CAPÍTULO 24
HANNAH
Los golpes en la puerta me despiertan de un sueño inquieto donde Royce me miraba con esos ojos grises llenos de un sentimiento que no podía nombrar.
Parpadeo, desorientada, mirando el reloj de la mesa.
Es casi la una de la madrugada.
¿Quién demonios llama a mi puerta a estas horas?
Me levanto del sofá donde me había quedado dormida, todavía vestida con la ropa de la cena, y camino descalza hacia la entrada.
Los golpes continúan. Más urgentes. Más insistentes.
—¿Quién es? —pregunto, acercándome a la mirilla.
Y entonces lo veo.
Royce está al otro lado de mi puerta.
Trae el pelo revuelto, la corbata aflojada, la chaqueta arrugada. Y una intensidad en los ojos que me corta la respiración.
¿Qué hace aquí?
Abro la puerta con manos temblorosas.
—¿Royce? ¿Qué…?
—Me habéis mentido. —Cada palabra corta como un cuchillo—. Durante todo este tiempo. Drake y tú. Me habéis mentido.
Me quedo paraliza.
Era lo último que esperaba escuchar.
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
¿Cómo...?
—Royce, yo...
—Ni se te ocurra. —Da un paso hacia mí y retrocedo sin pensarlo—. Ni se te ocurra negarlo. Drake me lo ha confesado todo. Cuando me lo he encontrado acostándose con otra mujer en su suite.
Tardo un segundo en procesarlo. Drake. Con otra mujer. En su suite. Y mi reacción es… nada. Absolutamente nada. Ni sorpresa ni dolor ni celos. Solo un pensamiento: por supuesto que sí.
Royce me está observando con una intensidad que me atraviesa. Como si estuviera esperando algo, como si mi reacción fuera una prueba que necesita que yo pase.
El silencio se alarga durante cinco segundos que parece que no se acaban nunca.
—¿No vas a decir nada? —pregunta al fin, con la voz tensa—. Acabo de decirte que tu prometido estaba acostándose con otra mujer.
—No es mi prometido de verdad. —Me sale solo—. Ya lo sabes.
—Dímelo tú.
—¿El qué?
—Dime que no lo amas. —Da otro paso hacia mí—. Mírame a los ojos y dime que no estás enamorada de mi hermano.
El corazón me late con tanta fuerza que va a delatarme.
—No lo amo. —Mi voz es firme, clara—. Nunca lo he amado. Drake es mi mejor amigo. Solo eso.
A Royce se le cae la máscara.
Se pasa una mano por el pelo, riéndose sin humor.
—Joder —susurra—. Todo este tiempo. Todo este puto tiempo he estado pensando que era el peor hermano que hay sobre la faz de la tierra. Todo este tiempo he estado controlando lo que me haces sentir.
Se detiene y me mira con una intensidad que me deja sin fuerza en las piernas.
—Pero ya no puedo contenerme, Hannah. Si no quieres que te devore aquí mismo. —La voz le baja una octava, áspera, peligrosa—. Si no quieres que pierda el último resto de control que me queda... échame de tu casa. Ahora. Es tu única oportunidad, Hannah.
Los pulmones se me vacían.
Debería echarlo.
Debería cerrar la puerta y protegerme del huracán que está a punto de arrasar con todo.
Pero en lugar de eso, doy un paso atrás.
Le dejo espacio para que entre.
—No quiero que te vayas.
Royce se mueve tan rápido que apenas lo veo venir.
Entra en el apartamento, cierra la puerta de un golpe que hace temblar las paredes, y entonces me retiene contra esa misma puerta con su boca estrellándose contra la mía.
Este beso no se parece a nada que hayamos compartido antes.
Es hambre pura.
Desesperación.
Semanas de contención que explotan de golpe.
Sus manos me tocan en todas partes a la vez: pelo, cintura, caderas, con una posesividad que me hace gemir contra sus labios.
—Llevo semanas —jadea contra mi boca—. Semanas muriéndome por tocarte. Por probarte. Por tenerte así.
Su boca abandona la mía para descender por mi mandíbula, por mi cuello, mordiendo y lamiendo y marcándome de una forma que consigue arrancarme de la garganta sonidos nuevos.
