Capítulo 15
Elías
Lucas me llama a las once y veintisiete de la noche.
No saluda.
—Vístete.
—Estoy vestido.
—Pues ponte zapatos.
—Son las once y media.
—Gracias. También tengo reloj.
—Si es para salir, olvídalo.
—Claudia acaba de llamarme. —Su tono cambia—. Ha encontrado algo en el vídeo de Nerea.
Aparto el portátil de las piernas y lo dejo a un lado del sofá.
«El maldito vídeo».
A primera hora de esta mañana ya había pasado por dos grupos internos de la empresa. A las diez, Martina cerró la puerta de mi despacho antes de decirme que quizá me interesaba saber que «había un vídeo circulando». A las diez y tres estaba viéndolo.
Una vez.
Después otra.
Sé exactamente de qué hombre habla Nerea. Sé exactamente qué beso describe. Y sé que cuando dice que algunos hombres descubren sus principios justo después de hacer lo que les da la gana, el gilipollas de los principios soy yo.
—Lucas, en serio, no me apetece hablar de esto ahora.
—¿Quieres confiar en mí por una puta vez? —se queja—. Claudia dice que Ramón sale en el vídeo y que lo ha reconocido.
Me incorporo.
—No sé qué intentas decirme.
—Paso a recogerte en cinco minutos.
—Puedo conducir.
—También puedes matar a alguien si vas pensando en Ramón y en que Nerea te ha puesto a parir en TikTok.
Aprieto la mandíbula.
—No me ha puesto a parir.
Silencio.
—Vale —responde al fin—. Entonces la parte de los principios era sobre otro hombre al que ha besado esta semana.
«Mierda».
—Cinco minutos.
—Eso pensaba.
Cuelga.
Cabrón.
Durante el trayecto hablamos de Ramón. Claudia ha enviado a Lucas una captura, pero apenas sirve para confirmar que hay dos hombres al fondo de la grabación. Uno podría ser Ramón. El otro podría ser cualquiera. Y la carpeta podría contener información confidencial o el menú de un restaurante.
No tenemos nada todavía.
Lo que sí tenemos es una investigación abierta sobre Ferrer, catorce días corriendo en nuestra contra y la posibilidad de que Nerea haya grabado por accidente algo que Héctor lleva días intentando encontrar de forma consciente.
—No pongas esa cara cuando lleguemos —dice Lucas.
Giro la cabeza.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Concreta.
—La de «soy Elías León, estoy cabreado y voy a interrogar hasta a la lámpara».
—Vamos a ver un posible intercambio de documentación confidencial.
—En casa de Nerea. Y después de que hayas visto el vídeo.
—Lucas.
—Solo intento evitar una muerte.
—La tuya está cada vez más cerca.
Sonríe.
—¿Cuántas veces lo has visto? —me plantea.
Miro por la ventanilla.
—Una.
—Mentira.
—Dos.
—Hostia.
—La segunda para comprobar que no identificaba a la empresa.
—Qué alivio. Durante un momento pensé que lo habías visto dos veces porque te había dolido.
No respondo.
Lucas tarda unos segundos en volver a hablar.
—Te había dolido.
—Conduce.
—Estoy conduciendo.
—Pues hazlo en silencio.
—Esto se está poniendo precioso.
—Te juro que puedo abrir tu puerta en marcha.
—Control con bloqueo centralizado.
Lo odio.
Claudia abre antes de que toquemos el timbre.
Lleva una camiseta enorme, pantalón corto y el pelo recogido. Lucas entra primero y le pone una mano en la cintura antes de besarla.
Ella le devuelve el beso.
Los dos tardan un segundo en acordarse de que estoy detrás.
Lucas se separa. Claudia me mira.
—Elías...
—Ya lo sé.
Silencio.
Lucas sonríe.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace bastante.
—¿Y no has dicho nada?
—Estaba disfrutando de vuestro patético intento de disimular.
Claudia cierra los ojos.
—Quiero morirme.
—No hace falta. Solo dejad de esconderos delante de mí. Sois adultos.
Lucas vuelve a ponerle la mano en la cintura.
—Qué liberación.
—No te emociones.
—Llevo semanas reprimido.
—Tú no has estado reprimido en tu vida —replica Claudia.
—Emocionalmente.
—Tampoco.
—¿Podemos centrarnos en Ramón? —intervengo.
—Sí —contesta Claudia.
—Claro —añade Lucas.
Paso junto a ellos y llego al salón.
