos por mi hombro. Después el otro.

Se muerde el labio inferior mientras baja lentamente el vestido.

La tela se atasca en mis caderas y tiene que ayudar con las manos para liberarla.

Me quedo delante de él con un sujetador beige sin tirantes, una tanga y medias color piel hasta los muslos.

Lo observo a través del espejo mientras sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo, como si quisiera memorizar cada centímetro.

Pero no quiero romper el momento. Se acerca y apoya una mano abierta sobre mi vientre. Nos miramos en el espejo, y hay algo ahí que no tiene nombre todavía. No pienso buscárselo esta noche.

Sin apartar los ojos de los míos, me besa la mejilla con los labios entreabiertos.

Desliza los dedos por mis brazos y un escalofrío me recorre la piel.

—Mariano —susurro.

—Shh —murmura, como si no quisiera que las palabras se interpusieran entre nosotros.

Me suelta y empieza a desabrocharse lentamente la camisa.

A través de la luz tenue del dormitorio puedo ver el contorno de sus abdominales. Los he adivinado mil veces debajo de sus camisas. Verlos es otro idioma.

Nuestros ojos se siguen encontrando en el espejo.

Me giro hacia él.

Mariano toma mi mano y la coloca sobre su pecho desnudo.