Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

HANNAH

Estoy llorando frente al espejo de la sala de preparación de la novia en el jardín botánico de Brooklyn.

El vestido que llevo puesto es de color marfil con encaje delicado, con escote palabra de honor y una cola que se extiende detrás de mí como un sueño. El velo está sujeto con las horquillas que pertenecieron a mi madre. El ramo de peonías blancas descansa sobre la mesa.

Todo es perfecto.

Excepto que me voy a casar con el hombre equivocado.

Y no puedo dejar de llorar.

Han pasado dos días desde que Drake se marchó a buscar a Royce. Dos días sin noticias excepto un mensaje críptico: «Misión cumplida. Volvemos a casa. Prepárate.»

¿Prepararme para qué?

¿Para ver a Royce en la boda?

¿Para tener que mirarlo a los ojos mientras prometo amar a su hermano?

¿Para morir un poco por dentro cada vez que respire el mismo aire que él?

No puedo hacerlo.

No puedo.

La puerta se abre detrás de mí.

—Cariño, es casi la hora. Los invitados ya están… —Mi padre se detiene en seco cuando me ve—. ¿Hannah? ¿Estás llorando?

Me giro hacia él e intento secarme las lágrimas a toda prisa.

—Estoy bien. Son solo nervios.

—No. —Cruza la habitación en tres zancadas—. Esto no son nervios. Te conozco. Algo va mal.

—Papá…

—Dime qué te pasa. —Me coge la cara entre las manos y me obliga a mirarlo—. Por favor. Dime qué te tiene así.

Y entonces se rompe la última barrera.

Todas las mentiras, toda la farsa, todo el peso que llevo cargando desde hace meses.

—No puedo casarme con Drake. —Las palabras me salen entre sollozos—. No puedo hacerlo, papá. No lo amo. Nunca lo he amado. No de esa forma.

Mi padre palidece.

—¿Qué?

—Me he enamorado de otra persona —continúo, incapaz de detenerme ahora que he empezado—.

Me he enamorado de Royce. De su hermano.

Y sé que es un desastre y que va a ser un escándalo y que todo el mundo va a hablar pero no puedo…

no puedo prometer amar a Drake cuando mi corazón le pertenece a otra persona.

Espero la explosión.

Espero la decepción.

Espero que me diga que voy a avergonzar a la familia, que ciento cincuenta personas están esperando ahí fuera, que no puedo hacer esto.

Pero en lugar de eso, mi padre me abraza.

Fuerte.

Como no me ha abrazado desde que era niña.

—Entonces no te vas a casar. —Su voz es firme—. No voy a permitirlo.

Me aparto para mirarlo, segura de que he oído mal.

—¿Qué?

—No te vas a casar con Drake —repite mientras me enjuga las lágrimas con los pulgares—. No voy a dejar que mi hija camine por ese pasillo hacia un hombre al que no quiere.

—Pero… pero el escándalo. Las familias. Todo el mundo está esperando…

—Me importa una mierda lo que espere la gente —me interrumpe, y oírle decir esa palabrota me sorprende tanto que dejo de llorar—. Lo único que me importa es tu felicidad. Y he sido un idiota por no verlo antes.

—Papá…

—No, déjame terminar. —Respira hondo—. He pasado años presionándote para que te casaras, para que sentaras cabeza, para que cumplieras con lo que yo consideraba tu deber.

Y todo este tiempo… todo este tiempo solo quería que no te quedaras sola cuando yo me fuera. Quería saber que alguien te cuidaría.

Las lágrimas vuelven a caer.

—Lo sé. Lo entiendo.

—Pero me equivoqué —continúa—. Me equivoqué al pensar que cualquier hombre rico serviría. Me equivoqué al no escucharte cuando me decías que querías esperar. Me equivoqué al priorizar la seguridad sobre la felicidad.

—¿De verdad?

—De verdad. —Sonríe a pesar de sus propias lágrimas—. Tu madre me diría que soy un idiota por haber tardado tanto en darme cuenta. Ella siempre supo que el amor era lo único que importaba.

—La echo de menos —susurro—. Echo de menos a mamá.

—Yo también, cariño. Todos los días. —Me besa la frente—. Y sé que estaría orgullosa de ti. De la mujer valiente en la que te has convertido. Y sé que querría que fueras feliz. Así que vamos a salir ahí fuera y…

La puerta se abre de golpe.

Drake entra como un tornado, seguido de…

Royce.

Royce está aquí.

Lleva un traje negro impecable, ni un pelo fuera de sitio, y tiene los ojos grises fijos en mí con una intensidad que me detiene el corazón.

Me quedo helada, intentando en vano limpiarme las lágrimas.

No quiero que me vea así.

No quiero que vea cuánto me ha destrozado.

Pero antes de que pueda moverme, antes de que pueda decir nada, Royce atraviesa la habitación.

Me coge las manos.

Y se arrodilla frente a mí.

