CAPÍTULO 25
HANNAH
Me despierto con la luz del sol filtrándose por las cortinas y el peso cálido de un brazo alrededor de mi cintura.
Y todo lo sucedido la noche anterior me viene de golpe.
Royce. Royce está en mi cama. Desnudo. Con su pecho presionado contra mi espalda y su respiración acompasada rozando mi nuca.
Los recuerdos de anoche vuelven todos a la vez. Sus manos en mi piel. Su boca en cada centímetro de mi cuerpo. La forma en que me hizo suya una y otra vez. La forma en que me dijo que no iba a dejarme ir.
Me doy la vuelta con cuidado para no despertarlo. Necesito verlo. Necesito asegurarme de que es real, que no es otro de esos sueños que llevan semanas torturándome.
Pero está aquí. Completamente real.
Tiene el pelo revuelto sobre la almohada, las facciones relajadas como nunca se las he visto y una mano todavía extendida hacia mí, como si incluso dormido necesitara tocarme.
Es tan hermoso que duele mirarlo.
Y está en mi cama.
Después de descubrir que mi compromiso con Drake es falso.
Después de venir corriendo hasta aquí como si no pudiera esperar ni un segundo más.
Después de devorarme contra la puerta y decirme que soy suya.
Tiene que significar algo.
Tiene que significar que esto es real para él también.
Que no fue solo deseo o atracción física o la liberación de semanas de tensión.
El corazón me late tan fuerte que temo despertarlo.
Como si pudiera escuchar mis pensamientos, Royce abre los ojos.
Esos ojos grises me miran durante un segundo de desorientación antes de que la comprensión llegue.
Y entonces su expresión cambia.
Algo se cierra.
Puedo verlo suceder en tiempo real: las defensas subiéndose de golpe, el muro construyéndose ladrillo a ladrillo.
Y el pánico, un instante, antes de que pueda ocultarlo.
—Buenos días —dice, tenso—. ¿Qué hora es?
No es lo que esperaba escuchar.
No después de anoche.
No después de todo.
—No tengo ni idea —contesto, y un frío me trepa por el pecho—. ¿Has dormido bien?
—Sí.
Se sienta en la cama y se pasa una mano por el pelo con un gesto que reconozco.
Está nervioso.
Royce, el hombre que nunca pierde el control, está nervioso.
La sábana cae hasta su cintura y tengo que obligarme a no distraerme con la vista de su espalda desnuda.
—Royce…
—Debería irme. —Se levanta y busca su ropa con movimientos demasiado rápidos—. Tengo que… tengo cosas que hacer.
Lo veo recoger sus pantalones del suelo. Ponérselos a trompicones. Coger la camisa.
Y algo dentro de mí se rompe.
—¿Eso es todo? —Mi voz sube sola—. ¿Vas a vestirte y marcharte como si anoche no hubiera significado nada?
Royce se detiene con la camisa a medio abrochar.
—Hannah…
—No. —Me levanto de la cama, envuelta en la sábana—. No me vengas con excusas. Anoche viniste a mi casa. Tú. Viniste aquí, me besaste, me follaste, me dijiste que era tuya. ¿O ya no te acuerdas?
—Me acuerdo perfectamente.
—Entonces ¿qué es esto? ¿Tu forma de huir?
Sus manos se detienen en el último botón de la camisa y puedo ver cómo aprieta la mandíbula.
—No estoy huyendo.
—¿Ah, no? Pues desde aquí es justo lo que parece.
Se vuelve hacia mí y hay algo en su expresión que no había visto antes.
Miedo.
Royce Harris tiene miedo.
—¿Qué quieres que diga, Hannah?
—Quiero que me digas que anoche significó algo. Quiero que me digas que esto no es solo sexo. Quiero…
Me detengo, respirando hondo.
Dios.
Voy a decirlo.
Voy a jugármelo todo.
—Quiero que me pidas que no me case.
Lo que sigue es un silencio ensordecedor.
Royce me mira fijamente, con una expresión que parece dolor físico.
—Hannah…
—Pídeme que no me case con Drake. —Doy un paso hacia él—. Pídeme que cancele todo. Que les diga la verdad a nuestras familias. Que pare esta farsa. Pídeme que lo haga y lo haré. Por ti. Haría cualquier cosa por ti.
Veo el momento exacto en que mi confesión le llega.
Veo cómo su expresión se agrieta, cómo el miedo se convierte en pánico absoluto.
—No puedo hacer eso.
