Mi jefe me pone. Y de los nervios también Capítulo 3
13%

Capítulo 3

Nerea

Estoy cerrando la caja número veintidós con cinta de embalar cuando suena el teléfono.

Me sobresalto.

El móvil sigue tirado en el sofá desde que lo lancé después de la llamada con el gilipollas de la eléctrica.

—Como seas tú otra vez, juro que te denuncio por acoso —le digo al aire mientras lo cojo.

Desbloqueo la pantalla. Es Claudia.

«¿Claudia?».

Tardo dos segundos en procesarlo. Llevamos meses sin hablarnos más allá de memes.

No porque hayamos discutido. Sino porque la vida va así. Deprisa. Sin avisar. Y con mala hostia.

Y porque yo llevo una temporada perfeccionando el noble arte de no contarle a nadie que mi vida se está yendo a tomar por culo.

—¿ Clau ? —respondo, como si me hubiera llamado desde otra dimensión.

—¡ Nereaaaaa! ¿Tienes un minuto?

—Tengo minutos, cajas, hambre y una factura que parece redactada por Hacienda con resaca. ¿Qué pasa?

— ¿Qué factura?

—Una en la que me han sableado doscientos treinta y siete euros. Los céntimos ni los recuerdo.

— Vaya, lo siento. Bueno, luego me cuentas ese drama con detalle, que intuyo que es digno de serie. Ahora escúchame.

—A ver.

— Se me ha ido la compi de piso. La estudiante. Me ha dejado la habitación vacía esta mañana. Y he pensado en ti. ¿Puedo pasar por tu tienda para poner un cartelito o algo? Ya sabes, para buscar a alguien.

—¿Mi tienda? —repito con desgana.

Silencio al otro lado.

— Sí. ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

Miro las cajas y resoplo antes de responder.

—Cerré la semana pasada.

Otro silencio. Este dura más.

— ¿Cómo que cerraste la semana pasada?

—Pues eso. Cerré. Se acabó. Fin. The end . Persiana abajo.

— ¿Y por qué coño no me has contado nada?

Ahí está. La pregunta que llevo una semana procurando que nadie me haga.

—Porque estás ocupada.

— No me jodas, Nerea.

—No te estoy jodiendo.

— Sabes perfectamente que eso no es una respuesta —me rebate.

—Pues mira qué bien. Así nos ahorramos discutir por teléfono.

La oigo respirar al otro lado un instante.

— ¿Y qué pasa con el piso?

«Mierda».

—También tengo que dejarlo —confieso.

— ¿Cuándo?

—En una semana.

— ¿Y dónde vas a ir?

—Estoy valorando varios puentes. Quiero comparar vistas antes de decidirme.

— Nerea.

Ese tono. El de «no me hagas ir hasta allí y cantarte las cuarenta».

—Ya veré, Clau.

La oigo soltar el aire.

— ¿Estás sola?

—Sí.

— ¿Tienes plan para esta noche?

—¿Empaquetar cajas cuenta como una cita?

— Depende. ¿Las cajas te invitan a cenar después?

—Las cajas no invitan a nada. Ni siquiera a la fiesta de despedida de mi dignidad.

— Salgo del curro en una hora. Voy a verte y cenamos juntas. Llevo chino y alcohol.

—Claudia, yo...

— No acepto un no —me corta—. Y no me des las gracias. Las amigas estamos para algo.

Cuelga.

Y ahí me quedo. Móvil en mano. Con restos de precinto pegados a los dedos y un nudo en la garganta que no pienso desatar.

Claudia es del pueblo, como yo. La empollona del instituto. La que se vino a Madrid a estudiar la carrera y acabó en Recursos Humanos porque le gustaba ordenar vidas ajenas.

Nos conocemos desde los trece.

Nos hemos visto crecer. Liarnos con idiotas. Tropezar con la misma piedra dos veces.

Y sobrevivir a verbenas de pueblo con orquestas tristes.

Aunque llevamos meses sin vernos de verdad, hay cosas que no cambian. Como que sepa cuándo estoy mintiendo. Y que yo sigo intentándolo de todas formas.

Echo la cabeza hacia atrás.

Respiro hondo.

—Vale, mundo. A ver con qué cojones me sales ahora.

A las ocho y cuarto suena el timbre.

