Capítulo 21
Elías
El lunes a las nueve y siete de la mañana recibo un mensaje.
Te he robado una camisa.
Hago un repaso mental y no echo ninguna en falta.
¿Cuál?
Los tres puntos aparecen casi al instante.
La blanca.
Tengo seis blancas.
Pues ya tienes una menos.
Apoyo el móvil sobre la mesa.
Lucas entra sin llamar justo cuando estoy intentando decidir si eso me parece irritante o absurdamente satisfactorio.
—Buenos días.
—No.
—Qué carácter.
—¿Qué quieres?
Se sienta delante sin permiso.
—Nada. Solo comprobar que sigues vivo después de pasar el fin de semana en casa de los padres de Nerea.
—¿Tú también? Sigo vivo. ¿Algo más?
—Y entero, por lo que veo.
Lo miro.
El muy cabrón sonríe.
—Fuera.
—Eso responde bastante.
—Lucas.
—Vale. Trabajo. Mucho trabajo. Responsabilidad. Seriedad.
Se levanta.
Antes de salir, se gira.
—Por cierto, llevas cinco minutos mirando el móvil con cara de imbécil.
—¡Fuera!
Cierra la puerta riéndose.
Mi teléfono vibra otra vez.
Ah, y no cuentes con recuperarla.
Es de trabajo.
Ahora es sentimental.
No sabía que una camisa pudiera ascender tan rápido.
Está bien relacionada.
Sonrío.
Me obligo a dejar el móvil boca abajo.
Tengo un Consejo esta tarde, una operación que lleva semanas bloqueada y dos hombres a los que todavía necesito demostrar que llevan demasiado tiempo jugando con información que no les pertenece.
La normalidad dura doce minutos.
Nerea aparece al otro lado del cristal con una carpeta bajo el brazo.
Se detiene. Me mira. Yo también. Ninguno hace nada.
Martina levanta la cabeza desde su mesa.
Nerea se da cuenta. Sigue caminando.
Mi móvil vibra.
Disimula.
Estoy trabajando.
Tienes cara de haberme visto desnuda.
Aprieto los dientes.
Porque te he visto desnuda.
Los puntos aparecen. Desaparecen. Vuelven.
Tantos estudios y no sabes fingir. Qué castigo tengo (emoji de mano en la frente).
Bloqueo el teléfono. No vuelvo a tocarlo durante tres minutos.
Héctor entra a las once y media.
No llama. Eso es mala educación, aunque, en su caso, significa que trae algo.
Deja una carpeta fina sobre mi mesa y se sienta.
—Tenemos al hombre del vídeo.
La sonrisa de Nerea desaparece de mi cabeza.
—¿Es quien sospechaba?
—Sí. Javier Valcárcel. Director de operaciones de Enerplus.
Abro la carpeta. Hay una fotografía corporativa en la que aparece Valcárcel.
—¿Y Ramón?
Héctor desliza otra hoja hacia mí.
—Aquí está lo mejor.
Me gusta esa palabra.
Sobre todo, después de las últimas semanas.
—Este documento confirma que Ramón mantuvo tres reuniones con Valcárcel durante los últimos dos meses. Las justificó como encuentros sectoriales. Hasta ahí, nada ilegal.
—¿Y ahora?
—Ahora tenemos esto. Ve a la última hoja.
Paso los folios.
—He cruzado datos hasta dar con el hilo conductor de todo. Podemos demostrar que estaba recibiendo documentación interna de una operación confidencial a un directivo de la competencia.
—Su objetivo siempre ha sido hundirnos.
—Para poder hacerse con Del Río y fusionar ambas empresas. Estabas en lo cierto.
—¡Qué hijo de puta!
Me quedo callado un instante. Y no por saborear la victoria. Sino por confirmar que mis sospechas eran ciertas.
—¿Y qué hay de Ferrer?
Héctor me pasa otra hoja.
—Él también está implicado y podemos demostrarlo.
—¿Cómo lo ha hecho?
