Capítulo 18
Nerea
—No me jodas.
Esta vez lo digo en voz alta.
Elías está al otro lado de la plaza, con algo en las manos y esa cara no saber exactamente qué hacer.
Bien. Que se joda un poco.
Dejo la caja de bombillas junto al escenario y camino hacia él. Ismael, subido a una escalera, me sigue con la mirada como si acabara de empezar el espectáculo principal de las fiestas.
—¿Qué coño haces aquí? —le suelto cuando llego a su altura.
—Hola.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Habrás conducido al menos tres horas y te has presentado aquí sin avisar. Yo diría que algo has empezado.
Elías mira alrededor.
—Técnicamente he conducido dos horas y cincuenta y siete minutos.
Lo fulmino.
—Como vuelvas a corregirme por unos minutos de mierda, te entierro detrás de la iglesia.
—Anotado.
Se cruza de brazos y apoya el peso en una pierna.
—¿Qué haces aquí?
Esta vez no esquiva la pregunta.
—He venido a verte.
—Pues ya me has visto.
—Sí.
—Perfecto. Puedes volver a Madrid.
Asiente.
—Si no quieres que me quede, me iré.
No intenta sonreír. No pone esa cara de CEO que utiliza cuando cree que puede convencer a una habitación entera de cualquier cosa con cuatro frases.
Solo espera.
Eso me cabrea más.
—No hagas eso —gruño.
—¿El qué?
—Comportarte razonablemente. Me descolocas.
La comisura de su boca se mueve.
—Lo siento —susurra.
—Y deja de pedir perdón.
—No he pedido perdón.
—Peor todavía.
Detrás de mí alguien carraspea.
Me giro. Ismael sigue en la escalera, pero ahora ya no disimula.
—¿Necesitáis que me vaya? —nos pregunta.
—Sí —respondo.
—No —responde Elías.
Lo miro.
—Mi pueblo. Mis reglas.
—Entonces sí —rectifica.
Ismael hace caso omiso y baja un peldaño.
—¿Este es el del vídeo?
Pongo los ojos en blanco.
—Ismael.
—Yo solo pregunto —se excusa—. ¿Eres el novio?
—No —respondemos Elías y yo a la vez.
—Es mi jefe —aclaro.
Ismael sonríe.
«No se ha creído una sola palabra».
Se vuelve hacia las luces y comienza a silbar.
Lo odio.
Me vuelvo hacia Elías. Bajo la vista y observo que lo que lleva en la mano es una caja de pastas.
—No sabía qué traer —justifica, mirándola.
—¿Traer adónde?
—Lucas dijo que no podía presentarme aquí con las manos vacías.
Lo miro.
—¿Lucas sabe que has venido?
—Estaba conmigo. Me propuso llevaros al apartamento unos churros esta mañana y… Bueno, ya imaginas el resto.
—No, no lo imagino. Quiero saberlo.
—La idea era sorprenderos a ti y a Claudia, e invitaros a desayunar.
—Y la has sobornado con unos churros para que te dijera dónde estaba.
—No ha querido darme la dirección, por si quieres saberlo.
—Eso la libra del homicidio de momento.
Veo que sonríe y eso me provoca una punzada.
«Mierda.»
Aquí fuera no hay despacho, ni puerta de cristal, ni un edificio entero que nos obligue a comportarnos como dos adultos que saben perfectamente lo que hacen.
Solo hay una plaza, mi pueblo y una caja de pastas entre nosotros.
—Nerea.
La voz de mi madre atraviesa el aire desde la esquina.
«Virgen de la Tostadora».
Aparece cargada con dos bolsas y la energía de una mujer que lleva toda su vida considerando que cualquier problema ajeno mejora cuando ella participa.
—Mamá...
—Elías —se presenta él—. Encantado.
Le tiende la mano.
Mi madre observa la mano como si hubiera aparecido una serpiente.
Después se la estrecha.
—Encarna.
—Mamá, él es…
—Tu jefe.
Elías me mira.
Yo miro a mi madre.
