CAPÍTULO 26
ROYCE
La vista desde la ventana de mi casa de campo en los Cotswolds es perfecta.
Colinas verdes hasta donde alcanza la vista. Piedra dorada bañada por el sol de la tarde. El silencio absoluto que solo existe cuando estás lo bastante lejos de todo.
Compré esta propiedad hace tres años y nunca la he usado.
Hasta ahora.
Hasta que necesitaba desaparecer.
Llevo seis días aquí. Seis días desde que salí del apartamento de Hannah. Seis días desde que fui el mayor cobarde del mundo y la dejé llorando en su dormitorio después de ofrecerme su corazón en bandeja de plata.
Seis días emborrachándome hasta perder el sentido.
La botella de whisky sobre la mesa está medio vacía.
O medio llena, dependiendo de lo optimista que quieras ser.
Hay otras tres vacías junto a la chimenea.
Mi móvil lleva tres días apagado. Mi portátil cerrado.
No he respondido ni un solo email de Claire, que estará al borde de un ataque de nervios intentando localizarme.
Me da igual.
Todo me da igual.
Excepto una cosa. Excepto la imagen de Hannah mirándome con esos ojos dorados llenos de lágrimas mientras me suplicaba que le pidiera que no se casara. Mientras me ofrecía todo. Mientras me decía que haría cualquier cosa por mí.
Y yo salí por la puerta.
Como un puto cobarde.
Me llevo el vaso a los labios y el whisky baja quemando. Ya no me molesto en contar cuántos llevo. Perdí la cuenta después del quinto. O del sexto. Los números han dejado de tener sentido.
Igual que todo lo demás.
Debería estar trabajando. Debería estar en Nueva York, gestionando el hotel, cerrando el acuerdo con los inversores japoneses, supervisando la expansión. Debería estar haciendo todo lo que siempre hago: controlar, dirigir, construir mi imperio.
Pero no puedo.
No puedo pensar en nada excepto en Hannah.
En la forma en que me miró cuando le dije que no podía darle lo que necesitaba.
En cómo su voz se quebró cuando me llamó cobarde.
En cómo tenía razón.
Soy un cobarde.
El mayor cobarde que existe.
Porque lo que debería haberle dicho es la verdad. Que nunca he sentido nada ni de lejos parecido a lo que siento por ella. Que me aterra hasta el punto de no poder respirar. Que todo mi cuerpo me gritaba que la hiciera mía, que le dijera que sí, que al infierno todo excepto estar con ella.
Pero no lo hice. Porque soy como mi padre. Porque llevo su veneno en las venas. Porque todo lo que toco acabo destruyéndolo, y no voy a hacer eso con Hannah.
Ella merece a alguien que sepa cómo amar sin asfixiar. Alguien que no la mire algún día con el mismo resentimiento que vi en los ojos de mi madre. Alguien que no convierta su vida en el campo de batalla que fue mi infancia. Merece a alguien mejor que yo.
Incluso si ese alguien es Drake.
El pensamiento me atraviesa como un cuchillo. Hannah casándose con mi hermano. Hannah caminando por ese pasillo con un vestido blanco. Hannah prometiendo amarlo hasta que la muerte los separe. Hannah siendo de Drake de todas las formas en que podría haber sido mía.
Me levanto del sillón de golpe y casi me caigo. La habitación da vueltas. Bien. El mareo es mejor que pensar.
Camino hacia la ventana y me apoyo contra el cristal frío. ¿Qué día es hoy? ¿Jueves? No. Miércoles. La boda es el sábado.
En tres días Hannah se convertirá en la señora Harris. Solo que no será mi señora Harris. Será la de Drake.
Y yo estaré aquí. A miles de kilómetros. Emborrachándome hasta olvidar mi propio nombre. Porque no puedo estar allí. No puedo verla caminar hacia él. No puedo escuchar esos votos. No puedo fingir que no tengo algo roto por dentro que nunca va a sanar.
Mi móvil vibra en la mesa. Lo he encendido. No recuerdo cuándo. Sería cuando iba por el séptimo whisky y pensé que era buena idea.
Cincuenta y tres llamadas perdidas de Drake. Veintidós de Claire. Ocho de Laura.
Y ninguna de Hannah.
Por supuesto que ninguna de Hannah. ¿Por qué me llamaría?
Le ofrecí mi rechazo envuelto en miedo y cobardía.
Le dije que no podía darle lo que necesitaba cuando la verdad es que estoy aterrado de darle demasiado.
De ahogarla con todo lo que siento. De convertir mi amor en una jaula como hizo mi padre con mi madre.
Porque eso es lo que hace el amor. Destruye. Corrompe. Pudre todo lo bueno hasta que no queda nada excepto odio y resentimiento.
Y yo no voy a hacerle eso a Hannah. Aunque eso signifique destrozarme a mí mismo por el camino.
Me dejo caer de nuevo en el sillón. Cojo la botella tal cual. Al infierno los vasos.
Y bebo hasta que el mundo se vuelve borroso. Hasta que los pensamientos se vuelven menos afilados. Hasta que casi puedo fingir que no acabo de tirar por la borda la única oportunidad de felicidad que he tenido en mi vida.
HANNAH
—No puedes seguir así.
La voz de Drake me sobresalta.
