Capítulo 8
Elías
El informe sobre Ferrer, el socio de Ramón, llega una semana después de que Nerea decidiera, con el rigor científico de quien juzga a un desconocido por cómo sonríe, que «ese tío huele a mierda».
Lo tengo abierto sobre la mesa. Tres páginas.
Las leo dos veces. Después una tercera.
Una sociedad instrumental vinculada a un familiar de Ferrer. Un contrato de suministro con unas condiciones difíciles de justificar. Y varios movimientos que, por separado, podrían explicarse.
Juntos, no me gustan. No demuestran un fraude. No puedo llevarlos al Consejo. Ni siquiera puedo acusar a Ferrer de nada. Pero son suficientes para confirmar una cosa: Nerea tenía razón.
Levanto la vista hacia el cristal de mi despacho.
Está fuera, discutiendo con Martina delante de la máquina de café. No las oigo, aunque no hace falta. Llevan tres días con la misma guerra absurda sobre cuál de las dos máquinas hace mejor el cortado.
Nerea gesticula. Martina niega con la cabeza. Nerea señala una máquina. Martina señala la otra.
Y ahora, por algún motivo que desconozco, las dos están mirando hacia mi despacho.
Aparto la vista.
«Joder».
Vuelvo al informe.
Llevo más de un año desconfiando de Ramón y de algunas de las personas que se mueven a su alrededor. He revisado contratos, operaciones, reuniones, decisiones del Consejo. Nada concluyente.
Entonces llega una mujer que hace un mes estaba cerrando una papelería, ve a Ferrer durante treinta segundos y decide que no es de fiar.
Hay personas que necesitan datos para saber que algo va mal. Ella, por lo visto, necesita treinta malditos segundos.
No sé si eso me parece útil. O peligroso.
Probablemente las dos cosas.
Cojo el teléfono.
—Héctor.
— Dime.
Héctor lleva ocho años dirigiendo la seguridad interna de la empresa. Si algo se puede investigar sin levantar sospechas, es la persona que sabe cómo hacerlo.
—Necesito que revises discretamente los movimientos de Ferrer relacionados con estos contratos. Sin levantar sospechas.
— ¿Tenemos algo?
Miro las tres páginas.
—Todavía no.
— Entendido.
Cuelgo.
Guardo el informe en el cajón donde conservo todo lo relacionado con Ramón. Y antes de cerrarlo vuelvo a mirar hacia fuera.
Nerea ha ganado la discusión.
No sé cómo lo sé. Probablemente porque está bebiéndose un café con expresión triunfal mientras Martina frunce el ceño.
Cierro el cajón.
He tenido suficiente.
***
Durante la primera semana en la planta ejecutiva, Nerea llama a la puerta de mi despacho.
Durante la segunda, llama mientras abre.
A mediados de la tercera, deja de llamar.
—No.
Levanto la vista del ordenador.
Está delante de mi mesa con una carpeta.
—¿No qué? —me cuestiona.
—No puedes entrar así.
Mira hacia atrás. Después vuelve a mirarme.
—¿Así cómo?
—Sin llamar.
—He llamado.
—Has golpeado la puerta al mismo tiempo que la abrías.
—Eso técnicamente es llamar.
—Técnicamente es avisarme de que ya estás dentro.
Deja la carpeta sobre mi mesa.
—Pues funciona. Te has dado cuenta enseguida.
—Nerea.
—Elías.
La miro. Ella me sostiene la mirada.
—Señor León —corrige.
—Eso está mejor.
—No te acostumbres.
Detesto su descaro. Pero reconozco que también me gusta.
«Céntrate, Elías».
Abro la carpeta.
—¿Qué es esto?
—Las confirmaciones de la reunión del jueves. Hay dos que no me gustan.
La miro. Si algo he aprendido es que su olfato justifica el sueldo que le pago.
—¿Por qué? —le demando.
—Uno ha cambiado tres veces la hora y el otro lleva dos días dándome excusas.
—¿Y?
—Que el primero es un pesado y el segundo no quiere venir.
—Un análisis impecable.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Ya. El mío también.
Me entrega una hoja.
—He llamado al segundo.
—¿El que no quiere venir?
—Exacto.
—Vale, ¿y cómo lo sabes?
Se encoge de hombros.
—Porque ha empezado a explicarme que su semana está siendo complicadísima, que quizá tenga una reunión en Barcelona y que todavía no sabe si su mujer tiene una cosa.
—¿Una cosa?
—Literal. «Mi mujer tiene una cosa». Cuando alguien necesita tres excusas y ninguna está clara, no quiere venir.
La observo un instante.
—¿Qué has hecho?
—Le he dicho que no había problema y que buscaríamos otra fecha.
—No vamos a cambiarla.
—Lo sé. Ha aceptado antes de que terminara la frase.
—Bien.
Nerea sonríe.
—¿Eso ha sido un cumplido?
Bajo la vista hacia la hoja.
