Mi jefe me pone. Y de los nervios también Capítulo 19
83%

Capítulo 19

Elías

No consigo dormir.

No porque el colchón se hunda por la izquierda. Tampoco por el ruido lejano de la verbena, que todavía llega amortiguado desde la plaza.

No duermo porque hace menos de una hora tenía a Nerea entre mis brazos, esperando que la besara, y decidí apartarme.

Buena idea. Magnífica. Una demostración ejemplar de autocontrol y respeto.

«Pues disfrútala, León».

Me giro hacia la pared. Dos minutos después vuelvo boca arriba.

No sé qué esperaba conseguir al venir hasta aquí. Verla. Hablar con ella. Comprobar que estaba bien. Quizá dejar de sentir que todo entre nosotros se había convertido en una sucesión de decisiones tomadas demasiado tarde.

Lo que no esperaba era terminar bailando en una verbena mientras medio pueblo discutía si soy su novio.

Y aún menos acabar en casa de sus padres, tumbado en una cama con sábanas de flores, intentando convencer a mi cuerpo de que haberme alejado de ella ha sido una idea excelente.

Miro la hora. Las dos y trece.

Cierro los ojos.

«Duerme».

Algo cruje en el pasillo.

Los abro.

Otro crujido. Pasos.

Me incorporo.

La puerta se abre con una lentitud absurda y aparece Nerea, descalza, con una camiseta enorme que le llega a medio muslo y el pelo suelto sobre los hombros.

Se queda quieta al verme despierto.

—Joder. ¿Por qué estás despierto?

—Porque duermo con los ojos abiertos.

Me fulmina.

—Habla más bajo.

—Tú has entrado en mi habitación.

—Ya lo sé.

Cierra la puerta despacio. Después apoya la espalda contra ella y se queda ahí.

No se acerca. Yo tampoco.

—¿Qué haces aquí?

—No lo sé.

—Eso empieza a ser una respuesta habitual entre nosotros.

—Cállate.

—Estoy susurrando.

—Pues susurra menos.

Tiene las mejillas algo encendidas. No sé si por haber atravesado el pasillo o porque también lleva una hora pensando en la plaza.

Espero. Por una vez, espero.

—Lo de antes —empieza.

—¿El baile?

—Lo de que no me besaras.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que sabes perfectamente de qué hablo.

Da dos pasos.

—¿Por qué no lo hiciste? —añade.

Podría responder muchas cosas. Ninguna me convence.

—Porque no sabía si querías.

—Mentira.

—¿Perdona?

—Sabías que quería —asegura.

—Creía que querías.

—Es lo mismo.

—No.

Se cruza de brazos.

—Ah, genial. Ahora resulta que además eres experto en consentimiento.

—No he dicho eso.

—Has venido tres horas detrás de mí sin avisar y de repente te entra la prudencia.

—Precisamente.

Frunce el ceño.

—Explícate.

Me siento en el borde de la cama.

—La última vez que supuse lo que querías, acabé tomando una decisión por los dos.

—Otra vez con el hotel.

—Has venido tú a hablar de esto.

—No. He venido porque me has dejado con cara de imbécil en mitad de una verbena.

—Eso sí ha sido bastante satisfactorio.

Abre la boca. La cierra.

—Eres gilipollas.

—Lo sé.

Se acerca otro paso.

—Quiero saber por qué te apartaste aquella noche.

Ahí está. Sin chistes. Sin margen.

—Ya te lo dije.

—Me dijiste que era lo correcto. Eso no es una explicación. Es una frase de taza de desayuno para gente que no quiere mojarse.

Respiro.

—Me acojoné —confieso.

Nerea parpadea.

—¿De mí?

—No.

—Pues desarrolla un poco, porque no cobro por palabra.

Bajo la vista un instante.

—Te besé porque quería hacerlo.

—Eso ya lo había notado.

—Y después pensé en todo lo demás.

—Qué romántico.

—Trabajas para mí.

—También lo sabía antes del beso.

—Sí.

—Y aun así me besaste.

—Sí.

—Entonces volvemos al principio.

Aprieto la mandíbula.

—Pensé que si seguía podía acabar pareciendo que todo lo anterior había sido por eso.

—¿A qué te refieres?

