Mi jefe me pone. Y de los nervios también Capítulo 14
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Capítulo 14

Nerea

No consigo dormir.

Estoy tumbada boca arriba, mirando el techo de la habitación y preguntándome cuánto tiempo necesita una persona adulta para dejar de reproducir un beso en bucle antes de que se considere patológico. Llevo cuarenta minutos, así que todavía debo de estar dentro de los márgenes de la normalidad.

El problema no es el beso.

Bueno, sí. El beso es parte del problema. Una parte bastante importante, teniendo en cuenta que mi cuerpo parece haber decidido conservar una copia de seguridad con todos los detalles por si mi cerebro intenta borrarlos.

«Esto no… No podemos». Me giro hacia la pared.

«Trabajas para mí». Me tapo hasta la barbilla.

«Es lo correcto». Aparto la sábana de una patada.

—Tus principios y tú os podéis ir a tomar por culo.

—¿Estás hablando sola?

La voz de Claudia llega desde el pasillo y cierro los ojos.

—No.

—Acabo de oírte.

—Pues entonces ¿para qué preguntas?

Su cabeza aparece por la puerta. Lleva el pelo recogido en lo alto, una camiseta enorme y esa expresión de quien sabe perfectamente qué me pasa, pero ha decidido concederme la dignidad de no mencionarlo cada treinta segundos.

—¿Sigues dándole vueltas?

—Estoy durmiendo —gruño.

—Con los ojos abiertos y mandando a alguien a tomar por culo.

—Tengo un sueño muy activo.

Claudia se adelanta y se apoya en el marco.

—Nerea, no puedes pasarte la noche cabreada porque un hombre haya hecho exactamente lo que sabías que podía hacer.

Me incorporo sobre los codos.

—¿Perdona?

—Es tu jefe.

—Ya lo era antes de besarme.

—No digo que tenga razón.

—Menos mal.

—Digo que la situación es complicada.

—Pues que hubiera pensado en la complejidad antes de meterme la lengua en la boca.

Claudia aprieta los labios.

—No te rías —bufo.

—No me río.

—Te estás riendo por dentro.

—Un poco.

Le lanzo la almohada. La esquiva porque, además de traidora, tiene buenos reflejos.

—No estoy enfadada porque haya parado —aclaro, mientras me incorporo—.

Estoy enfadada porque decidió él solo lo que tenía que pasar después.

Me besa, se aparta y, hala, asunto resuelto.

El señor CEO ha deliberado consigo mismo y el Consejo de Administración de sus huevos ha aprobado que aquí no ha pasado nada.

Esta vez Claudia sí se ríe.

—Ese Consejo no quiero conocerlo.

—Yo tampoco, gracias. Ya tuve bastante contacto visual en la furgoneta con la Directiva .

—Dios —se queja, poniendo cara de asco al recordar la anécdota.

—Te lo has buscado.

Se marcha negando con la cabeza y yo vuelvo a tumbarme cruzada sobre la cama. Aguanto dos minutos más antes de aceptar que no voy a dormir, ni aunque alguien me dé con una sartén.

Me pongo unas chanclas y lo primero que pillo. Después cojo el móvil y salgo al pasillo.

—Voy a dar una vuelta.

Claudia vuelve a asomarse.

—¿Ahora?

—Necesito aire.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No, quiero caminar un rato y dejar de pensar.

—Eso último no va a pasar.

—Gracias por el apoyo.

Me señala el teléfono.

—Batería.

Lo miro y le respondo.

—Ochenta y cuatro por ciento.

—Ubicación.

—Activada.

—Llaves.

—En la entrada. Las cojo ahora. ¿Algo más, mamá?

—Sí. Si te encuentras con Elías, recuerda que ocultar un cadáver requiere planificación.

—¿Ves? Por eso eres mi mejor amiga.

—Soy de Recursos Humanos. La gestión de crisis forma parte de mis competencias.

Salgo antes de que consiga hacerme reír más de la cuenta.

La calle está bastante tranquila. Camino sin rumbo fijo, con el móvil en la mano y la cabeza mucho menos vacía de lo que pretendía.

Cada tres pasos encuentro un argumento nuevo para una conversación con Elías que no voy a tener, y en la que siempre gano yo.

