Capítulo 16 #2
—Héctor sigue revisando el vídeo —me suelta de pronto.
—¿Ha encontrado algo más?
—Todavía no.
—Vale.
—El plazo del Consejo sigue corriendo.
—También lo sé.
—Bien.
—¿Me has traído aquí para actualizarme como si fuera una reunión de seguimiento?
Su mandíbula se marca.
—No.
—Pues si no quieres nada más…
Me vuelvo, y antes de alcanzar la puerta, lo noto detrás de mí.
—Quería hablar de lo que pasó.
Mi estómago decide hacer una pirueta y mi mano apretar el boli hasta marcarlo en la palma.
Me giro y ahí está. De pie. Mirándome fijamente.
—¿Del vídeo?
—No.
—Qué pena. Tengo mucho material.
—Nerea.
—Elías.
Nos miramos. Y al instante siento una punzada.
Mierda.
—Si no es algo relacionado con el trabajo, no tengo nada que hablar contigo.
—Yo sí —me rebate—. Dijiste que estaba decidiendo por los dos —empieza.
—Porque lo hiciste.
«Tengo el aguante de un folio de pie bajo una viga».
—Lo sé —admite de pronto.
No esperaba eso.
Me desconcierta lo suficiente para perder la siguiente pulla.
—En el hotel pensé que apartarme era lo correcto —prosigue.
—Sí. Lo recuerdo. Esa palabra sale mucho últimamente.
—Escucharte en el vídeo cómo lo viviste ha cambiado algunas cosas.
Me río sin humor.
—Qué bien. Me alegra que doscientas treinta y ocho mil reproducciones sirvan para algo.
—No me hace gracia.
—A mí tampoco me la hizo que me besaras y treinta segundos después decidieras que aquello había sido un fallo de cálculo —mascullo.
Da un paso hacia mí.
«Mierda».
—No fue un fallo.
—Pues lo disimulaste de puta madre.
—El fallo fue lo que hice después.
Me callo.
Joder. Eso sí que no me lo esperaba.
—¿Y ahora qué? —pregunto.
—No lo sé.
—Vaya. El CEO sin plan. Habrá que llamar a prensa.
—¿Puedes dejar de hacer chistes cinco minutos?
—No.
—Nerea.
—Es mi mecanismo de defensa.
—Ya me he dado cuenta.
—Pues respétalo.
Se acerca otro poco y veo cómo su mirada baja a mis labios.
No sé en qué momento he perdido mi escudo de guerrera y me he convertido en una blandengue, porque en lugar de pensar en cómo clavarle el boli y salir corriendo para que no me pillen, en mi mente solo quiero abalanzarme a su cuello.
—Sigo cabreada contigo —advierto.
—Lo sé.
—Mucho.
—También.
—Y que hayas hecho de abogado corporativo esta mañana no te da puntos.
—No estaba intentando conseguirlos.
—Menos mal.
—Aunque parece que los estás contando.
—No te emociones.
Su mirada vuelve a bajar a mi boca. Lo veo. Por supuesto que lo veo.
El cuerpo se me adelanta al cerebro y noto ese calor estúpido en el estómago que debería estar prohibido en edificios con detectores de incendios.
—Ni se te ocurra —murmuro.
—No estoy haciendo nada.
—Pero lo piensas.
—Tú también.
—Yo pienso muchas cosas —me invento.
—Eso me preocupa.
—Debería.
Su cuerpo se inclina tanto que casi me roza.
En un acto reflejo de supervivencia, retrocedo. Mi espalda toca contra la puerta de cristal.
—Elías.
—Dime que pare.
La voz le ha cambiado. Más grave. Sin órdenes. Sin decisiones.
Una pregunta disfrazada de frase.
Lo miro.
—¿Te han vuelto a salir los principios?
Su boca se curva.
—No. Ese problema ya lo solucioné.
Me río. Es una mala idea. Porque al hacerlo aflojo justo lo suficiente.
Él sigue sin tocarme. Esperando. Y eso lo complica todo aún más.
—Eres un capullo.
—Lo sé.