—¿Cómo coño lo sabes?
—Lo sabe medio pueblo, hija.
Giro la cabeza.
Desde la escalera, Ismael levanta una mano.
—Eficiencia local —explica.
—Voy a matarte.
—Pero espera a después de las fiestas.
Mi madre ya ha vuelto a centrarse en Elías.
—¿Has venido desde Madrid?
—Sí.
—¿Por trabajo?
—No.
Silencio.
Mi madre me mira. Yo niego con la cabeza.
—¿Y dónde vas a dormir?
Elías tarda demasiado en responder.
—Pues aún no lo sé. Buscaré algo.
Mi madre frunce el ceño.
—¿Cómo que buscarás algo?
—Mamá, ni se te ocurra —le advierto.
—¿Es que no sabes que estamos en fiestas?
Ella sigue a lo suyo.
—Mama, no —insisto.
—Está todo lleno.
—¡Mamá!
—No se hable más. Te quedarás a dormir en casa.
«Como este no abra la boca, le doy un codazo que lo mando a Cuenca».
—Se lo agradezco —interviene al fin Elías—, pero no es necesario.
—Ya lo creo que sí —le rebate mi madre.
A terca no le gana nadie.
—Ya lo has oído, mamá. NO es necesario —recalco.
—Pero no hay alojamiento, hija. Además, en casa tenemos un cuarto de sobra.
—Un cuarto lleno de cajas —le recuerdo.
—Se apartan, no hay problema.
Elías abre la boca.
—No quiero molestar.
Mi madre lo señala con una de las bolsas.
—Eso lo decido yo.
La cierra.
Mi padre aparece por detrás de ella con una barra de pan debajo del brazo.
—¿Qué pasa?
—El jefe de Nerea duerme en casa —le responde antes de que nadie diga nada.
Mi padre mira a Elías. Después me mira a mí.
—Ah.
Eso es todo.
—¿«Ah»? —repito—. ¿No tienes ninguna pregunta?
—Luego.
Eso es aún peor.
—Él es Elías. Mi marido y padre de la criatura, Pedro. —Los presenta mi madre.
Acto seguido, coge la caja de pastas de las manos de Elías.
—¿Estas son para nosotros?
—Sí.
Las abre allí mismo y prueba una.
—Son buenas.
Elías parece respirar por primera vez en cinco minutos.
Miro al cielo.
—Por favor, que alguien me atropelle.
Mi madre se gira.
—¿Vienes a comer?
—¿Quién? —pregunto.
—Tú no. Tú ya comes. Él.
Elías me mira.
—No me mires. Yo he perdido toda autoridad hace veinte minutos.
Una hora después Elías está sentado en la cocina de mis padres con un plato delante que podría alimentar a una familia de cuatro.
Mi madre considera que si alguien conduce desde Madrid hay que compensar el desgaste con comida.
No importa que sean las cinco.
—Come.
—Encarna, está buenísimo.
—Ya lo sé.
Mi padre está enfrente. Lo observa. No de forma hostil. Peor. Con curiosidad.
—¿Y tú qué haces exactamente? —le pregunta.
«Ay, dios».
—Dirijo Eléctrica del Río —responde él.
—Eso ya lo ha dicho ella. —Me señala con el tenedor—. Quiero saber qué haces.
«Meterme la lengua hasta el higadillo».
Elías se queda pensando.
—Intento que la empresa funcione.
Mi padre asiente.
—Eso ya es más claro.
—Papá, no le hagas una entrevista —intervengo.
—Estoy hablando.
—Eso es lo preocupante.
Mi madre aparece con más comida.
—¿Estás casado?
Cierro los ojos.
—Mamá.
Elías bebe agua.
—No.
—¿Novia?
—No.
—Mamá.
—Estoy hablando con él —se queja.
—Sobre mí.
—Todavía no.
Elías baja la vista al plato. Sé que está sonriendo.
—No te rías —le riño.
—No me río.
—Conozco esa cara.
Mi padre nos observa.
—Entonces sí que os conocéis, sí.
