Mi jefe me pone. Y de los nervios también Capítulo 2
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Capítulo 2

Elías

Lucas entra en el despacho con el móvil en la mano, una sonrisa y dos vasos de café.

—¿Qué has hecho ahora, León? ¿Otra baja en Administración?

Ni lo miro. Por el rabillo del ojo lo veo dejarme uno de los cafés sobre la mesa antes de sentarse en la butaca del otro lado.

—No encajaba —respondo, sin más explicación.

—¿Por el emoji de «ok» con carita que envió?

—Por enviar un informe confidencial al destinatario equivocado —aclaro.

—Ah. Eso también.

—Me alegra que lo consideres relevante.

Lucas se lleva el vaso a los labios.

—Es la tercera que echas este trimestre —me suelta.

—Las otras dos tampoco servían.

—Eres de mecha corta, tío. Deberías hacértelo mirar.

—No tengo poca paciencia —defiendo.

—Ya. Y yo soy monaguillo los domingos.

—Tú no pisas una iglesia ni en Navidad.

—Ese es mi argumento, genio. Los dos mentimos fatal.

Resopla, satisfecho consigo mismo.

Mi pantalla parpadea y se escucha un pitido corto. Una alerta aparece en rojo.

ALERTA VOZ ROJA

Cliente en llamada activa con lenguaje ofensivo. Nivel de agresividad: 3/5.

Saltando en 5 segundos si no hay intervención.

«Mierda. Otro capullo quejándose».

Lucas se inclina hacia delante como un niño al que acaban de regalar un juguete.

—Uy, uy, uy. Mira eso… Alguien está echando fuego por la línea. Nivel tres. Esto promete.

No contesto. Sabe lo mucho que me molestan este tipo de avisos. Miro la pantalla. El sistema no da nombre ni número, solo el canal de entrada.

—Cógela tú —suelta de pronto, con media sonrisa.

—Para eso están los de Atención al Cliente.

—Hazlo y demuéstrame que tienes paciencia.

—Tú me la estás agotando, cabrón. ¿No tienes nada que hacer?

—No tienes huevos, eso es lo que pasa.

Levanto la mirada.

No necesito decir nada.

—Sí, sí. Esa cara funciona con los empleados —añade—. Conmigo llevas diez años perdiendo el tiempo.

—Lárgate —gruño.

—Venga. Si lo haces, me quedo callado una semana entera.

—No necesito una semana de silencio tuyo. Con que te largues ahora es suficiente.

—Vale. Entonces hagámoslo divertido. Si no aguantas y cuelgas antes de que el cliente lo haga, conduces el coche nuevo de la Fundación una semana.

Lo miro.

Él asiente. Sabe perfectamente dónde tocar.

—Ese coche no es un vehículo. Es un atentado estético.

El eco-car rosa chillón con el logo de la compañía ocupa desde hace dos semanas una plaza del aparcamiento y debería ocupar un desguace.

—Por eso mismo. Deberás usarlo para ir a tus reuniones. Y conduciendo tú. Nada de chófer. Cuidado, que no tiene ventanas tintadas.

—¿Y si no cuelgo?

Lucas levanta la muñeca.

—Te regalo mi reloj.

Un Patek Philippe . Edición limitada. No es mal botín.

—Hecho.

Desvío la llamada al teléfono de mesa y pulso el manos libres .

— ¡Si os tuviera delante, os metía la musiquita por el mismísimo culo!

Lucas da un brinco en la butaca y se tapa la boca.

Yo permanezco inmóvil.

—Gracias por contactar con Eléctrica del Río. ¿En qué puedo ayudarle?

— Mira, majo, soy Nerea Gómez y te llamo porque… Así que, o me explicas por qué tengo la factura de la sede del Congreso o te juro por la Virgen de la Tostadora que os denuncio en TikTok.

Lucas empieza a retorcerse y descojonarse. Desactivo el micrófono un instante.

—Como te rías, te despido a ti también.

El muy cabrón abre los brazos en defensa.

Vuelvo a activar el micrófono.

—¿Tiene el número del contrato a mano?

— ¿Quieres el número del contrato o el de la factura que me estoy fumando mientras pienso en formas legales de cobraros en órganos?

Lucas ya ni siquiera intenta disimular.

—Solo necesito uno de los dos, señorita —le respondo a la mujer, mientras lo fulmino con la mirada y me controlo para no perder la calma.

— Señorita tu prima. Mira, campeón…

«¿Quién demonios habla así a un desconocido?».

Después vienen el sistema, el problema, una croqueta congelada con lágrimas y la sugerencia de que me tire por la ventana de la vergüenza.

Todo en menos de treinta segundos.

—Eso último no forma parte de mi protocolo de atención —le suelto sin más. Esto no va a ninguna parte. Lo sé desde hace 29 segundos.

— Pues métete tu protocolo donde te quepa, que seguro que hay hueco, con lo tieso que hablas.

Lucas se dobla sobre sí mismo.

«Esta me la paga».

—¿Ha terminado? —le pregunto a la mujer, aunque en realidad la pregunta va para ambos.

— ¿Perdona? No, majo, no he terminado. Llevo media vida…

—Continúe, entonces.

No sé muy bien por qué lo digo.

Debería haber colgado hace tres frases. Cualquier persona razonable lo habría hecho.

Ella continúa. Yo espero.

Lucas me mira como si acabara de descubrir una nueva especie animal.

—¿Cómo se llama? —le demando a la mujer.

En cuanto lo pregunto sé que acabo de hacer el idiota.

Ya me lo ha dicho. Nerea Gómez. Lo sé perfectamente.

Aun así, he vuelto a preguntárselo. No tengo ni idea de por qué.

— … ¿Ahora me vas a enviar flores o qué? …

Silencio.

Miro a Lucas. El muy cabrón ya no sonríe, se mofa de mí en mi puta cara.

Eso decide por mí.

—Gracias, Nerea. Ha sido… un placer hablar con usted.

Cuelgo.

Lucas tarda exactamente medio segundo en romper a carcajadas.

—¡Has colgado! ¡Eres oficialmente el CEO menos zen de Europa!

—Cállate —mascullo.

—En cuanto ese coche esté disponible, lo conduces tú. Nada de chófer —se mofa.

Me vuelvo hacia la pantalla.

Me jode perder. Siempre me ha jodido.

Y me jode todavía más haber perdido por culpa de una mujer maleducada que ni siquiera sabe con quién estaba hablando.

—Quiero el registro de esa llamada —suelto de pronto.

Lucas deja de reírse.

—¿Para qué? ¿Vas a mandarle flores al final?

«¿A que le doy dos hostias?».

—No —respondo seco—. Quiero saber qué agente debía haberla atendido y por qué ha saltado la alerta con ese nivel. Es un fallo del sistema que hay que revisar.

—Ya. Claro. Un fallo del sistema.

—Eso he dicho.

—Lo que tú digas, jefe.

Recoge su café y se levanta.

—Por cierto, el rosa te favorece.

—¡Fuera!

Se marcha riéndose.

Lo veo de reojo porque no levanto la vista de la pantalla.

Es una revisión interna. Nada más.

La llamada me importa una mierda. Nerea Gómez también.

Lo único que importa es que voy a tener que presentarme en la empresa conduciendo un coche rosa por culpa de esa mujer.

Aunque, técnicamente, la apuesta la he aceptado yo.

Aprieto la mandíbula.

Ese detalle no viene al caso.