Capítulo 5
Elías
Lucas entra en mi despacho sin llamar. Como siempre.
—¿Sigues enfadado porque hoy vas a conducir el Barbie Car ?
No levanto la vista del expediente que tengo sobre la mesa.
—No voy a responder a esa pregunta.
—Eso es un sí.
Se deja caer frente a mi mesa con una sonrisa que lleva ocho días tocándome los cojones.
Ocho. Desde aquella llamada. Desde aquella absurda apuesta. Desde que una desconocida consiguió que perdiera la paciencia y Lucas descubriera una nueva razón para hacer de mi vida un infierno.
—No entiendo por qué has esperado tanto —continúa—. Yo habría querido disfrutar de la humillación cuanto antes.
—Porque tengo una empresa que dirigir.
—Excusas.
—Y porque el coche estaba en una campaña fuera de Madrid.
—Detalles sin importancia.
—Para ti todo lo que no implique tocarme los cojones es un detalle sin importancia.
—Por fin empiezas a conocerme —se mofa. Otra vez.
Dejo de prestarle atención.
El expediente que tengo delante es mucho más importante.
Llevamos días revisando la documentación para la reunión del Consejo de Administración de la semana que viene.
Ramón vuelve a presionar para sacar adelante una inversión que no termina de convencerme.
Sobre el papel es rentable. Demasiado. Y cuando algo parece perfecto, suele esconder mierda debajo de la alfombra.
—No me gusta esta operación —comento cerrando la carpeta.
—Lo sé.
—Ramón tiene demasiada prisa —expongo.
—Eso también lo sé.
—Y eso nunca es buena señal.
Lucas se levanta y se acerca al rincón del café para servirse uno.
—Tampoco es nueva esa desconfianza tuya. Llevas meses mirándolo raro.
—Llevo meses viéndolo mentir —aclaro.
—Eso podría describir a media Junta.
—Él lo hace mejor que los demás. Por eso me preocupa más.
Lucas regresa con la taza humeante, la del juego que compré el año pasado en mi viaje a Japón.
—El año pasado también sospechaste de Iglesias y resultó ser un tipo con la mala suerte de tener cara de póker.
—No es lo mismo. Además, a Ramón lo llevo vigilando más de un año. No desde ayer.
—Un año de instinto sin una sola prueba es mucha paciencia para alguien que echa gente por poner emoticonos.
—La paciencia con los números y la paciencia con las personas son cosas distintas.
—Eso díselo a todo el que despides de la plantilla.
Lo fulmino con la mirada.
Él sonríe.
—¿Tienes pruebas? —pregunta.
Miro al expediente y niego con la cabeza.
—Todavía no.
—Entonces, de momento, es solo instinto.
—El instinto me ha salvado más veces que cualquier informe de auditoría.
No hace falta seguir hablando.
Los dos pensamos exactamente lo mismo.
Sin pruebas, Ramón puede ser muchas cosas. Un imbécil. Un oportunista. Un consejero con demasiada ambición. O simplemente un hombre que me cae mal.
Y ninguna de esas opciones sirve para plantarme delante de una Junta.
Llaman a la puerta.
—Adelante.
Entra Claudia con una carpeta y varias hojas impresas.
Antes de hablar me fijo en un detalle. Ella mira a Lucas. Lucas la mira a ella. Solo un segundo. Una sonrisa. Nada más.
«¿De verdad creen que no me doy cuenta?»
Llevan semanas intentando disimular.
No hace falta ser detective. Solo tener ojos.
—Buenos días —saluda de camino a mi mesa.
—Buenos días —respondo.
—Te traigo el informe semanal de Atención al Cliente. Mercedes ha pedido que revisemos algunas incidencias porque han detectado varios errores de gestión.
Deja las hojas delante de mí.
—¿Desde cuándo revisas tú incidencias?
—Desde que Mercedes descubrió que Recursos Humanos tiene manos y puede utilizarlas.
Lucas suelta una carcajada.
Claudia lo ignora con bastante menos naturalidad de la que cree.
Cojo el informe.
—¿Qué ha pasado? —indago.
—Nada grave. Hay cinco incidencias señaladas por la nueva sustituta.
Paso la primera hoja.
—¿Cinco?
—En ocho días.
Eso consigue que levante la vista.
—¿Y tenía razón?
—Dos eran errores de gestión. Una sigue pendiente de revisión. Las otras dos eran correctas, aunque estaban mal explicadas al cliente.
—Entonces no son cinco errores.
—No he dicho que lo sean. He dicho que señaló cinco cosas que le parecieron raras.
«Claudia siempre me recuerda por qué la contraté».
Vuelvo al informe.
Fechas. Cambios de potencia. Tarifas. Bonificaciones. Una devolución mal procesada. Nada especialmente extraordinario.
Hasta que llego al nombre de la empleada. Nerea Gómez.
La mano se detiene.
Durante un segundo no oigo a Lucas. Ni a Claudia. Ni siquiera el ruido del aire acondicionado.