Es una mierda discutir con alguien cuando no está delante.

Termino en la plaza que hay a un par de calles de casa. A estas horas quedan cuatro personas desperdigadas, una pareja terminando algo en una terraza y un señor paseando a un perro diminuto que avanza con la expresión de quien tiene una hipoteca a treinta años.

Me siento en un banco y estiro las piernas.

«Lo correcto».

No estoy enfadada porque no quiera estar conmigo. Lo estoy porque sí quiere. Eso es lo peor.

Saco el móvil.

Abro una red social. La cierro. Vuelvo a abrirla. Nada de lo que veo me llama la atención lo suficiente para retenerme y no seguir pasando.

El algoritmo es un cabrón y me muestra vídeos de parejas mega enamoradas. Algunas viajando. Otras el puñetero día de su boda, felices y comiendo perdices.

Le doy con toda mi mala leche a la pantalla para pasar el último vídeo de un tío arrodillándose en plena orilla de la playa, de noche, frente a su futura esposa.

—Dile que no y que se joda.

Bloqueo el móvil y veo mi cara reflejada en la pantalla. Parezco una tía que acaba de perder una discusión con un hombre que ni siquiera está presente.

Estoy tan furiosa que necesito desahogarme, o acabaré cargándome al tío de la hipoteca para quedarme con su perro.

Desbloqueo, entro en mi perfil de TikTok y pulso grabar.

—Tengo una pregunta para la ciencia: ¿Por qué algunos hombres descubren sus principios justo después de hacer exactamente lo que les da la gana?

Me quedo mirándome un segundo. Llevo unas pintas de mierda, pero no me importa.

—¿Puede alguien explicarme por qué no aparecen antes?

—continúo grabándome—. Tú puedes llevar semanas viendo venir una hostia emocional desde Cuenca y ellos tan tranquilos.

Te miran. Se acercan. Hacen cosas que no deberían hacer y que, por desgracia, hacen bastante bien...

—me aclaro la garganta—. Y entonces, cuando ya te han dejado el cerebro como una batidora, aparecen los principios.

Levanto una mano con solemnidad.

—«Esto no puede ser». «Es lo correcto». «Es mejor así».

Pongo voz grave para la última frase y tengo que contener la risa.

—¿Mejor para quién, Manolo? Esa es mi duda. Porque nadie pregunta. El principio moral masculino debe de venir con una cláusula que impide consultar a la otra persona implicada.

Me acomodo mejor en el banco. Ahora que he empezado, noto cómo el cabreo va saliendo, y resulta reconfortante, y bastante más barato que la terapia.

—Y no hablo solo de esto —prosigo—. Es una epidemia.

Está el que decide que no quiere una relación después de comportarse durante tres meses como si estuviera casado contigo.

El que desaparece porque «necesita encontrarse a sí mismo», como si se hubiera perdido detrás del sofá.

El que hace una apuesta idiota y termina conduciendo un coche ridículo porque la vida, a veces, sí imparte justicia.

Sonrío. Aunque me dura poco.

—Lo que me toca las narices es esa manía de decidir por nosotras.

«Lo hago por tu bien». Mira, no. Hazlo por el tuyo si quieres.

Sé cobarde, sé prudente, ten miedo, métete debajo de una mesa...

lo que necesites. Pero no me vendas que has elegido por mí porque así me proteges.

Tengo treinta tacos. Puedo tomar mis propias y malas decisiones, gracias.

Me quedo callada. Eso ha salido más serio de lo previsto.

Miro la pantalla y durante un segundo pienso en borrarlo todo. Luego recuerdo el pasillo del hotel, la boca de Elías sobre la mía y su manera de cerrarse después como si yo fuera un expediente que acabara de declarar confidencial.

Se me pasa.

—En resumen: si vais a descubrir vuestra conciencia, intentad hacerlo antes de besar a alguien. Es educación básica y ahorra bastante mala leche.

Me acerco un poco a la cámara.

—Buenas noches. Voy a seguir tomando decisiones cuestionables por mí misma.

Detengo la grabación.

La miniatura se queda delante de mí.

Debería verlo. Sé que debería verlo. Una persona sensata revisaría lo que acaba de grabar cabreada a medianoche antes de ponerlo en internet.

