CAPÍTULO 27
DRAKE
Me ha costado un puto triunfo encontrarlo.
He llamado a todas las propiedades de Royce en Inglaterra y he sobornado a su asistente en Londres para que me diera las ubicaciones exactas. Después he cogido el primer vuelo disponible y he conducido tres horas por carreteras de mierda hasta los Cotswolds.
Y ahora estoy frente a una casa de campo de piedra dorada que parece salida de una postal, con las cortinas corridas y un silencio que no me gusta nada.
Llamo a la puerta.
Una vez. Dos. Tres. Nada.
—Royce, soy yo. Abre la puta puerta o la echo abajo.
Silencio. Vale. Que sea a la fuerza entonces.
Pruebo el pomo y, para mi sorpresa, la puerta se abre. Ni siquiera la ha cerrado con llave. Eso ya me dice que algo va muy mal.
Royce cierra todo con llave. Siempre. Es su forma de mantener el control sobre su entorno.
Entro en la casa y el olor me golpea de lleno. Whisky. Mucho whisky. Y algo que podría ser desesperación si la desesperación tuviera olor.
La casa está sumida en una penumbra que no debería existir a las dos de la tarde. Hay botellas vacías junto a la chimenea, un vaso volcado en la mesa y, esparcidos por el suelo, papeles que reconozco como contratos sin firmar.
Y en mitad de todo este desastre, mi hermano.
Royce Harris, el hombre más controlado del mundo, está tirado en el sofá con una botella medio vacía en la mano, sin afeitar, con la camisa arrugada y manchada, y los ojos rojos.
—Joder —susurro.
Royce levanta la vista hacia mí con movimientos lentos.
—¿Drake? —Su voz suena pastosa—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué hago aquí? —Cruzo el salón en tres zancadas y le quito la botella de las manos—. ¿Qué haces tú aquí? Llevas ocho días desaparecido. Ocho días sin responder llamadas. Ocho días emborrachándote hasta perder el sentido, por lo que veo.
—Devuélveme eso.
—Ni de coña. —Dejo la botella fuera de su alcance—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo?
Royce me mira sin comprender la pregunta.
—No lo sé. ¿Ayer? ¿Anteayer?
—Genial. Perfecto. Mi hermano, el CEO multimillonario, se está matando a whisky en medio de la campiña inglesa. —Resoplo—. ¿Sabes qué día es hoy?
—Jueves.
—Viernes —corrijo—. Viernes por la tarde. Lo que significa que estamos a un día de la boda.
Royce cierra los ojos como si mis palabras le dolieran.
—No me lo recuerdes.
—Oh, voy a recordártelo. Voy a recordártelo a todas horas. Porque mientras tú estás aquí comportándote como un adolescente borracho, Hannah está en Nueva York destrozada, preparándose para casarse con el hombre equivocado porque el hombre correcto es un cobarde.
Los ojos de Royce se abren de golpe.
—No hables de lo que no sabes.
—Sé exactamente de lo que hablo. —Me siento en la mesa frente a él—. Sé que estás enamorado de ella, que ella te ama y que estás aquí, escondiéndote como un puto cobarde porque tienes miedo.
—No estoy…
—Sí que lo estás —le corto—. Estás aterrado. Porque nunca has sentido algo así. Porque no sabes qué hacer con ello. Porque crees que vas a joderlo todo como papá jodió su matrimonio.
Royce se levanta del sofá con un movimiento tan brusco que casi se cae.
—No sabes de qué hablas.
—Entonces ilumíname. —Me levanto también—. Explícame por qué has dejado a Hannah llorando en su apartamento después de pedirte que estuvieras con ella. Explícame por qué preferiste huir a miles de kilómetros antes que luchar por lo que quieres.
—Porque no puedo darle lo que necesita. —Las palabras le salen a borbotones—. Porque no sé cómo hacer esto. Porque voy a destrozarla, Drake. Tarde o temprano, voy a convertirme en él. Y no voy a hacerle eso a Hannah.
—Ah, ya veo. —Cruzo los brazos—. Prefieres destrozarla ahora rechazándola. Mucho mejor plan.
—Es diferente.
—No lo es. Le estás haciendo daño de todas formas. Solo que esta forma te permite sentirte noble por ello.
Royce me fulmina con la mirada.
—Vete, Drake.