Abro la puerta con el moño como una ensaimada de guerra y una camiseta vieja que yo misma pinté con rotulador de tela.

En el pecho pone: « No eres tóxica, eres radiactiva con autoestima ». Y me encanta.

—Hola, reina —me saluda Claudia al verme, mostrando una bolsa blanca que huele a gloria bendita—. ¿Tienes hambre o prefieres seguir viviendo a base de ansiedad?

—Ansiedad con rollito de primavera, gracias.

Nos abrazamos.

La invito a pasar y ella entra en casa como si no hubieran pasado seis meses desde la última vez que nos vimos.

Me gusta eso de ella. No exige permiso. Solo entra.

Mira las cajas.

Después me mira a mí.

—Guau, tía... parece que haya explotado algo.

—Sí. Mi cuenta bancaria y mi paciencia.

Empieza a sacar envases de la bolsa y yo voy a la cocina a por el resto.

Nos sentamos a la mesa.

Por primera vez en días me siento una persona medio normal.

—Ahora sí. Cuéntamelo —me pide, antes de dar el primer bocado.

Tomo aire y lo suelto en modo de suspiro.

—No hay mucho que contar —digo, mientras cojo los palillos—. Gastos, autónomos, ventas bajando, una imprenta que me falló y el casero queriendo subirme el alquiler por tener un escaparate «cuqui».

—¿Qué dices?

—Literal. Como si las guirnaldas le subieran el IBI.

Claudia deja los palillos sobre el envase.

—Podrías haberme dicho algo antes.

—¿Y qué ibas a hacer? ¿Regalarme luz? ¿Pagarme con tu nómina?

—No. Pero podría haber venido antes. Aunque solo fuera para abrirte una cerveza y recordarte que tienes a alguien que te aguanta desde que llevabas ortodoncia.

Sonrío.

—Tú también has cambiado.

—¿En qué sentido?

—Te has refinado. Ya no dices «me suda el coño». Ahora dices «me es indiferente».

—Lo llaman madurar —se justifica—. O aguantar jefes imbéciles con sueldo fijo.

—Yo prefería la Claudia maleducada. Daba más juego —me mofo.

—La Claudia maleducada sigue aquí. Solo la saco en ocasiones especiales. Como bodas. O reuniones de empresa con gente insoportable.

—Apúntame a la lista de ocasiones especiales, entonces.

—Ya estás en el top tres, tranquila.

Las dos nos reímos.

Durante unos minutos solo comemos.

Bueno… Comer. Hablar. Y respirar.

—¿Dónde vas a vivir ahora? —pregunta.

—No lo sé. Con lo que tengo ahorrado puedo permitirme medio mes en un hostal con moqueta sospechosa.

Claudia deja los palillos.

—La habitación de mi piso está libre, por eso te había llamado. Si quieres, es tuya.

La miro.

—¿Gratis? —cuestiono, arqueando una ceja.

—Casi. Pagas Netflix y alguna cena, y estamos en paz.

Es todo tan bonito, que no me creo que sea cierto.

—¿Y si tengo una crisis existencial en voz alta a las tres de la mañana? —tanteo, para asegurarme de no despertar y darme cuenta de que todo forma parte de un sueño.

—La grabaré para usarla en tu contra cuando seas famosa.

—¿Y si dejo bragas colgadas en el baño?

—Si no son con encaje, no me ofendo.

—¿Y si ronco?

—Entonces te grabo también. Para el mismo vídeo. Total, ya tengo el título: «Mi amiga, el desastre nacional».

—Qué generosa.

—Lo sé. Debería cobrar por acompañamiento emocional.

La miro unos segundos. Es la solución perfecta.

Me jode un poco que lo sea porque significa admitir que necesito que alguien me saque del agujero. Pero es lo que hay.

—Acepto.

Brindamos con cerveza tibia.

No sé si acabo de arreglar mi vida o de firmar otro contrato con el caos. Pero al menos no voy a estar sola.

Y ahora mismo eso vale más que cualquier cuenta corriente.

—Por cierto... te he guardado algo —anuncio en cuanto me acuerdo.

Me levanto. Rebusco entre las cajas y saco una de mis agendas.

—Último ejemplar de edición limitada. No se admiten devoluciones —advierto al entregársela.

—¿Qué frase toca?

Léela tú misma.

Claudia mira la portada y sonríe.