La veo. Nerea está en el sofá, descalza, con las piernas recogidas, una copa de vino sobre la mesa y el móvil en la mano.
Lleva un pantalón corto y una camiseta que parece haber sobrevivido a varias guerras domésticas.
El pelo está sujeto en lo alto de la cabeza con un moño que desafía alguna ley física.
Nunca la he visto así. Fuera del trabajo. Fuera de un hotel. Fuera de cualquier sitio en el que yo tenga algún tipo de autoridad.
Ella levanta la cabeza. Me ve. Y se tensa al instante.
—No.
Ni hola. Ni buenas noches. Ni nada.
—Buenas noches, Gómez.
Mira a Lucas.
—¿Por qué lo has traído?
—También me alegro de verte —respondo.
—No hablaba contigo.
—Lo he notado.
—Pues estupendo —bufa—. Conservas la capacidad de interpretar señales. Pensaba que la habías perdido en un pasillo de hotel.
Claudia se gira. Lucas se mete las manos en los bolsillos. Los dos descubren de pronto un enorme interés por la decoración.
Aprieto los dientes.
—Estamos aquí por Ramón —aclaro.
—Ah. —Nerea deja el móvil sobre la mesa—. Menos mal. Por un momento pensé que habías venido a presentar una reclamación formal contra mis opiniones sobre los principios masculinos.
—Ya he visto el vídeo.
—Me imaginaba.
—Dos veces —interviene Lucas.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Qué? —se defiende—. La transparencia es importante en cualquier relación.
Claudia le da un codazo.
—Cállate.
—Gracias —murmuro.
Nerea cruza los brazos.
—Así que dos veces.
—La segunda tenía un motivo profesional —justifico.
—Claro.
—No identificas a la empresa.
—Qué detalle por mi parte.
—Ni a mí.
—Eso ya no fue por consideración.
Nos miramos.
Ahí está otra vez. El pasillo. Mi boca sobre la suya. Y mi brillante decisión posterior de explicarle por qué besarla había sido un error.
«Es lo correcto».
Después de verla repetir esas palabras en el vídeo, empiezo a odiarlas casi tanto como ella.
—¿Podemos verlo? —pregunto.
—¿Una tercera vez? Cuidado. Vas a acabar dándome audiencia.
—Nerea...
—Tranquilo, señor León. No pienso cobrarte.
—Pon el vídeo, Claudia —le pido, extendiéndole el iPad que llevo en la mano, del que no he sido consciente hasta ahora.
Lo coge, se acerca a la mesa redonda del salón y hace lo que le pido.
El resto nos unimos y nos sentamos con ella. Nerea todo lo lejos que puede de mí. Profesional. Correcta.
Me está empezando a dar asco esa palabra.
Claudia reproduce el archivo. Vuelve a aparecer Nerea en el banco.
— Tengo una pregunta para la ciencia: ¿Por qué algunos hombres descubren sus principios justo después de hacer exactamente lo que les da la gana?
Lucas me mira.
—Como vuelvas a hacerlo, te arranco los ojos.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí —suelta Nerea.
—Mi cara está siendo neutral.
—Tu cara está disfrutando como una cerda.
Claudia suelta una carcajada.
—¿Podemos avanzar? —mascullo.
—¿Cómo? —Replica Nerea—. ¿No quieres escuchar la parte del principio moral masculino otra vez? Solo por motivos profesionales, claro —añade con sorna.
La miro.
Ella me sostiene la mirada.
«Joder».
—Ya la recuerdo —gruño.
—Me alegro.
—Aunque no me guste.
Algo cambia en su expresión. Solo un instante.
—Pues imagínate vivirla.
Esta vez no tengo réplica. Porque tiene razón.
Claudia adelanta el vídeo hasta el momento que nos interesa y el ambiente del salón cambia en cuanto congela la imagen.
—Ahí —señala.
Me inclino. Lucas también.
Al fondo de la plaza hay dos hombres junto a un coche. Claudia amplía. Ramón aparece de perfil.
—No hay duda. Es él —confirmo.
Claudia asiente.
—Estaba segura.
—¿Y el otro? —pregunta Lucas.
—No lo conozco.
Ella intenta acercar la imagen un poco más. Pierde definición.
—Déjame verlo.
Me extiende el iPad y me centro en la figura del tipo.
No puedo confirmarlo, pero si es quien creo, esto es mucho más serio de lo que imaginaba.
Avanzo el vídeo y llego a la parte donde se ve claramente cómo el tipo le entrega una carpeta a Ramón.