—No.
—Ha sonado muchísimo a cumplido.
—Ha sido una constatación.
—Pues voy a apuntarlo igualmente. Primer elogio del señor León. Día histórico.
—Fuera.
—Ya me iba.
Se gira.
—Y llama la próxima vez.
Levanta una mano sin volverse.
—Claro, señor León.
Cuando la puerta se cierra, noto cómo los labios se me curvan.
Los enderezo en cuanto la veo aparecer de nuevo.
Abre la puerta y da dos golpes desde dentro.
—¿Así mejor?
La miro. Está sonriendo.
—¡Fuera!
Se marcha riéndose.
Y yo tardo demasiado en volver al informe que estaba leyendo.
***
A principios de la quinta semana sé demasiadas cosas que no necesito saber.
Sé que Nerea llega normalmente a las nueve y cinco.
Que los lunes llega a las nueve y siete porque el autobús que toma cambia el recorrido.
Que no bebe café solo, aunque presuma de que sí.
Que roba sobres de azúcar de la cafetería y los guarda en el segundo cajón de su mesa.
Que habla sola cuando algo no le cuadra.
Que se muerde el interior de la mejilla cuando intenta no responder.
Y que, cuando está a punto de hacerlo de todas formas, levanta ligeramente la ceja derecha.
No tengo ni idea de por qué sé esas cosas. Pero las sé.
Hoy son las nueve y once. Su mesa está vacía.
Sigo leyendo un correo.
Respondo.
Nueve y catorce.
Miro hacia el ascensor.
«¿Qué coño haces?».
Vuelvo a la pantalla.
Las puertas se abren a las nueve y dieciocho.
Nerea aparece por el pasillo con el pelo todavía húmedo, el bolso abierto y una expresión que anuncia una explicación antes incluso de que nadie se la pida.
Deja sus cosas y se presenta en el despacho.
—El autobús.
No digo nada.
—Ha habido un accidente en Castellana.
Sigo sin decir nada.
—Y luego una señora ha decidido discutir con el conductor porque quería bajarse entre dos paradas.
Levanto la vista.
—No te he preguntado.
—Ya. Pero lo estabas pensando con mucha intensidad.
—No tienes forma de saber qué estoy pensando.
—Tú tampoco tienes forma de demostrar que me equivoco.
Se sienta. Abre la agenda y se prepara para tomar notas.
—Once minutos.
Levanta la mirada hacia mí.
—¿Qué?
—Has llegado once minutos tarde.
Mira la hora.
—Dieciocho, en realidad.
—De siete a dieciocho van once.
—Mi horario empieza a las nueve —me corrige.
«Mierda».
—Entonces dieciocho.
Nerea entrecierra los ojos.
—Espera. ¿Sabes a qué hora suelo llegar?
«A ver cómo sales de esta».
—Todo el mundo llega aproximadamente a la misma hora —me invento.
—Martina llega a las ocho y cincuenta.
—Nerea.
—Y Claudia no sube hasta las nueve y media.
—Tiene trabajo.
—Y Lucas aparece cuando le da la gana.
—Es socio de la empresa.
Me mira. Demasiado.
—Tú sabes a qué hora llego.
—Sé a qué hora empiezas la jornada, eso es todo.
—No es lo mismo.
—Ponte a trabajar.
Sonríe. No me gusta esa sonrisa.
—Sí, señor León.
Baja la mirada hacia la agenda y un segundo después la escucho murmurar:
—Qué controladita me tiene.
Levanto la cabeza.
—Te oigo.
—Era la intención.
Vuelvo a mi pantalla. No pienso darle el gusto. Sobre todo, porque ni yo puedo explicar por qué.
***
Miércoles. Ocho y media de la tarde.
Queda poca gente en la planta. Lucas se ha marchado hace una hora. Martina también.
Apago el ordenador y veo luz en una mesa que debería estar vacía.
Nerea sigue allí. Tiene una mano sujetándole la cabeza y tres montones de documentos alrededor.
—¿Todavía aquí?
Da un respingo.
—Joder.
—Buena capacidad de observación.
—No te había oído salir.
—Eso no responde a mi pregunta.
Se frota los ojos.
—Estoy terminando lo de la reunión de mañana.
—La reunión está preparada.
—Casi.
—Está preparada desde esta tarde.
—Sí, bueno. He encontrado un correo de uno de los asistentes diciendo que es alérgico a los frutos secos y en el catering hay una bandeja que lleva almendras.
Miro los papeles.
—¿Y llevas una hora solucionando eso?
—No.
Señala otro montón.
—También he visto que dos personas tienen el mismo vuelo de vuelta, pero coches distintos reservados para llevarles al aeropuerto.
—Eso no es un problema.
—Es tirar dinero.
—Son cuarenta euros.
—Cuarenta euros son cuarenta euros.
La miro.
Ella también me mira.
—¿Qué? —me suelta.
—Nada.
—Has puesto cara.