—« No eres un caos, eres una catástrofe organizada » —lee en voz alta.

Levanta la vista.

—Me representa muchísimo —añade.

—Pues úsala para apuntar cosas de tu nueva compañera de piso.

—¿Como qué?

—No ronco... pero insulto en sueños.

—Lo sabía —celebra.

Acto seguido, su expresión cambia.

—Tengo algo más que contarte. Bueno, más bien es una noticia.

—No me digas que también te has quedado embarazada.

—¡Calla! No, es eso. Es algo más sencillo. Ha habido una baja en la empresa.

—¿Quién se ha muerto?

—Nadie. Baja médica. Tres meses. Atención al Cliente.

La miro.

—¿En tu empresa?

—Sí.

Llevo tal despiste que ni recuerdo el nombre.

—¿Y tú trabajas en...?

Claudia frunce el ceño.

—Eléctrica del Río.

Me quedo inmóvil. ¡Joder, es cierto! Ya ni me acordaba.

No. No, no, no.

«Virgen de la Tostadora, dame un poco de respiro. Baja los voltios, o a este paso me carbonizas».

—Dime que hay dos.

—¿Dos qué?

—Eléctricas del Río. Una buena y otra llena de hijos de puta.

—Nerea...

—Hoy mismo los he llamado para quejarme de la factura de la que te hablaba. Me han estafado doscientos treinta y siete euros, con cincuenta. Después de aguantar a la maquinita, me ha atendido uno con voz de pijo, y el muy capullo me ha colgado.

Claudia abre mucho los ojos.

—¿Te ha colgado?

—Como lo oyes.

—¿Qué le has dicho?

—Eso es irrelevante.

—Nerea.

—Puede que haya mencionado TikTok .

—Nerea —insiste.

—Y órganos.

—Joder.

—Él me llamó señorita —me defiendo.

Claudia hace una pausa.

—Eso sí que es denunciable.

Las dos estallamos en una carcajada.

—Va en serio —vuelve a la carga cuando consigue recomponerse—. Son tres meses. Pagan bien. Después ya veremos.

—No.

—Nerea.

—Tengo principios.

Claudia mira alrededor. Las cajas. El sofá…

Luego vuelve a mirarme.

—También tienes que pagar el teléfono.

«Hija de puta».

—No pienso trabajar para esa gente —farfullo.

—Vale.

—Me han robado doscientos treinta y siete euros.

—Con cincuenta.

—Gracias por recordármelo.

—De nada.

Esta vez no me río. No me sale.

Miro las cajas. Mi antigua vida cabe en veintidós o veintitrés, como mucho.

La nueva, de momento, no cabe en ninguna parte.

—¿Cuánto pagan? —suelto de pronto.

Claudia sonríe.

—Sabía que acabaríamos llegando ahí.

—No sonrías. Estoy vendiendo mi dignidad. Un poco de respeto.

—Son tres meses. Y necesitas respirar.

Eso último me borra parte de la sonrisa.

Sí, es cierto. Necesito respirar.

Pienso en negarme. En mi dignidad. En la puñetera factura. En las cajas.

Y al final pienso en mi cuenta bancaria, que gana por mayoría absoluta.

—Lo haré. Me meteré ahí dentro —anuncio. Claudia alza una ceja, y yo sigo—. Les sacaré el sueldo, el café, el papel higiénico y, si me dejan, todos los bolígrafos que pueda.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un «voy a cobrármelo con intereses» —aclaro.

—Mañana mismo muevo lo de la sustitución.

—Diles que tengo experiencia en atención al cliente.

—¿La tienes?

—A gritos.

Claudia se echa a reír. Y yo la sigo.

Nos quedamos un rato más hablando.

Del pueblo. De novios. De los hombres. Del último desastre sentimental que tuve. Ese que vivía de lo poco que yo ganaba mientras me decía que estaba «buscándose a sí mismo».

Pues debió encontrarse. Porque el cabrón desapareció en cuanto vio que iba a tener que cerrar la tienda.

Hablar con una amiga siempre reconforta. Y esta noche, ella lo ha hecho.

Cuando Claudia se marcha, cierro la puerta. Apoyo la espalda contra ella. Y sonrío.

No sé qué demonios me espera. Pero tengo clarísima una cosa: voy a entrar a trabajar en una eléctrica.

Yo.

Que no me sé ni enchufar emocionalmente.