Capítulo 21 #2
Mi tono es de amenaza. Mi mirada también.
—¿Con qué? —me vacila—. ¿Ahora tampoco se puede hablar de ella?
—Puedes hablar de lo que quieras. Pero no confundas su vídeo con el contenido que aparece en él.
—Ese vídeo no debería existir.
—Eso no cambia que tú aparezcas en él y que seas un puto espía.
Silencio.
Ferrer, que se ha mantenido en todo momento al margen y no ha salido en defensa de su socio, es el siguiente en llevarse el protagonismo.
—También hay más información sobre tu conexión con Ferrer y lo que os llevabais entre manos.
El hombre palidece.
Otro miembro llega a la página de Ferrer y de su operación con las facturas.
—¿Y qué tienes que decir sobre esto?
Ferrer traga saliva. Por su cara no circula una gota de sangre.
Mira a Ramón. Este no le devuelve la mirada.
—Esto se está sacando de contexto —intenta defenderse Ferrer. La voz le tiembla—. El departamento es demasiado grande y tiene demasiados empleados. Puede que algunos de ellos no estén bien formados.
—Ni se te ocurra echar la culpa a Recursos Humanos —interviene Lucas.
Los miembros del Consejo siguen haciéndoles preguntas a ambos. Cada vez más incómodas. Ferrer responde peor. Y Ramón perdiendo, minuto a minuto, esa seguridad con la que ha entrado.
La votación llega después.
La absorción de Enerplus no se llevará a cabo.
Ferrer, queda expedientado y es despedido de manera inmediata.
Ramón pierde su puesto en el Consejo por mayoría y se le anula cualquier relación con Eléctrica Del Río.
Y todo ello con el expediente pendiente de trasladar al departamento legal para determinar si procede emprender acciones penales contra ambos.
Tras la humillación, Ramón se levanta, mirándome a mí.
—Esto no termina aquí.
—Espero que no. Aún debemos saber qué hacen en Legal.
Frunce el ceño.
Sale de la sala. Ferrer detrás.
Las puertas se cierran.
Durante unos segundos nadie habla.
Después me incorporo, apoyo los antebrazos en el borde de la mesa y me dirijo al Consejo.
—Antes de terminar hay otro asunto pendiente. Nerea Gómez.
Varias miradas vuelven hacia mí. Y yo le hago una señal a Lucas para que la avise.
—Quiero que ella esté presente —les explico a los miembros del Consejo.
Nerea entra diez segundos después, acompañada de Claudia y un miembro de Recursos Humanos. Estaban en la puerta esperando.
Se sientan. Nerea no lo hace a mi lado.
Bien.
El de Recursos Humanos resume el asunto. Vídeo personal. Sin identificación de empresa. Sin información confidencial divulgada de forma voluntaria. Y ahora, además, pieza relevante en el descubrimiento de una posible vulneración interna de confidencialidad.
La conclusión tarda menos de cinco minutos.
No se abre expediente. El asunto queda cerrado.
Nerea escucha hasta el final.
Después pregunta:
—¿Por escrito?
El responsable parpadea.
—Sí.
—Perfecto.
La miro. No sonríe.
Yo tampoco.
Lucas sí. Pero lo ignoro.
Son más de las siete cuando salgo de mi despacho un momento. La planta está casi vacía. Ni Martina ni Nerea están en su sitio.
Ha sido un día intenso. Pero me molesta que no se haya despedido antes de marcharse.
Salgo del aseo. Apago las luces del pasillo y me voy directo al despacho.
Cuando entro, Nerea está sentada en mi sillón con los pies sobre una esquina de la mesa.
Me detengo.
—¿Qué haces?
—Probando el poder.
—Baja los pies.
—Qué rápido has vuelto a ser CEO.
—Es mi mesa.
—Y esta, nuestra primera pelea de pareja.
—No somos pareja.
La frase sale demasiado rápido.
Nerea baja lentamente los pies.
—Ah.
«Mierda».
—No quería decir...
—Tranquilo.
—Nerea.
—No pasa nada.
Se levanta.
—Sí pasa.
—¿Entonces?
