Capítulo 10
Elías
Llevo cuarenta minutos en la habitación y todavía no me he cambiado de camisa.
He abierto el portátil. He contestado dos correos. He empezado a revisar el informe que mañana tengo que presentar en la convención.
Y llevo diez minutos leyendo la misma línea.
Cierro el documento.
Me levanto. Vuelvo a sentarme.
«Esto es ridículo».
No necesito preguntarme qué me pasa. Lo sé.
Tengo el tacto de sus dedos cálidos aún sobre mi pierna, su olor metido en la sien y la postura de su cuerpo frente a mi…
Me pongo en pie. Me quito la camisa con más brusquedad de la necesaria y saco otra de la maleta.
Tengo una cena llena de accionistas, consejeros y directivos dentro de media hora. Debería preocuparme Ramón. Ferrer. Las cifras que mañana tengo que defender delante de medio Consejo.
Pero en lugar de eso, mientras me abrocho una camisa limpia, vuelvo a recordar su mano sobre mi pierna.
—Joder.
Cojo la chaqueta.
Necesito bajar.
La cena es en el salón principal del hotel.
Mesas redondas. Manteles blancos. Copas perfectamente alineadas.
Y suficiente dinero reunido en una sola habitación como para que nadie se atreva a admitir que el vino es mediocre.
Llevo quince minutos escuchando una conversación sobre el precio del suelo industrial en el corredor del Henares cuando las puertas del salón se abren y aparece ella.
Vestido negro. Nada especialmente llamativo. Nada que justifique que deje de escuchar al hombre que tengo sentado a mi derecha.
Lo hago de todas formas.
La veo entrar junto a Martina. Da tres pasos y se tira discretamente del bajo del vestido. Da otros dos y vuelve a hacerlo.
No está cómoda. Eso es lo primero que pienso.
Lo segundo no debería pensarlo.
Aparto la mirada.
—Como te decía...
—Sí —respondo.
El consejero continúa hablando. No tengo ni idea de qué estaba diciendo.
Bebo agua.
Cuando vuelvo a mirar hacia allí, Nerea ya se ha sentado en una mesa cercana. Martina está a su izquierda. Frente a ella hay dos directivos de Finanzas que parecen haber decidido que una cena de empresa es el lugar perfecto para continuar trabajando.
Uno de ellos dice algo que no alcanzo a escuchar. Nerea frunce el ceño. El hombre vuelve a hablar. Esta vez sí oigo una palabra: euríbor.
Ella coge la copa.
—Pues yo creo que sube y baja. Como todo en la vida.
Tengo que bajar la cabeza para que nadie vea que estoy sonriendo.
—¿He dicho algo gracioso?
Levanto la vista. El consejero de mi derecha me observa.
—No.
—Ah.
Continúa hablando. Vuelvo a beber.
Esta vez no miro hacia la otra mesa durante casi un minuto.
Después sí.
Nerea acaba de beberse media copa de vino de un trago.
«Buena estrategia».
La cena continúa.
Conversaciones. Cifras. Proyecciones. Planes para el siguiente trimestre. Todo exactamente igual que en cualquier otra convención.
Hasta que veo a Ramón acercarse a Ferrer.
No se sientan juntos. Al menos, no al principio.
Ramón se detiene detrás de su silla y apoya una mano en el respaldo mientras le dice algo al oído.
Ferrer deja de sonreír.
Solo dura un instante. Después vuelve a adoptar esa expresión amable que utiliza con todo el mundo.
Ramón se ajusta uno de los gemelos. El izquierdo. Dice algo más. Ferrer asiente.
Me levanto. No voy directamente hacia ellos. Saludo primero a dos miembros del Consejo. Intercambio unas palabras con el director comercial…
Cuando estoy lo bastante cerca, Ramón ya me ha visto. La conversación termina. Ferrer coge su copa.
—Elías.
—Ramón.
—Buena elección de hotel.
—Ha sido cosa de Recursos Humanos.
—Entonces les felicitaré a ellos.
Ferrer sonríe.
—Mañana tenemos una jornada interesante.
—Eso espero —respondo mientras analizo cada mínimo gesto que hace.
—Seguro que sí.
Me sostiene la mirada. No hay nada extraño en sus palabras. Precisamente por eso no me gustan.
