Capítulo 16
Nerea
A las nueve y doce de la mañana ya sé tres cosas.
La primera: mi vídeo sigue circulando.
La segunda: la mitad de Eléctrica del Río tiene demasiado tiempo libre.
Y la tercera: hay gente que debería perder el acceso a internet en horario laboral.
—Te lo juro, hay una porra —me informa Martina mientras enciende la impresora.
Levanto la vista del ordenador.
—Como vuelvas a decirme eso, te denuncio.
—No es oficial.
—Ah, bueno. Entonces me quedo tranquila.
—Han descartado al de Comercial como el causante del vídeo.
Cierro los ojos.
—También al casado de Finanzas —añade.
—No quiero saberlo.
—Y hay alguien convencido de que es un abogado.
—He dicho que no quiero saberlo —insisto.
—Yo solo te mantengo informada.
—Pues mantenme ignorante. Me sentaba mejor.
Se ríe y abre su correo.
Yo intento hacer lo mismo.
Intento. Porque cada vez que escucho una risa en el pasillo me da la sensación de que hablan de mí, y cada vez que alguien pasa cerca de mi mesa tengo la sospecha de que me vigilan para comprobar si miro hacia el despacho de Elías.
No miro. Ni una vez.
Bueno, una. Solo para comprobar que no está. Eso no cuenta.
A las nueve y veinte aparece Lucas.
Camina directo al despacho de Elías y, antes de entrar, me mira. Sonríe.
Le levanto el dedo corazón por debajo de la mesa.
Su sonrisa aumenta.
«Gilipollas».
Cinco minutos después aparece Claudia.
No sonríe. Eso ya me preocupa más.
—Nerea, necesito que vengas conmigo.
—¿Dónde?
—A una reunión.
—No.
—No era una invitación.
Me dedica esa mirada de Recursos Humanos que utiliza cuando quiere recordar que, además de mi amiga, tiene una tarjeta corporativa capaz de arruinarme la mañana.
—Sala tres —me informa.
—¿Con quién?
—Dirección y Recursos Humanos.
El estómago se me encoge.
—¿Por el vídeo?
No responde. No hace falta, lo veo en su mirada.
—¿Tengo tiempo de borrar mi historial de navegación antes de que me despidáis?
—No te van a despedir.
—Eso ha sonado sospechosamente a frase que se dice justo antes de despedir a alguien.
—Nerea.
—Voy.
Me levanto. La sigo por el pasillo intentando no mirar hacia el despacho de Elías.
Esta vez sí que no miro. Más que nada porque la puerta se abre y por el rabillo del ojo veo cómo sale.
—Buenos días, señor León.
La mandíbula se le tensa. Pequeña satisfacción personal.
Pero al instante me doy cuenta de que su gesto no tiene nada que ver con mi saludo.
Elías y Claudia se miran. Ambos están demasiado serios, y eso me pone en alerta.
Él se adelanta. Ella camina a mi lado. Ninguno dice nada.
Yo tampoco. Sobre todo, porque tengo la sensación de que me llevan al matadero.
En la sala ya hay dos personas de Recursos Humanos y un directivo al que he visto varias veces, aunque no recuerdo el nombre.
Todos tienen carpetas.
Mala señal. La gente solo lleva carpetas a una reunión cuando quiere que algo parezca más grave.
Nos sentamos.
Elías ocupa la silla a mi derecha. Claudia, la de la izquierda.
Qué acogedor.
El hombre del centro se aclara la garganta.
—Nerea, gracias por venir.
—No tenía mucho margen para negarme.
Claudia me pisa el pie.
La miro y ella me hace un gesto para que cierre la puta boca.
El hombre continúa.
—Como sabes, el vídeo que publicaste hace dos noches ha alcanzado una difusión considerable.
—Me he enterado.
—Y ha empezado a asociarse con Eléctrica del Río.
Eso me hace fruncir el ceño.
—Yo no menciono la empresa.
—No directamente.
—Ni indirectamente —defiendo.
Uno de Recursos Humanos consulta una hoja.
—Apareces identificada como empleada en tus perfiles públicos.
—Como media España. Somos miles de empleados.
Elías mueve una mano sobre la mesa.
No me toca. Solo la deja cerca. Lo noto igual.
—¿Cuál es exactamente el problema? —pregunta.
El directivo lo mira.
—El riesgo reputacional . —Esa palabra no existe, pero me callo para no echar más leña al fuego—. Hay comentarios intentando identificar al hombre del que habla Nerea —prosigue—. Algunos usuarios ya están vinculando el vídeo con la compañía.
—Por especulación de terceros —contesta Elías—. Ella no menciona nombres, ni cargos, ni siquiera la empresa.
—No es tan sencillo.
—Sí lo es.
Su voz cambia a modo CEO activado, esa que no sube y que no necesita hacerlo para hacerse oír.
—Si queréis abrir un expediente, tendrá que existir una conducta sancionable —añade—. Publicar un vídeo personal fuera de horario laboral sin identificar a la empresa ni divulgar información confidencial no lo es.
El hombre apoya las manos sobre la carpeta.
—El vídeo se ha hecho viral. Una repercusión así puede afectar seriamente al futuro de la empresa.
—Eso puede interpretarse de otra manera.
—Interpretar no es demostrar.
Hostia. No está interviniendo para salvarme de una bronca. Está entrando a matar.
—Además —continúa—, si convertimos en infracción cada publicación personal que pueda relacionarse remotamente con un empleado, tendremos que abrir expedientes a media plantilla antes del viernes.
Uno de RRHH carraspea.
—No estamos proponiendo una sanción inmediata —aclara—. Estamos valorando abrir una investigación interna.