Solo veo ese nombre. El mismo de la mujer de la llamada.
«Es imposible. Debe haber cientos con ese nombre solo en Madrid. O no».
Levanto la vista.
—¿Esta Nerea Gómez lleva aquí ocho días?
Claudia frunce ligeramente el ceño.
—Sí.
—¿En Atención al Cliente?
—Sí.
Lucas deja el café sobre la mesa.
—Espera —interviene, pidiéndome el papel con la mirada.
Se lo doy y él lo revisa.
Después me mira a mí.
—¿Nerea Gómez?
No respondo. No hace falta.
Sus ojos se abren.
—¡No me jodas!
«Juro que como se ría le parto la cara».
Claudia nos mira a los dos.
—¿Qué pasa?
Lucas empieza a reírse.
—¿Es ella?
—¿Ella quién? —pregunta Claudia, sin darme tiempo ni siquiera a remangarme.
«Me da que de esta se libra el muy cabrón».
—La de la llamada —responde él.
La expresión de Claudia cambia. Primero confusión. Después recuerdo. Y finalmente comprensión.
—¿La de la factura?
La miro.
—¿Tú lo sabías?
—¡No! Nerea me contó que había llamado, pero no sabía quién la había atendido. ¿Cómo iba a saber que eras tú?
Lucas ya está doblado sobre sí mismo.
—Esto es maravilloso.
—Cállate —escupo.
—No puedo. —Señala el informe—. La mujer que te hizo perder la apuesta lleva ocho días trabajando varias plantas por debajo de ti y ninguno de los dos tenía ni puta idea.
Claudia se lleva una mano a la boca.
No sé si para ocultar una sonrisa o porque acaba de comprender el tamaño del desastre.
—Elías...
—¿Qué? —la corto.
—No hagas nada.
—¿Por qué iba a hacer algo?
—Porque te conozco.
—No me conoces tanto.
Lucas levanta una mano para intervenir.
—Yo sí. Y apoyo la moción de Claudia.
«Mamón».
Los ignoro.
Vuelvo a mirar el informe. Cinco incidencias. Dos errores reales. Una pendiente. Y en solo ocho días.
—¿Quién la contrató?
—Yo gestioné la sustitución —responde Claudia—. Teníamos una baja médica y necesitábamos cubrirla rápido.
—¿Tenía experiencia?
Se queda en silencio y eso hace que levante la vista.
Observo que hace una mueca.
—Depende de lo que entiendas por experiencia.
—Claudia.
—Había trabajado de cara al público. Tenía una papelería. —Hace una pausa para suspirar antes de continuar—. Cerró hace poco. Necesitaba trabajo y yo necesitaba cubrir el puesto.
—Así que es eso.
—Es espabilada, te lo aseguro.
—Eso ya lo veo.
Vuelvo a las incidencias.
Una de ellas me llama especialmente la atención. Cambio de potencia y cambio de tarifa realizados con cuarenta y ocho horas de diferencia. El cliente aseguraba no haber solicitado el primero.
Nerea había dejado una nota:
«Revisar autorización. Esto huele raro».
Cierro los ojos un instante.
—¿Ha escrito literalmente que «esto huele raro»?
—Sí —responde Claudia.
Lucas vuelve a reírse.
—Me cae mejor por segundos.
—No la conoces —gruño.
Empiezo a cansarme de sus burlas.
—Te hizo perder una apuesta y escribe informes como una inspectora de homicidios. ¿Qué más necesito saber?
Se acabó.
Me levanto.
—¿Dónde vas? —pregunta.
—Abajo.
—Voy contigo.
—No.
—Elías...
—Lucas —lo detengo en seco.
Sabe que hablo en serio, y consigo que no mueva un solo pie.
—Vale —admite, poniéndose en pie—. Pero luego quiero un informe detallado.
Salgo del despacho antes de escuchar otra estupidez.
No quiero esperar al ascensor y bajo por las escaleras.
En cuanto cruzo la puerta de Atención al Cliente, el ambiente cambia. Las conversaciones bajan de volumen. Las sillas dejan de moverse. Hasta el aire parece ponerse firme.
Mercedes aparece casi corriendo.
—¡Señor León! No esperaba su visita.
—Ya lo veo.
—Estamos dentro de los tiempos de espera, los indicadores de satisfacción han mejorado este trimestre y...
Levanto una mano.
Se calla.
—Quiero ver las incidencias registradas por Nerea Gómez.
Su expresión cambia. Muy poco. Pero lo suficiente para darme cuenta.
—¿Ha ocurrido algo?
—Eso intento averiguar.
Me lleva hasta uno de los ordenadores auxiliares. Mientras abre el sistema, miro alrededor.
No tardo en encontrarla.
La reconozco. Es la mujer de la cafetería. La que me ha mirado esta mañana como si yo fuera el problema y ella estuviera considerando seriamente resolverlo con un sobre de azúcar.
—¿Es ella la que ha hecho el informe? —le pregunto a Mercedes.
Mira hacia su posición y asiente.
