Capítulo 12
Elías
Llevamos cuatro días de vuelta en Madrid y Nerea ha desarrollado una habilidad nueva: desaparecer.
No físicamente, eso sería preocupante y Recursos Humanos tendría demasiado papeleo. Lo hace conmigo.
El lunes cambió de pasillo cuando me vio salir del despacho.
El martes fingió estar hablando por teléfono en la sala de café. Lo sé porque tenía el móvil al revés.
Ayer prefirió bajar las diez plantas por las escaleras antes que entrar conmigo en el ascensor.
Hoy todavía no ha ocurrido nada. Son las nueve y veintitrés. Miro a través del cristal. Está en su mesa. Trabajando.
Martina le dice algo y Nerea se ríe.
Aparto la vista.
«Perfecto». Eso es exactamente lo que quería. Distancia. Profesionalidad. Que lo ocurrido en el hotel no interfiera en el trabajo.
Abro un correo. Lo leo. Lo cierro.
Vuelvo a mirar hacia fuera. Nerea ya no está.
«Mejor».
—Estás insoportable.
Levanto la vista. Lucas ocupa la butaca frente a mi mesa con una carpeta apoyada sobre una pierna.
—Buenos días a ti también.
—Llevo aquí diez minutos. No me has escuchado.
—Sí lo he hecho.
—¿Qué acabo de decir?
Silencio.
Lucas sonríe.
—Eso pensaba. —Deja la carpeta sobre la mesa y me mira fijamente—. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—Estupendo. Siguiente pregunta. ¿Qué le pasa a Nerea?
Cojo la carpeta.
—¿Qué tiene que pasarle?
—No sé. Por eso pregunto. Desde que volvimos del viaje parece que estéis participando en un concurso para ver quién consigue estar más lejos del otro dentro del mismo edificio.
—Estás imaginando cosas.
—El martes entraste en la sala de café y ella salió por la otra puerta.
—Tendría algo que hacer.
—Se dejó el café dentro.
No respondo.
—Y tú te quedaste mirándolo como si te hubiera abandonado un cachorro —añade.
—¿Has venido a trabajar o a tocarme los cojones? —mascullo.
—Normalmente puedo hacer las dos cosas a la vez.
Abro la carpeta.
—El Consejo es a las once —me recuerda.
—Lo sé.
—Pues céntrate en eso.
Lucas me observa. Sé perfectamente qué está haciendo. Esperar a que hable. Puede esperar sentado.
—Pasó algo en el hotel —insiste. Y no es una pregunta.
—Lucas.
—Vale. —Levanta las manos—. Está claro, no quieres contármelo.
—Correcto.
—Lo respeto.
Lo miro.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora mismo. Estoy creciendo como persona.
—Me alegro.
—Aunque, si dentro de dos semanas seguís haciendo coreografías para no coincidir en los ascensores, volveré a preguntar.
—Fuera.
Se ríe.
No llega a levantarse, cuando llaman a la puerta.
—Adelante.
Se abre. Es ella.
«Ahora también llama antes de entrar».
Se detiene al ver a Lucas. Por un instante parece plantearse la posibilidad real de salir otra vez.
No lo hace.
—Perdón. Martina me ha dicho que necesitabas los informes de la convención.
Señala la carpeta que lleva.
—Sí.
Se acerca. La deja delante de mí.
—Aquí están.
—Gracias.
—De nada.
Al instante un silencio incómodo.
Lucas mira a Nerea. Después a mí. Y otra vez a ella.
«Como abras la boca, te mato».
—Bueno —dice levantándose—, creo que voy a...
—Tú te quedas.
Se vuelve a sentar.
Nerea mantiene la expresión seria. Demasiado.
—¿Necesitas algo más, señor León?
Ahí está. Otra vez el maldito «señor León».
Antes del hotel lo utilizaba para tocarme los cojones. Ahora lo utiliza para poner kilómetros entre nosotros.
—No —respondo seco.
—Perfecto.
Se da la vuelta. Pero en cuanto veo que se aleja la llamo.
—Nerea.
Se detiene.
