Capítulo 11
Elías
Son las dos y diecisiete de la madrugada y llevo demasiado tiempo mirando el techo.
El informe de mañana está terminado. Lo estaba hace una hora.
También he contestado los correos pendientes, revisado dos veces la presentación y dejado preparada la ropa que voy a ponerme para bajar a desayunar.
No tengo nada más que hacer. Ese es el problema.
Me giro hacia un lado. Silencio. Hacia el otro. Más silencio.
La habitación 412 lleva callada desde hace horas.
«Duerme».
Es lo normal. La gente duerme a estas horas. La gente normal, al menos.
Cierro los ojos. Los vuelvo a abrir. Doscientos treinta y siete euros con cincuenta.
No sé por qué coño he tenido que demostrarle que recuerdo la cifra. Ni por qué he preguntado por su tienda. Ni por qué sigo pensando en la cara que ha puesto cuando le he dicho que no encaja menos que cualquiera de los que estaban abajo.
Y desde luego no pienso analizar por qué sé que detrás de esa pared hay una mujer que probablemente duerme con una camiseta con algún texto absurdo.
Me siento en la cama.
—Esto es ridículo.
Tengo sed. Ahí está. Una necesidad humana perfectamente normal.
Abro el minibar. Agua. Sin gas.
Cojo una botella. La miro. La dejo.
«Patético».
Recuerdo haber visto una máquina de bebidas junto a los ascensores y no me lo pienso dos veces.
Salgo de la habitación. El pasillo está vacío. Por supuesto. Son más de las dos de la mañana en un hotel lleno de directivos que mañana tienen que fingir entusiasmo durante ocho horas de conferencias.
Camino hacia los ascensores. A mitad del pasillo escucho un ruido a mi espalda. Una puerta.
Me giro.
«No puede ser».
Nerea sale mirando hacia abajo mientras intenta meter algo en el bolsillo de un pantalón corto de pijama.
Lleva una camiseta enorme. Leo la frase. NO TENGO MAL CARÁCTER. TENGO RAZÓN CON ENTUSIASMO.
Aprieto la mandíbula para obligarme a no sonreír.
Ella levanta la cabeza. Me ve y se para en seco.
—No me jodas.
—Buenas noches —respondo.
—¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
Miro lo que lleva en la mano. Es una bolsa de patatas fritas vacía.
Al darse cuenta, la esconde detrás de la espalda.
«Demasiado tarde».
—Tengo hambre, ¿algún problema? —se justifica.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando, así que es lo mismo.
Se gira con genio y comienza a caminar hacia las máquinas.
La sigo.
—¿Vas a comprar más?
—No. Voy a presentar una reclamación formal porque esta bolsa prometía ciento cincuenta gramos y estoy convencida de que había aire para inflar una colchoneta.
—A las dos de la mañana.
—Las injusticias no entienden de horarios.
Se me escapa una risa.
Nerea gira la cabeza.
—Otra vez —murmura.
—¿Qué?
—Eso. Sonreír cuando crees que no estoy mirando.
—Pero estás mirando.
—Ahora sí.
Llegamos a las máquinas. Nerea mete una moneda. La máquina se la devuelve.
Vuelve a meterla. La devuelve otra vez.
—No le gustas —bromeo.
—El sentimiento es mutuo.
Lo intenta por tercera vez. Nada.
—Déjame.
—Puedo sola —se revuelve.
—Ya lo veo. Y funciona estupendamente.
—La máquina y yo estamos negociando.
—Pues vas perdiendo.
Me lanza una mirada que no sé muy bien cómo descifrar.
Saco una moneda.
—Ni se te ocurra.
La introduzco. La máquina la acepta.
Nerea abre la boca.
—Hija de puta.
No puedo evitar reírme. Esta vez de verdad.
Ella se queda mirándome.
Y la risa se me corta. No porque haya hecho nada. Precisamente porque no lo hace.
Solo me mira. Con el pelo suelto. Sin maquillaje. Sin zapatos. Sin el vestido negro. Sin una mesa, una carpeta o una pantalla entre los dos.
Me obligo a centrarme en la dichosa máquina. Pulso el número de las patatas. La bolsa cae. Nerea no la recoge.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. Estaba pensando.
—¿Debo preocuparme?
—Muchísimo.
Se agacha por fin y recoge la bolsa.
—Gracias.
—De nada.
—Te lo devolveré.
—Son unas patatas.
—No quiero deberle nada a mi jefe.
Ahí está. La palabra «Jefe». El recordatorio que necesito.
Asiento.
—Como quieras.
Regresamos hacia las habitaciones. Esta vez caminamos más despacio. No sé quién de los dos lo hace. Quizá ambos.
—¿Siempre duermes tan poco? —pregunta de pronto.
—Duermo suficiente.
—Esa es la típica respuesta de alguien que duerme fatal.
—¿Y tú?
—Yo duermo estupendamente cuando mi cabeza se calla.
—Entonces nunca.
—Exacto.
Sonríe. Yo me esfuerzo por no hacerlo.
Llegamos a nuestras puertas. 412 y 414. Debería despedirme. Ella debería entrar.
Ninguno lo hace.
Nerea juguetea con la bolsa de patatas.
—¿Sabes una cosa? Eres mucho menos insoportable en pijama.
Miro mi camiseta.
—No llevo pijama.
—Peor.
—¿Por qué?
—Es lisa.
—Sí.
—Y gris.
—También.
—Sin una sola frase.
—La mayoría de las camisetas son así.
—Solo las tristes.
—¿También clasificas la ropa por estado emocional?
—Por supuesto. —Señala la suya—. Esta, por ejemplo, es una camiseta segura de sí misma.
Miro la frase de nuevo.