—No he puesto ninguna cara.
—Tienes una para cuando crees que alguien está diciendo una estupidez.
—Tengo muchas caras.
—No. Tienes tres —me rebate—. La de «esto es una estupidez», la de «voy a despedir a alguien» y la de «Lucas me está tocando los cojones».
Aprieto la mandíbula para no sonreír.
—Vete a casa.
—Esa es la segunda.
—Nerea.
Se ríe.
—Vale.
Empieza a guardar las cosas.
—Pero mañana quiero llamar al catering —añade.
No sé si definirla como tenaz o cabezota. No lo tengo claro.
—Hazlo, es mejor asegurarse.
—Y cambiaré el coche. Nos ahorramos cuarenta pavos.
—La empresa sobrevivirá gracias a ti —me mofo.
—De nada.
Apaga el ordenador y coge el bolso.
Yo sigo aquí. No sé por qué. Podría haberme marchado hace rato.
—¿Tú no te vas?
—Sí.
—Pues venga.
Frunzo el ceño.
—¿Perdón?
—Que vamos al mismo ascensor, señor León. No hace falta que esperes a que yo desaparezca para salir de tu hábitat natural.
«La madre que la parió».
Camina hacia él. La sigo. Entramos. Las puertas se cierran.
Por primera vez en todo el día no está hablando.
Y resulta extraño.
Miro los números descender. Diez. Nueve. Ocho. También a ella.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Me estás mirando.
—No. Estoy mirando el panel.
«Esto es absurdo».
Mira el panel. Después a mí.
—El panel está allí.
Señala justo en la dirección contraria.
«Joder».
—Ha sido un día largo.
—Claro.
Vuelve a mirar al frente. Sonríe. No dice nada más.
Y, por alguna razón, eso es peor.
Las puertas se abren en la planta baja. Nerea sale.
—Hasta mañana.
—Buenas noches, Nerea —respondo sin pensar.
Da dos pasos y se gira.
—¿Eso ha sido voluntario?
Me detengo a escasos centímetros de ella.
—¿El qué?
—Desearme que tenga una buena noche.
—Es una fórmula de cortesía.
—No es cierto. Empiezas a cogerme cariño, aunque no lo admitas.
Se ríe y se gira de nuevo.
—Buenas noches, señor León —se despide mientras se aleja.
Cuando desaparece tras las puertas de cristal, el vestíbulo se queda en silencio.
Y yo sigo parado durante unos segundos.
Demasiados.
***
El viernes, Lucas entra en mi despacho sin llamar.
Miro la puerta. Después a él.
—¿Qué? —me demanda. Supongo que al ver mi gesto.
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Estoy comprobando una teoría.
—¿Cuál?
—Que nadie en esta empresa sabe llamar a una puerta.
—Yo soy socio.
Lucas sonríe.
—¿Qué quieres?
—Hablarte del viaje.
—¿Qué viaje?
—Convención anual.
Dejo la pluma.
—Faltan meses.
—No. Faltan dos semanas.
Lo miro.
—¿Dos?
—El tiempo vuela cuando uno se divierte.
—No me estoy divirtiendo.
—Ya.
Se sienta frente a mí.
—Tres días. Hotel. Consejo, directivos, responsables de área, cenas interminables y gente fingiendo que hacer networking después de las once de la noche es una actividad profesional.
—Buena descripción.
—Recursos Humanos está cerrando la lista.
—Perfecto.
—Este año también va el personal de apoyo de dirección.
No reacciono. O procuro no hacerlo.
Lucas sonríe.
—No —respondo seco.
—No he dicho nada.
—Estás a punto.
—Solo te estoy informando.
—Pues ya estoy informado.
—Nerea va.
Levanto la vista.
—Es personal de apoyo —justifico.
—Correcto.
—Entonces es lógico.
—Completamente.
Sé por dónde va y no me gusta.
—No entiendo qué esperas que diga.
—Nada.
Se levanta.
—Eso es precisamente lo divertido —se mofa.
—Lucas.
—¿Sí?
—Lárgate.
—Con muchísimo gusto.
Llega a la puerta.
—Por cierto.
No respondo.
—He pedido habitaciones individuales.
Lo miro.
—Lógico. ¿A qué viene esto?
—Nada. Información logística, eso es todo.
—Fuera.
Se ríe mientras cierra.
Me quedo solo.
Tres días. Un hotel. Consejeros. Reuniones. Cenas.
Nerea.
Cojo el informe que tengo delante e intento volver al punto donde estaba. Leo la misma línea tres veces. A la cuarta cierro la carpeta.
«Es un viaje de trabajo. Nada más».
Solo serán tres días fuera de Madrid. Y no existe ninguna razón para que ese dato altere absolutamente nada. Ninguna.
Así que el hecho de que lleve cinco minutos sin conseguir concentrarme tiene que deberse a otra cosa.
Todavía no sé a cuál. O sí.
¡Yo qué cojones sé!