No debería haberlo hecho. No tengo nada que decirle.
Lucas me observa. Ella espera.
—El informe de incidencias de Valencia —me invento.
—¿Qué pasa con él?
—Está bien hecho.
«Estoy que me salgo».
Sus ojos se clavan en los míos.
—Gracias.
Asiente. Sale y la puerta se cierra.
Lucas tarda exactamente una décima de segundo en intervenir.
—Madre mía.
—Ni una palabra —lo paro.
—No iba a decir nada.
—Estás a punto.
—Solo iba a preguntarte si quieres que llame a Mantenimiento para que rebajen la tensión de esta planta antes de que exploten los fluorescentes.
—Lucas.
—Consejo. Once. Centrado. Entendido.
Esta vez sí se marcha.
Me quedo mirando la puerta.
Esto es lo que quería. Profesionalidad.
Entonces… ¿por qué cojones resulta tan incómodo conseguirlo?
A las once en punto Ramón deja una carpeta sobre la mesa del Consejo. No la abre. Tampoco necesita hacerlo. Todos sabemos lo que contiene. La maldita operación. Otra vez.
—Creo que hemos dado margen suficiente —empieza.
No ha esperado ni a que termine el secretario de leer el orden del día.
—Ese punto es el cuarto —le recuerdo.
—Precisamente por eso. No veo necesidad de perder una hora con asuntos menores cuando tenemos una decisión de esta magnitud pendiente desde hace semanas.
Uno de los consejeros intercambia una mirada con otro.
Lucas, sentado a mi derecha, no se mueve.
—Seguiremos el orden del día —respondo.
Ramón sonríe.
—Por supuesto.
Y espera. Eso es lo que más me preocupa. No protesta. No insiste. Se limita a sentarse y esperar durante cuarenta y siete minutos hasta que llegamos al cuarto punto.
Entonces abre la carpeta.
—Ahora sí.
Proyectan las cifras en la pantalla. Las conozco de memoria. Rentabilidad prevista. Costes. Amortización. Proyecciones a cinco años… Todo impecable. Demasiado.
—Mi posición no ha cambiado —anuncio—. La operación sigue en revisión.
Ramón junta las manos sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Ya lo expliqué en la última reunión.
—Dijiste que necesitabas más tiempo.
—Y lo sigo necesitando.
—Han pasado varias semanas.
—Lo sé.
—Entonces supongo que tendrás algo nuevo.
Silencio.
Ahí está. La trampa. Si digo que sí, querrá saber qué. Si digo que no, me convierte en un CEO que paraliza una operación millonaria por intuición.
—La revisión continúa —respondo.
Ramón asiente despacio.
—Entiendo.
Miente. Está disfrutándolo.
—Lo que no termino de comprender —prosigue— es qué estamos revisando exactamente.
—Todos los aspectos de la operación.
—Eso no significa nada, Elías.
Varias miradas se levantan. Ya no habla conmigo. Habla para ellos.
—Tenemos informes favorables de Finanzas, Legal y Riesgos —expone para inclinar la balanza a su favor—. Las previsiones son excelentes. Ferrer lleva meses trabajando en la operación y el proveedor está dispuesto a asumir unas condiciones especialmente beneficiosas para nosotros.
«Ese es precisamente el problema».
—Y, aun así —continúa—, tú sigues negándote a autorizarla.
—No me niego. La estoy revisando.
—¿Durante cuánto tiempo?
—El necesario.
Ramón se recuesta.
—Una empresa de este tamaño no puede funcionar basándose en las sensaciones de una sola persona.
Lucas se mueve ligeramente a mi lado.
—No tomo decisiones basándome en sensaciones —le rebato.
—Entonces dinos en qué te basas.
De nuevo silencio.
Ramón me sostiene la mirada. Ferrer está tres asientos más allá. No sonríe. Eso me interesa más que cualquier otra cosa que haya ocurrido desde que empezó la reunión.
—Cuando tenga algo que comunicar al Consejo, lo haré —aseguro.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, la operación queda paralizada.
Ramón niega despacio.
—No sé cuánto tiempo más podremos justificarlo ante los accionistas.