—Subirte a la planta. Tenerte cerca. Darte trabajo conmigo.

—¿Creías que iba a pensar que me habías subido porque querías acostarte conmigo?

—Sí.

—¿Y en vez de explicármelo decidiste apartarme?

—Sí.

—Brillante.

—No he dicho que fuera brillante.

—Pues te salió fatal.

—También.

Se queda mirándome.

—¿Y hoy?

—No lo he hecho porque quería que la siguiente decisión fuera tuya.

Me mira un segundo.

—Eso suena sospechosamente pensado.

—¿Pensado? Llevo una hora aquí tumbado intentando averiguar si he sido respetuoso o simplemente imbécil.

—¿Conclusión?

—Las dos cosas pueden ser compatibles.

Se le escapa una risa.

—Virgen de la Tostadora.

—¿Qué?

—Nada. Es que llevo semanas intentando que dejes de decidir por mí y justo cuando me apetece que tomes una decisión te da por aprender.

—Tengo mal sentido del tiempo.

—Eso está claro.

Se acerca hasta quedarse delante de mí.

Estoy sentado. Ella de pie. Su rodilla casi toca la mía.

No hago nada.

Nerea baja la vista.

—¿Y si decido mal? —cuestiona.

—Será tu decisión.

—Qué útil.

—No puedo hacer más.

—Puedes dejar de mirarme así —suelta de pronto.

—¿Así cómo?

—Como si llevaras una hora intentando arrancarme la camiseta con los ojos.

—Llevo bastante más de una hora.

Silencio.

Su boca se abre un poco. La poca prudencia que me quedaba acaba de morir.

—Eso no ayuda —murmura.

—Lo siento.

—No lo sientes una mierda.

—No.

Su mano llega a mi cara. Solo los dedos. Me roza la mandíbula.

Mi cuerpo se tensa en respuesta.

—¿Estás segura?

—Cállate.

Se inclina. Me besa. Sin dudas, sin miedo. Me besa como si llevara toda la noche cabreada porque no lo hice yo.

Mis manos van a su cintura y ella se separa apenas un centímetro.

—Y como vuelvas a preguntarme si estoy segura, te pego.

—No iba a hacerlo.

—Así me gusta. Ahora… bésame.

Eso sí sé hacerlo.

La beso. Y esta vez no hay ninguna necesidad de contener nada salvo el ruido. Lo recordamos cuando golpeo la mesilla con la rodilla.

Nerea ahoga una carcajada contra mi cuello.

— Shhh .

—Me he dado —me defiendo.

—Pues sufre en silencio.

—Qué considerada.

—Mi madre duerme al final del pasillo. Si entra, yo salto por la ventana y tú te quedas a dar explicaciones.

Vuelve a besarme antes de que pueda responder.

La atraigo hacia mí y acaba sentada sobre mis piernas. Su camiseta sube un poco. Mis manos encuentran su espalda.

Se estremece.

—Arden —susurra.

—Perdón.

—No pares.

Obedezco. Eso parece hacerle gracia.

—Mira qué bien se te da seguir instrucciones.

—No abuses.

—Es una noche histórica.

Le tapo la boca con la mía.

Funciona durante cinco segundos. Después vuelve a hablar.

—¿Sabes qué es lo peor?

—Que no te callas ni besándote.

Me muerde el labio.

—Eso te pasa por listo.

—¿Qué era lo peor?

Me mira. La broma desaparece un instante.

—Que quería esto desde el hotel.

Ahí sí dejo de hacer chistes.

—Yo también.

—Y me cabreó muchísimo que lo estropearas.

Asiento.

—Ahora lo sé.

Su mano baja por mi pecho.

—Bien. Cállate y sigue.

Sonrío.

La beso. Y esta vez no dejo que nos interrumpa.

Aunque ella aprovecha la más mínima para comentar algo. Incluso ahora.

Se ríe cuando casi tiro una almohada al suelo. Me amenaza cuando la cama cruje. Me ordena parar de reírme cuando soy yo quien se da cuenta de que está intentando colocar un cojín contra el cabecero para amortiguar el ruido.

—Esto es ridículo —susurro.

—Esto es supervivencia —me corrije.

—Podríamos esperar a volver a Madrid.