—Pues valorad también las consecuencias de hacerlo sin base.
El directivo lo mira.
—Elías, entendemos que Nerea trabaja bajo tu supervisión directa.
Ahí está. La acusación indirecta.
Miro a Elías. Él ni pestañea.
—Precisamente por eso sé qué hace y qué no hace dentro de esta empresa —defiende—. Y este vídeo no tiene nada que ver con su desempeño laboral.
—La repercusión sí.
—La repercusión no convierte una conducta privada en una falta.
No puedo más y me adelanto en la silla.
—Perdón. ¿Puedo decir algo o seguimos hablando de mí como si fuera una fotocopiadora que hace ruidos raros?
Silencio. Todos me miran.
—Adelante —me concede el directivo.
—Gracias. Lo primero: el vídeo lo grabé fuera del trabajo, con mi móvil, en mi tiempo libre y sin nombrar a la empresa.
Lo segundo: no fue mi intención fastidiar a nadie, que bastante lío tengo ya con mi vida.
Y lo tercero: que la gente quiera averiguar de quién hablo no convierte mi vídeo en una campaña contra Eléctrica del Río.
Convierte internet en lo que ya sabemos todos que es: un patio de colegio con wifi.
Claudia baja la cabeza. Sé que está escondiendo una sonrisa.
—Entiendo tu postura —responde el hombre.
—Fenomenal.
Uno de las personas de RRHH interviene.
—Vamos a dejar el asunto en revisión hasta que tengamos un criterio conjunto. De momento, no se abre expediente formal.
No me gusta «de momento».
—¿Y mientras tanto?
—Trabajas con normalidad.
Me entra la risa.
—Eso va a estar complicado.
—¿Por qué?
—Porque hay una porra en Finanzas sobre con quién me he liado.
Claudia cierra los ojos.
Elías se queda inmóvil.
La mujer de RRHH parpadea.
—¿Una qué?
—Nada —dice Claudia—. Lo reviso yo.
La reunión termina cinco minutos después. No tengo expediente. Tampoco tengo la seguridad de que no vaya a tenerlo mañana.
Salgo de la sala con Claudia.
Elías viene detrás.
—Nerea.
Sigo caminando.
—¿Qué?
—Necesito hablar contigo.
—Últimamente todo el mundo necesita hablar conmigo. Empiezo a cobrar a partir de la tercera conversación.
—En mi despacho.
Eso consigue que me gire.
Claudia me mira. Yo a ella.
—Ve —dice.
—Tú no me des órdenes, mala pécora.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Si sabías esto, ¿por qué no me has avisado?
—Lo han orquestado todo a mis espaldas porque sabían la relación que tengo contigo. Y lo he sabido dos minutos antes que tú.
Me quedo mirándola en silencio. Sé que dice la verdad.
—Está bien. Te perdono. Pero solo por ahora.
Claudia se gira hacia Elías, asiente y se marcha.
Él y yo comenzamos a andar hacia su despacho.
Entramos. Cierra la puerta. Y antes de que diga nada, me adelanto.
—Gracias —susurro, volviéndome hacia él.
Elías frunce el ceño y pasa por mi lado en dirección a su mesa. Al llegar, coge un expediente y comienza a pasar hojas.
—No tienes que dármelas —responde sin molestarse siquiera en mirarme—. He hecho lo que haría por cualquier empleado.
«Así que soy solo eso: una más».
—Lo que acaba de ocurrir en esa sala debe servirte de experiencia para no repetirlo.
No sé a qué viene este cambio, pero no voy a quedarme para comprobarlo.
—¿Necesitas algo en concreto o puedo marcharme? —farfullo, notando cómo los ojos comienzan a escocerme.
—Sí. Céntrate en el trabajo y mantente fuera de las habladurías.
Cada palabra es como una tuerca apretando y comprimiéndome el puto estómago.
—Por supuesto, señor León.
Me giro y me marcho todo lo deprisa que puedo.
Paso el resto de la mañana sin mirar ni una sola vez al despacho. Esta vez de verdad. Y no porque quiera. Sino por pura supervivencia.
Martina no ha vuelto a hacer ningún comentario desde que le dejé bien claro a mi vuelta que si me hacía una pregunta le clavaba el boli en la mano.
Al final de la tarde, hago recuento y el resultado es siempre el mismo: ha sido un día de mierda. No ha parado de entrarme trabajo sin parar. Aunque, al menos, me ha servido para mantenerme ocupada y no acabar cometiendo un bolicidio .
—Bueno, por hoy ya está. ¿Vienes? —me pregunta, mientras coge su bolso del armario.
—No. Tengo que terminar esto —respondo sin apartar la vista de la pantalla.
—Está bien. Pero no te vayas muy tarde. Ya sabes que no pagan las horas extras. Hasta mañana.
Me despido de ella y sigo con el puñetero informe que me ha mandado mi puñetero jefe a la puñetera última hora.
La planta comienza a quedarse en silencio. Yo sigo centrada en terminar cuanto antes para tomarme un buen vino en mi sofá, cuando de pronto, la puerta del despacho de Elías se abre.
—Gómez, a mi despacho.
«¿Me llevo el boli o no me lo llevo? Me lo llevo».
Lo último que quiero darle es un motivo para despedirme, y me planto en su despacho en apenas unos segundos.
—¿Sí, señor León?
Cuando llego ya está sentado a su mesa.
—Pasa y cierra.
Hago lo que me pide y me acerco cual la mejor secretaria de dirección que exista en el puto planeta.
Me planto delante. No me siento para dejarle claro que no me interesa quedarme. Me interesa más clavarle el boli que no he podido clavarle a Martina.