Capítulo 6
Elías
Hay derrotas que cuestan dinero. Otras, orgullo.
Y luego está la mía.
Color rosa chillón. Con el logotipo de Eléctrica del Río ocupando las dos puertas como si el coche llevara un tatuaje.
Y un eslogan pintado en el capó: Conduce el cambio .
«Pues el cambio va a ser de identidad. La mía».
Estoy plantado delante del eco-car con las llaves en la mano mientras Lucas casi se asfixia de la risa a mi lado.
Ha esperado ocho días para esto. Ocho putos días recordándome que tenía una deuda pendiente.
Y ahora que el coche ha vuelto de la campaña, parece un niño al que acaban de abrir Disneyland para él solo.
—No exageres. Tiene hasta bluetooth .
—También tienen bluetooth los tractores.
—Pero ningún tractor te queda tan bien con traje.
—Cállate.
—No puedo. Literalmente no puedo.
Se dobla sobre sí mismo, apoyado en el capó, y por un segundo temo que se resbale y me toque explicarle a Recursos Humanos por qué mi socio se ha partido la cara riéndose de un coche.
—¿Ya has terminado?
—Casi.
—Lucas.
—Dame un segundo. Llevo más de una semana esperando este momento. Necesito disfrutarlo.
—Llevas más de una semana disfrutándolo.
—No. Hasta ahora eran preliminares. Esto es la penetración.
Lo miro.
—Qué elegante.
—Gracias. Intento estar a la altura de la dirección de esta empresa.
Saca el móvil.
—Ni se te ocurra.
—Ya es tarde.
Pulsa grabar.
—Buenas tardes, queridos accionistas. Hoy tenemos con nosotros al señor Elías León, CEO de Eléctrica del Río y nueva imagen del transporte sostenible.
—Lucas.
—Sonríe un poco. Para la posteridad.
—¡Lucas!
—Venga, hombre. Si el coche tiene personalidad.
—También la tenía la peste negra —gruño, mientras le arrebato el jodido teléfono de las manos.
Se dobla otra vez.
Por un instante dudo si estampar el móvil contra el muro del aparcamiento o devolvérselo.
Opto por la segunda.
Ahora existe un archivo donde mi mejor amigo se ríe de mí en horario laboral con pruebas.
—¿Sabes lo peor? —consigue decir entre espasmos—. Que te queda bien. Vas a salvar vidas con solo aparcar.
Lo ignoro. Otra vez.
Abro la puerta.
Subo. Y no de un modo fácil. Apenas quepo en este reducido espacio. El asiento chirría al recibirme, como si el propio coche también se sorprendiera de tenerme dentro.
«Perfecto. Humillación con efectos de sonido incluidos».
Lucas abre la puerta del copiloto.
—Tú no vienes —advierto.
—Claro que voy.
—No.
—¿Y perderme esto desde dentro? Ni muerto.
—Has dicho que tenía que conducirlo. No que tuviera que llevarte de copiloto.
—La apuesta no especificaba acompañantes.
—Exacto.
—Además, alguien tiene que documentar el trayecto.
—Precisamente por eso no subes.
Ya está sentado.
Cierra la puerta.
—Arranca, Barbie.
«Algún día voy a matarlo. Lo digo en serio».
«El problema es que yo haría lo mismo en su lugar».
Pongo el coche en marcha. El motor apenas hace ruido.
Solo me falta una cesta con flores en el capó. Mejor no pensarlo.
Salgo del aparcamiento mientras Lucas enfoca alternativamente el salpicadero, mi cara y el exterior.
—¿Puedes dejar de grabarme? —mascullo.
—Puedo.
—Hazlo.
—No quiero.
—Es una orden.
—Soy tu socio, no tu empleado. Las órdenes me rebotan.
—Algún día te voy a despedir de verdad.
—Algún día vas a admitir que esto tiene gracia. Los dos sabemos cuál llegará antes.
«No puedo rebatírselo. Pedazo cabrón».
El primer semáforo se pone en rojo.
Un motorista se coloca a nuestro lado. Mira el coche. Después a mí. Y de nuevo al coche.
Sonríe.
Lucas lo saluda con la mano.
—Ni se te ocurra —gruño.
Demasiado tarde.
El motorista levanta el pulgar. Lucas se parte de risa.
—Tienes un admirador —se mofa.
—Voy a atropellarte en cuanto bajes —lo amenazo.
—Conduces un eléctrico corporativo rosa chillón. Sería un crimen con muy poca dignidad.
