Mi jefe me pone. Y de los nervios también Epílogo
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Epílogo

Nerea

Una semana después todo vuelve a la normalidad. También tengo puesto fijo. Eso último todavía me cuesta decirlo sin mirar alrededor por si alguien aparece para explicarme que ha sido por tirarme al jefe.

Sigo teniendo, además, una camisa blanca que no pienso devolver.

Así que, en general, las cosas van bastante bien.

Sobre todo, porque ¡estoy de vacaciones!

Por eso no sospecho nada cuando Claudia entra en mi habitación el viernes por la mañana, abre mi armario y anuncia que ese vestido se va directo a la maleta y que también necesito el bañador negro y sandalias.

Y todo ello sin decirme adónde vamos porque no puede, aunque claramente sí quiere.

Intento sonsacárselo, sin éxito, y termino haciendo la maleta bajo protesta, dejando constancia de que si acabamos en un camping pienso dormir encima de Elías para que se coma él los mosquitos.

Mi primera oportunidad de interrogar al principal sospechoso llega cuarenta minutos después, cuando bajo con la maleta y encuentro a Elías apoyado en el coche con gafas de sol y cara de hombre que tiene información y está disfrutando demasiado de no compartirla. Lucas está a su lado.

—No me vengas con buenos días —le suelto—. ¿Adónde vamos?

—De viaje.

—Menos mal que diriges una empresa. Capacidad de síntesis no te falta.

Me besa.

Intento mantener la indignación durante el beso. No lo consigo.

Eso me cabrea todavía más.

—No utilices sexo para desviar una investigación —mascullo.

—Ha sido un beso.

—Así se empieza.

Lucas abre la puerta trasera.

—¿Subimos o esperamos a que Nerea consiga una orden judicial?

—A ti te ha tocado, por hablar —digo, apuntándolo con el dedo—. Dime adónde vamos.

—No. He firmado un acuerdo de confidencialidad.

—Trabajas en una eléctrica, no en la CIA.

—Este es más serio. Claudia me ha amenazado.

Miro a mi amiga, que mete su maleta en el maletero como si no fuera con ella.

—Traidora.

—Te he hecho la maleta —se justifica.

—Me has ayudado a hacerla.

—Cuenta como hacerla.

Subimos.

A los diez minutos ya estoy preguntando si es norte o sur, si necesito pasaporte, si el pasaporte lo llevo yo o me lo han metido ellos también.

Ninguno de ellos me dice nada en claro.

—No pienso volver a confiar en ninguno de vosotros.

—Eso dijiste después de la noche que salimos a la discoteca —responde Lucas.

—Y tenía razón.

Elías suelta el volante y me coge la mano.

—Te va a gustar.

—Ese no es el problema.

—¿Cuál es?

—Que has organizado algo sin preguntarme.

Se pone serio medio segundo.

Demasiado fácil.

—Tienes razón. Doy la vuelta.

—Ni se te ocurra.

Desde los asientos traseros, Lucas y Claudia se ríen a la vez.

Le aprieto la mano a Elías. Solo para que quede claro.

No salimos del país. Pero sí acabamos en el al aeropuerto.

Vamos a Mallorca, y me entero delante de la pantalla de salidas.

—Podíais haberme sorprendido con una cena. Un restaurante, o yo qué sé. Me habéis tenido media hora de incertidumbre.

—Entonces no sería sorpresa —aclara Elías—. Llevas sonriendo desde que has visto la pantalla.

—Tengo gases.

—Claro.

Le doy con el bolso.

La segunda parte de la encerrona llega al aterrizar, y esta sí me cabrea. O me fascina. No lo tengo claro.

El coche nos deja frente a un hotel con un señor cuya única función parece ser abrirme una puerta que puedo abrir yo perfectamente.

Entro. Salgo otra vez.

Miro la fachada.

Vuelvo a entrar.

—No jodas que nos alojamos aquí —le digo a Elías.

—Sí. Tenemos reserva.

—Pues cancélala.

—¿Por qué?

Porque hace unos meses no tenía dónde caerme muerta y ahora…

—Porque esto tiene mármol hasta en sitios donde no sabía que se podía poner —respondo en su lugar.

Lucas y Claudia siguen hacia recepción sin inmutarse.

Los seguimos.

—Claudia. ¿Tú estás viendo esto?

—Sí.

—¿Y?

—Es bonito.

La miro horrorizada.

—¿Es bonito? ¿Eso es todo?

—Sí.

Elías intenta pasarme una mano por la cintura. Se la aparto.

—No me toques. Necesito estar cabreada contigo y no me estás ayudando.

—Ya os dije que se enfadaría —interviene Claudia.

Me pongo seria y los miro a los tres.

—A ver. ¿Cuánto cuesta esto?

Elías niega con la cabeza.

—Solo quiero saberlo —insisto.

—Precisamente.

Miro a Lucas.

—¿Cuánto?

—Pues...

—Tú calla —lo corta Claudia.

—Solo iba a...

—No.

Bufo.

—Esto es una secta.

Damos los datos en recepción y subimos.

