Capítulo 7
Nerea
Llevo la tarjeta nueva colgada del cuello, la que Claudia me ha entregado esta mañana con una sonrisa que no me ha gustado nada.
—¿Por qué sonríes así?
—¿Así cómo?
—Como si supieras algo que yo no sé.
—Yo siempre sé algo que tú no sabes. Es mi trabajo.
No he tenido tiempo de sonsacarle más, porque el ascensor ya se abre en la última planta y el silencio me golpea antes que cualquier otra cosa.
Aquí arriba nadie grita. Nadie llora por una factura. La gente susurra como si las palabras costaran dinero, y por lo que veo en la máquina de café del pasillo, con pantalla táctil y espuma con dibujitos, probablemente lo cuesten.
«Bienvenida al capitalismo con calefacción de suelo radiante».
Claudia me lleva hasta una mesa pegada a la de una chica que me mira como si acabara de aterrizar un ovni con acento de pueblo.
—Martina, esta es Nerea. Va a echaros una mano con el trabajo atrasado.
—Hola —digo.
Martina asiente, todavía evaluándome.
—Voy a avisar de que ya estás aquí —dice Claudia, y desaparece por el pasillo con una prisa que me huele rara.
Me siento. Miro alrededor. Todo cristal, todo silencio, todo gente con carpetas que parecen pesar más que mi vida entera.
Y entonces lo veo.
Traje azul marino. La misma forma de caminar como si el suelo lo soportara por contrato.
«Y con un coche rosa».
Se me escapa media sonrisa.
Al menos hay una cara conocida en este sitio, aunque sea la del tío al que ayer vi bajar del vehículo más humillante fabricado por el ser humano.
Está hablando con un hombre junto a una sala de reuniones cuando escucho:
—Gracias, señor León. Lo tendré listo para la reunión.
El mundo se detiene un segundo.
«¿León?».
Miro hacia él. Después hacia el logo enorme de Eléctrica del Río al fondo del pasillo.
Otra vez a él.
Tardo exactamente dos segundos en unir las piezas.
«Elías León. El puto CEO de la empresa».
La sonrisa se me muere al recordar el encuentro de ayer.
Y yo preguntándole si había perdido una apuesta, llamándolo campeón y diagnosticándole una posible carrera profesional vendiendo placas solares.
Me echo las manos a la cabeza mentalmente.
La imagen del aparcamiento me acribilla el cerebro. El coche rosa. Lucas descojonándose. Yo hablándome como si nada y…
¡Espera un momento! No solo no me corrigió. Sabía perfectamente quién era yo, que hoy subiría aquí y no dijo nada.
«Serás hijo de puta».
Claudia vuelve.
Y detrás de ella camina él, con esa tranquilidad suya que ahora adquiere una dimensión nueva.
No es un comercial, ni un ejecutivo cualquiera. Es el hombre que dirige todo este circo.
—Nerea, él es Elías León —dice Claudia con una inocencia que no se cree ni ella.
Silencio.
Un segundo de más.
Él me mira. No hay sorpresa en su cara.
Claro que no.
—Bienvenida al equipo —dice.
Cuento hasta tres por dentro.
«Una. Dos. Tres».
«Necesito este trabajo. Necesito este trabajo —me repito como un mantra—. Necesito muchísimo este puto trabajo».
—Encantada de conocerlo... oficialmente, señor León.
—El placer es mío, Nerea.
Lo dice con una tranquilidad tan exasperante que me dan ganas de tirarle algo.
La grapadora.
El bolígrafo corporativo.
A Claudia.
Lo que tenga más a mano.
—Nerea llevará el trabajo administrativo atrasado —interviene ella—. Empezará hoy con la correspondencia y las agendas de reuniones.
—Perfecto.
Martina se acerca con unos documentos y Elías les echa un vistazo.
—Cuando termine con esto, venga a mi despacho —me ordena—. Hay unas cartas que deben salir hoy.
—Por supuesto... señor León.
Casi se me atraganta el apellido.
Se da la vuelta y camina hacia su despacho.
Espero hasta que cierra la puerta. Entonces miro a Claudia.
—Tú lo sabías.
—¿El qué?
—No me toques las narices, Claudia.
Martina levanta la cabeza.
Bajo la voz y tiro del brazo de mi compañera de piso para apartarnos un poco.
—Que el del coche rosa era el jefe —mascullo.
—Ah.
—¿Ah?
—Sí.
—¿Y no se te ocurrió decírmelo ayer después de contarte lo que pasó en el aparcamiento y que me dedicara a destruir mi futuro laboral delante de él?
—No estabas destruyendo nada.
—Le pregunté si vendía placas solares.
—También le dijiste cosas peores a un cliente el martes y acabó dándote las gracias.
—No es lo mismo.
—No, es verdad. Este firma tu nómina.
La fulmino.
Claudia se muerde el labio para no reírse.
—Te odio —siseo.
—Luego hablamos.