«Joder».
Está de lado a nosotros y ni se ha dado cuenta de que he entrado.
Auriculares puestos. Pelo castaño recogido de cualquier manera. Habla con un cliente.
—No, caballero. Si insultarme le hace sentir mejor, adelante. Total, no puedo cobrárselo en la factura.
Mercedes cierra los ojos.
—El informe —le pido.
La mujer vuelve a centrarse en su ordenador.
Y yo sigo escuchando a la nueva incorporación de la plantilla.
—Pero si quiere solucionar el problema, quizá podamos empezar por bajar los dos un par de tonitos. Yo bajo el mío, usted el suyo y llegamos a un punto donde ninguno parezca un poseso.
No debería hablar así. En absoluto.
Y, sin embargo...
Funciona. El cliente baja el volumen. Empieza a explicarse. Nerea toma notas, consulta la pantalla y hace una pregunta. Después otra.
No sigue el guion. No lee respuestas. Escucha. Eso ya es más de lo que hace mucha gente.
—Aquí hay algo raro —la oigo decir—. Espere un segundo, que voy a mirar una cosa.
Mercedes carraspea a mi lado.
—Como puede ver, improvisa demasiado —susurra.
No respondo.
—Y utiliza expresiones que no están autorizadas.
—¿Cuántas de las incidencias que ha señalado eran realmente incorrectas?
Mercedes tarda un segundo.
—Aquí está. Dos confirmadas. Una está pendiente. Las otras dos resultaron correctas.
Claudia estaba en lo cierto. Dos en ocho días.
Para alguien que hace una semana no sabía ni dónde estaba el botón de transferencia no está nada mal.
—¿Y quién revisó las dos confirmadas? —indago.
—Facturación y Soporte Técnico —asegura Mercedes.
—¿Coincidieron con su análisis?
—Sí.
—Entonces el problema no es que improvise.
Mercedes guarda silencio.
Nerea cuelga. Entra otra llamada casi de inmediato.
—Eléctrica del Río, le atiende Nerea Gómez. ¿En qué puedo ayudarle?
No me ha visto.
O, si lo ha hecho, no demuestra el menor interés.
Me quedo observándola unos segundos más. No parece especialmente buena siguiendo órdenes. Ni protocolos. Ni probablemente ninguna norma que considere absurda.
Pero mira. Escucha. Y detecta cosas.
Cosas que otros pasan por alto.
—¿Tiene personal administrativo disponible en la planta ejecutiva? —pregunto.
Mercedes me mira, desconcertada.
—No sabría decirle.
Desde que despedí a la tercera persona este trimestre, hay trabajo acumulándose arriba.
«Podría contratar a otra secretaria».
Alguien con experiencia. Discreto. Correcto. Que escriba «de acuerdo» en lugar de poner una cara sonriente al final de un correo.
Miro otra vez a Nerea.
Y, por algún motivo que no logro entender, lo suelto sin pensar.
—A partir de mañana, Nerea Gómez trabajará en la planta ejecutiva.
Mercedes pestañea.
—¿Ella?
—Ella.
—Pero acaba de llegar.
—Ocho días son suficientes para saber que aquí abajo no está haciendo lo que necesito que haga.
—¿Y qué necesita que haga?
Buena pregunta.
Vuelvo a mirar a Nerea.
Quiero saber si esas dos incidencias han sido suerte. Por qué una mujer sin formación técnica ha visto algo que otros empleados no detectaron.
Y quiero averiguar si la persona capaz de sacarme de mis casillas por teléfono es igual de problemática cuando la tenga delante.
—Apoyo administrativo —respondo.
Mercedes parece querer preguntar algo más.
No se lo permito.
—Hable con Recursos Humanos.
—Sí, señor.
Me doy la vuelta y salgo sin mirar a nadie más.
Cuando regreso al despacho, Lucas sigue exactamente donde lo dejé.
—¿Y?
No respondo.
Cojo el teléfono. Marco la extensión de Claudia.
— Dime.
—Necesito que hagas un cambio.
— Tengo miedo de preguntar.
—A partir de mañana, Nerea Gómez trabaja en la planta ejecutiva.
Silencio.
Lucas abre mucho los ojos.
—¿Lo dices en serio? —empieza Claudia.
—¿Acaso he bromeado alguna vez con el personal?
—No, pero…
—Apoyo administrativo temporal. Eso es todo.
Cuelgo.
Lucas me observa con una sonrisa que no me gusta nada.
—Ni una palabra —le ordeno.
—No he dicho nada.
—Pero lo piensas.
—Un poco sí. O puede que un mucho.
Lo ignoro.
Cojo de nuevo el informe.
Nerea Gómez. Al parecer alguien avispado, pero que ni siquiera sabe que el hombre al que insultó por teléfono es quien acaba de decidir que mañana trabajará a pocos metros de su despacho.
Puede que sea una locura.
No es cierto. Lo es, es una locura, y una imprudencia.
Pero quiero averiguar si es tan buena como problemática.