—Royce...
—No me digas nada. —Muerde la curva entre mi cuello y mi hombro y casi me desmayo—. A menos que vayas a decirme que pare. ¿Vas a decirme que pare, Hannah?
—No. Dios, no. No pares.
Sus manos encuentran el bajo de mi blusa y la suben con movimientos impacientes.
—Esta maldita blusa —gruñe—. ¿Sabes cuántas veces me he imaginado quitándotela? ¿Cuántas reuniones he pasado pensando en arrancártela?
Me la quita por la cabeza y la tira al suelo sin miramientos.
Sus ojos recorren mi piel expuesta con una intensidad que hace que me tiemble todo el cuerpo.
—Joder —susurra—. Eres tan perfecta que me vuelve loco mirarte.
Sus manos suben por mi estómago, rozando la parte inferior de mi sujetador, pero sin llegar a tocarlo todavía.
Torturándome.
—Royce, por favor...
—¿Por favor qué? —Su boca está en mi cuello de nuevo—. Dímelo. Dime qué quieres.
—Tócame.
—Ya te estoy tocando.
—Más —gimo—. Necesito más.
Royce se ríe contra mi piel, un sonido oscuro que me atraviesa.
—Siempre tan impaciente. —Sus manos suben por fin y me cubren los pechos por encima del sujetador—. Pero vamos a ir a mi ritmo. ¿Entendido?
No puedo formar palabras.
Solo puedo asentir mientras sus pulgares rozan mis pezones por encima de la tela.
—Bien. —Desabrocha el sujetador con una mano y lo deja caer al suelo—. Porque llevo demasiado tiempo esperando esto. No voy a apresurarme.
Su boca me encuentra el pecho y la espalda se me arquea contra la puerta.
—Cada noche —dice entre lametones y mordiscos que me están volviendo loca—. Cada maldita noche tenía que tocarme pensando en ti. En cómo sabrías. En cómo sonarías. En cómo sería tenerte así.
Sus palabras, crudas y honestas, me encienden más que cualquier caricia.
—Yo también —confieso, enredando los dedos en su pelo—. Yo también pensaba en ti.
Royce levanta la cabeza, mirándome con esos ojos que ahora son pura oscuridad.
—¿Sí? ¿Pensabas en mí cuando te tocabas?
Asiento, incapaz de mentir.
—Dime qué pensabas. —Sus manos me bajan por el estómago y me desabrochan los vaqueros—. Dime qué te imaginabas que te hacía.
—Esto. —Jadeo cuando sus dedos se deslizan bajo la tela de mis bragas—. Exactamente esto.
Royce encuentra el punto exacto que necesita ser tocado y presiona.
El gemido que escapa de mi garganta es obsceno.
—¿Así? —Su voz es pecado puro—. ¿Te imaginabas que te tocaba así?
—Sí. Dios, sí.
Sus dedos se mueven en círculos sobre mi clítoris, con una precisión que sugiere que sabe muy bien lo que hace.
—Estás tan mojada —gruñe contra mi oído—. ¿Todo esto es para mí?
—Sí. Todo para ti.
—Bien. —Me baja los vaqueros y las bragas de un tirón—. Porque todo esto es mío. ¿Entendido? Tú eres mía.
Antes de que pueda responder, se arrodilla frente a mí.
Y entonces su boca está justo donde estaban sus dedos y pierdo la capacidad de pensar.
No sé cuánto tiempo paso contra esa puerta, con las piernas temblando y las manos enredadas en su pelo mientras Royce me devora como si fuera su última comida.
Me lleva al borde una vez. Dos. Tres veces.
Y cada vez que estoy a punto de caer, se detiene.
—Royce —le ruego—. Por favor.
—¿Por favor qué?
—Déjame… necesito…
—¿Necesitas correrte? —Levanta la vista, con los labios brillantes—. Dilo.
—Sí. Por favor. Déjame correrme.
—Si me lo pides tan bien… —Sonríe contra mi piel.
Esta vez no se detiene.
Esta vez me lleva hasta el borde y más allá, y el orgasmo me golpea con tanta fuerza que grito su nombre.