—He revisado su departamento, como me pediste, y he cruzado las incidencias de facturación con varios cambios que introdujo desde Comercial.
—¿Y?
—Los errores no eran errores.
Miro el documento y después de nuevo a él.
—Explícate.
—Cargos indebidos. Conceptos duplicados. Regularizaciones mal aplicadas. Importes distintos, clientes y zonas diferentes. Lo bastante dispersos para perderse entre millones de facturas.
—¿Ferrer los provocaba?
—Su departamento alteró los procedimientos que los generaban. Y él los autorizó.
Me echo hacia atrás.
—Su objetivo era que los clientes nos denunciaran y cargarse el prestigio de la empresa.
—Así es.
—Joder.
—Quejas. Devoluciones. Reclamaciones ante Consumo. Redes sociales. Prensa cuando alguna acumulaba suficiente ruido… Cada caso aislado parecía una incidencia normal. Juntos forman un patrón.
Miro los datos otra vez.
Aquí está todo.
—Estaban deteriorando la empresa desde dentro.
—Exacto. Peores cifras, peor reputación, más conflictos con clientes. Y mientras tanto Ramón presionaba al Consejo con Enerplus detrás.
—La solución al problema que ellos mismos estaban creando.
Héctor asiente.
—Y Valcárcel esperando al otro lado.
Me quedo mirando la carpeta.
Ferrer generaba el daño. Ramón empujaba la operación. Valcárcel se beneficiaba de ella.
No querían robarle dinero a Eléctrica del Río. Querían devaluar su valor en el mercado.
Y entonces lo recuerdo. La llamada de una mujer cabreada exigiendo que alguien le explicara por qué coño le habían cobrado de más.
Nerea llevaba razón desde el puto principio.
—¿Es suficiente para el Consejo?
—Y para meterlos en la cárcel, si queremos.
—Bien.
Héctor se levanta. Cuando está a punto de llegar a la puerta, se gira.
—Ah, y una cosa.
—¿Qué?
—Dale las gracias a Nerea. Sin su vídeo, no habríamos llegado a tiempo del plazo que te dieron.
Asiento, y lo veo marcharse.
Me quedo con la carpeta abierta.
Ramón me dio catorce días convencido de que llegaría al final sin nada. Esta tarde se cumplen. Y le espera una sorpresa.
A las doce y cuarto entro en Recursos Humanos. No porque me hayan llamado. Porque soy idiota.
Claudia levanta la cabeza al verme.
—¿Qué necesitas?
Me siento frente a ella.
—¿Cómo está lo de Nerea?
—En revisión hasta que dirección cierre criterio.
—Quiero cerrarlo hoy. Después del Consejo no habrá motivo para mantenerlo abierto.
Claudia no dice nada. Eso ya debería avisarme.
—¿Lo habéis hablado?
La pregunta me detiene.
—¿Quién?
—Tú y Nerea.
—No hace falta.
Claudia apoya el bolígrafo sobre la mesa.
—Voy a llamar a Lucas.
—Ni se te ocurra.
—Esto merece celebración.
Me levanto.
—Claudia.
—Vale, vale.
Salgo.
Mi siguiente parada está tres plantas más abajo.
Nerea está en la zona de archivo, con dos carpetas abiertas sobre una mesa y un lápiz sujetándole el moño.
—Necesito preguntarte una cosa.
Levanta la vista.
—Hostia.
—Muy graciosa.
—Sigue. No quiero interrumpir un acontecimiento histórico.
—Recursos Humanos puede cerrar hoy lo tuyo después del Consejo.
La broma desaparece.
—¿Puede?
—Sí. Vengo de allí.
—Bien. Quiero que se archive. No quiero otro comité, ni otra reunión, ni tener que justificar por décima vez un vídeo que grabé en mi tiempo libre.
Asiento.
—Pero quiero estar cuando se tome la decisión final —añade.
—¿Por qué?
—Porque es mi nombre el que está en esa carpeta. Quiero escuchar cómo la cierran.
Da un paso hacia mí y mi cuerpo reacciona sin permiso.
—De acuerdo.
