Mi jefe me pone. Y de los nervios también Capítulo 13
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Capítulo 13

Nerea

Llevo una semana evitando a Elías con la disciplina de una atleta olímpica.

No es fácil. El muy cabrón trabaja a pocos metros de mi mesa.

He desarrollado técnicas que deberían convalidarme como espía: sé cuánto tarda desde su despacho hasta la sala de reuniones, qué ascensor utiliza cuando baja solo y hasta qué cara pone antes de salir a por café.

Esto último no es porque me fije en él. Es supervivencia laboral. Y punto.

Así que cuando Martina me informa de que esta tarde hay copas en la sala de reuniones grande para celebrar que Contabilidad ha cerrado el trimestre con beneficios y sin ningún muerto, mi respuesta es inmediata.

—Ni de coña.

—Nerea… Va toda la planta —insiste.

—Precisamente.

—Llevas días huyendo de cualquier sitio donde pueda estar Elías.

Levanto la cabeza.

—No huyo.

—Hasta has bajado diez plantas por las escaleras para no coincidir con él.

—Cardio —justifico.

—Llevabas tacones.

—Cardio extremo.

Martina pone los ojos en blanco.

—Venga, solo media hora.

—Quince minutos.

—Cuarenta y cinco.

—No sabes negociar.

—Y tú no sabes esconderte. Treinta.

Resoplo.

—Te odio.

—A las siete.

Y se larga antes de que pueda inventarme una enfermedad contagiosa creíble.

A las siete y cinco estoy en la sala de reuniones con una copa en la mano y preguntándome por qué coño sigo dejándome convencer por la gente.

Hay bandejas de canapés diminutos, música que nadie escucha y grupos de personas hablando de trabajo como si no hubieran pasado ya diez horas hablando exactamente de lo mismo.

Localizo a Elías casi al instante. Está al otro lado de la sala, junto a dos consejeros.

No me ha visto. O finge no haberlo hecho. A estas alturas, cualquiera de las dos posibilidades me molesta.

—Deja de mirar.

Me giro hacia Martina.

—No estaba mirando.

—Claro.

—Estaba comprobando las salidas de emergencia.

—¿Cuentan las ventanas?

—También sirve.

Martina sonríe.

Le doy un trago a la copa. Necesito amigos menos observadores.

Por suerte, alguien la llama desde otro grupo y me quedo sola unos segundos.

Hasta que aparece Lucas.

—Hombre, mi empleada favorita.

—No soy tu empleada —defiendo.

—Por eso eres mi favorita.

Lleva una copa en la mano y esa sonrisa suya que siempre parece estar a medio segundo de meterse en problemas.

—¿Dónde está Claudia? —le pregunto.

Llevo aquí un rato y todavía no la he visto.

—Hablando con Recursos Humanos.

—Ella es Recursos Humanos —recalco.

—Por eso. Habla consigo misma. Es una mujer muy completa.

Me río. No quiero. Pero lo hago.

Lucas se coloca a mi lado y señala mi copa.

—¿Primera?

—Sí.

—Entonces todavía puedes escapar.

—Ese era mi plan hasta que Martina me chantajeó emocionalmente.

—Buena chica.

—No digas eso delante de ella o se vendrá arriba.

Un par de personas de Comercial se acercan y Lucas se queda charlando con ellos. Yo participo lo justo, principalmente porque uno de los tipos lleva diez minutos contando una historia sobre una presentación en Barcelona que aparentemente debería hacernos mucha gracia. No la tiene.

Hasta que alguien menciona el coche eléctrico de empresa.

—Por cierto —comenta uno—, ¿qué pasó al final con el coche rosa? Hace meses que no lo veo.

Lucas se ríe.

—¿Ese no era el que condujo León? —se mofa otro.

—Una semana entera —aclara Lucas.

—¿Por qué?

Lucas me mira. Solo un instante. Después sonríe.

—Pregúntaselo a Nerea. Ella fue la responsable.

—No sé de qué hablas —contesto.

Se ríen. Yo también, un poco, porque sigue siendo gracioso.

—Por cierto, Nerea —dice otro—, ¿qué tal el viaje? Dicen que la convención fue un aburrimiento.

—Estuvo bien.

—¿Solo bien?

Miro hacia el otro lado de la sala. Elías sigue con los consejeros.

—Estuvo bien —repito, y esta vez la voz no me sale tan firme.

El coche rosa. La apuesta. El viaje. El beso en el pasillo. Y el momento en que se apartó de mí y me dejó claro que había sido un error.

Todo empieza a darme vueltas de una manera que no me gusta nada.

Dejo la copa sobre la mesa.

—Necesito aire.

Cruzo la sala. Elías me ve. Lo sé porque deja de escuchar al hombre que está hablando con él.

Nuestros ojos se encuentran. Aparto los míos. No llego a la puerta.