—Disfrutad de la cena.
Me alejo. No miro atrás. No necesito hacerlo para saber que volverán a hablar en cuanto crean que estoy lo bastante lejos.
Que hablen. Héctor lleva semanas siguiéndole los movimientos a Ferrer y, tarde o temprano, alguno de los dos cometerá un error. Todo el mundo lo hace. Solo hay que tener paciencia.
Regreso hacia mi mesa.
Nerea se levanta al otro lado del salón y nuestros ojos se cruzan. Solo un instante.
Ella aparta los suyos primero.
Yo sigo caminando.
«Has hecho lo correcto, tío».
Después de los postres trasladan las copas a una zona de sofás.
Me quedo el tiempo suficiente para cumplir. Veinticinco minutos. Dos conversaciones. Tres apretones de manos. Una invitación a jugar al golf que rechazo por cuarta vez este año.
Después subo.
El ascensor se abre en la cuarta planta y agradezco el silencio. Camino por el pasillo mientras aflojo un poco el nudo de la corbata.
Habitación 414.
Estoy sacando la tarjeta cuando escucho unos pasos a mi espalda.
Bueno… pasos no. Algo parecido a palmadas contra la moqueta.
Me giro.
Nerea viene hacia mí descalza, con los zapatos colgando de dos dedos. Se detiene al verme.
—Ah.
—Buenas noches —murmuro.
Mira mis zapatos. Después los suyos.
—Qué suerte tenéis los tíos.
«No puedo con ella. O sí».
—Las mujeres nos ganáis en otras cosas.
—Ah, ¿sí? ¿Cómo en cuáles?
«Ahí está, solo dos frases y ya me hace pensar».
—Es tarde. Mañana nos…
—Está claro, evades la pregunta porque conoces la respuesta.
—No es cierto. Es solo que… estoy cansado.
—Pues imagina si llevaras tacones.
—No, gracias.
—Te quedaría bien. Iría a juego con el eco-car.
Noto que se me escapa una sonrisa.
Ella la ve.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La prueba.
—¿De qué?
—De que sabes sonreír.
—Nunca lo he negado.
—Tampoco lo demuestras mucho, que digamos.
Mete la tarjeta. La luz se pone roja. Lo intenta otra vez. El color no cambia.
—Está al revés.
Me mira.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué insistes?
—Porque tengo esperanza.
—Eso no suele cambiar el funcionamiento de una cerradura electrónica.
—Qué vida tan triste llevas.
Coge la tarjeta correctamente.
La luz se pone verde.
—¿Ves? —pregunto.
—Ha sido casualidad.
Pero no abre. Se queda con la mano en el picaporte.
—¿Ha ido mal la cena? —pregunto.
Se gira.
—¿Por qué lo dices?
Miro sus zapatos.
—Has abandonado dos tacones en mitad de un hotel.
—No los he abandonado. Los llevo conmigo. Eso demuestra compromiso.
—También te has marchado antes de que terminaran las copas.
—Tú también.
—Yo he cumplido con mi obligación.
—Yo con mis pies.
Asiento.
—Argumento sólido.
Por un momento ninguno entra en su habitación.
Nerea apoya la espalda en la puerta.
—No encajo aquí.
La frase me sorprende. No por lo que dice. Sino por cómo lo dice. Sin broma. Sin pulla. Sin intentar convertirla en otra cosa.
—¿En el hotel?
—En todo esto.
Hace un gesto vago con el zapato hacia el pasillo, como si pudiera señalar con él el salón entero de abajo.
—La gente hablando de inversiones, mercados, previsiones... Yo hace dos meses estaba discutiendo con una imprenta porque me había cortado mal doscientas portadas de agenda.
No digo nada.
—Hoy un tío me ha preguntado qué opinaba de la evolución del euríbor —añade.
—¿Y? —indago, aunque ya conozco la respuesta.
—Le he dicho que sube y baja.
—Técnicamente es correcto.
Me mira.
—Te estás riendo de mí.
—Un poco.
—Capullo.
La palabra sale antes de que pueda frenarla.
Se queda inmóvil.
Yo también.
—Perdón.
—No pasa nada.
—Sí pasa. Eres mi jefe y no quiero quedarme sin trabajo.
—También era un capullo antes de ser tu jefe y eso nunca pareció detenerte.
