Mi jefe me pone. Y de los nervios también Capítulo 17
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Capítulo 17

Elías

El sábado por la mañana descubro que respetar el espacio de una persona es mucho más fácil cuando esa persona está a cientos de kilómetros.

No me entero por ella. Por supuesto.

Me entero porque a las diez y media, Lucas me convence para ir a llevarles unos churros a las chicas al apartamento. La idea no me convence mucho al principio, me comprometí a dejarle espacio. Pero la oportunidad de volver a verla fuera del despacho pudo con cualquier promesa.

La idea era darles una sorpresa. Y la sorpresa me la llevo yo.

—¿Dónde está Nerea? —pregunto al ver que la puerta de dormitorio está abierta y que no hay ni rastro de ella.

—No está.

—Eso ya lo veo.

Claudia mira a Lucas y después a mí.

—Se ha ido al pueblo.

Me quedo quieto.

—¿Qué pueblo?

—El suyo. Bueno, el nuestro.

—Gracias. Muy útil.

—No pienso darte la dirección de sus padres, si es lo que estás esperando.

—No la he pedido.

—Todavía.

Miro de nuevo hacia la puerta de su habitación vacía antes de proseguir.

—¿Por qué se ha ido?

—Porque son las fiestas este fin de semana y porque necesitaba salir de aquí.

—¿De la empresa?

—De Madrid.

No hace falta que diga la parte que falta.

La digo yo.

—Y de mí.

—Elías...

—Dímelo. ¿También se ha ido por mí?

Suspira.

—El vídeo se ha hecho viral. Media empresa intenta averiguar de quién habla. Le han planteado abrir un expediente. Y ayer volvió a besar al hombre que causó el lío en el que se ha metido.

La frase entra limpia. Y dura como una puta daga.

Me quedo en silencio. Lucas y ella me observan.

Apenas me muevo, solo para mirar el reloj y ver que cada minuto que pasa, me siento más lejos de ella.

—Necesito el nombre del pueblo.

—No. ¿Para qué?

—Para saberlo.

—Mentira.

—Claudia.

—Elías, se ha ido porque necesita descansar.

—Lo sé.

—Y tú eres una de las cosas de las que está descansando.

—También lo sé.

—Pues para saberlo, pareces alguien que está a punto de hacer exactamente lo contrario de lo recomendable.

—No voy a obligarla a hablar conmigo.

—Ah, fenomenal.

—Ni a volver.

—Entonces ¿para qué coño quieres ir?

La pregunta me deja sin respuesta unos segundos. Ese es el problema. Que no tengo una buena.

No puedo decir que sea por trabajo. Su expediente está a salvo.

No puedo decir que necesite contarle nada urgente. Solo que soy un imbécil. Pero eso me lo guardo.

—Porque quiero verla… —respondo serio—. Y porque quiero comprobar que está bien.

Lucas abre la boca y Claudia se queda en silencio un instante.

—Eso sí es una respuesta —murmura.

—Dime el pueblo —insisto.

Ella duda un instante. Busca ayuda en Lucas, y cuando este asiente, vuelve a mirarme a mí.

—Vale, está bien. Pero eso no significa que me parezca buena idea.

—Lo capto.

—Te digo el nombre del pueblo. Solo eso. Ni casa, ni calle, ni coordenadas, ni plano del tesoro.

—Suficiente.

—Y solo con la condición de que, si cuando llegues allí, ella te manda a tomar por culo, te das la vuelta.

—Prometido.

—Me va a matar por esto —se lamenta.

Claudia se gira y se acerca a la cocina. Coge un bloc de notas, escribe algo en la primera hoja, la arranca y me la trae de vuelta.

Cuando voy a cogerla, ella me la aparta.

—Una cosa más.

—Joder, Claudia, deja de hacer eso.

—Solo necesito asegurarme de que estás seguro lo que vas a hacer.

—Ya te ha dicho que sí —interviene Lucas.

—No lo digo por él —asegura.

Lucas frunce el ceño. Yo también.

—¿Lo dices por ella?

—Sí y no.

—¿Te importaría ser más explícita? —exijo.

—No sabes dónde te metes, Elías. El pueblo no se parece en nada a lo que tú conoces. Es otra cosa.

—Podré soportarlo.

—Tengo mis dudas.

—Me estás acojonando incluso a mí —interviene Lucas.

Yo pienso lo mismo en parte, aunque no digo nada.

—Compra algo por el camino. Eso siempre ayuda —me aconseja él.

—Como ¿qué?

—Yo qué sé. Vino. Dulces. Un jamón.

—No voy a presentarme con un jamón.

—Cobarde.