—Luego cambio la cerradura de casa.
—La casa es mía.
—Pues te escondo el cargador del móvil.
Su expresión cambia.
—Eso sí sería pasarse.
Se marcha antes de que pueda contestarle.
Martina llama mi atención y desliza hacia mí un montón de sobres.
—¿Empezamos?
—Por favor. Necesito hacer algo legal con las manos.
Durante los siguientes minutos me explica el sistema de correspondencia, qué cartas requieren firma, cuáles salen certificadas y cuáles tengo que registrar antes de entregárselas a Elías.
Intento concentrarme. De verdad que lo intento. Aunque cada vez que levanto la cabeza veo su despacho al otro lado del cristal.
«El puto CEO».
No sé qué me molesta más. Que no me lo dijera. O haberle dicho que todos tomamos malas decisiones mientras él estaba plantado delante de mí con un coche rosa por haber perdido una apuesta.
Bueno, en realidad sí lo sé. Que no me dijera quién era.
Termino con las cartas, compruebo dos veces que no haya metido ninguna en un sobre equivocado y me levanto.
«Llegó el momento. Venga, Nerea, que tú puedes».
Llamo a su puerta.
— Adelante .
Entro.
Elías está sentado detrás del escritorio revisando algo en la pantalla.
—Aquí tiene las cartas.
—Déjelas ahí —responde sin mirarme, señalando la mesa.
Las coloco delante de él.
—Estas dos necesitan su firma. Martina me ha dicho que las otras pueden salir directamente.
Coge la primera. La revisa. Firma. Después la segunda.
Yo espero porque, por lo visto, tengo que llevármelas otra vez.
Me devuelve ambas. Las recojo y compruebo que estén firmadas en el sitio correcto.
—¿Ha terminado?
Dos palabras. Ese tono exacto. Seco. Controlado. Sin perder la educación.
Se me paralizan los dedos alrededor de los sobres.
Algo dentro de mi cabeza hace clic.
«No».
Levanto la vista. Él ya me está mirando.
«Dime que no es cierto».
La voz. El tono. Señorita. ¿Ha terminado? Continúe, entonces .
«Virgen de la Tostadora».
—Tú.
Una ceja se le levanta apenas.
—¿Perdón?
—Tú eres...
Miro hacia la puerta. Cerrada.
«Gracias a todos los santos del calendario».
Vuelvo a mirarlo.
—Tú eres el de la llamada.
Durante un instante se queda en silencio.
—Sí —responde al fin.
Me quedo mirándolo.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Eso es todo?
—Me has hecho una pregunta.
«Será mamón».
—No, no te he hecho una pregunta. Acabo de descubrir que mi jefe es el gilipollas que me colgó el teléfono la semana pasada.
«Juro que intento controlarme, pero mi lengua es más rápida que yo».
Su expresión no cambia.
—Técnicamente, tampoco eso era una pregunta.
«A tomar por culo el protocolo. Ya que estoy, de perdidos al río».
—Me colgaste —le echo en cara.
—Sí.
—Me llamaste señorita.
—También.
—Te dije que te metieras el protocolo donde te cupiera.
—Lo recuerdo.
Cierro los ojos un segundo.
«Necesito el trabajo. Necesito el trabajo. Y desahogarme también».
Los abro.
—Y ayer sabías quién era yo —vuelvo a la carga.
—Sí.
—Y dejaste que siguiera hablando.
—No recuerdo haber tenido muchas posibilidades de impedírtelo.
Aprieto los sobres entre los dedos.
—Podías haberme dicho quién eras.
—Me presenté.
—¡Me dijiste Elías!
—Es mi nombre.
—Señor León.
—Buen intento.
—Necesito practicar.
Algo se mueve en su boca. No llega a sonrisa. Pero casi.
Y eso me irrita todavía más.
—¿Te estás riendo de mí?
—No.
—Mentira.
—No suelo mentir.
—Pues ayer omitiste información con bastante entusiasmo.
—No me preguntaste cuál era mi cargo.
Abro la boca. La cierro.
«Qué asco da cuando alguien técnicamente tiene razón».
—Vale. Vamos a dejar clara una cosa.
Se recuesta ligeramente en la silla.
—Te escucho.
—Necesito este trabajo.
—Eso ya lo sé.
La respuesta me descoloca.
—Así que voy a hacerlo bien. Voy a llegar a mi hora, voy a aprender lo que tenga que aprender y procuraré no mandar a la mierda a nadie que pueda despedirme.
—Una política sensata.
—No he terminado.
Esta vez sí sonríe. Poco, pero suficiente para que yo lo vea. El muy cabrón sabe perfectamente lo que acaba de hacer.
—Continúa, entonces.
Lo fulmino.
—Eso tampoco tiene gracia.
—No pretendía tenerla.
—Mentira otra vez.
«No sé cómo aún no me ha despedido».
—Estás acumulando acusaciones graves para llevar aquí menos de una hora.
