Mi jefe me pone. Y de los nervios también Capítulo 1
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Mi jefe me pone. Y de los nervios también

Mi jefe me pone. Y de los nervios también

Por Garcia de Saura

© inepub.com

Capítulo 1

Nerea

Abro el correo y me convierto en la niña del exorcista al ver la factura de la luz.

—¡¿Pero esto qué es?! —grito como las locas—. ¿Doscientos treinta y siete con cincuenta? ¡¿Me habéis instalado un jacuzzi en el salón y no me he enterado?!

Estoy sola en casa, con el moño deshecho, rodeada de cajas y con los pies descalzos en pleno junio madrileño. Me tiembla el ojo izquierdo. Es nervio, o es posesión infernal. ¡A saber! Lo único cierto es que estoy al límite.

Marco el número de atención al cliente de la compañía con la energía de una viuda negra con ganas de cargarse a alguien.

— Ha llamado a la compañía Eléctrica del Río. Si desea consultar el estado de su factura, pulse 1. Si desea modificar su tarifa, pulse 2. Si desea notificar una avería, pulse 3. Si desea otras gestiones, pulse 4.

«¡Cómo no, una maquinita! Para que luego digan que hay paro».

Pulso 4, claro. Porque la mía es la opción «otros crímenes energéticos».

— Si desea realizar un cambio de titularidad, pulse 1. Si desea consultar promociones activas, pulse 2. Si desea información sobre facturación electrónica, pulse 3. Para hablar con un agente, pulse 4.

—¿Por qué no me lo habéis dado desde el principio, ladrones del menú?

Vuelvo a pulsar el 4 con el dedo índice tenso como un martillo.

«Que me atienda una persona es tan difícil como que me convierta en millonaria».

— En breve le atenderemos. Pero, antes, ¿desea valorar nuestro servicio del uno al cinco?

—Por el culo te la hinco.

— Disculpe, no he entendido su respuesta.

—Ni falta que hace.

— Sigo sin entenderla. ¿Podría repetir la valoración de nuestro servicio del uno al cinco?

—Sí, claro, guapa; con el robo que me habéis hecho, estoy yo para poneros un puñetero cinco.

— Gracias por su valoración.

—¿Qué? Yo no…

— Por favor, introduzca los primeros nueve dígitos de su número de contrato.

—¡Me cago en vuestra madre digital…! —mascullo mientras busco en la factura el dichoso numerito de las narices.

Tecleo los números. Uno se me escapa.

— El número no es correcto. Por favor, introduzca los primeros nueve dígitos de su número de contrato o pulse cero para regresar al menú.

—¡Que ya voy, coño!

— Disculpe, no he entendido su respuesta.

«Respira, Nerea. Tú puedes».

Empiezo de nuevo y marco los nueve números por fin.

— Ahora introduzca sin letra los dígitos de su Documento Nacional de Identidad.

—¿Queréis también mi grupo sanguíneo? —escupo.

Lo marco. Silencio.

— Gracias. Vamos a transferirle con un agente disponible.

«¡Pues ya está bien!».

Me pone música de espera, que se interrumpe al momento.

— El tiempo estimado de espera es de… seis minutos. Recuerde que también puede resolver sus gestiones a través de nuestra app gratuita.

—¡ME ESTÁIS ROBANDO DOSCIENTOS TREINTA Y SIETE EUROS! ¡NO QUIERO UNA APP, QUIERO JUSTICIA!

De nuevo la música con trompetitas alegres.

—¡Si os tuviera delante, os metía la musiquita por el mismísimo culo!

— Gracias por contactar con Eléctrica del Río —dice una voz masculina, grave, templada, tan serena que me da rabia al instante—. ¿En qué puedo ayudarle?

Ah, perfecto. Suena al típico hombre de corbata planchada y ego lubricado.

«Pues vas a cobrar, chato».

—Mira, majo, soy Nerea Gómez y te llamo porque, atención, en vuestra infinita generosidad me habéis cobrado DOSCIENTOS TREINTA Y SIETE CON CINCUENTA EUROS de más.