—No. —Doy un paso hacia él—. No me voy a ir. Porque alguien tiene que sacarte la cabeza del culo. Y parece que ese alguien soy yo.
—No puedo volver. —Se le quiebra la voz—. No puedo estar allí y verla casarse contigo. No puedo…
—¿Verla casarse conmigo? —repito—. ¿Eso es lo que crees que va a pasar?
—Es lo que tiene que pasar. Es lo mejor para todos.
Suelto una carcajada sin pizca de humor.
—Hermano, eres un genio para los negocios, pero eres idiota para todo lo demás.
—Drake…
—Espabílate. Dúchate. Cámbiate de ropa. —Empiezo a recoger las botellas vacías—. Nos vamos a Nueva York. Ahora.
—No pienso ir a esa boda. —Royce se deja caer de nuevo en el sofá—. No voy a estar allí viendo cómo la mujer que amo se casa con mi hermano. Prefiero morirme.
Me detengo.
Dejo las botellas en la mesa.
Y sonrío.
—¿Qué acabas de decir?
Royce me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Repítelo. Lo que acabas de decir.
—Que no voy a ir…
—No. Después de eso. —Me acerco—. Has dicho «la mujer que amo». La quieres. Lo acabas de admitir.
Royce aprieta los párpados.
—Vete, Drake.
—No. Esto es perfecto. Por fin lo admites. Estás enamorado de Hannah.
—Da igual. No cambia nada.
—Lo cambia todo. —Me siento a su lado—. Porque significa que tienes que volver y ocupar tu lugar en esa boda.
Royce abre los ojos de par en par.
—¿Estás loco? No voy a estar allí viéndola casarse contigo.
—Esa no es la idea, idiota.
—¿Entonces cuál es la idea?
—La idea es que tú ocupes mi lugar —digo despacio, como si hablara con un niño—. Que seas tú quien se case con Hannah.
El silencio que sigue es absoluto.
Royce me mira como si me hubiera vuelto loco.
—Estás de broma.
—Nunca he hablado más en serio.
—No puedo… no puedo casarme con Hannah.
—¿Por qué no?
—¿Cómo que por qué no? —Se levanta otra vez—. Porque no sé cómo amar sin destruir. Porque voy a contaminarla con todo lo que está mal en mí.
—¿Contaminarla? —repito—. ¿De verdad crees eso?
—Sí. —Su voz es apenas un susurro—. Sí que lo creo.
Yo también me pongo en pie y me coloco frente a él.
—¿Sabes cuándo aprendí lo que significaba ser amado? ¿Lo que significaba ser cuidado?
Royce me mira sin comprender.
—¿Qué?
—Fue cuando tenía siete años —respondo—. Papá y mamá habían tenido otra de sus peleas épicas. Mamá estaba llorando en su habitación. Papá se había largado a Londres. Y yo estaba asustado, aterrado, convencido de que el mundo se estaba acabando.
—Drake…
—Y entonces apareciste tú —le interrumpo—.
Tenías doce años. Entraste en mi habitación, me cogiste de la mano y me sacaste de esa casa.
Me llevaste a dar un paseo por el jardín.
Me diste un helado aunque sabías que no debíamos comer dulces antes de cenar.
Y me dijiste que todo iba a estar bien. Que tú ibas a cuidar de mí.
Que no iba a pasarme nada mientras tú estuvieras ahí.
Royce aparta la mirada.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Y lo has seguido haciendo desde entonces —continúo—. Cada vez que me metía en problemas en el internado, eras tú quien venía a buscarme. Cada vez que necesitaba algo, eras tú quien estaba ahí. Cuando papá me gritaba por no ser lo bastante bueno, eras tú quien me recordaba que sí lo era.
—Eso es diferente…
—No lo es. —Me acerco más—. Me has cuidado toda mi vida, Royce. A tu manera fría y controlada, sí. Pero me has cuidado. Me has protegido. Me has amado de la única forma que sabías.
Las lágrimas amenazan con aparecer en los ojos de mi hermano.
—No es suficiente. No para Hannah. Ella merece algo mejor.
—Ella te merece a ti. —Pongo una mano en su hombro—. Te merece exactamente como eres. Con tu forma fría de ser. Con tus manías de control. Con todo lo que arrastras. Y ¿sabes qué? Ella te ama a pesar de todo eso. O quizás por todo eso.
—No puedo…
—Sí que puedes. —Aprieto su hombro—. Puedes ser diferente a papá.