—Y tú llevas menos de diez minutos siendo oficialmente mi jefe y ya me caes peor que ayer.
«Si es que no puedo, de verdad que no».
—Lo superaré.
—Estoy segura. Tienes pinta de superar muy bien las desgracias ajenas.
Nos quedamos mirándonos.
Hay algo extraño en ese silencio. No es cómodo. Tampoco incómodo. Es como si ninguno quisiera ser el primero en apartar la mirada.
Así que la aparto yo.
Porque necesito el trabajo. Y porque tengo dos cartas en la mano que empiezan a parecerme armas arrojadizas.
—¿Puedo irme ya?
—Puedes.
Camino hacia la puerta.
—Nerea.
Me giro.
—¿Qué?
Mira los sobres que llevo en la mano.
—Esos tienen que salir hoy.
—No pensaba quemarlos en el baño.
—Contigo prefiero especificar.
Salgo antes de decir algo que Recursos Humanos pueda utilizar en mi contra.
Cuando regreso a mi mesa, Martina levanta la cabeza.
—¿Todo bien?
Dejo las cartas sobre la mesa.
—Sí.
Me observa.
—¿Seguro?
—Perfectamente.
—Pareces enfadada.
—Es mi cara de adaptación al nuevo puesto.
Martina vuelve a su pantalla.
—Pues te estás adaptando muy rápido.
«No sabes tú cuánto».
No pienso contarle nada. La conozco desde hace aproximadamente cuarenta minutos y, aunque parece maja, no voy a anunciar en la planta ejecutiva que hace una semana mandé al CEO de la empresa a meterse su protocolo por donde le cupiera.
Hasta yo tengo límites. Pocos. Pero alguno.
A media mañana entra un hombre con traje beige claro, de esos que solo se atreve a llevar alguien muy seguro de sí mismo o muy inconsciente.
Lo veo desde mi mesa.
No sé quién es.
Saluda a Martina por su nombre. A otra chica le pregunta por sus hijos. Al hombre de la mesa del fondo le da una palmada en el hombro.
Sonríe a todo el mundo. Demasiado.
Cuando pasa junto a mí, reduce el paso.
—Cara nueva.
—Eso parece.
Mira mi tarjeta.
—Nerea.
—Desde pequeña.
Sonríe.
—Ferrer.
No sé si me está dando su apellido o avisándome de algo.
—Encantada.
—Ya nos veremos por aquí.
Me guiña un ojo. Sin motivo.
Después continúa hacia el despacho de Elías como si acabara de repartir simpatía suficiente para desgravarla.
Lo sigo con la mirada.
No me gusta. No sé por qué.
No ha hecho nada. Ha sido educado. Simpático, incluso.
Y, aun así, algo me rasca por dentro.
—Ese tío me huele a mierda —murmuro.
—¿Perdón?
Cierro los ojos.
«Joder».
Conozco esa voz. Ahora demasiado bien.
Elías está a menos de dos metros, con una carpeta en la mano.
—Nada.
—Has dicho algo.
Lo miro.
—No debería decirlo.
—Igual quiero saberlo.
«Tú lo has querido».
—Que tu amigo me huele a mierda.
—No es mi amigo.
—Pues enhorabuena. Algo estamos haciendo bien.
Sus ojos se desplazan hacia el pasillo por el que acaba de desaparecer Ferrer.
Después vuelven a mí.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—Por qué te huele a mierda.
—Era una forma de hablar.
—Ya lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—Quiero saber qué has visto.
Me quedo callada.
—Nada.
—Acabas de decir lo contrario.
—He dicho que me da mala espina. No que haya descubierto que guarda cadáveres en el maletero.
—¿Por qué?
Suspiro.
—Porque sonríe con los dientes.
—Continúa.
«Otra vez no».
—No me hagas eso. Ya tenemos antecedentes.
Una sombra de diversión le cruza la mirada.
—Entonces explícate sin que te lo pida.
Miro hacia donde ha desaparecido Ferrer.
—Ha entrado sabiendo el nombre de todo el mundo. Ha preguntado por hijos, ha tocado hombros, ha sonreído, me ha leído la tarjeta y me ha guiñado un ojo como si lleváramos diez años compartiendo cenas de Navidad.
—Eso se llama ser sociable.
—No.
—¿No?
—Eso se llama querer que todo el mundo recuerde lo simpático que eres. Y no es lo mismo.
Elías permanece inmóvil.
—¿Qué más?
Frunzo el ceño.
—¿Qué más ha visto? —insiste.
Lo miro. Ya no hay rastro de burla en su cara. Está completamente serio. Esperando.
Y por primera vez desde que he subido a esta planta tengo la extraña sensación de que Elías, el señor León, no me ha traído aquí para ordenar cartas.
Ni para actualizar agendas. Ni porque faltaran manos.
Me ha traído porque quiere saber qué veo.
Y todavía no tengo ni puta idea de por qué.