Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2) Capítulo 1. Carolina
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Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2)

Mi jefe no acepta un «No» (Manhattan Boss 2)

Por Linda Moon

© inepub.com

Capítulo 1. Carolina

E l café siempre llega antes que él.

A las ocho y veinte de la mañana, el despacho de Mariano huele a granos recién molidos, jabón caro y peligro.

El peligro, porque lleva una toalla blanca atada a la cintura. Lo veo por el cristal de la puerta.

Yo llevo una libreta, un bolígrafo y cinco años de entrenamiento para no mirar donde no debo.

Fallo todos los días.

—Adelante —ordena su voz desde dentro.

Respiro una vez, lo justo para recordar que soy una profesional adulta con seguro médico, sueldo decente y un mínimo de amor propio teórico. Después abro la puerta.

Mariano está junto a la máquina de café, de espaldas a mí, recién salido de la ducha: la piel aún húmeda, el pelo negro revuelto, los hombros anchos y esa maldita toalla baja en las caderas como si el universo quisiera probar mi resistencia antes de las nueve.

El universo es un sádico.

Su despacho ocupa la esquina de la última planta del Estudio Ferrante, y detrás de esa puerta lateral de madera oscura están sus apartamentos privados. Una sola puerta separa su cama de su mesa de trabajo. Práctico, dice él; un riesgo laboral, digo yo, aunque solo por dentro.

No debería mirar, porque no es profesional. Bajo la vista a mi libreta y apunto una palabra que no significa nada, solo para que mis ojos tengan un empleo decente.

—Café. —Y no es una pregunta.

Sirve dos tazas sin consultarme, como siempre.

La mía primero, con una nube de leche, exacta.

En todas las oficinas del mundo, la asistente le prepara el café al jefe.

En esta funciona al revés, y no por ternura: a Mariano le gusta decidir qué sabor será mi primer sorbo del día.

Nunca me ha preguntado cómo lo tomo. Lo clavó al tercer día y no ha fallado desde entonces.

—Cinco minutos. —Desaparece por la puerta lateral a vestirse.

Cinco minutos, dice. Los uso en no pensar en la toalla. Fracaso con nota alta.

Pienso en la cafetera, que para eso está: una La Marzocco que costó más que algunos coches.

Mi primer día aquí, Mariano dejó una cosa clara: el café de la mañana lo hace él.

Nadie toca su máquina. A mí me enseñó paso a paso, con una paciencia que no gasta en nadie más, y aquel día entendí lo esencial de esta casa: aquí el café se prepara con más seriedad de la que alguna gente pone en las negociaciones.

La semana pasada, sin ir más lejos, un becario tumbó la maqueta de la torre de Berlín. Seis meses de trabajo en el suelo, en pedazos. La planta entera dejó de respirar.

Mariano salió del despacho, miró los restos y después la mano del chico.

—¿Cortes?

—N-no, señor.

—Las maquetas se reimprimen. Las manos no. Que te la miren igual. —Y ya de vuelta, sin levantar la voz—: Y nadie toca nada. Quiero entender cómo cayó.

Media planta volvió a respirar. Así es él: te manda al médico por un arañazo que no existe y a Recursos Humanos por una coma mal puesta. Cinco años, y sigo sin saber cuál de los dos es el de verdad.

Vuelve vestido de gris, abrochándose el segundo gemelo, ya convertido en el otro Mariano, el que firma y ordena. Repasamos la agenda: Hamburgo a las once, el notario a la una; la cena con los inversores se mueve al jueves.

—¿Llamaste a la floristería? —pregunta al final, sin despegar la vista del teléfono.

—Ayer. Peonías blancas para la señorita Duval. Tarjeta sin firma.

—Perfecto.

Perfecto, dice, y pasa a otra cosa. Los ramos con los que este hombre despide a sus mujeres los encargo yo, con mi voz, desde que me dieron el puesto.

Rosas cuando una empieza, peonías cuando termina.

La señorita Duval ha durado tres semanas, una más que la anterior.

Rosas de bienvenida en octubre, peonías de salida hoy, y en medio, para mí, la tarifa completa de escucharlo silbar por las mañanas.

Y ya no puedo más. Ese es el resumen que no está en ninguna agenda.

No puedo con las peonías, ni con la toalla de las ocho y veinte, ni con esos ojos de café solo que me miran dos segundos de más cuando él cree que no me doy cuenta.

No puedo seguir queriendo a un hombre que gasta mujeres como camisas y me deja a mí lavar la ropa.

Al principio pensaba que se me pasaría. No se pasa.

Cada día tardo más en apartar la vista de sus labios y de sus antebrazos, y esa cuenta solo crece.

Por eso hoy, debajo de la agenda, traigo otra cosa.

Espero a que termine con el gemelo. Lo necesito entero, armado, perfecto: a un hombre a medio vestir no sé decirle que no. Después saco la carta de la carpeta y la pongo sobre su escritorio, alineada con el borde.

—¿Qué es esto?

—Mi dimisión. Treinta días de preaviso, como marca el contrato.