Porque ya eres diferente. Papá nunca habría huido por miedo a hacer daño.
Habría hecho daño y se habría quedado regodeándose en ello.
Pero tú… tú preferiste destrozarte a ti mismo antes que arriesgarte a hacerle daño a ella.
Eso no es ser como él. Es ser exactamente lo contrario.
Royce cierra los ojos y una lágrima se desliza por su mejilla.
—Tengo tanto miedo, Drake.
—Lo sé. —Mi voz se suaviza—. Lo sé, hermano. Pero no puedes dejar que el miedo te quite lo mejor que te ha pasado en la vida.
—¿Y si la cago? ¿Y si no soy suficiente para ella?
—Entonces aprenderás a serlo —digo sin más—. Porque eso es lo que hace la gente que quiere de verdad. Aprende. Crece. Cambia. Y tú puedes hacerlo. Sé que puedes.
Royce abre los ojos y me mira con una vulnerabilidad que nunca le he visto.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque te conozco. —Sonrío—. Eres mi hermano. Mi héroe. El hombre que me enseñó lo que significa ser fuerte incluso cuando todo se está desmoronando. Y si tú pudiste hacer eso por mí, puedes hacer esto por Hannah.
El silencio se alarga.
Luego Royce habla con una voz tan baja que apenas lo oigo.
—No quiero perderte. Eres mi hermano. Lo más importante de mi vida.
—No me vas a perder. —Le abrazo; no lo hacemos nunca, no somos de esa clase de familia—. Siempre voy a estar aquí. Pero no puedes ser infeliz por mí. No puedes sacrificar tu oportunidad de tener una vida real solo porque tienes miedo.
Royce me devuelve el abrazo con una fuerza que me sorprende.
—¿Y si lo echo todo a perder?
—Entonces lo arreglarás. —Me aparto—. Y si no puedes arreglarlo solo, pedirás ayuda. A mí. A Hannah. A quien sea. Pero tienes que intentarlo primero. Tienes que ser lo bastante valiente para dar el primer paso.
Royce respira hondo y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
—No sé si puedo.
—Sí que puedes. —Le doy una palmada en la espalda—. Ahora saca la puta cabeza del culo, dúchate y vamos a recuperar a tu chica.
Royce me sostiene la mirada durante un buen rato. Luego su expresión cambia: la vulnerabilidad sigue ahí, pero hay algo más.
Determinación.
—¿De verdad crees que puedo hacer esto?
—Creo que eres el único que puede hacerlo. Y creo que Hannah lleva días esperando a que aparezcas. Así que no la hagas esperar más.
Royce asiente despacio.
—De acuerdo. —Esta vez suena más firme—. De acuerdo. Voy a hacerlo.
—¿Vas a hacerlo?
—Voy a luchar por ella. —Se endereza—. Voy a ir a esa boda y voy a decirle lo que siento. Y si me rechaza, si me dice que es demasiado tarde… al menos lo habré intentado.
La sonrisa se me ensancha.
—Ahí está mi hermano. El hombre que no se rinde ante nada.
Royce me devuelve la sonrisa, pequeña pero real.
—Gracias, Drake. Por venir hasta aquí. Por no rendirte conmigo.
—Para eso están los hermanos. —Me encojo de hombros—. Ahora muévete. Tenemos que coger un vuelo a Nueva York. Y tú tienes que estar presentable para cuando veas a Hannah. Porque, hermano, ahora mismo das pena.
Royce se mira la ropa arrugada y se ríe.
Es una risa breve, oxidada, como si no lo hubiera hecho en días. Pero es una risa. Y por primera vez desde que llegué, creo de verdad que vamos a conseguirlo.
Que Royce va a tener el valor. Que Hannah va a tener su final feliz. Y que yo voy a poder ir a esa boda sin tener que casarme. Lo cual, la verdad, es un alivio. Porque, aunque quiero a Hannah como a una hermana, la idea de estar casado con ella me daba urticaria.
Royce desaparece escaleras arriba y escucho el agua de la ducha. Me siento en el sofá y cojo el móvil.
Le escribo a Hannah un mensaje rápido. Misión cumplida. Volvemos a casa. Prepárate. No le doy más detalles. No le digo que Royce por fin ha admitido que la ama, ni que va a luchar por ella.
Porque algunas cosas son mejores como sorpresa. Y esta va a ser la mejor sorpresa de su vida.