Me quedo mirándola. Otra vez.
Siempre consigo encontrar las palabras correctas para una sala llena de gente que quiere arrancarme la empresa de las manos. Con ella no.
—Me ha salido sin pensar. Aún no le he puesto nombre. No sé cómo llamarlo.
—Pues no lo llames.
—No quiero que pienses que...
—Elías, basta. —Se cruza de brazos y yo me preparo para lo peor—. No necesito una etiqueta hoy. Necesito saber si dentro de una semana vas a seguir entrando en una habitación y buscándome primero.
Eso sí lo sé.
—Sí —respondo con firmeza.
—¿Y si me vuelvo a enfadar contigo?
—Es probable.
—¿Y si te digo que no?
—Paro.
—¿Y si me voy?
—Ya sabes lo que hago cuando te vas. Me gusta conducir.
Se le escapa una sonrisa.
—Con una caja de pastas.
—No le volveré a hacer caso a Lucas.
—A mi madre le gustaron.
—Entonces volveré a cometerlo.
Se ríe.
Y ahí está. La forma en que me mira después. Sin defensa.
Se acerca despacio hacia mí. Y no sé por qué me siento como una presa ante su cazador.
—Hoy has estado bien ahí dentro.
—Se suponía que ibais a esperar a que Lucas os avisara.
—¿Qué quieres que te diga? Nos pone el marujeo.
—Supongo que tienes a quién parecerle.
—¡Oye! —se queja, dándome un golpe en el pecho.
La agarro de la cintura y la atraigo hacia mí, con la sonrisa de un chiquillo.
—Te odio —gruñe con la voz pequeña.
—Mentira —me vanaglorio.
—Muchísimo.
—Más mentira.
—Yo no miento. Me enseñaron desde pequeña que…
—Te quiero.
Me sale sin pensar. Sin control. Y con una claridad que la deja sin habla.
Los ojos casi se le salen de las órbitas mientras me mira.
—Hostia. ¿Qué has dicho?
—Nada.
—Ahora eres tú quien miente. Lo he oído perfectamente.
—¿Entonces para qué preguntas?
—Es por costumbre.
Retrocede un paso y eso me acojona más que una amenaza de bomba.
—¿Y qué piensas hacer? ¿No vas a decir nada? —pregunto de manera atropellada.
—No sé. Dame un momento.
—No me lo puedo creer.
—Cállate. Lo esto procesando.
Me callo.
Cinco segundos.
Diez.
—Vale —dice.
—Vale, ¿qué?
—Que yo también.
—Eso es una respuesta de mierda.
—Te jodes. Es la que hay.
Doy un paso hasta ella. La alcanzo. La agarro por la cintura y la miro a los ojos.
—¿Puedes repetirlo?
—No.
—Nerea.
—No abuses.
—Una vez.
—Que no.
—Gómez.
—Señor León.
La beso. Se ríe contra mi boca.
Y, por primera vez desde que empezó todo esto, no hay nadie esperando que tomemos una decisión después.
Cuando nos separamos, apoya la frente en mi pecho.
—Por cierto.
—¿Qué?
—Mi madre quiere saber cuándo volvemos.
Cierro los ojos.
—No.
—Dice que quedaron pastas.
—Imposible.
—Y que mi padre quiere hablarte de placas solares.
—Menos.
—Y Pilar ha preguntado si ya eres oficialmente mi novio.
La miro.
—¿Qué le has dicho?
Sonríe.
—Que todavía estás en periodo de prueba.
—¿Y quién decide si lo supero?
—Yo.
Asiento.
—Me parece justo.
Se queda quieta un segundo.
—¿Acabas de decir que te parece justo que yo decida?
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Mi móvil vibra sobre la mesa. No lo miro.
Nerea sí.
—¿No vas a cogerlo?
—No.
—¿Y si es importante?
—Ahora mismo no.
La beso otra vez.
—Mira qué bien aprendes —se mofa, separándose lo suficiente.
—Tengo buena profesora.
—Eso es verdad.
Y por una vez, cuando empieza a hablar otra vez, no hago ningún intento por hacerla callar.