Escribo: «Los principios siempre llegan tarde».

Y pulso publicar.

A la mañana siguiente descubro que la coherencia está sobrevalorada.

La primera señal aparece en el ascensor. Entro con cuatro personas de la empresa y una conversación sobre no sé qué presupuesto muere con tanta precisión que hasta miro detrás de mí por si ha entrado alguien importante.

—Buenos días.

Recibo cuatro respuestas y cero contacto visual.

«Qué gente más rara».

Cuando llego a mi mesa, Martina está esperándome con el móvil en la mano y una expresión que no me gusta nada.

—Antes de que digas nada —empieza—, quiero que sepas que yo no lo compartí.

Dejo el bolso muy despacio.

—¿Qué no compartiste?

—Ah. Entonces todavía no lo sabes.

—¿Saber qué?

Me enseña la pantalla.

Mi propia cara ocupa casi todo el vídeo. Estoy congelada en mitad de una frase, con un dedo levantado y expresión de estar a punto de fundar una asociación contra los hombres con principios tardíos.

Debajo hay una cifra.

Parpadeo.

—Eso no puede ser.

—Sí puede.

—¿Doscientas treinta y ocho mil?

—Ahora alguna más.

Saco mi móvil.

Tengo tantas notificaciones que durante unos segundos no sé ni dónde mirar. Compartidos, comentarios, mensajes privados, gente que no conozco etiquetando a otra gente que tampoco conozco.

«Me cago en la Virgen de la Tostadora, del microondas y de la batidora que tiré a la basura porque me dejó tirada en medio de un alioli».

—Se ha compartido en un grupo de la empresa —me informa Martina—. De ahí ha saltado a otros.

Levanto la cabeza.

—¿Qué grupo?

—No importa.

—Importa muchísimo —discrepo.

—Vale, varios. Muchos.

Cierro los ojos.

—Voy a dimitir.

—No seas dramática.

—Pues voy a fingir mi muerte.

—Eso sí es más razonable —se mofa.

Abro los comentarios y me arrepiento antes de llegar al quinto.

La mitad intenta averiguar quién es el hombre del vídeo. Comercial lidera las apuestas, seguido de alguien casado y, por razones que no comprendo, un futbolista. Hay quien asegura que la frase de los principios solo puede haberla pronunciado un abogado.

No saben nada. Y, aun así, cada vez que alguien pasa junto a mi mesa, siento que lleva un cartel luminoso en la frente preguntando: «¿Es Elías?».

A media mañana voy a por café y dos chicos de Finanzas dejan de hablar al verme. Uno de ellos, que debe de tener menos instinto de supervivencia que una polilla delante de una bombilla, sonríe.

—Buen vídeo.

—Gracias —respondo como si no me importara.

—¿Vas a decir quién es?

Cojo mi café.

—Claro. —Los dos esperan—. En mi testamento.

Salgo antes de escuchar la respuesta.

Y entonces me encuentro con Elías.

Viene en dirección contraria, hablando con alguien de Legal. Me ve. Pierde durante medio segundo el hilo de lo que estaba diciendo y lo recupera tan rápido que quizá nadie más lo note.

Yo sí.

Nos detenemos al cruzarnos.

—Buenos días —saluda.

—Buenos días, señor León.

Su mandíbula se tensa. Pequeñísima victoria.

Sigo andando sin mirar atrás.

No pienso preguntarle si ha visto el vídeo. Tampoco hace falta.

Diez minutos después Lucas aparece en la planta, me mira, se muerde el interior de la mejilla y entra en el despacho de Elías con una velocidad sospechosa.

Gilipollas.

Los dos.

Por la noche estoy decidida a no volver a ver el vídeo nunca más.

Claudia tiene otros planes.

—Cinco minutos —negocia, sentándose a mi lado con el portátil y una botella de vino—. Solo quiero enseñarte los mejores comentarios.

—No.

—Hay uno que dice que eres una influencer infiltrada en una eléctrica.

—No.

—Otro asegura que el hombre es un futbolista.

—Ese ya lo he visto.

—¿Y no quieres saber por qué?

La miro.

—Un poco.

—Sabía que entrarías en razón.