—Perdóname. —Se le rompe la voz—. Por favor, Hannah. Perdóname por ser tan cobarde. Por huir. Por dejarte cuando debería haberte suplicado que me aceptases.

No puedo respirar ni pensar. Solo puedo mirar esos ojos grises, desnudos como nunca los había visto. Llenos de vulnerabilidad.

—Te quiero —continúa, apretándome las manos—. Estoy enamorado de ti como un loco, sin remedio, hasta los huesos. Y no quiero que te cases con mi hermano. No quiero que te cases con nadie excepto conmigo.

—Royce…

—Sé que no merezco una segunda oportunidad, que te hice daño y que soy un desastre emocional con más problemas que soluciones. Pero también sé que te amo más de lo que creía posible amar a alguien. Y sé que quiero pasar el resto de mi vida demostrándote que puedo ser el hombre que mereces.

Ya no intento contener las lágrimas.

—No necesito que seas diferente. Te necesito a ti.

—Entonces cásate conmigo. —Su voz es una súplica—. Aquí. Ahora. Hoy. Cásate conmigo, Hannah. Déjame amarte como debería haberte amado desde el principio. Déjame darte todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que puedo ser. Por favor.

—¿Estás loco? —susurro.

—No. —Una sonrisa pequeña aparece en sus labios—. O tal vez sí. Lo único que me tiene loco es el amor que siento por ti. Así que… ¿qué dices? ¿Te casarás conmigo?

Miro a mi padre, que está de pie junto a Drake.

—Papá…

—No me importa lo que piense la gente. —Repite—. Lo único que me importa es lo que quieras tú. Y si quieres a este hombre, si de verdad lo amas… tienes mi bendición.

Vuelvo a mirar a Royce.

A este hombre que ha atravesado un océano para arrodillarse frente a mí.

A este hombre que ha superado sus miedos más profundos para estar aquí.

A este hombre que me mira como si fuera lo único que importa en el mundo.

—Sí. —La palabra sale como un sollozo—. Sí, me caso contigo. Te quiero. Dios, Royce, te quiero tanto.

Royce se levanta de golpe y su boca atrapa la mía.

Es un beso desesperado, hambriento, lleno de todo lo que no pudimos decirnos: del tiempo perdido, del dolor, de todo el amor que hemos estado conteniendo.

Me sujeta la cara, el pelo, se aferra a mí como si temiera que fuera a desaparecer.

—Te amo —susurra contra mis labios—. Te amo tanto que me asusta. Pero ya no voy a huir. Nunca más.

—Muy bien. —La voz de Drake nos interrumpe—. Esto es precioso y todo eso, pero tenemos ciento cincuenta invitados esperando y una boda que celebrar. Así que os doy diez minutos para… hacer lo que tengáis que hacer. Pero luego salimos ahí fuera.

Mi padre se aclara la garganta.

—Vamos, Drake. Dejémosles un momento.

—¿Solo un momento? —Drake sonríe—. Papá Gray, creo que van a necesitar más de un momento.

—Tenéis diez minutos para hablar. —Mi padre no cede, pero está sonriendo—. Después tenéis que estar listos.

Salen y cierran la puerta detrás de ellos.

Y entonces estamos solos.

Royce y yo.

A diez minutos de nuestra boda.

—Diez minutos no son suficientes —murmura Royce, y vuelve a besarme—. Necesito toda una vida. Varias vidas.

—Entonces empieza ahora.

Sus manos van derechas al bajo de mi vestido.

—¿Estás segura? ¿Aquí, ahora?

—Completamente segura. —Tiro de su chaqueta—. Te necesito. Ahora.

Lo que sigue es frenético, desesperado, nuestro.

Royce me levanta sobre la mesa, apartando el ramo. El vestido sube hasta mi cintura. Tiene las manos en todas partes: me aprende de memoria, me reclama.

—Eres mía —gruñe contra mi cuello—. Solo mía. Para siempre.

—Tuya —jadeo cuando sus dedos me encuentran—. Solo tuya. Siempre.

No hay tiempo para ir despacio ni para ternuras. Solo hay necesidad pura y el amor que casi nos destruye por negarlo.

Cuando Royce al fin se hunde en mí, los dos gemimos al mismo tiempo.

—Te quiero —dice con cada embestida—. Te quiero. Te quiero. Te quiero.

—Yo también te quiero. —Le clavo las uñas en la espalda—. Tanto. Demasiado.

—Nunca es demasiado —jadea—. Nunca.

El orgasmo me golpea como un relámpago y Royce me sigue segundos después: entierra la cara en mi cuello y tiembla.

Nos quedamos así un momento, con la respiración entrecortada, todavía unidos.

—Acabamos de hacer el amor en la sala de preparación de la novia —digo cuando recupero el aliento.

—Ajá. —Royce levanta la cabeza con una sonrisa—. Y vamos a hacerlo en muchos lugares más después.