Así que, o me explicas por qué tengo la factura de la sede del Congreso o te juro por la Virgen de la Tostadora que os denuncio en TikTok .

Silencio. Un segundo. Dos.

¿Se ha cortado? ¿Se ha cagado?

— ¿Tiene el número del contrato a mano?

Me aguanto una carcajada histérica. Qué listo. Qué formal. Qué ganas de meterle el contrato por la ranura del router .

—¿Quieres el número del contrato o el de la factura que me estoy fumando mientras pienso en formas legales de cobraros en órganos?

— Solo necesito uno de los dos, señorita.

«¡SEÑORITA! ¿Perdona? ¿Estamos en los noventa?».

—Señorita tu prima. Mira, campeón, sé que tú no tienes la culpa. Bueno, igual sí. ¿Trabajas ahí? Pues entonces eres parte del sistema, del problema y del grupo de gente que va a hacer que hoy me coma una croqueta congelada con lágrimas.

— Comprendo su frustración.

—No, no la comprendes. Si la comprendieras, ya me habrías devuelto el dinero y te habrías tirado por la ventana de la vergüenza.

— Eso último no forma parte de mi protocolo de atención.

—Pues métete tu protocolo donde te quepa, que seguro que hay hueco, con lo tieso que hablas.

— ¿Ha terminado?

—¿Disculpa? ¡No, majo, no he terminado! ¡Llevo media vida esperando en cola para esto, no me pienso callar en el minuto uno!

— Continúe, entonces.

Me quedo un segundo descolocada. Reconozco que no me esperaba esa respuesta.

— ¿Cómo se llama? —me pregunta.

Eso me detiene un segundo. La voz no ha cambiado de tono, pero ha bajado una octava. Suena distinta. Más… interesada. Y eso me pone todavía más de mala hostia.

—¿Qué pasa? ¿Ahora me vas a enviar flores o qué? Ya te lo he dicho, me llamo Nerea Gómez, por si quieres apuntarlo en tu Excel de clientas cabreadas.

Silencio de nuevo.

— Gracias, Nerea. Ha sido… un placer hablar con usted.

Y me cuelga.

¿Perdón? ¿Hola? ¿Este gilipollas me acaba de colgar después de explicarle que estoy en la mierda?

Me quedo con el móvil en la mano como si fuera un arma defectuosa. Me tiembla el párpado. Me sube la bilis.

—¡Pero serás…!

Lo lanzo sobre el sofá, que ahora es también cama, trastero y despacho. Me dejo caer. Me duelen los riñones, la cabeza, el alma y hasta los recuerdos.

Cierro los ojos. Respiro. Vuelvo a abrirlos. Y lo veo todo.

Las cajas. Las putas cajas. Todo lo que queda de mi papelería.

Mi tiendecita. Mi ilusión. Mi ruina con luces LED.

Me levanto despacio. Camino entre los bultos. Abro una de las cajas.

Ahí están. Las agendas. Montones de ellas con frases que yo misma escribí, diseñé, maqueté y recé para vender.

Cojo una. La abro por la primera página. La frase me recibe como una bofetada:

« Estudia, puta, que luego lloras ».

Suelto una carcajada ronca. Me arden los ojos.

—Y yo que me quería empoderar con esto… —susurro.

La cierro con cuidado y la vuelvo a guardar.

Me quedo de pie con las manos sobre el borde de la caja, que todavía huele a cartón, rotuladores, tinta fresca y a todos los sueños que no llegaron a tiempo.

No me permito llorar. Todavía tengo que terminar la mudanza. Darme de baja en mil sitios. Buscar una habitación donde empezar de cero.

Y aprender a respirar sin sentir que todo pesa el doble.

Pero antes necesito encontrar un rincón… Un sitio barato donde llorar con dignidad sin que mi voz retumbe.

Porque con eco, la pena se me devuelve como si fuera un boomerang de mierda.