Congelo la imagen. Amplío todo lo que me permite la Tablet.
—Joder, este bicho sí que amplía —murmura Nerea.
Por eso lo he traído. Aunque no digo nada y sigo ampliando todo lo que el aparato da de sí.
De pronto la veo. Retrocedo el vídeo y avanzo fotograma a fotograma.
Hay letras. Pocas. Pero son los colores del logotipo los que evidencian mis sospechas.
—Es Enerplus —afirmo, mirando a Lucas.
Su gesto cambia.
—¿La competencia? —cuestiona Nerea.
Claudia asiente.
Lucas y yo no intervenimos. Sabemos de qué va todo esto y que es la oportunidad que estábamos esperando.
No necesito más.
Me levanto y saco el móvil del bolsillo.
Mientras me aparto para llamar a Héctor, escucho a Nerea preguntar y a Lucas explicándole lo que ocurre.
Tenemos el plazo del Consejo corriendo y ahora a Ramón en una plaza, fuera de la empresa, con el que podría ser el puto CEO de la competencia. Un pieza de cuidado que lleva años intentando hundirnos.
Héctor contesta al tercer tono.
— Dime.
—Te envío un vídeo. Céntrate en lo que ocurre al fondo. Quiero que analices las imágenes, que recojas capturas de cada fotograma y que cruces todo lo que hay ahí con la investigación de Ramón y Ferrer.
— ¿Qué has encontrado?
Miro la pantalla.
—Enerplus.
Hay un silencio.
— Joder. Envíamelo.
—Ahora.
Cuelgo.
Lucas se ocupa de pasar el archivo original sin comprimir. Esta vez no hace ningún comentario. Claudia está a su lado y, cuando él termina, le aprieta el brazo en un gesto cariñoso.
Lo hace sin pensar.
Nerea los mira. No dice nada.
Yo tampoco.
—Nos vamos —ordeno de pronto.
—¿Nos? —me cuestiona Lucas.
—Tú has venido conmigo.
—Yo quizá tenía otros planes.
Claudia levanta una ceja.
—No los tenías.
—Podría desarrollarlos —se mofa él.
Pero su sonrisa se borra en cuanto lo miro.
Lucas se levanta.
Yo recojo el iPad y me dirijo a Nerea.
—Gracias por el vídeo.
—No lo hice por ti.
—Ya lo sé.
—De hecho, técnicamente lo hice contra ti.
—También lo sé.
—Bien.
Nos quedamos en silencio. Mirándonos.
Entiendo por qué está enfadada.
Quizá escucharla describir lo ocurrido desde fuera ha conseguido que mi famosa decisión correcta me parezca bastante menos correcta. Quizá llevo una semana queriendo volver a aquel pasillo y hacer exactamente lo contrario de lo que hice.
No digo nada de eso. Todavía no.
Ella me observa como esperando una explicación.
No la hay. No porque no exista. Sino porque, si empiezo esa conversación aquí, a medianoche, en su salón, después de pasar diez minutos mirando su boca mientras ella no se daba cuenta, no sé dónde termina.
—Buenas noches, Gómez.
Su expresión se endurece.
—Buenas noches, señor León.
Salgo antes de hacer algo estúpido.
Espero a Lucas en el rellano mientras él felicita a Claudia por haber descubierto lo del vídeo.
Aparece con las manos en los bolsillos y los labios algo sonrojados.
—¿Todo bien?
—Perfecto —gruño.
—Ah. Por eso tienes cara de querer arrancar una puerta.
Pulso el botón del ascensor.
—Hemos conseguido una pista —recalco.
—Sí.
—Héctor tiene por dónde seguir —aclaro.
—Sí.
—Entonces cállate.
Entramos.
Las puertas empiezan a cerrarse.
—Solo voy a decir una cosa
«Si no lo hace, revienta».
—No —le advierto.
—Es bastante bonito.
—Lucas —gruño.
—Llevas más de un año intentando pillar a Ramón y resulta que la primera pista decente te la consigue una mujer grabando un vídeo para explicar públicamente que eres gilipollas.
Lo miro.
El cabrón sonríe.
Y lo peor es que tiene razón.
Meses buscando una grieta. Ramón y Ferrer aliados con Enerplus para intentar hundirnos. Contratos, movimientos, sociedades, reuniones…
Y la primera pieza que puede llevarnos a algún sitio aparece porque Nerea estaba demasiado cabreada conmigo para quedarse en casa.
Fantástico.
A este paso, para salvar la empresa voy a tener que seguir tocándole los cojones.