Acabamos viendo el resto de comentarios. Por supuesto. Hay uno que asegura que el problema de las mujeres actuales es que esperamos demasiado de los hombres y Claudia tiene que quitarme el portátil porque intento responderle. Otro dice que el tipo del vídeo seguro que está enamorado de mí.

Ese no me hace tanta gracia.

—Voy a por patatas.

—Están en la mesa y ni las has tocado.

—Entonces voy a por más vino.

Me levanto y voy a la cocina. Estoy abriendo la botella cuando me doy cuenta de que Claudia lleva demasiado tiempo callada.

—¿Has encontrado otro filósofo? —le pregunto voz en grito.

Nada.

Saco la cabeza y la veo inclinada hacia la pantalla, pero esta vez del móvil.

— Clau .

No responde.

Regreso al sofá con la botella y el corcho en la otra mano.

—¿Qué pasa?

—Espera.

Retrocede el vídeo unos segundos, lo reproduce y vuelve a pararlo. Después acerca dos dedos a la pantalla y amplía una zona del fondo.

Frunzo el ceño.

—¿Qué haces?

—¿Dónde grabaste esto?

—¿El vídeo?

Me mira.

—No, Nerea, el documental de La 2 que estamos viendo.

—En la plaza de al lado. ¿Por qué?

—¿La de la fuente?

—Sí.

Vuelve a mirar la pantalla.

—Ven.

Me siento a su lado.

Durante unos segundos solo veo mi cabeza ocupando medio plano, el banco y parte de la plaza detrás. Ella amplía más y señala la esquina derecha de la imagen, la que tapan los botones de la aplicación.

Hay un coche oscuro aparcado junto a la acera. Cerca, dos hombres.

—¿Qué?

—Lo he visto mil veces y no me había dado cuenta. Hasta ahora. Mira al de la izquierda.

Entrecierro los ojos.

La imagen pierde calidad al ampliarla, aunque todavía se distingue la silueta, el traje y parte del perfil.

—Es Ramón —me indica.

—¡No jodas que me escuchó soltando lo más grande!

—No seas idiota. Lo importante es qué hacía ahí.

Reproduce el fragmento otra vez. En esta ocasión me centro en lo que ocurre detrás.

Ramón aparece durante unos segundos. El otro hombre está frente a él, junto al coche. No se le distingue bien la cara. Entre los dos hay algo rectangular que uno sostiene y el otro recibe.

—¿Qué es eso? —pregunto.

—Parece una carpeta.

—Puede ser cualquier cosa.

—Puede.

Claudia no suena convencida.

Yo tampoco.

Me inclino más hacia el móvil. Es absurdo pensar que eso lleva ahí desde anoche y que nadie lo hubiera visto antes.

—¿Crees que estaría haciendo algo turbio?

Claudia niega despacio.

—No lo sé.

Intenta ampliar al otro hombre. La imagen se rompe en cuadrados y colores que no sirven para nada.

—¿Lo conoces?

—No. Pero, déjame comprobar… ¡Joder!

—¿Qué pasa?

—La carpeta. No estoy segura, pero… esos colores son de…

—¿Te importaría terminar alguna frase?

Claudia se queda unos segundos quieta. Después sale de la aplicación.

—¿Qué haces?

—Llamar a Lucas.

—¿Por qué?

—Porque si estoy en lo cierto, acabas de salvar la empresa.

Se levanta y yo me quedo congelada.

«¿Salvar la empresa? Pero si he puesto a parir al puto CEO».

—Lucas —dice Claudia a mi lado cuando él responde—. Necesito que veas una cosa.

Se aleja hacia la cocina mientras empieza a explicarle dónde estamos y qué ha visto.

Yo vuelvo la vista al portátil.

Mi cara sigue en primer plano, congelada en mitad de una queja sobre hombres incapaces de preguntar antes de decidir por los demás. Hasta hace un minuto, eso era lo único importante de ese vídeo.

Reproduzco el fragmento una vez más. Y otra. La tercera ya ni siquiera me escucho.

Solo miro a Ramón, al desconocido y a esa carpeta que cambia de manos detrás de mí mientras yo despotrico sobre un beso.

Todos en la empresa lleva un día intentando averiguar quién es el hombre del que hablo.

Y, sin embargo, yo acabo de empezar a preguntarme si no habré metido la pata hasta al fondo.