Las palabras me golpean como una bofetada.
—¿Qué?
—No puedo pedirte eso. —La voz le falla—. No puedo darte lo que necesitas.
—No lo entiendo…
—No sé cómo hacer esto, Hannah. —Da un paso atrás—. No sé cómo… cómo amar a alguien sin destruirlo por el camino.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pero las contengo.
—Royce…
—Lo único que sé sobre el amor es lo que vi en mis padres —continúa, con la voz cada vez más áspera—.
Dos personas que se odiaban y que tenían que estar juntas.
Que se hacían daño de formas que ningún enemigo podría imaginar.
Que convirtieron su matrimonio en un campo de batalla y a Drake y a mí en daño colateral.
—Tú no eres como tus padres.
—¿Cómo lo sabes? —Me mira con esos ojos llenos de tormento—.
¿Cómo puedes estar tan segura cuando yo no lo estoy?
Llevo toda mi vida controlándolo todo, manteniendo a todo el mundo a distancia, porque tengo miedo de convertirme en él.
De mirar a alguien algún día con el mismo resentimiento con el que él miraba a mi madre.
—Eso no va a pasar…
—No lo sabes —me interrumpe—. Nadie lo sabe. Y no voy a arriesgarme. No contigo.
Doy otro paso hacia él, intentando alcanzarlo.
—Entonces ¿qué fue anoche? ¿Solo sexo?
—Fue un error. —Habla como si le doliera cada sílaba—. Fue perder el control cuando no debí hacerlo. Fue... egoísmo. Puro egoísmo de mi parte.
—No fue egoísmo. Fue real. Lo que hay entre nosotros es real.
—Precisamente por eso no puede pasar. —Sube el tono—. Porque es real. Porque nunca he sentido nada así. Porque me aterra lo que me haces sentir.
El corazón se me acelera.
—¿Te aterro?
—Completamente —admite, con una honestidad brutal—. Eres la primera persona que ha conseguido atravesar todas mis defensas. La primera que me hace querer cosas que juré que nunca querría. La primera que podría destrozarme de verdad.
—Yo nunca…
—Lo sé —me interrumpe de nuevo—. Sé que no lo harías a propósito. Pero yo sí. Yo te haría daño, Hannah. Tarde o temprano, te haría daño. Porque no sé hacer otra cosa. Porque lo único que sé es cómo controlar, cómo cerrarme, cómo mantener a la gente lejos incluso cuando dicen que me quieren.
Ahora sí, las lágrimas se desbordan.
—Podrías aprender. Podríamos aprender juntos.
Royce cierra los ojos, como si le costara oírlo.
—No puedo arriesgarme. No contigo. Eres demasiado… demasiado buena. Demasiado luminosa. Demasiado todo. Y yo solo conseguiría apagar esa luz.
—Eso no es verdad.
—Sí que lo es. —Abre los ojos y la desolación en ellos me parte en dos—. Mereces a alguien que sepa cómo amarte. Que no tenga miedo de sus propios sentimientos. Que no pase cada segundo preguntándose cuándo va a convertirse en su padre.
—Te quiero a ti —digo, rota—. No quiero a nadie más. Solo a ti.
—No deberías. —Da otro paso atrás, como si estar cerca de mí le doliera—. Deberías querer a alguien mejor. Alguien que no esté tan roto.
—No estás roto…
—Sí que lo estoy —dice, casi sin voz—. Y no voy a arrastrarte conmigo.
El silencio de después es devastador.
Nos miramos con la habitación entera entre nosotros, y un abismo que parece imposible de cruzar.
—Entonces eso es todo —digo al cabo de un rato—. Vas a salir por esa puerta y no volver.
—Es lo mejor.
—¿Para quién? ¿Para mí o para ti?
No responde.
Y su silencio es respuesta suficiente.
—Si sales por esa puerta —me tiembla la voz, pero me mantengo firme—. Si te vas ahora sin luchar por nosotros… me voy a casar con Drake. ¿Lo entiendes? Me voy a casar con él el sábado de la semana que viene.
Algo le cruza la cara.
Dolor. Pánico. Desesperación.
Pero entonces vuelve a cerrarse.
—Lo sé.
—¿Y te da igual?
—No. —Su voz se quiebra—. No me da igual. Pero es lo que tiene que pasar.
—Cobarde —susurro—. Eres un cobarde, Royce Harris.
—Lo sé —admite, cogiendo la chaqueta del suelo—. Créeme que lo sé.
