Capítulo 20
Elías
Me despierto con una rodilla clavada en el muslo.
Abro los ojos.
Nerea ocupa aproximadamente el ochenta por ciento de la diminuta cama.
—Gómez.
Nada.
—Nerea.
Gruñe.
—Aparta la rodilla —le pido.
—No estoy despierta.
—Me estás lesionando.
—Problema tuyo.
—Necesito que la sangre me circule por esa pierna.
Abre un ojo.
—Qué exigente te levantas después de follar.
—Habla más bajo.
Su sonrisa aparece de golpe.
—Mira quién teme ahora a mi madre.
—Tu madre me da bastante más miedo que el Consejo.
—Como debe ser. ¿Qué hora es?
—No lo sé.
Alargo la mano hacia la mesilla para coger el móvil y se lo muestro.
—Mierda —suelta, incorporándose de golpe.
—¿Qué?
—Son las ocho y veinte.
—¿Eso es malo?
—Mis padres llevan despiertos desde antes de que Dios inventara el domingo.
—Hoy es sábado.
—Les da igual.
Sale de la cama y empieza a recoger su ropa.
—Tú bajas primero —me ordena.
—¿Por qué?
—Porque eres el invitado.
—Tú eres su hija.
—Exacto. Yo tengo antecedentes.
—No entiendo tu lógica.
—No necesitas entenderla. Solo obedecer. Muévete.
«Mejor no discutir».
Diez minutos después consigo salir de la habitación vestido, peinado lo suficiente y con una dignidad que se sostiene por puro esfuerzo.
Bajo.
Encarna está en la cocina. Paco, sentado a la mesa. Los dos levantan la vista.
—Buenos días —saludo.
—Buenos días —responde Encarna.
Paco me observa.
—¿Has dormido bien?
—Sí.
—¿El colchón no se te ha hundido por la izquierda?
Me quedo quieto.
Encarna le da un golpe con un paño.
—Paco.
—¿Qué? Yo solo pregunto.
«Tierra, trágame».
Me siento.
Encarna deja café delante de mí.
—¿Quieres tostadas?
—Sí, gracias.
—¿Dulce o salado?
—Lo que haya.
—Aquí hay de todo.
Otra frase cotidiana y ninguna pulla. Malo.
Me sirve dos tostadas.
Paco sigue mirándome. Vigilándome, más bien.
Por fin aparece ella. Pelo mojado. Ropa distinta. Cara de inocencia tan exagerada que juraría que provoca lo contrario.
—Buenos días.
Encarna ni se gira.
—Buenos días, hija.
—¿Qué hay para desayunar?
—Lo mismo que siempre.
—Perfecto.
Se sienta frente a mí. Evita mirarme.
Yo también.
Paco muerde una tostada sin quitarme ojo.
—A Elías no se le ha hundido el colchón —suelta de pronto.
Nerea se atraganta.
Encarna cierra los ojos.
—Paco.
—¿Qué? Solo es una observación.
Nerea bebe agua. Me mira por encima del vaso.
Yo concentro toda mi atención en la tostada.
—Igual le diste la vuelta al colchón. No sé. Me resulta extraño —insiste Paco.
—Papá.
Encarna deja un plato delante de su hija.
—¿Y tú? ¿Has dormido bien también?
«A este ritmo, las indirectas van a necesitar control aéreo».
Nerea mira a su madre.
—Sí.
—Me alegro.
Y ahí termina. Ninguna pregunta más.
Encarna vuelve a la cocina. Nerea me mira.
Yo levanto una ceja.
Ella mueve los labios y puedo leerlos: «Lo sabe».
Miro a Encarna. Está de espaldas.
—Claro que lo sé —responde la mujer desde la cocina.
Nerea se hunde en la silla. Paco se ríe.
Yo decido que necesito más café.
Tras el desayuno, Nerea nos sorprende a todos diciendo que nos volvemos a Madrid. Sus padres son los primeros en quejarse. Aunque después de que Encarna la interrogara en la cocina, mientras Paco y yo conversamos en el salón, la mujer accedió, no sin antes reñirle por no venir más a menudo a verla.
Poco después, los dos nos acompañan hasta el coche.
Encarna nos ha preparado comida para el trayecto. Mucha. Demasiada.
—No necesitamos tanto —protesta Nerea.
—Tú cállate.
—Son tres horas.
—Puede haber atasco.
—Mamá.
—Y él está muy delgado.
Miro a Nerea.
—Tu madre me cae bien.
—Traidor.
Encarna abraza a su hija para despedirse.
—Id despacio, que la carretera está muy mala. Y avísame cuando llegues, que me quede tranquila.
—Que sí, mamá. Como siempre.
—Siempre no, que luego se te olvida.
Paco, a mi lado, me entrega las bolsas de comida, que yo guardo en el maletero.
—Conduce con cuidado —me advierte el hombre.
Desde el desayuno, he descubierto que es un hombre más tolerante de lo que parecía en un principio. He dormido con su hija bajo su techo y, más allá de unas pocas indirectas, está claro que entiende que somos adultos.
—Descuida. Siempre lo tengo.
Le ofrezco la mano y él se la queda mirando.
—Déjate de formalismos, hombre. Dame un abrazo.
Me lo da él a mí. Le respondo agradecido.
Hasta que se acerca a mi oído con disimulo.
—Da gracias a que no he encontrado los perdigones de la escopeta.