—Es una camiseta con problemas de autoridad.
—Por eso nos entendemos.
La sonrisa aparece antes de que pueda evitarla.
Nerea vuelve a quedarse mirándome. La borro de golpe.
—A este paso me dan un premio.
—No sé de qué me hablas.
—Has sonreído dos veces. En la oficina parece que te cobren por usarla.
—Tengo una reputación que mantener.
—Pues tranquilo. No se lo contaré a nadie.
—Te lo agradezco.
—De nada.
Silencio. Uno distinto. Ya no es cómodo. Tampoco incómodo. Es otra cosa.
Nerea baja la vista hacia la bolsa.
—Lo de antes...
—¿Qué?
—Lo que me has dicho sobre mi tienda…
Espero.
—Gracias.
«Supongo que se refiere al momento en que he dicho que lo sentía».
—No tienes que dármelas —aseguro.
—Ya. Pero quería hacerlo.
Asiento.
Ella levanta los ojos. Estamos demasiado cerca. No sé en qué momento ha ocurrido. Quizá siempre hemos estado a esta distancia y ahora simplemente me doy cuenta.
—Buenas noches, Nerea.
Lo digo porque es lo que debo decir.
—Buenas noches, señor León.
Pero ninguno de los dos se mueve.
Sus ojos bajan un instante a mi boca. Es tan rápido que podría fingir que no lo he visto.
No lo hago.
Nerea vuelve a mirarme. Y ahí se acaba la parte razonable de la noche.
Doy un paso. Ella no retrocede. Otro. Sigue sin moverse.
—Elías... —susurra mi nombre.
No mi apellido.
Le cojo la cara con las manos. Tengo un segundo. Uno solo. El suficiente para detenerme.
No lo hago.
La beso. Y todo lo que llevaba semanas intentando mantener en orden se va a la mierda. No hay tanteo. No hay prudencia.
Nerea me agarra de la camiseta y me devuelve el beso con una fuerza que elimina cualquier posibilidad de duda entre nosotros.
Mi mano encuentra su cintura. La acerco. Su cuerpo choca contra el mío. Y durante unos segundos no existe la empresa. Ni el hotel. Ni la convención. Ni absolutamente nada que no sea su boca y la forma en que acaba de ponerse de puntillas para besarme mejor.
Nerea suelta la bolsa. Las patatas golpean la moqueta.
Ninguno mira.
Me pasa una mano por la nuca. La pego más a mí. Demasiado.
Y ahí aparece. No como un pensamiento. Como una certeza. Su expediente sobre mi mesa. Mi firma al pie. Su contrato temporal. Su tienda cerrada. Su necesidad de ese sueldo. La decisión de subirla a mi planta. Todo.
«Joder».
Me separo.
Nerea tarda un segundo en abrir los ojos. Respira deprisa.
Yo también.
—¿Qué pasa?
No contesto. Todavía tengo una mano en su cintura. La retiro.
Ese gesto lo cambia todo. Lo veo en su cara.
—Elías.
—No.
Frunce el ceño.
—¿No qué?
—Esto no.
Mira el espacio que acabo de poner entre nosotros. Después me mira a mí.
—¿Esto no?
—No podemos.
El desconcierto desaparece. En su lugar aparece otra cosa. Orgullo.
—Curioso momento para descubrirlo.
—Nerea...
—No.—Ahora es ella quien retrocede—. No me vengas con el «Nerea» después de besarme así y apartarme como si hubiera saltado una alarma de incendios.
—Trabajas para mí.
Se queda inmóvil.
—¿Y?
—Eres empleada de mi empresa.
—Eso ya lo sabías hace treinta segundos.
—Lo sé.
—Estupendo. Entonces estamos los dos perfectamente informados.
—No es tan sencillo —rebato, frotándome la nuca.
—Pues a mí sí me lo parecía, hasta que has decidido complicarlo.
—No quiero ponerte en una situación...
—No termines esa frase.
—Déjame explicarlo.
—¿Explicarme qué? ¿Que eres mi jefe? ¿Que firmas mi nómina? ¿Que mañana volvemos a trabajar juntos? Ya lo sé. No me he dado un golpe en la cabeza contra la máquina de patatas.
—Precisamente por eso.
—No.
Recoge la bolsa del suelo. Está aplastada. La mira.
—Perfecto. Encima la has asesinado.
Casi sonrío. No debo.
Nerea me ve intentarlo.
—Ni se te ocurra.
—No me estoy riendo —me justifico.
—Ya.
Saca la tarjeta de su habitación del pantalón de pijama.
—Nerea.
—Buenas noches, señor León.
La distancia de esas dos palabras es mayor que todo el pasillo.
Abre la puerta.
—Mañana a las nueve, ¿no?
—Sí —respondo.
—Perfecto. Allí estaré. Como empleada de tu empresa.
Entra. La puerta se cierra en mis narices.
Me quedo solo en el pasillo. Durante varios segundos no me muevo.
Después entro en mi habitación. Cierro. Apoyo las manos en la cómoda.
He hecho lo correcto. Eso es lo primero que pienso. La alternativa era seguir. Cruzar una línea que no debería cruzar con una mujer cuyo contrato depende de la empresa que dirijo. He parado. Eso era lo que tenía que hacer.
Entonces ¿por qué tengo la sensación de haberlo hecho todo al revés?
Me siento en el borde de la cama. Al otro lado de la pared no se oye nada. Ni un golpe. Ni una protesta contra los muebles. Ni una palabrota. Nada.
Hace unas horas ese silencio me parecía peligroso. Ahora es peor. Porque sé exactamente qué he dejado al otro lado.
Y por primera vez en mucho tiempo, hacer lo correcto se parece demasiado a haber cometido un error.