—Nerea.

Sigo andando.

—Ahora no.

Elías me alcanza en el pasillo.

—¿Qué ha pasado?

Me detengo.

Me giro. Y solo con verle la cara sé que he cometido un error al pararme.

—Dime por qué me subiste a planta —le suelto de golpe.

—¿Qué quieres decir?

—Ya lo has oído. ¿Por qué no me dejaste abajo en Atención al Cliente?

Llevo tanta rabia acumulada dentro que sé que voy a vomitarla.

—Te vi trabajar.

—Mientes.

—No. No lo hago. Bajé porque quería saber quién eras, sí. Pero te observé y vi algo en ti.

—Sí. Que era la candidata ideal con la que jugar y burlarte, ¿no es eso?

—Yo jamás…

—Déjalo. No te esfuerces.

—Solo quería averiguar que estaba en lo cierto. Que lo que vi…

—¿Y qué querías averiguar? —mascullo—. ¿Cuánto tardaba en meter la pata? ¿Si era igual de problemática en persona? ¿O cuánto tardarías en utilizarme y en tratarme como a un trapo?

No responde. Esta vez no porque no tenga respuesta. Porque la tengo yo. Se la veo en la cara.

—Joder. —Doy un paso atrás—. Eso era.

—Nerea, escúchame.

—Ya lo hice aquella noche y aún lo recuerdo, puedo asegurártelo.

Elías da un paso y se queda a escasos centímetros de mi cuerpo.

—Esa noche no fue planeada.

—Me besaste.

—Te besé porque lo sentí.

Quiero creerle. Ese es el problema. Que quiero.

—Y después me dijiste que no podíamos, que trabajo para ti, y desde entonces actúas como si el pasillo del hotel nunca hubiera existido.

Su mirada contrarresta los hechos. Y eso me duele aún más.

—Hice lo correcto.

—Lo correcto para ti —siseo—. Yo lo único que sé es que un momento estabas ahí, conmigo, y al siguiente eras otra vez el señor León apartándose como si no quemara, como si no fuera nada.

—No podía dejar que...

—Que ¿qué? ¿Que pasara algo real entre los dos porque firmas mi nómina? Qué conveniente.

—No es conveniente. Es lo correcto.

—Deja de decir eso. «Lo correcto» es la excusa que usan los cobardes cuando no quieren admitir que tienen miedo.

Aprieta la mandíbula.

Pero ya no me importa.

Durante semanas he presumido de saber cuándo alguien no es de fiar. Y, sin embargo, con él he fallado de pleno.

Fui una idiota. Eso es todo. Y me culpo por ello cada puto segundo que piso el mismo suelo que él.

—Necesito irme.

Esta vez no intenta detenerme.

Entro en el ascensor. Las puertas empiezan a cerrarse y durante un segundo lo veo ahí fuera, quieto, mirándome.

No parece enfadado. Parece jodido.

Bien. Que se joda.

Yo también lo estoy.

Cambio de canal en la tele sin parar con el mando. No hay nada que me guste. Y aún menos algo que me entretenga lo suficiente para no pensar en mi maldito jefe.

Son cerca de las diez de la noche cuando Claudia aparece por la puerta. Cuelga su bolso en la percha de la entrada y viene directa hacia mí.

—¿Estás bien?

Levanto una ceja.

—¿Tú qué crees?

—Lucas dice que has salido de la fiesta como si el edificio estuviera en llamas.

—Sí, el humo era asfixiante allí dentro —me burlo sin ganas.

—Si te sirve de consuelo, Elías ha pasado el resto de la noche con cara de haber pisado un cable pelado.

—Qué descriptivo.

—Soy buena en mi trabajo.

Su cara cambia cuando se sienta a mi lado.

—¿Ha sido por el beso?

Se lo conté la misma noche que volvimos del viaje, entre dos copas de vino y bastante vergüenza ajena por mi parte.

—No soporto verlo, Claudia. Y aún menos que defienda que lo que hizo era «lo correcto».

—Joder. ¿Te lo ha vuelto a decir?

Asiento. Reconocerlo duele tanto como verbalizarlo.

Claudia se queda callada un momento, con ese tipo de silencio que alguien usa para pensar antes de hablar.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que «lo correcto» es la excusa que usan los cobardes.

Se le escapa una risa corta.

—Eso ha estado bien.

—Lo sé.

—¿Te ha respondido algo?

—No he esperado a que lo hiciera.

Claudia apoya la cabeza en el respaldo del sofá y me mira de lado.

—¿Estás mal?

Lo pienso de verdad antes de contestar.

—Estoy cabreada. Que no es lo mismo, aunque hoy se le parezca bastante.

—Puedo quedarme aquí sentada sin decir nada si eso ayuda.

—Ayuda.

Se queda.

Durante un rato ninguna dice nada más, y es exactamente lo que necesito.