Aprieta los labios. No funciona. Termina riéndose.
Y por algún motivo escucharla reír ahí, descalza, con los tacones en una mano y sin nadie alrededor, resulta distinto.
Más fácil.
—De todas formas —continúo—, te equivocas.
—¿En qué?
—En que no encajas.
La sonrisa desaparece poco a poco.
—No necesito un discurso motivacional, señor León.
—No pensaba darte ninguno.
—Menos mal.
—La mitad de las personas que estaban ahí abajo saben utilizar palabras que tú no utilizas.
—Gracias. Me siento muchísimo mejor.
—No he terminado.
Se calla.
—Saben qué decir —prosigo—. Cuándo asentir. Cuándo reírse. Qué opinión conviene tener delante de quién…
—Eso suena agotador.
—Lo es.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Que tú no sabes hacer nada de eso.
Me mira ofendida.
—Oye.
—Y precisamente por eso ves cosas que ellos no ven —concluyo.
Esta vez no responde.
—Ferrer —añado.
Algo cambia en su expresión.
—¿El dientes ?
—¿El qué?
—El que sonríe solo con los dientes.
Recuerdo el primer día que lo vio.
—Ese.
—Sigue sin gustarme.
—Lo sé.
—¿Ha hecho algo?
—No puedo hablar de eso.
—Entonces sí.
—No he dicho eso.
—Tu cara vuelve a hablar.
Niego con la cabeza.
—Es desesperante —murmuro.
—¿El qué?
—Hablar contigo.
—Y aun así llevas aquí un rato.
La frase me pilla desprevenido.
A ella también.
El silencio que queda después ya no es igual.
Nerea baja los ojos. Yo debería abrir mi puerta. Entrar. Despedirme.
En lugar de eso, miro los zapatos que todavía lleva en la mano.
—¿La papelería era tuya?
Levanta la cabeza.
—Sí.
—¿La montaste tú?
—Desde cero.
Hay algo en su voz que cambia al responder.
—Agendas, cuadernos, papelería creativa... —me cuenta—. Diseñaba casi todo. Algunas cosas las hacía yo y otras las mandaba imprimir.
—¿Y cerraste hace poco?
Asiente.
—Justo antes de entrar en la empresa.
—Lo siento.
Se encoge de hombros.
—No hace falta.
—No era una frase de cortesía.
Me mira.
—Ya.
Por primera vez desde que la conozco parece no saber qué responder.
—Fue una mierda —admite al final—. Sobre todo, porque no cerré porque fuera mala en lo que hacía. Cerré porque ser buena no siempre sirve para pagar facturas.
No sé qué decir a eso. Así que no digo nada. Y quizá sea la decisión correcta, porque continúa.
—Supongo que por eso me cabreó tanto aquella factura.
—Doscientos treinta y siete euros con cincuenta.
Sus ojos se clavan en mí.
—¿Lo recuerdas?
«Demasiado tarde».
—Tengo buena memoria —me justifico.
—Ya.
Me observa un segundo.
—Doscientos treinta y siete con cincuenta —repite.
—Sí.
—Qué inquietante.
—Buenas noches, Nerea —suelto de pronto.
Se ríe.
—Cobarde.
Abro mi puerta.
—Buenas noches —repito como un puto loro.
—Buenas noches, señor León.
Entro. Cierro.
Y durante unos segundos me quedo apoyado contra la puerta.
«¿Qué coño estás haciendo?».
No tengo respuesta.
Me quito la chaqueta. La dejo sobre una silla. Abro el portátil. Lo coloco sobre la cama. Me siento.
Entonces escucho un golpe al otro lado de la pared.
— ¡Me cago en...!
Silencio. Después otro golpe más pequeño.
— ¿Quién coño pone una mesa ahí?
Bajo la vista. Estoy sonriendo.
Dejo de hacerlo. O lo intento.
Abro el informe de mañana. Primera página. Leo dos líneas.
Al otro lado ya no se oye nada. Y descubro que el silencio es peor. Porque ahora sé exactamente qué hay detrás de esa pared. La habitación 412. Nerea. A menos de dos metros de mí.
Cierro los ojos.
Ese es el problema. No que esté al otro lado del tabique. Sino que no necesito verla para saber exactamente dónde está.