En apenas una hora ya estoy en el coche rumbo al pueblo de Nerea.

He guardado en la maleta lo imprescindible para una sola noche.

Introduzco el nombre en el navegador. Miro la pantalla. Dos horas y cincuenta y seis minutos de trayecto.

«Perfecto. Tengo casi tres horas para preguntarme qué coño estoy haciendo».

Media hora después veo un cartel de área de servicio. No paro. Sigo.

Quinientos metros más tarde, tomo la salida.

«Esto es culpa de Lucas».

Acabo comprando una caja de pastas. No sé por qué. Había vino. Bombones. E incluso una cesta con productos regionales tan enorme que parecía preparada para sobornar a una familia entera.

Elijo las pastas porque una señora de unos setenta años ha debido detectar lo apurado que estaba mirando el expositor y se me ha acercado. «Con eso nunca quedas mal», me ha dicho.

Cuando regreso al coche, dejo la caja en el asiento del copiloto y la miro.

—Ridículo.

Arranco.

A mitad de camino empiezo a plantearme seriamente volver. No porque no quiera verla. Precisamente por eso.

La conversación de ayer vuelve con demasiada facilidad.

«Necesito espacio».

Y mi brillante respuesta a esa petición consiste en conducir tres horas hasta el lugar al que se ha ido para buscarlo.

«Gran trabajo, León».

La diferencia está en una sola cosa. Si me echa, me voy. No voy a convencerla.

Aunque haya conducido tres horas. Aunque Lucas se pase los próximos seis meses recordándomelo. Ni, aunque tenga que regresar con una caja de pastas intacta que no pienso comer por principios.

«Principios». Ya no puedo ni pensar esa palabra sin escuchar su voz.

Llego al pueblo poco después de las tres.

No sé qué esperaba. Algo más grande, quizá.

El navegador me deja en una calle que parece ser el centro porque hay banderines colgados entre fachadas, varias mesas ocupando media acera y un cartel anunciando las fiestas junto a una farola.

«Perfecto. He venido en el fin de semana más discreto del año».

Aparco. Cojo las pastas. Bajo.

Y entonces comprendo el pequeño defecto de mi plan: No sé dónde cojones vive Nerea.

Miro alrededor.

Una pareja mayor pasa a mi lado. Después una mujer con dos niños. Un hombre cruza cargando sillas plegables.

He llegado hasta aquí sin avisar y, de pronto, lo absurdo de la situación alcanza una claridad admirable.

Soy el CEO de una empresa que factura millones. He venido casi tres horas en coche. Llevo una caja de pastas en las manos. Y no tengo ni puta idea de dónde está la mujer a la que he venido a buscar.

Podría llamarla. Pero tengo el estúpido plan de sorprenderla.

—Disculpe.

Una mujer que está colocando botellas detrás de una barra improvisada levanta la cabeza.

—¿Sí?

Me acerco.

—Busco a Nerea Gómez.

Me mira. Después a las pastas. Otra vez a mí.

—¿La hija de Encarna?

«Gracias a Dios».

—Sí.

La mujer sonríe. Y no sé por qué, esa sonrisa me preocupa.

—¿Sabe dónde puedo encontrarla?

—Claro.

Se limpia las manos en el delantal.

—Está en la plaza.

—Gracias.

—¿Tú eres el jefe?

Me quedo quieto.

—¿Perdón?

Su sonrisa aumenta.

—Nada, hijo. Sigue recto y gira a la izquierda.

«Cojonudo. Llevo treinta segundos en el pueblo y ya saben quién soy».

Camino en la dirección que me indica.

A medida que me acerco, escucho música, voces y el ruido de gente montando algo.

Doblo la esquina. La plaza aparece delante.

Y la veo.

Está de espaldas. Vaqueros cortos, camiseta blanca, el pelo recogido arriba y una caja entre los brazos mientras discute con un hombre mayor que señala unas luces colgadas sobre una estructura.

No sé qué dice. No importa.

Después se ríe. Y me quedo parado.

Porque llevo días viéndola cansada, enfadada, tensa, esquivándome por pasillos y utilizándome de inspiración para vídeos virales.

Aquí no. Aquí parece otra vez ella.

Quizá debería darme la vuelta. Dejar las pastas en cualquier parte. Regresar a Madrid y permitirle conservar esa risa sin meterme en medio.

Entonces el hombre que está con ella mira hacia mí. Dice algo.

Nerea se gira. Me ve. La caja que lleva entre las manos baja unos centímetros, y su sonrisa desaparece.

Incluso desde aquí puedo leerle los labios.

—No me jodas.

Aprieto un poco más la caja de pastas.

Bueno… Al menos la he encontrado.