Capítulo 9
Nerea
—No tengo nada que ponerme.
Claudia, tumbada en mi cama con el móvil en la mano, ni siquiera levanta la cabeza.
—Llevas diciendo eso cuarenta minutos.
—Porque llevo cuarenta minutos teniendo razón.
Estoy sentada en el suelo delante del armario abierto, rodeada de ropa que hasta ayer me parecía perfectamente normal y que ahora, ante la perspectiva de pasar tres días rodeada de directivos, consejeros y gente que utiliza la palabra «sinergia» sin que se le caiga la cara de vergüenza, parece sacada de un mercadillo benéfico.
Levanto una blusa.
—¿Esto?
Claudia mira.
—Sí.
—Tiene una mancha.
—No se ve.
—Tú sabes que está.
—Pero los demás no.
—Yo sí. Y eso es suficiente para que pase toda la cena pensando que todo el mundo está mirando la mancha.
La tiro sobre la cama.
Cojo otra.
—¿Y esta?
—También.
—Me hace tetas de señora que vende seguros.
—Tienes treinta años, Nerea.
—Precisamente. Todavía estoy a tiempo de no parecer que te voy a preguntar si tienes cubierta la rotura de lunas.
Claudia deja el móvil sobre la colcha.
—A ver. ¿Qué crees exactamente que va a pasar en ese viaje?
—Que voy a hacer el ridículo.
—Eso puedes hacerlo aquí gratis.
—Gracias.
—De nada.
Se incorpora y empieza a revisar el desastre que he montado.
—Son tres días. Reuniones, comidas, una cena algo más formal y vuelta a casa. No vas a Buckingham Palace .
—Para mí es peor. En Buckingham Palace al menos sabría que soy la pobre.
Claudia se ríe.
—Allí también saben que eres la pobre.
Le lanzo una camiseta que ella esquiva.
—¡Cabrona!
—¿Qué? Si eres personal de apoyo. Nadie espera que aparezcas con un Chanel .
—No tengo ni un Chanel ni un canal para financiarlo.
—Pues solucionado.
Saca unos pantalones negros.
—Estos.
—Son tuyos.
—Te los dejo.
—Ya te devolví los otros.
—Con una mancha de tomate —me recuerda.
—Fue un accidente laboral.
—Fue una albóndiga.
—Estaba trabajando mientras comía.
—Nerea, te cayó encima porque intentaste abrir el táper con un boli.
—Era corporativo. Pensé que tendría más resistencia.
Claudia niega con la cabeza.
—¿Y para la cena?
Ahí está el problema.
Miro hacia la puerta del armario.
Colgado al fondo está el vestido de la boda de mi prima. Negro. Sencillo. Bonito. Y fabricado por algún enemigo de los pulmones.
Claudia sigue mi mirada.
—Ese.
—No. Me aprieta.
—Te queda espectacular.
—No puedo respirar.
—Respirar está sobrevalorado.
—Eso lo dices porque no eres tú la que va a tener que cenar embutida como una morcilla elegante.
—Pruébatelo.
—Ni de coña.
—Nerea, pruébatelo.
—¿Desde cuándo mandas tú?
—Desde que estás viviendo en mi casa por el módico precio de Netflix y alguna cena.
La miro.
—Eso es abuso de poder.
—Aprendo de los mejores.
No sé por qué, pero inmediatamente pienso en Elías.
Y me fastidia.
—No pongas esa cara —dice Claudia.
—¿Qué cara?
—Esa. La que pones últimamente cuando hablamos del trabajo.
—Pongo cara de trabajadora explotada.
—No. Esa es otra.
—¿Tengo tantas caras?
—Muchísimas. Eres como un emoticono con piernas.
Cojo el vestido.
—Voy a probármelo solo para que te calles. Y como no pueda respirar, me llevo unos vaqueros.
—Claro.
—Hablo en serio.
—No he dicho nada.
Claudia sonríe.
«Genial».
La conozco, y sé que no me va a dejar irme sin el dichoso vestido morcilla.
A la mañana siguiente llegamos al aparcamiento de la empresa a una hora que debería estar prohibida por los derechos humanos.
He dormido cuatro horas.
Mi maleta tiene una rueda que gira hacia la izquierda por motivos ideológicos.
Y Claudia, que no viene al viaje, ha tenido la indecencia de despedirse de mí en la puerta de casa con un «pásalo bien».
¡Como si me fuera de crucero!
Martina ya está junto a la furgoneta cuando llego.
Mira mi maleta. Después a mí.
—No preguntes —mascullo.
—No iba a hacerlo.
La rueda se dobla.
—Hijo de puta.
—¿La maleta?
—Mi ex. Era suya. Bueno, en realidad tenía dos. Pero cuando se largó se llevó la buena y me dejó esta. Creo que eso resume bastante bien nuestra relación. Ayúdame —le pido.
Martina coge un extremo.
Entre las dos conseguimos meterla en el maletero sin que muera nadie.
Hay una docena de personas alrededor. Algunas las conozco de la planta. Otras solo de verlas cruzar pasillos con cara de tener reuniones muy importantes y digestiones muy malas.