Royce me sostiene mientras tiemblo, besando el interior de mis muslos con una ternura que contrasta con la intensidad de hace segundos.
Cuando recupero el aliento, me levanta en brazos.
—¿Dónde está el dormitorio?
—Al final del pasillo.
Me lleva hasta allí, depositándome en la cama con un cuidado que no esperaba.
Luego se quita la camisa.
Y madre mía.
Sabía que estaba en buena forma. Lo había intuido bajo los trajes.
Pero verlo así, con el pecho desnudo y los músculos marcándose bajo la luz tenue de mi dormitorio, es otra historia.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta con una arrogancia que debería molestarme.
—Cállate y ven aquí.
Royce se ríe y se quita los pantalones.
Cuando está desnudo frente a mí, me quedo sin aliento.
Es… perfecto.
Todo él.
Lleno de músculos y fuerza.
Y está completa y gloriosamente excitado.
Se arrodilla en la cama y se arrastra sobre mí como un depredador.
—He esperado tanto tiempo por esto. —Su boca encuentra la mía en un beso que es pura pasión—. Por tenerte así. Por poder tocarte sin sentirme culpable.
Sus manos me recorren la piel palmo a palmo, memorizándome.
—Eres tan hermosa. —Susurra contra mi cuello—. Tan perfecta. Y eres mía.
—Tuya —repito, porque en este momento es la verdad más absoluta—. Soy tuya.
Royce gruñe, mordiéndome el hombro.
Sus caderas se aprietan contra las mías y puedo sentir hasta qué punto me desea. Lo grande que es.
—Por favor —suplico—. Royce, por favor.
—¿Qué quieres, Hannah? Dímelo.
—A ti. Te quiero a ti. Dentro. Ahora.
—Joder. —Su control salta por los aires.
Se posiciona entre mis piernas y entonces, sin ninguna barrera entre nosotros, se hunde en mí de una sola embestida.
Los dos gemimos al mismo tiempo.
Es demasiado.
Es perfecto.
Es exactamente lo que he necesitado desde el momento en que lo conocí en ese callejón hace meses.
Royce se queda inmóvil durante un segundo, con la frente apoyada contra la mía.
—Hannah. —Mi nombre en sus labios suena como una oración—. Dios, Hannah.
Luego empieza a moverse. Y pierdo cualquier pensamiento coherente.
Cada embestida es profunda, precisa, perfecta. Como si supiera qué necesito. Como si nuestros cuerpos estuvieran hechos el uno para el otro.
—Mía —gruñe—. Eres mía, Hannah. No voy a dejarte ir. ¿Me oyes? Nunca.
—Tuya —jadeo, enredando las piernas alrededor de sus caderas—. Solo tuya.
El ritmo se vuelve más desesperado, más urgente.
—No voy a permitir que te alejes de mí —continúa, con la voz ronca—. No voy a dejar que nadie más te toque así. Solo yo.
—Solo tú —prometo, aunque no sé muy bien qué estoy prometiendo.
Solo sé que es verdad.
Solo sé que esto, él, es lo único que importa.
El orgasmo me golpea sin aviso, haciéndome arquear la espalda y gritar su nombre.
Royce me sigue segundos después, hundiéndose profundamente y gruñendo contra mi cuello mientras se vacía dentro de mí.
Nos quedamos así durante un momento que podrían ser segundos o minutos, respirando entrecortadamente, con los cuerpos todavía unidos.
Cuando se aparta, es solo para tumbarse a mi lado y atraerme contra su pecho.
No hablamos.
No hay palabras para lo que acaba de pasar.
No hay forma de procesar el hecho de que todo ha cambiado en cuestión de minutos.
Solo está el sonido de nuestras respiraciones acompasándose.
El calor de su piel contra la mía.
La sensación de sus dedos acariciando perezosamente mi espalda.
Los ojos se me cierran poco a poco, con el agotamiento y el placer mezclados en una niebla cálida.
Lo último que registro antes de quedarme dormida es el sonido del corazón de Royce bajo mi oreja.
Late tan fuerte y rápido como el mío.