Me mira como si acabara de insultar a su familia.

—Ni de coña.

—Era una propuesta.

—Rechazada.

—¿Por unanimidad? —me burlo.

—Exacto.

La tensión vuelve antes de que la risa termine.

Esta vez más lenta. Más consciente.

No hay urgencia por llegar a ningún sitio porque ya estamos aquí.

Y cuando por fin dejamos de contenernos, lo hacemos sin promesas ni frases enormes, con besos que saben a todo lo que hemos ido aplazando y con las manos aprendiendo lo que hasta ahora solo habían rozado.

Nerea me busca.

Yo la dejo marcar el ritmo.

En algún momento vuelve a mirarme como si necesitara una confirmación que no quiere pedir. Le beso la frente, la boca, cualquier sitio que consiga quitarle esa sombra de los ojos.

No necesito explicarle nada. Esta vez no pienso apartarme.

He esperado demasiado este momento. La había imaginado acorralándola en cualquier rincón de la oficina. En el pasillo, en el ascensor… Había fantaseado con quitarle la ropa en multitud de ocasiones, en llevarla a mi piso y follarla hasta acabar agotados.

Y de todos los escenarios posibles, acabamos aquí, en una cama antigua en la que apenas quepo yo solo, y con sus padres al final del pasillo. Con dos cojones.

Pero no me importa. Todo se desvanece cuando la beso y hundo la yema de los dedos en cada puto centímetro de su cuerpo para quitarle la ropa.

Su piel desnuda agita aún más mi respiración. Y me estremezco en cuanto su aliento roza el lóbulo de mi oreja.

«Joder».

Su respiración aumenta con la mía. Y pierdo cualquier resquicio de raciocinio cuando restriega su parte íntima contra mi entrepierna. La tengo dura y firme como una piedra.

Atrapo su boca. Su lengua es cálida. La mía está ardiendo.

La giro. Me quedo desnudo sobre ella. Y le muestro con cada movimiento el deseo que llevo arrastrando desde tanto tiempo.

Me aparto para mirarla un instante. Ella asiente. Es cuanto necesito.

Rozo su abertura al principio. Dura poco. No puedo contenerme. Ella tampoco.

Invado su interior como un depredador sobre su presa. En otra vida podría luchar por contenerme. En esta no.

La miro. La beso. La miro de nuevo. Y la penetro. Una y otra vez. Implacable.

Y por primera vez en mucho tiempo, dejo de ser el tipo que todo el mundo espera. Dejo de ser el hombre que dirige una empresa, que aprendió a base de golpes que mantener las distancias era lo único que podía protegerme.

Aquí y ahora, solo soy yo. Solo está ella. Solo estamos nosotros.

Y es cuanto importa.

Más tarde, Nerea está tumbada sobre mi pecho con una mano apoyada en mi estómago.

Nuestras respiraciones comienzan a calmarse.

Y noto por la tensión de mi cara que sonrío como un idiota.

—¿Estás despierto? —pregunta.

—No.

—Bien.

—Déjame que me reponga al menos.

—No lo digo por eso.

«Mierda».

—¿Entonces?

—Solo quería saber si te arrepientes.

Bajo un poco la cabeza para mirarla.

—¿Acaso tú sí?

—He preguntado yo primero.

—No. Claro que no me arrepiento.

Su mano se relaja.

—Vale.

—No me has respondido —insisto.

—Pregúntamelo mañana cuando haya comprobado que mi madre no está esperándonos con agua bendita en la cocina.

Me río. Me golpea el pecho.

— Shhh .

—Perdón.

—Como nos oiga...

—Dudo que no te haya oído.

—¡Oye! —Me golpea—. Tú tienes la culpa.

Debo ser un tonto, porque noto cómo ahora la sonrisa de idiota aumenta.

—Nerea.

—¿Qué?

—Duérmete.

Levanta la cabeza.

—¿Me estás dando una orden?

—Una sugerencia.

—Así me gusta. Mi pueblo. Mi casa. Mis normas, chato.

Se acomoda otra vez.

Cinco minutos después está dormida.

Yo tardo bastante más.

Lo mismo que tarda esta estúpida sonrisa en desaparecer de mi puñetera cara.