—Y quiero que, si alguien intenta convertirlo en un favor personal tuyo, me dejes contestar a mí.
—Eso me va a costar.
—Pues ve aprendiendo, que ya vas teniendo canas.
—¡Yo no tengo canas! —me quejo.
—Eso que te crees tú.
No sé si reírme o estrangularla.
Me inclino un poco.
—¿Algo más?
—Sí.
—¿Qué?
—Devuélveme el lápiz.
Miro su pelo.
—Lo llevas puesto.
—Ah.
Se lo quita.
El moño se viene abajo.
Me quedo mirándola y su ceño se frunce.
—No he hecho nada —defiendo.
—Tu cara sí.
Sonríe.
—Vete al Consejo, señor León.
—No vuelvas a llamarme así.
—Depende de cómo te portes.
Me marcho antes de hacer algo que nos obligue a cerrar también la puerta del archivo.
A las cinco menos tres minutos Ramón entra en la Sala de Juntas con la misma seguridad de siempre.
Ferrer llega detrás.
Lucas se sienta a mi derecha.
Héctor no forma parte del Consejo, pero espera fuera con toda la documentación preparada por si necesitamos algo.
Cada uno tiene una carpeta delante con el informe que él ha preparado.
Tomamos todos asiento, y Ramón es el primero en hablar.
—Bueno —empieza—. Se acabó el plazo.
—Así es —respondo, mirándolo fijamente.
—Tus equivocadas intuiciones ya nos han retrasado bastante.
—Catorce días —le recuerdo.
—Suficiente para no hacerle perder más el tiempo al Consejo.
—O para poder demostrar que estaba en lo cierto.
Hace un gesto que apenas se aprecia, pero que noto desde mi posición.
—Solo son conjeturas, así que acabemos con esto cuanto antes.
—Voy a darte lo que me pides. Hablemos de Enerplus.
Ramón y Ferrer se tensan en cuanto lo nombro.
—Abran sus carpetas —les pido a los miembros del Consejo.
El trabajo de Héctor es impecable.
Pero Lucas ha preparado una presentación visual.
En la pantalla aparecen cada uno de los fotogramas del vídeo. En todos ellos se ve claramente lo que ocurre. La plaza. El coche. Ramón. Valcárcel…
La sala se queda en silencio.
Ferrer deja de moverse. Ramón tarda un segundo más de la cuenta.
—¿Qué es esto?
—Tú sabrás.
—Solo son fotografías borrosas.
—En realidad son fotogramas.
—No veo qué relación tiene con la reunión —masculla tenso.
—El hombre que aparece contigo es Javier Valcárcel.
Una consejera gira la cabeza hacia Ramón.
Él ni pestañea.
—Conozco a Valcárcel. Media industria lo conoce.
—Sí. Pero no que os conocéis tanto —enfatizo.
Miro a Lucas y este pasa a la siguiente imagen.
Hemos dejado lo mejor para el final. La entrega de la carpeta de Enerplus ampliada.
Ramón cambia de postura.
—Esto es IA. Yo no estaba ahí.
—La emisión fue en directo —aclaro.
—De igual modo. Eso no demuestra nada. Hay conversaciones habituales con otras empresas del sector.
—No con documentación interna de una operación pendiente de votación —replico.
—No podéis demostrar qué había en esa carpeta.
—Podemos demostrar qué expediente salió del archivo, quién lo retiró y qué referencia aparece en el vídeo. Así como las transferencias que ellos te han ido haciendo.
Uno de los consejeros veteranos toma una de las hojas y decide intervenir.
—Aquí hay transacciones de dinero a tu cuenta. ¿Puedes explicarlo?
—A nadie le importa si yo tengo relaciones privadas fuera de la empresa.
—Sí, cuando se trata de la competencia —le recuerdo.
Ramón golpea la mesa con dos dedos.
—Esto es absurdo. Estáis construyendo una acusación sobre una grabación casual de una empleada que ya ha puesto en riesgo la imagen de esta empresa.
—Cuidado —advierto.