Lucas aparece con gafas de sol y un café enorme.
—Buenos días, criaturas corporativas.
—No, me niego —respondo—. No se puede tener esa energía antes de las ocho.
—Yo sí.
—Pues debería estar regulado.
—Debes de ser de las que necesitan café para ser persona —se burla.
—Yo necesito café para no ser delincuente.
—Anotado.
Alguien empieza a repartir sitios.
Subo detrás de Martina, que se instala al fondo junto a una mujer de Finanzas.
Después miro el asiento que me señalan. Segunda fila. Ventana. Y asiento libre al lado.
«No. Ni de coña».
—Ese es el tuyo —me indica el chico de Recursos Humanos.
—Perfecto.
Me siento antes de que el universo pueda empeorarlo.
Saco el móvil y me pongo a ver redes sociales para intentar despertarme con algo de scroll .
Cuando me vengo a dar cuenta, la furgoneta se ha llenado y solo falta Elías.
«El universo es un cabrón».
Sube hablando por teléfono, con una chaqueta oscura sobre el brazo y esa expresión de persona que ya ha resuelto tres problemas antes de que yo haya conseguido abrir los dos ojos.
—No. El lunes es tarde. Quiero el informe hoy. —Hace una pequeña pausa—. Entonces busca a alguien que pueda tenerlo hoy.
Cuelga.
Mira los asientos. Después me mira a mí. Y acto seguido se sienta a mi lado.
—Buenos días —saluda.
—Depende.
Coloca la chaqueta sobre sus piernas.
—¿De qué?
—De si este asiento estaba asignado de verdad o has sobornado a Recursos Humanos.
—No hay más asientos libres. Y no tengo ningún interés en sentarme a tu lado, Nerea.
—Qué alivio. Ya somos dos.
—Me alegra que coincidamos en algo.
—Coincidimos en muchas cosas.
Me mira.
—Nombre tres.
Abro la boca. La cierro.
—No me presiones recién levantada.
Se le mueve una comisura.
«Ahí está. Esa sonrisita de mierda que nunca termina de aparecer».
La furgoneta arranca.
La cabeza de Lucas aparece por detrás entre los asientos.
—¿Todo bien por aquí?
—Perfecto —respondemos los dos a la vez.
Lucas sonríe.
—Qué miedo.
—Vete —ordena Elías.
—Ya me voy.
No se va.
—¿Necesitas algo? —pregunto.
—No. Solo quería comprobar que los asientos estaban bien distribuidos.
Entrecierro los ojos.
—¿Los has organizado tú?
—¿Yo? Qué va.
Miente fatal.
—Lucas —gruñe Elías.
—Buen viaje.
Desaparece.
Miro a Elías.
—Tu socio es imbécil.
—Lo sé.
—¿Y no vas a hacer nada?
—Sobrevivir tres horas.
—Qué valiente.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Ya me estoy acostumbrando.
Apoyo la cabeza contra el cristal.
Madrid empieza a quedarse atrás.
La primera hora transcurre sin incidentes.
Bueno… sin incidentes graves.
Lucas intenta organizar un karaoke desde el fondo. Martina amenaza con bajarse en marcha para vomitar. Un consejero se duerme con la boca abierta. Y Elías trabaja desde el móvil como si estuviéramos en una oficina con ruedas.
Yo intento leer unos documentos que me han dado para las reuniones de la tarde.
Intento. Porque cada vez que él mueve el brazo para escribir, su codo invade aproximadamente dos centímetros de mi territorio.
Al cuarto golpe cierro la carpeta.
—Tienes un problema de fronteras.
No levanta la vista.
—¿Perdón?
Señalo el reposabrazos.
—Eso es territorio neutral.
—Es un reposabrazos.
—Exacto. Reposabrazos. Singular. Para un brazo. El tuyo lleva veinte minutos intentando colonizar mi asiento.
Retira el codo.
—Solucionado.
—Gracias.
—De nada.
Vuelvo a abrir la carpeta.
Dos minutos después noto su rodilla contra la mía.
Bajo la vista. Miro su pierna. La mía. Después a él.
—Ahora la pierna.
—La furgoneta es pequeña.
—O tú eres demasiado grande.
Levanta una ceja.
«Joder».
—Quiero decir...
No. Ni hablar. No pienso arreglarlo.
—Ya sabes lo que quiero decir —suelto con genio.
—Perfectamente.
Hay algo en su tono que no me gusta. O sí.
No. Definitivamente no.
Vuelvo a los papeles. Esta conversación ha terminado.
Cinco minutos después la furgoneta entra demasiado rápido en una curva. Todo ocurre de golpe.
Mi carpeta resbala. Intento sujetarla. El vehículo gira. Y yo también. Hacia el lado equivocado.
Mi mano aterriza en su muslo.
«Hostia».
Es duro como una piedra.
Me quedo congelada. Él también.
Durante un segundo ridículo no existe la furgoneta. Ni Lucas. Ni Martina. Ni los papeles que han terminado en el suelo.