—Y sigo muy cabreada —insisto.
—También lo sé.
—Y esto no arregla nada.
—No he dicho que lo haga.
—Bien.
—Bien.
—Deja de repetir lo que digo.
—Bésame tú y me callo.
Me quedo inmóvil.
Ahí está. La elección. Mía. No suya.
Lo odio por saber exactamente lo que está haciendo. Y lo odio por arrastrarme a donde no debo, pero quiero.
Suelto el boli, agarro su camisa con una mano y tiro de él antes de que mi sentido común llegue a tiempo.
Lo beso. Su boca choca con la mía.
Esta vez no hay sorpresa. Ni pasillo de hotel. Ni excusa.
Sé quién es. Lo que pasó. Y que sigo enfadada.
Pero me da exactamente igual durante los siguientes segundos.
Sus manos se apoyan en mi cintura, sin empujarme, como si todavía estuviera esperando permiso incluso mientras le estoy comiendo la boca.
Le doy más. Eso responde bastante.
El beso cambia. Más fuerte. Más lento durante un instante y después otra vez urgente.
Le rodeo el cuello con los brazos. Él me estampa contra el cristal.
No me importa.
Hasta que sí.
No por la puerta. Por mí. Por el hotel. Por lo fácil que sería seguir y dejar que mañana me despierte preguntándome otra vez qué coño significa esto para él.
Pongo las manos sobre su pecho. Empujo.
Elías se aparta al instante.
Respira tan fuerte como yo, pero no protesta.
—No puedo —digo.
Su expresión no cambia.
—Vale.
—No digo que no quiera.
—Ya lo sé.
—No. No lo sabes.
Me aparto de la puerta y me adentro en el despacho. Necesito espacio real.
—No puedo meterme en esto sin saber si mañana vas a despertarte y volver a decidir que es mejor que no.
—No voy a decidirlo por ti.
—Eso está muy bien dicho.
—No intento convencerte.
—Mejor.
Se queda quieto. No viene hacia mí. No intenta arreglarlo.
Eso casi me jode más.
—Necesito espacio —confieso.
—Te lo daré.
—Y necesito dejar de ser durante cinco minutos la tía del vídeo, la empleada problemática, la posible expedientada y la mujer que se lía con su jefe.
—No eres ninguna de esas cosas.
Lo miro.
—Soy todas ahora mismo.
No responde. Porque también lo sabe.
Cojo aire.
—Tengo que irme.
—De acuerdo.
Camino hacia la puerta.
Cuando pongo la mano en el picaporte, intenta detenerme.
—Nerea —susurra.
Me giro.
Sigue donde lo he dejado. Camisa arrugada. Corbata torcida. Boca un poco más roja de lo normal.
Eso me da una satisfacción bastante infantil.
—¿Qué?
—Esta vez has parado tú.
Se me encoge algo por dentro.
—Sí.
—Y sigo aquí.
No hay reproche. Solo un hecho.
Me sostiene la mirada.
—Cuando sepas qué quieres hacer, dímelo.
Me quedo callada. Porque eso es exactamente lo que necesitaba escuchar.
Y porque el muy cabrón ha aprendido demasiado rápido.
—No te acostumbres a hacer las cosas bien —murmuro—. Te sienta raro.
La sonrisa aparece. Pequeña, pero suficiente.
—Lo tendré en cuenta.
Abro la puerta.
Salgo. Necesito que me dé el puto aire.
Apago, recojo mis cosas y me marcho del edificio todo lo rápido que puedo sin llamar la atención de quien pueda quedar.
De camino a la parada de autobús, mi mente es un hervidero.
Tengo el vídeo viral. Una posible investigación interna. A Ramón apareciendo de fondo con una carpeta que no debería estar allí. A Héctor buscando pruebas para incriminarlo junto con Ferrer.
Y a Elías León dentro de su despacho, con la corbata torcida porque acabo de besarle.
Necesito largarme. No sé todavía adónde.
Solo sé que, si paso un día más en este edificio, voy a acabar haciendo algo mucho peor que un vídeo.