La suite termina de rematarme: cama, salón, terraza, mar, todo en el mismo sitio, como si una persona pudiera necesitar tantos lugares distintos para sentarse.

—No te acostumbres —le advierto a Elías desde la terraza.

—¿A qué?

—A impresionarme.

—Llegas tarde.

—No estoy impresionada.

—Has abierto el baño dos veces.

—Tiene una ducha que podría alojar a una familia de cuatro.

—Tres, como mucho.

—Capullo.

Se acerca y me abraza la cintura por detrás.

—¿Te gusta?

—Regular. Se puede dormir. Y pienso robar el champú.

—Eso me preocupa más.

Quiero seguir enfadada con él. Juro que quiero. El problema es que cada vez tengo menos argumentos.

Y en lugar de eso me vuelvo y comienzo a besarlo como si no hubiera un mañana.

Alguien llama a la puerta en el momento más álgido del beso.

«Como sea el servicio de habitaciones, pienso poner una reclamación».

Elías abre y es Claudia quien entra como un tornado, seguida de Lucas.

—¿Todavía así? Venga. Ponte el bañador. Siguiente sorpresa.

Miro a Elías.

—Te voy a matar.

La sorpresa flota.

Eso es lo primero que pienso al llegar al puerto. Lo segundo es que voy a matar a alguien.

—No —digo, plantada en el embarcadero.

—Sí —dice Lucas, siguiendo hacia el barco.

—¿Qué pasa? ¿No os bastaba con un patín de pedales?

—Es nuestro durante unas horas —celebra Claudia, con una sonrisa que amenaza con partirle la cara.

«La lástima es que no se la parta de verdad».

Si el hotel es de lujo, el yate no se queda atrás.

Tiene camarotes, no habitaciones. Camarotes. Y Elías se ríe de mí cuando entro y los veo.

A la hora, Lucas es incapaz de pasar más de treinta minutos sin convertir cualquier cosa en una competición.

Empieza con una aceituna que intenta lanzarse a la boca desde treinta centímetros y que le rebota en la nariz.

Me río durante casi un minuto entero. Él insiste en que yo no puedo hacerlo mejor, cae en su propia trampa, y cinco minutos después tenemos equipos, reglas inventadas sobre la marcha y a Elías aceptando ser, según mis propias palabras, Satanás, con sorprendente dignidad.

Gano yo la primera.

Las siguientes las gana Elías.

Lucas pierde de manera aplastante, y por eso nos propone diferentes juegos durante todo el día. En el agua. Fuera. E incluso después de comer. Langosta, por cierto.

Más tarde, mientras Claudia y Lucas andan perdidos por el interior del yate, me apoyo en la barandilla del barco.

Delante tengo el atardecer más bonito que he visto en toda mi vida.

Escucho unos pasos y sé que es él.

De nuevo me abraza por detrás. Adoro cuando me hace eso.

—Gracias —susurro—. Por todo esto.

—Pensaba que estabas enfadada.

—Muchísimo. Solo que ahora no me apetece mostrarlo.

Noto su sonrisa en la nuca sin necesidad de verla.

Me giro y le paso los brazos por el cuello.

—Ha sido una pasada —confieso.

—Lo sé.

—Capullo.

—También.

Lo beso. Sin música imaginaria, sin reflexionar sobre el destino, sin pensar en lo mucho que ha cambiado mi vida.

Bueno. Un poco sí.

Hace unos meses tenía una papelería cerrada, una factura que me parecía el fin del mundo y un desconocido al teléfono al que habría estrangulado con el cable del cargador.

Ahora el desconocido me tiene agarrada por la cintura en un yate de lujo sobre aguas turquesas, mientras nuestros mejores amigos están follando en algún camarote, o discutiendo por si vamos a cenar sushi o comida china.

No está mal.

Elías se separa y me mira a los ojos.

—Debes saber que esto no ha terminado.

—¿Aún hay más? —Me deja tan de piedra que suelto un gallo sin querer.

—Claudia ya nos advirtió que no debíamos contarte nada o no vendrías.

—Ahora sí que me estoy poniendo nerviosa.

—¿No confías en mí?

—No confío en ninguno de los tres —bufo.

—Mientes.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque cuando lo haces te tiembla parte de la mandíbula —dice, besándola—. Y porque se te mueve el lóbulo de la oreja —añade, lamiéndolo.

Joder, soy como un libro abierto. Pero ahora no me importa.

—Sigue —le pido con la respiración entrecortada.

—Y también porque tu cuello se tensa… y te salen unas venitas diminutas —susurra mientras me besa el lado izquierdo.

—Te has confundido —balbuceo, casi sin aliento—. Todo esto es cuando me enfado.

—Cuando te enfadas, se te erizan estos —asegura, mientras me agarra un pezón y lo pellizca.

—Esto no me gusta —jadeo.

—¿Estás segura?

—Esto sí… me refiero a…

«… A que me conozcas tanto».

Su lengua sube por mi cuello y me provoca un escalofrío que no me deja acabar.

—Te odio, León —murmuro.

—No cuela —asegura justo antes de atrapar mi boca y besarme con todas sus fuerzas.

Joder.

Qué rápido aprende el cabrón.

Fin

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