—¿Ah, sí?

—Ajá. Pero primero… —Se aparta y me ayuda a bajar de la mesa—. Tenemos que casarnos.

Me arregla el vestido. Yo le arreglo la corbata. Nos miramos en el espejo, juntos, y el pecho se me llena de un calor nuevo.

—¿Estás listo para esto? —pregunto—. Para casarte delante de toda esa gente.

—Estoy listo para casarme contigo —corrige—. El resto puede irse al infierno.

Sonrío.

—¿Sabes que la mitad de los invitados van a tener un infarto cuando vean que eres tú quien espera en el altar?

—Que tengan el infarto que quieran. —Me da un beso suave—. Lo único que me importa es que al final del día, seas mi esposa.

Llaman a la puerta.

—¿Estáis presentables? —pregunta Drake.

—Sí —respondo.

La puerta se abre y Drake asoma la cabeza.

—Perfecto. Porque es la hora. Todo el mundo está esperando.

Mi padre entra detrás de él.

—¿Lista, cariño?

Miro a Royce, que no me quita los ojos de encima.

—Lista.

El pasillo hacia el altar parece interminable.

Mi padre me lleva del brazo, pero noto lo nervioso que está.

—Todo va a salir bien —susurro.

—Lo sé —responde—. Solo espero que los Harrison no me maten después.

Sonrío pese a todo. La música cambia. Las puertas del jardín se abren.

Y ahí está. Royce, de pie en el altar junto al oficiante. No Drake. Royce.

El murmullo de sorpresa recorre a los invitados como una ola. Oigo susurros. Jadeos. Alguien pregunta en voz alta qué está pasando.

Pero no me importa. Solo puedo mirar a Royce, la forma en que me mira mientras camino hacia él, como si no se creyera que soy real.

Cuando llego al altar, mi padre pone mi mano en la de Royce.

—Cuida de ella —dice.

—Con mi vida —responde Royce.

Mi padre asiente, satisfecho, y va a sentarse.

El oficiante carraspea, confundido.

—Entiendo que ha habido un… cambio de novio.

—Así es. —Royce no me suelta la mano—. ¿Es eso un problema?

—No, señor. Solo… necesitaré el nombre correcto para la ceremonia.

—Royce Harris —dice alto y claro, para que todos puedan oírlo—. Y estoy aquí para casarme con Hannah Gray, si ella todavía me acepta.

Los murmullos aumentan.

Oigo a la señora Harrison preguntarle a alguien qué ocurre.

Veo a varios invitados sacar el móvil.

Pero yo solo tengo ojos para Royce.

—Todavía te acepto —susurro.

—Bien. —Sonríe—. Porque no pienso dejarte ir nunca más.

El oficiante, tras recuperarse de la impresión, comienza la ceremonia.

—Queridos invitados, estamos aquí reunidos para celebrar la unión de Royce Harris y Hannah Gray…

Las palabras continúan, pero apenas las escucho.

Solo oigo mi corazón latiendo.

Solo siento la mano de Royce en la mía.

Solo veo esos ojos grises que no se apartan de los míos.

—Los votos —dice el oficiante—. Royce Harris, ¿aceptas a Hannah Gray como tu legítima esposa?

Royce aprieta mi mano.

—Acepto. La acepto hoy. La aceptaré mañana. La aceptaré todos los días del resto de mi vida. Prometo amarla incluso cuando tenga miedo. Prometo luchar por ella incluso cuando sea difícil. Prometo no volver a huir. Prometo darle todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que puedo ser.

Las lágrimas ruedan por mis mejillas.

—Y tú, Hannah Gray, ¿aceptas a Royce Harris como tu legítimo esposo?

—Acepto. —Apenas me sale la voz—. Lo acepto con todos sus miedos y todas sus heridas. Prometo amarlo en sus días buenos y en sus días malos. Prometo ser su refugio cuando el mundo sea demasiado. Prometo recordarle todos los días que no está solo. Que nunca volverá a estar solo.

Royce cierra los ojos un segundo, como si mis palabras le hicieran un daño del bueno.

—Los anillos —anuncia el oficiante.

Drake se adelanta y le entrega a Royce un anillo que reconozco: el que él mismo iba a ponerme.

Royce me lo coloca en el dedo.

—Con este anillo, te reclamo. Para siempre.

Yo le coloco el suyo.

—Con este anillo, te reclamo. Para siempre.

—Entonces, por el poder que me ha sido conferido… —El oficiante sonríe—. Os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Royce no espera ni un segundo. Me atrae hacia él y me besa con todo lo que tiene: con todo el amor, con todo el miedo superado, con toda la promesa de nuestro futuro.

Y mientras los invitados aplauden, mientras los murmullos se convierten en vítores, mientras el mundo entero observa… Solo importamos nosotros. Royce y yo. Por fin juntos. Por fin libres. Por fin en casa.