Trago saliva.
Él se separa y con una sonrisa me da una palmada en el brazo.
—Vuelve cuando quieras —remata, como si no pasara nada.
Encarna se acerca y me abraza antes de que pueda reaccionar.
—Y tú no seas tan serio.
—Lo intentaré.
—Eso no sirve. Hazlo.
—Sí, señora.
—Mucho mejor.
Nerea aparece detrás.
—¿Ya habéis terminado de adoptarlo?
—No seas celosa —responde su madre.
Un último beso a su hija y nos subimos al coche.
Arranco.
Nerea baja la ventanilla.
—¡Adiós!
—¡Llama cuando llegues!
—¡Que sí!
Cuando salimos del pueblo, Nerea se deja caer contra el asiento.
—Mi padre sabe que hemos follado.
Mi mente tarda décimas de segundo en recrear la escena de él viniendo hacia mí con la escopeta.
—Creo que tu madre lo sabía antes incluso —afirmo para no pensar en ello y desviar la atención hacia Encarna.
—Tranquilo. A mediodía ya lo sabrá medio pueblo.
La miro, frunciendo el ceño.
—¿Hablas en serio?
—A ver, déjame pensar. Espera, puede que Ismael tarde un poco más en enterarse por la resaca de anoche.
Nerea parece divertirse, a juzgar por cómo lo dice.
—Pues no me hace gracia —siseo.
—Debería. Es un pueblo pequeño, y ya sabías a lo que te exponías.
—Pero no a que todo el mundo sepa que nos acostamos.
—Podría haber sido mucho peor, así que no te quejes.
—¿Peor?
—¿Acaso crees que me presenté en tu habitación sin haber escondido los perdigones de mi padre antes?
Giro el cuello con tanta fuerza que casi me lo quiebro.
—¿Lo sabías?
—Son mis padres, ¿qué esperabas?
Abro la boca. La cierro. Vuelvo a abrirla…
—Me debes una, León —se mofa.
Su sonrisa es tan amplia que acaba contagiándome.
No sé si echarla del coche o parar para decirle lo que estoy sintiendo ahora mismo. Si pudiera, haría ambas.
Durante un rato nos quedamos en silencio.
Lo aprovecho para hacer recuento de todo lo que ha pasado. El pueblo. La verbena. La gente. Sus padres. La noche que hemos pasado juntos…
Nerea deja una mano cerca de la mía sobre la consola central. No la toca.
Durante varios kilómetros tampoco lo hago yo.
Hasta que la mueve. Un centímetro. Después otro.
Nuestros dedos se rozan. Y algo tan infantil e inocente me provoca un vuelco en el estómago.
La miro.
—Conduce —me ordena.
—Ya lo hago.
—Pues mira a la carretera.
Obedezco. Aunque ahora solo quiero centrarme en ella.
Nerea entrelaza los dedos con los míos, y sin justificación el corazón se me acelera.
—No hagas eso —me advierte.
—¿El qué?
—Sonreír de esa manera.
Ni me había dado cuenta.
Me olvido de su advertencia y aprieto su mano.
—¿Qué somos, Nerea?
La pregunta sale de mi boca antes de que pueda detenerla.
«Cojonudo, León».
Ella gira la cabeza.
—¿Perdona?
—Nada.
—No, no. Ahora no te escondas.
—Olvídalo.
—Elías León preguntando qué somos. Esto necesito grabarlo.
Me suelta y la veo rebuscando en su móvil.
«No puedo creerlo».
—No irás a sacar el móvil.
—Podría hacerse viral.
—Ya hemos tenido suficiente con tus vídeos.
Sonríe.
Vuelve a cogerme de la mano y enseguida me calmo.
—No sé qué somos —admite. Su voz cambia. Ahora es mucho más serena. Sin bromas. Sin humor—. Solo sé que no quiero volver a Madrid y fingir que no pasó nada anoche.
Aprieto su mano y la miro.
—Yo tampoco.
—Y tampoco quiero que dentro de dos días te entre un ataque de CEO y decidas que esto pone en riesgo los mercados internacionales.
—No tengo competencias sobre los mercados internacionales.
Se revuelve, alzando una ceja.
—Eres imbécil.
—Solo intento ser preciso —bromeo.
Aprieto su mano y la miro.
—Nerea. No voy a fingir que no ha pasado.
Su expresión se suaviza.
—Vale —admite al fin.
Me río.
Ella también.
Me centro de nuevo en la carretera. O al menos lo intento.
Madrid aún está a varios kilómetros. Allí nos esperan Ramón, Ferrer, Héctor, el Consejo y la decisión sobre su puto expediente.
Nada ha desaparecido porque hayamos pasado una noche juntos en casa de sus padres.
Pero tengo su mano en la mía y es cuanto quiero.
Escuchamos la música durante un rato, hasta que ella se vuelve hacia mí.
—Ah, y otra cosa… Como el lunes me vuelvas a llamar señorita Gómez delante de todo el mundo, te parto las piernas.
—¿Y cómo quieres que te llame?
Me mira.
—Nerea.
—Eso levantaría sospechas.
—Entonces improvisa.
—No improviso bien.
—Ya. —Su sonrisa se ensancha—. Por eso condujiste tres horas con una caja de pastas.
No tengo defensa.
Piso un poco más el acelerador.
—Cállate.
—Eso no va a pasar.
Lo sé.
Y, por una vez, no quiero que pase.