Camina hacia la puerta y cada paso que da es un clavo en mi corazón.
Se detiene con la mano en el pomo.
—Lo siento, Hannah. —Lo dice sin volverse—. Siento no poder ser lo que necesitas.
—Eres exactamente lo que necesito —susurro—. Eres tú quien no puede verlo.
Pero no creo que me escuche. Porque la puerta se abre. Se cierra. Y se va.
Me quedo de pie en mitad de mi dormitorio, envuelta en una sábana que todavía huele a él, con lágrimas rodando por mis mejillas.
Le acabo de confesar que estoy enamorada de él.
Le he dado mi corazón en bandeja de plata.
Le he ofrecido romper todo por él. Y él ha salido por la puerta sin mirar atrás.
No porque no le importe. Sino porque le importa demasiado. Porque tiene tanto miedo de hacerme daño que prefiere renunciar a mí antes de arriesgarse. Porque está tan roto por su infancia que no puede ver que no es su padre. Que podría ser diferente. Que podríamos serlo juntos.
Me dejo caer en la cama, abrazada a la almohada donde durmió, y por fin me permito llorar. Lloro por todo lo que podría haber sido y nunca será. Lloro por haber sido tan idiota de enamorarme del hombre más imposible del mundo.
Lloro porque le he entregado mi corazón y él lo ha rechazado. Lloro porque lo amo y él se ama tan poco a sí mismo que no puede creer que sea capaz de amarme bien.
No sé cuánto tiempo paso así. Podría ser una hora. Podrían ser tres.
Solo sé que cuando ya no me quedan lágrimas, el sol está más alto en el cielo y mi móvil no ha dejado de vibrar.
Lo cojo con dedos entumecidos. Cinco mensajes de Drake.
¿Estás bien? Royce acaba de pasar por aquí con cara de funeral.
Hannah, responde por favor.
Sé que anoche fue una bomba, pero necesito saber que estás bien.
¿Royce y tú…?
Por favor, llámame.
También hay un mensaje de mi padre. Cariño, solo quería recordarte que la prueba final del vestido es hoy a las tres. No llegues tarde. Te quiero.
El vestido. El vestido de novia. Para la boda que va a tener lugar en nueve días. Para la boda con Drake que ya no tiene ningún sentido. Para la boda que podría cancelar si Royce me lo pidiera.
Pero Royce no me lo va a pedir. Y yo no puedo obligarlo a enfrentarse a sus demonios. No puedo forzar sus sentimientos. No puedo romper las barreras que él mismo ha construido alrededor de su corazón para protegerse.
Solo puedo aceptar su decisión. Solo puedo respetar su miedo. Solo puedo seguir adelante. Aunque me esté matando por dentro.
Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente se lleve las lágrimas. Cuando salgo, me visto con cuidado. Maquillaje para ocultar las ojeras. Ropa que no diga a gritos «me han roto el corazón esta mañana». Una sonrisa que practico en el espejo hasta que parece casi real.
Porque en nueve días voy a tener que caminar por ese pasillo. Voy a tener que sonreír para las fotos. Voy a tener que fingir que soy la novia más feliz del mundo. Y nadie, ni una sola persona, va a saber que por dentro me estoy muriendo.
Que cada paso que dé hacia Drake será un paso que me aleja de Royce. Que el hombre al que amo tiene tanto miedo de convertirse en su padre que prefiere renunciar a mí antes de arriesgarse. Que lo entiendo. Que comprendo su miedo. Pero que eso no hace que me duela menos.
Cojo las llaves y el bolso. Salgo del apartamento sin mirar atrás.
Y mientras camino por las calles de Nueva York hacia la boutique donde me espera mi vestido de novia, me permito admitir una última verdad.
No voy a casarme con Drake porque Royce no me ama.
Me voy a casar con Drake porque Royce me ama demasiado y tiene tanto miedo de hacerme daño que prefiere destrozarnos a ambos ahora.
Y eso, de una forma retorcida, duele aún más.
Porque significa que ambos vamos a pasar el resto de nuestras vidas preguntándonos qué habría pasado si él hubiera sido lo bastante valiente para intentarlo. Pero no lo ha sido. Y yo no puedo obligarlo a serlo.
Solo puedo seguir adelante. Aunque eso signifique casarme con el hombre equivocado. Aunque eso signifique renunciar a mi única oportunidad de ser feliz. Aunque eso signifique vivir el resto de mi vida con este agujero en el pecho donde antes estaba mi corazón.