—Trabajamos juntos —justifico.
—Eso no es lo que he dicho —me rebate.
Mi madre deja la fuente sobre la mesa.
—¿Y por qué has venido?
«Directa a la yugular, para variar».
Elías levanta la cabeza.
«A ver cómo sales de esta, chato».
—Porque quería verla.
Mi madre me mira.
Yo encuentro un enorme interés en una aceituna.
Mi padre mastica.
—Bien. —Asiente mi madre.
—¿Bien qué? —cuestiono.
—Nada.
—En esta familia «nada» significa que vais a hablar de mí cuando salga por la puerta.
—También cuando estés delante —me aclara ella, por si me cabía la menor duda.
«Perfecto».
Por la noche todo el pueblo está en la plaza.
Las luces, que Ismael casi termina cayéndose de la escalera para colgar, funcionan. La orquesta también, aunque utiliza el mismo repertorio que cuando yo tenía quince años y sospecho que incluso alguno de los músicos sigue siendo el mismo.
Elías baja conmigo. Sin corbata. Camisa arremangada y vaqueros.
«Joder, incluso sin traje es capaz de llamar la atención a medio pueblo».
A los diez minutos ha conocido a mi tía Loli, al panadero, al hombre que arregla las persianas y a tres señoras que no sé quiénes son, pero que me han visto crecer y, por tanto, consideran que tienen derechos legales sobre mi vida.
Lo observo con todo el disimulo que puedo. Es decir, ninguno.
Esperaba que estuviera incómodo. Lo está. Pero aguanta.
Mi tía Loli le pregunta cuánto gana. Él consigue esquivar la pregunta. El panadero le explica durante siete minutos por qué la luz está carísima.
Elías escucha paciente y sonríe a cada uno de ellos.
«Me pregunto dónde habrá dejado el palo que siempre lleva en el culo».
Después mi padre le pone una caja de botellas en las manos.
—Lleva eso a la barra.
Él mira la caja. Después a él.
—Claro.
Elías se aleja y al momento aparece Pilar, invocada por el olor a cotilleo. Es amiga de la familia de toda la vida, vecina pared con pared… y la maruja reina del pueblo.
—¿Ese es el hombre del vídeo?
«Ahí está. Directa a la yugular».
La miro.
—Pilar, no empieces.
—Yo solo pregunto.
—Pues deja de hacerlo.
—¿Y ha venido desde Madrid?
—Y sabe conducir. Guau —suelto con sarcasmo.
—¿Y duerme en tu casa?
—Por culpa de mi madre —mascullo.
—¿Y cuánto tiempo lleváis juntos?
—¡Solo es mi jefe!
—Pues para ser solo tu jefe no te quita ojo —me rebate con ese gesto picarón de «a mí me la vas a dar con la edad que tengo».
Giro la cabeza.
Error.
Elías está al otro lado de la plaza mirándome.
Aparto la vista un segundo después. Pilar sonríe.
—Cállate —le suelto antes de que abra la boca.
—Así que tu jefe, ¿eh?
—Sí —gruño.
—Solo tu jefe —insiste.
—Vete a tomar por saco.
—Eso pensaba.
Se marcha encantada.
La odio muchísimo.
La orquesta empieza una canción lenta cuando ya llevo dos vasos de algo que mi tía insiste en llamar sangría, aunque estoy casi segura de que contiene productos de limpieza.
Estoy hablando con una prima cuando aparece Elías.
—Te reclama tu padre.
—¿Para qué?
—No lo sé. Me ha mandado a buscarte.
—¿Ya te utiliza de recadero?
—He bajado de categoría rápido —se mofa.
—Te sienta bien.
Mi prima sonríe.
—¿No vais a bailar?
—No.
—No —repite Elías.
—Qué sincronizados.
Se marcha antes de que pueda estrangularla.
—Tu pueblo es agotador —murmura él.
—Llevas solo unas horas.
—Han sido intensas.
—Puedes volver a Madrid, si quieres.
—No, no quiero.