—No tienes que justificar mis decisiones.
Su expresión cambia. Muy poco. Lo suficiente.
—No —responde—. Supongo que no.
Uno de los consejeros interviene.
—Quizá podamos establecer un plazo.
Ramón gira la cabeza hacia él. Es exactamente lo que quería.
—Me parece razonable.
—¿Qué plazo? —pregunta otro.
La conversación empieza a moverse alrededor de la mesa. Una semana. Dos. Un mes…
Los observo. Ramón ya no necesita hablar. Ha conseguido lo que buscaba. Convertir mi decisión en un problema del Consejo.
Finalmente acordamos dos semanas. Catorce días. Si en ese tiempo no presento una objeción fundamentada, la operación volverá a someterse a votación. Y algo me dice que el resultado no será el que yo espero.
Ramón cierra la carpeta.
—Perfecto. —Me mira—. Así todos tendremos las mismas oportunidades de trabajar con certezas.
«Cabrón».
La reunión termina veinte minutos después.
Ferrer es uno de los primeros en salir.
Ramón se queda hablando con dos consejeros. No necesito escuchar la conversación. Ya sé de qué va.
—Dos semanas.
Lucas cierra la puerta de mi despacho cuando entramos.
—Lo he oído —respondo seco.
—Te ha puesto una fecha de caducidad.
—También lo he oído.
—Y Ferrer estaba demasiado tranquilo.
Saco del cajón la documentación que llevo reuniendo. Contratos. Movimientos. Sociedades. Facturas. El informe de Valencia.
—Porque creen que no tengo nada.
—¿Lo tienes?
Miro los documentos.
—Tengo piezas.
—No es lo que he preguntado.
—No —confieso.
Lucas se pasa una mano por la nuca.
—Entonces tenemos un problema.
—Aún tenemos catorce días —le recuerdo.
Uno de los dos debe ser optimista, o al menos aparentarlo.
Empiezo a revisar los documentos.
—Quiero que Héctor amplíe la investigación —aseguro.
—¿Hasta dónde?
—Todo.
Lucas frunce el ceño.
—Define todo.
—Relaciones empresariales de Ferrer. Sociedades vinculadas. Proveedores. Movimientos que pueda consultar legalmente. Reuniones fuera de agenda. Quiero saber con quién habla, con quién hace negocios y qué conexión tiene con Ramón.
—Eso puede levantar ruido.
—Que no lo levante.
—Elías.
Levanto la vista.
—Lucas, si tengo razón, están intentando colarnos una operación manipulada delante de todo el Consejo.
—Lo sé. Llevas demasiado tiempo con esto, pero… ¿Y si no la tienes?
—Entonces dentro de catorce días firmaré y Ramón tendrá el placer de recordarme esto durante los próximos diez años.
Lucas guarda silencio.
—Hazlo. Hay que desenmascarar a ese tío y a su puto socio, sea como sea. Acabemos con esto.
Asiente. Sé que cuento con su apoyo.
Sale y yo me quedo solo con las carpetas.
«Catorce días», me recuerdo.
Abro el primer contrato. Empiezo desde el principio.
A las siete y veinte levanto la vista de la pantalla.
La planta está casi vacía. Martina ya se ha marchado. Lucas también.
Nerea sigue en su mesa.
No sé qué está haciendo. No debería importarme.
Baja la tapa de una carpeta. Coge el bolso. Entonces levanta la cabeza.
Nuestros ojos se encuentran a través del cristal. Esta vez no aparta la mirada. Yo tampoco.
Dura un segundo. Quizá dos.
Después se marcha. Sin sonrisa, ni pulla. Sin despedida.
Las puertas del ascensor se cierran detrás de ella.
Yo vuelvo a mirar el contrato. Catorce días para encontrar algo que llevo más de un año buscando.
Y mañana volveré a tenerla sentada a menos de siete metros fingiendo que aquel pasillo de hotel nunca existió.
Cojo el teléfono. Marco el número de Héctor.
—Necesito que empecemos esta noche.
Esta vez no pienso esperar a que el problema venga a buscarme.