Estoy sentada en el sofá de mi apartamento, mirando la pared, con una taza de té frío entre las manos desde hace dos horas.
¿O tres?
He perdido la noción del tiempo.
—Estoy bien —miento, sin molestarme en mirarlo.
—No lo estás. —Drake se sienta a mi lado—. Llevas días con la misma cara. No comes. Apenas duermes. Y cuando crees que no te veo, te quedas mirando al vacío como si el mundo se hubiera acabado.
—Estoy cansada. La boda es en tres días. Es normal estar nerviosa.
—Esto no es estar nerviosa —dice, suave pero firme—. Esto es estar destrozada. Y creo que sé por qué.
Lo miro, al fin.
Sus ojos grises me estudian con esa mezcla de preocupación y comprensión que me cierra la garganta.
—Es por Royce, ¿verdad?
Las lágrimas empujan, pero las contengo.
He llorado suficiente.
—No sé de qué hablas.
—Hannah. —Coge mi mano—. Somos mejores amigos. Te conozco. Sé cuándo mientes. Y sé que algo pasó con mi hermano. Porque él también está destrozado.
—¿Qué quieres decir?
Drake suspira y se pasa la mano libre por el pelo.
—Royce lleva desaparecido desde el día después de que me pillara con esa mujer.
Seis días, Hannah. Se ha largado a Inglaterra, ha apagado el móvil, no responde emails.
Claire está al borde de un ataque de nervios.
Y yo… yo estoy preocupado. Porque Royce nunca ha hecho esto. Nunca ha perdido el control así.
El pánico me atraviesa de golpe.
—¿Está bien? ¿Sabes dónde está exactamente? ¿Y si le ha pasado algo?
—Sé que está vivo porque su asistente en Londres confirmó que llegó. Pero más allá de eso… no tengo ni idea de cómo está.
Me levanto del sofá, incapaz de quedarme quieta.
—Tienes que ir a buscarlo. Tienes que asegurarte de que está bien.
—Lo haré. —Drake también se levanta—. Pero primero necesito que me digas qué pasó entre vosotros. Necesito saberlo todo para poder arreglarlo.
Me quedo inmóvil, de espaldas a él.
—¿Por qué crees que pasó algo?
—Porque os conozco a los dos. Y porque mi hermano no huye de nada. Nunca. Excepto de esto. Excepto de ti.
Hay un silencio largo.
Luego me doy la vuelta y lo suelto todo.
—Vino aquí. La noche que le dijiste la verdad. Vino y… pasamos la noche juntos. Nos acostamos. Y a la mañana siguiente le pedí que me dijera que no me casara contigo. Que cancelara todo. Que estuviera conmigo.
—¿Y qué dijo?
—Que no podía darme lo que necesitaba. Que no sabía cómo amar sin destruir. Que era mejor que me alejara de él. —Ya no puedo contener las lágrimas—. Y luego se fue. Salió por esa puerta y no he vuelto a saber nada de él.
Drake cierra los ojos y aprieta la mandíbula.
—Ese idiota. Ese puto idiota aterrado.
—No es un idiota. Está… está protegiéndome. De lo que cree que podría hacerme. De convertirse en vuestro padre.
—¿Y tú qué sientes? —Drake me mira fijamente—. Por mi hermano. ¿Qué sientes por él?
Me sale un susurro roto.
—Estoy enamorada de él. Completa y desesperadamente enamorada de Royce. Y sé que es un desastre y que debería odiarlo por haberme rechazado, pero no puedo. No puedo dejar de amarlo.
Drake me abraza mientras lloro contra su hombro.
—No es un desastre que lo ames. Es lo mejor que le ha pasado en su vida. Solo que es demasiado cobarde para verlo.
Me aparto y me seco las lágrimas con el dorso de la mano.
—No importa. Nos casamos en tres días. Todo está preparado. Las invitaciones enviadas. Mi padre feliz. Tu hermano… tu hermano estará bien cuando esto termine. Cuando esté casada contigo y pueda olvidarse de mí.
—Hannah...
—No, Drake. —Niego con la cabeza—. No te preocupes. Me voy a casar contigo. Quiero casarme contigo. Es lo correcto. Es lo que acordamos. Y yo… yo cumplo mis promesas.
Drake me mira durante un largo momento.
Luego asiente despacio.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo?
—Si eso es lo que quieres, entonces nos casamos —dice, sin más—. Pero primero voy a ir a buscar a mi hermano. Voy a asegurarme de que está bien.
—Gracias.
—Tú prepárate para la boda —me interrumpe—. Sonríe para tu padre. Haz todo lo que tienes que hacer. Y yo me encargo de Royce.
Se dirige hacia la puerta.
—Drake. —Lo llamo antes de que salga.
Se vuelve.
—¿Sí?
—Gracias. Por ser mi mejor amigo. Por entenderme. Por… por todo.
Drake sonríe, esa sonrisa traviesa que conozco tan bien.
—Para eso están los amigos.
Abre la puerta.
—Nos vemos en el altar, Hannah.
Y sale. Me quedo sola en mi apartamento.
Con tres días hasta mi boda.
Me siento de nuevo en el sofá. Cojo mi taza de té frío. Y espero.
Porque es lo único que puedo hacer.
Resignarme a que jamás tendré amor verdadero.