La respuesta sale demasiado rápido.
Nos miramos.
—Eso ha sonado bastante claro —digo.
—Lo era.
Antes de que pueda responder, mi tía Loli aparece detrás de nosotros.
—¿Por qué estáis ahí como dos pasmarotes?
—Porque estamos bien —respondo.
—Bailad.
—No.
—Yo no bailo —añade Elías.
Mi tía lo mira.
—Pues aprendes.
Y antes de que podamos hacer nada, me empuja hacia él. Literal.
Le pongo una mano en el pecho para no estamparme.
Elías me agarra por la cintura.
Los dos nos quedamos quietos.
—La voy a matar —murmuro.
—Luego.
—No sabes bailar.
—Tú tampoco.
—Yo soy de aquí.
—Eso no es una habilidad.
—Cállate.
Su mano sigue en mi cintura. La mía sigue en su pecho.
La música tampoco ayuda.
—Nos están mirando —murmuro.
—Lo sé.
—Todo el pueblo.
—También.
—¿Y no te pone nervioso?
—Ahora mismo tengo otros problemas.
Levanto la vista.
—¿Qué problemas?
Sus ojos bajan a mi boca.
«Joder».
—Elías.
—¿Qué?
—No.
—No estoy haciendo nada.
—Ya.
—Esta vez de verdad.
Nos movemos. Poco. No sé si esto cuenta como bailar. El caso es que acabamos siguiendo la música sin pisarnos demasiado.
Su pulgar se mueve sobre mi cintura. Un gesto mínimo. Me pone más nerviosa que cualquier beso.
—¿Por qué has venido? —pregunto.
—Ya te lo he dicho.
—No. Me has dicho que querías verme. Eso responde al qué, no al porqué.
Suspira.
—Cuando Claudia me dijo que te habías ido, me subí al coche sin pensarlo.
—Necesitaba espacio.
—Lo sé.
—Y tu reacción ha sido venir detrás.
—Sí.
—Muy coherente.
—No he dicho que lo fuera.
—Podías haberte quedado.
—Podía.
—¿Y?
Me mira.
—No pude.
Ahí está. Sin discurso. Sin adornos. Dos palabras que se me meten debajo de las costillas.
Seguimos moviéndonos.
La canción cambia.
Ninguno se aparta.
—Cuando llegué te vi riéndote —añade al cabo de un rato.
—¿Y?
—Pensé que quizá Claudia tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que aquí estabas mejor sin mí.
La frase me aprieta algo por dentro.
—Y aun así te acercaste.
—Sí.
—Eres muy listo para unas cosas y bastante imbécil para otras.
—Eso empieza a quedarme claro.
Me río. Él también.
Y ahí está otra vez esa sensación. La de cuando todo es fácil durante cinco segundos y después recuerdo por qué no debería serlo.
La música se vuelve más lenta. O quizá somos nosotros. No lo sé.
Elías me mira. Sé lo que va a pasar. Mi cuerpo también. Lo noto en la forma en que dejo de respirar.
Su mano sigue en mi cintura. Mi brazo está alrededor de su cuello.
No hay despacho. Ni hotel. Ni vídeo. No hay nada entre nosotros.
Se acerca. Muy poco. Lo suficiente.
Espero.
«Hazlo».
No lo hace.
Sus ojos siguen en los míos. Después baja la mirada a mi boca y vuelve a subir.
El pulgar se detiene.
—Mejor me voy.
Parpadeo.
—¿Qué?
Da un paso atrás. Su mano abandona mi cintura.
—Voy a por algo de beber.
—¿Ahora?
—Sí.
Lo miro como si acabara de perder la cabeza.
—Eres gilipollas.
La sonrisa le aparece despacio.
—También.
Se aleja.
Yo me quedo plantada en mitad de la plaza con la canción terminando.
Noto cómo Pilar, mi madre y mi tía me observan desde una mesa. Mi padre desde la otra punta.
Y yo solo tengo una certeza absoluta: que Elías León acaba de hacer algo mucho peor que besarme.