El semáforo cambia. Piso el acelerador con más ganas de las necesarias.
—Tranquilo, Hamilton. Que como le hagas una raya al coche, igual tienes que conducirlo otra semana.
Eso consigue que levante el pie.
El cabrón vuelve a reírse.
Damos la vuelta a la manzana. Eso es todo. Ese era el trato. Sacarlo. Conducirlo. Dejar que Lucas disfrute de mi desgracia.
Y volver a aparcarlo delante de la sede para que mañana pueda utilizarlo el equipo de la fundación.
Cinco minutos de carrera. Los cinco minutos más largos de mi vida.
Cuando regresamos, el aparcamiento empieza a vaciarse. La jornada está terminando.
Perfecto. Menos público.
O eso pienso hasta que veo salir a un grupo de empleados por la puerta principal.
—Aparca delante —ordena Lucas.
—Ni de coña.
—La plaza del coche está delante.
—Puedo dejarlo en el garaje.
—Eso sería incumplir la apuesta.
—Eso sería sentido común —le rebato.
—Delante, León.
Lo miro.
Sonríe.
«Lo odio».
Avanzo y aparco justo frente a la entrada.
Lucas baja antes que yo. Por supuesto, sigue grabando.
—Ahora sal despacio —me pide, en plan paparazzi.
—Voy a meterte el móvil por el culo.
—Eso no queda bien en el vídeo corporativo.
Abro la puerta. Me bajo.
Y entonces la escucho.
—Madre mía...
Reconozco la voz antes incluso de girarme.
«Mierda».
Me giro y ahí está. Nerea Gómez. A pocos metros.
Lleva el bolso colgado de un hombro y un vaso de café en la mano. Ya no tiene los auriculares. Ni está sentada frente a una pantalla. Ni habla con un cliente.
Y, por primera vez desde que sé quién es, me está mirando directamente.
Primero al coche. Después a mí. Otra vez al coche.
Su expresión cambia. Frunce el ceño.
Y entonces veo el momento exacto en que me reconoce. No como el hombre de la llamada. Eso todavía no. Sino como el hombre que vio hace unos días desde la cafetería.
Sus ojos se estrechan.
Lucas gira la cabeza hacia mí. Después hacia ella. Ya está sonriendo.
«Estupendo».
—Hombre. El de las placas solares.
Cierro los ojos un instante.
Lucas emite un ruido extraño.
—¿Perdón? —pregunta.
Nerea señala hacia mí con el vaso.
—Lo vi el otro día desde la cafetería. Tenía pinta de llevar el departamento de placas solares.
Lucas se gira. Se tapa la boca.
No sirve de nada.
—¿Tú eres el de las placas solares? —se mofa por lo bajini.
—Cállate.
Eso termina con él. Se dobla sobre sí mismo.
Nerea nos observa y luego mira el coche rosa.
—Vale. Ahora tengo más preguntas.
—No las hagas —le aconsejo.
—Eso solo consigue que quiera hacerlas todas.
«Y pensar que mañana voy a tenerla a pocos metros de mi despacho».
Empiezo a darme cuenta que no he valorado suficientemente las consecuencias de mi decisión.
Nerea rodea un poco el coche. Lee el eslogan del capó.
—«Conduce el cambio» —recita. Levanta la mirada—. Qué bonito.
No respondo.
—Muy inspirador —añade.
Silencio.
—Muy rosa —vuelve a añadir.
«¿Siempre habla tanto?».
Lucas suelta otra carcajada.
Lo miro. Parece que me lea el pensamiento.
Nerea, por suerte, no.
—¿Sois comerciales? —pregunta.
Lucas me mira. Yo lo miro a él.
—No —respondo.
—Él hoy sí —contesta Lucas.
—Lucas.
—¿Qué? Técnicamente estás promocionando el vehículo.
Nerea vuelve a mirarme de arriba abajo. Traje. Corbata. Zapatos.
Coche rosa.
—Tienes toda la pinta.
«¿Disculpa?».
—¿Y cómo es eso exactamente? —demando.
—Ya sabes, de esos que vienen a venderte placas solares llamándote «campeona» y preguntándote si tienes cinco minutos para hablar de tu futuro energético.
Lucas se apoya en el techo del coche.
—Has dado en el clavo.
—No es cierto —me revuelvo hacia él.
—Sabes que sí.
—Sabes que no —le rebato.
—Qué buen equipo hacéis —interviene ella—. ¿Trabajáis juntos o solo os coordináis así de mal por afición?