Levanto la cabeza. Está demasiado cerca. Mucho.
Sus ojos bajan un instante. No sé adónde. No quiero saberlo.
El conductor endereza el vehículo. El mundo vuelve a funcionar.
Me aparto tan rápido que casi me golpeo contra la ventanilla.
—Estoy bien.
—No he preguntado.
—Pues ya lo sabes.
Me tomo unos segundos antes de soltarme el cinturón y agacharme a recoger los papeles.
Uno se ha metido debajo de su asiento.
«Cojonudo».
Estiro el brazo, pero no es suficiente.
Me doblo un poco más y consigo alcanzarlo. Cuando levanto la cabeza, me doy cuenta de que tengo su entrepierna frente a mi cara.
Doy un respingo y me coloco más tiesa que un palo en el asiento.
Él no dice nada.
En cuanto me abrocho el cinturón, ordeno los documentos. Al revés. Los vuelvo a ordenar.
Elías ha regresado a su móvil.
Perfecto. Normalidad.
No ha pasado absolutamente nada. Solo ha sido una curva. Un desequilibrio. Una mano. Una pierna. Y una entrepierna que casi me come.
«Se dice anatomía básica».
Miro por la ventana.
«Universo… eres un cabrón».
Cuando llegamos al hotel, estoy deseando bajar de la furgoneta. Por motivos posturales. Exclusivamente.
El edificio aparece al final de una carretera rodeada de árboles. Es enorme, de piedra clara y cristaleras, con una entrada en la que cabrían mi antigua tienda y probablemente también mi piso.
—Joder —murmuro.
Martina se coloca a mi lado.
—Bonito, ¿eh?
—Ahora entiendo las facturas.
Martina se ríe.
Elías, que está delante de nosotras, gira ligeramente la cabeza.
—Era una broma —aclaro.
—No he dicho nada.
—Ya, pero tienes la cara dos.
«La de voy a despedir a alguien ».
—Espera a conocer la cuatro —se mofa.
Sigue caminando.
Me quedo mirándolo.
—¿Acaba de hacerme una broma?
Lucas pasa a mi lado.
—Está empeorando desde que te conoce.
—No quiero esa responsabilidad.
Entramos.
El vestíbulo parece diseñado para que una se sienta pobre nada más cruzar la puerta. Mármol. Lámparas enormes. Sofás en los que me da miedo sentarme por si me cobran.
Mientras Recursos Humanos organiza todo con los de recepción, yo me quedo junto a mi maleta ideológica intentando que la rueda no se independice definitivamente.
Veo a Ferrer al fondo. Traje claro, de nuevo. Sonrisa impecable.
Habla con otro hombre al que reconozco de algunas reuniones del Consejo. Ramón. No necesito que nadie me diga quién es. Lo he visto suficientes veces en fotografías, documentos y entrando y saliendo del despacho de Elías.
Ferrer me ve. Sonríe. Otra vez con los dientes.
Le devuelvo una sonrisa mínima.
«Sigues oliéndome a mierda, amigo».
—Nerea.
Me giro.
El chico de Recursos Humanos me entrega una tarjeta.
—Habitación 412.
—Gracias.
Martina recibe la 418.
—¿No estamos juntas?
—Son individuales —explica la chica.
Miro la tarjeta.
Habitación para mí sola. Baño para mí sola. Cama enorme para mí sola.
«Vale. Igual esto de ser explotada tiene ventajas».
Cojo la maleta. O lo intento.
La rueda decide engancharse en la alfombra.
—Vamos, hija de puta.
Tiro. Nada. Tiro más. La maleta se vence.
Una mano la sujeta antes de que caiga.
Elías. Otra vez.
—Tu equipaje parece tener algo personal contra ti.
—Era de mi ex.
—Eso explica muchas cosas.
Lo miro.
—¿Otra broma?
—Una observación.
Me quita la maleta de la mano y tira de ella.
La rueda, la traidora, funciona perfectamente.
—Te odio —le digo a la maleta.
—Creo que es mutuo.
Llegamos al ascensor. Subimos con Martina, Lucas y dos personas más.
Yo miro los números. Elías mira el móvil.
No pienso en la furgoneta. En absoluto.
Cuarta planta. Salimos.
Martina se despide en dirección contraria.
—Nos vemos abajo en media hora.
—Vale.
Camino buscando los números.
Me detengo cuando llego a la mía. Paso la tarjeta. La luz se pone verde.
Entonces escucho otro pitido justo a mi lado.
Me giro.
Elías está abriendo la puerta de la habitación de al lado. Miro el número. 414.
Después lo miro a él.
—Dime que esa no es tu habitación.
Se detiene con la mano en el pomo.
—Sí lo es. ¿Por qué? ¿Te supone algún problema?
Sin ninguna clase de permiso, mi cerebro decide recordar mi mano sobre su muslo, y después su entrepierna.
—No, claro que no.
Elías abre su puerta.
—Perfecto. Nos vemos abajo en media hora, Nerea.
—Sí, claro.
La puerta se cierra.
«Solo son tres noches. Respira».
Esto va a salir de puta madre.