Levanta la vista del papel a mí, despacio. Y el aire del despacho cambia de precio.

—¿Es una broma?

—Es un documento.

—¿Cuánto? —Rodea el escritorio—. ¿Blackrow? ¿Herzog, que pregunta por ti en cada cena?

—¿Herzog pregunta por mí? Me halaga. Herzog tiene un yate.

—Herzog tiene dos ex mujeres y una úlcera. Dime la cifra y la doblo.

—No hay cifra, Mariano.

—Siempre hay cifra.

—Es mi tía. —La mentira me sale más fácil de lo que esperaba, y me la apunto en la conciencia—. Está enferma. Vive sola, al norte. Soy la única que la tiene, y no puedo cuidarla desde una oficina en Manhattan.

Se queda completamente quieto. La pluma que tiene en la mano cruje una vez, y la deja sobre la mesa con demasiado cuidado, que en él es peor que un golpe.

—Contrata una enfermera. —Ya está marcando en el teléfono—. Contrata tres, te doy el dinero, hoy mismo, del mejor servicio del Estado. Turnos de veinticuatro horas. Problema resuelto, dimisión rota, todos contentos.

—No.

—¿No? ¿Por qué? —Lo repite como si la palabra fuera un idioma nuevo—. Es cuestión de dinero, Carolina, y el dinero es exactamente lo que me sobra. ¿O… no es de dinero?

—A mi tía no la va a cuidar una extraña. —Me sale menos firme de lo que ensayé en el espejo, y él lo nota, porque lo nota todo—. Me crió ella. Es la única familia que me queda.

La tía Rosa existe. Me crió desde niña, cuando un accidente de coche me dejó sin padres.

—Ella me dio todo lo que tenía sin pedir recibo. Ahora es mi turno.

Esa parte es verdad, y la digo mirándolo a la corbata.

Lo único falso es el resto. Mi tía está más sana que yo, juega a las cartas los jueves y no me necesita para nada.

Lo que no es falso es lo otro: a mi tía nunca le gustó este trabajo.

Me acuerdo de la llamada, cuando le conté dónde me habían contratado.

Un silencio largo. Y después: ¿no había otra empresa en toda la ciudad?

Nunca me explicó qué le molestaba. Con el tiempo dejó de preguntar.

Ahora solo quiere saber si como bien y si el jefe me trata con respeto.

Pero la razón verdadera no se la puedo dar. La razón verdadera acaba de salir de la ducha, gasta peonías como munición y no tiene ni idea de que lo quieren en silencio, de lunes a viernes, con dos días libres a la semana.

—Tienes el mejor puesto de tu generación —dice al fin, más bajo—. En tres años diriges este estudio. Nadie te va a tratar mejor que yo.

—Lo sé. —Y me sale una risa corta, sin nada de alegría dentro—. Ese es exactamente el problema.

Salgo antes de que encuentre respuesta. Cierro la puerta, camino hasta mi mesa, me siento, alineo el teclado. Solo entonces noto que tengo la cara mojada. Un segundo más tarde lo oigo salir a él también, hacia los ascensores. No dice adónde. No dice cuándo vuelve.

* * *

A mediodía entro a llevarle los contratos del notario.

Está de espaldas, al teléfono, hablando en italiano con alguien de Milán en ese tono suyo de guerra educada, y ni me mira. Dejo los contratos y ya me voy cuando lo veo.

Su taza sigue en la esquina del escritorio. Llena hasta el borde, fría, intacta desde la mañana.

Este hombre no deja un café a medias ni en mitad de un incendio. Hoy ni lo ha tocado.

Me llevo ese detalle clavado como una astilla, y todavía no sé que voy a llevarlo clavado un mes entero.

* * *

El preaviso pasa rápido y en silencio.

Él no vuelve a mencionar la carta. Recursos Humanos me confirma la salida por correo, con una plantilla amable. Yo entreno a mi sustituta, una chica eficiente que apunta todo y no mira la puerta lateral, lo cual le garantiza una carrera larga. Los dos fingimos con mucho oficio que no pasa nada.

Solo una vez, a mitad de mes, me lo cruzo en el pasillo de las maquetas. Me sujeta la mirada tres segundos, sin una palabra, y sigue andando. Nuestras conversaciones se secan a puro trabajo. Y por las mañanas ya no sale a preparar café. Ni el mío ni el suyo.

Y el último viernes, cuando le llevo la agenda de mi última semana, la aparta con dos dedos sin leerla.

—El sábado es la fiesta de Navidad de la empresa —dice—. Vas a ir.

—Estaba en mis planes.

—Bien. —Vuelve a mirar a sus planos, y justo cuando camino a la puerta y abro, remata, sin levantar la voz ni la vista—: Y que te quede clara una cosa, Carolina. Tu carta la firmé porque la ley me obliga. Pero yo no he aceptado nada. Yo no acepto un no.

Vuelvo a mi mesa, me siento y escribo un correo con tres erratas en dos líneas.

Yo no acepto un no, ha dicho.

Pues tiene que aceptar.