—Ha perdido una apuesta —responde Lucas.
Lo fulmino.
—Ah.
La cara de Nerea cambia. Interés puro. Baja la mirada hacia las llaves que todavía tengo en la mano y asiente.
—Tiene sentido.
Mi socio da un paso hacia ella y le ofrece la mano.
—Lucas.
Ella se la estrecha.
—Nerea.
—Ya lo sé.
Silencio.
Nerea lo mira.
Yo miro a Lucas. Tarda medio segundo en comprender lo que acaba de hacer.
—Por la tarjeta —añade señalando la acreditación que ella lleva colgada del cuello.
Nerea baja los ojos.
—Ah.
«Imbécil».
—¿Y tú? —me pregunta.
Me tiende la mano.
La miro.
Podría decírselo. Elías León. CEO de Eléctrica del Río. El hombre que dentro de unas horas va a convertirse oficialmente en su jefe directo. El mismo al que llamó tieso, al que le reprochó no haberse tirado por la ventana y al que mandó a que se metiera el protocolo por donde le cupiera.
Pero todavía no.
—Elías —digo sin más.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos.
—Nerea.
Lucas se gira de espaldas para que no vea que otra vez se ríe a mi costa.
Ella suelta mi mano.
—Bueno, Elías, siento lo del coche.
—Lo dudo mucho.
—Lo cierto es que no.
Sonríe. Es la primera vez que la veo hacerlo y reconozco que no es como esperaba.
—Bueno, si te sirve de consuelo, todos hemos tomado malas decisiones alguna vez. Yo una vez me corté el flequillo sola.
—¿Y qué tal salió? —pregunta Lucas, recuperándose milagrosamente.
—Parecía que había perdido una apuesta con unas tijeras de podar.
—Toma, ya tenéis algo en común —se mofa, poniéndome la mano en el hombro.
La aparto de un solo movimiento.
Nerea retrocede un paso.
—Bueno, campeones, yo me voy. Llevo ocho horas escuchando problemas ajenos y necesito dedicarme un rato a los míos.
—Buena filosofía —comenta Lucas.
—Es supervivencia laboral.
Empieza a caminar hacia la salida del aparcamiento.
A los pocos pasos se gira.
—Por cierto, Elías.
—¿Qué?
Señala el coche.
—Te pega más de lo que crees.
Y se marcha.
Lucas espera. Uno. Dos. Tres segundos.
Al cuarto estalla.
—¡El de las placas solares!
Sigo mirando hacia donde ha desaparecido Nerea, por no partirle la cara.
—Como vuelvas a decirlo, mueres —mascullo.
—Comercial y con coche a juego —sigue—. ¿Ves? No soy el único que piensa que el rosa te sienta bien.
—¿Quieres callarte de una puta vez?
Echo a andar hacia el edificio y él no tarda en alcanzarme.
—Por cierto —me dice al llegar al ascensor—, he visto que solo le has dicho tu nombre de pila.
—No me ha preguntado por mis apellidos.
—Serás cabrón.
—¿Por qué? No le he mentido.
—No. Mucho mejor. Has dejado que mañana descubra por sí misma que el de las placas solares, el del coche rosa y el jefe de la planta ejecutiva son el mismo tío.
No digo nada. Porque todavía le falta una pieza. La mejor.
Cuando cae en la cuenta, su sonrisa se va haciendo más grande.
—Hostia. Espera. Todavía no sabe lo de la llamada.
Las puertas del ascensor se abren.
—No.
Entro, y él lo hace acto seguido.
—Esto es muchísimo mejor de lo que pensaba —se jacta—. Aunque me sorprende que no haya reconocido tu voz en el aparcamiento.
—El rosa chillón la habrá despistado.
—No pienso perderme su cara cuando sepa que fuiste tú.
—Mañana tienes una reunión fuera —le recuerdo.
—La cancelo.
Me giro hacia él.
—Ni se te ocurra.
Llegamos a la planta, las puertas se abren y salgo del ascensor.
Lucas sigue mis pasos.
—Elías, hay acontecimientos históricos que uno tiene la obligación moral de presenciar.
—Vete a trabajar.
—Son casi las siete.
—Pues echa horas extra.
Sigo caminando.
Detrás de mí vuelve a reírse.
Mañana Nerea Gómez subirá a la planta ejecutiva. Descubrirá quién soy. Y, tarde o temprano, ambos sabemos que reconocerá la voz.
Ahora mismo empiezo a tener serias dudas sobre todo lo demás.