CAPÍTULO 23
ROYCE
Llevo dos horas sentado en el sofá de mi suite, mirando las luces de Manhattan a través de la ventana sin verlas.
La botella de whisky sobre la mesa está medio vacía.
No recuerdo haberla abierto.
No recuerdo haber servido el primer vaso.
Solo sé que lo necesitaba después de ver a Hannah salir corriendo de ese restaurante con los ojos brillantes de lágrimas que intentaba ocultar.
Después de quedarme en la acera como un idiota, viendo su taxi alejarse, sin poder hacer nada para detenerla.
Después de volver a esa mesa y fingir durante otra hora que todo estaba bien mientras Richard Gray me miraba con desconfianza creciente y Drake no dejaba de preguntarse en voz alta qué le pasaba a Hannah.
Me llevo el vaso a los labios y el whisky baja quemando por mi garganta. Bien. El dolor físico es mejor que el otro. Mejor que este nudo en el pecho que no se afloja.
Mejor que pensar en Hannah llorando sola en su apartamento por mi culpa.
Porque es mi culpa. Todo esto es mi culpa. La besé. La besé sabiendo que era la prometida de mi hermano. La besé sabiendo que no había vuelta atrás.
La besé porque soy el mismo egoísta de mierda que mi padre, incapaz de mantener las manos lejos de lo que no me pertenece.
Me levanto del sofá con tanto ímpetu que casi tiro el vaso. No puedo seguir haciendo esto.
No puedo seguir sentado aquí, torturándome con Hannah, porque en diez días voy a tener que estar en esa boda viendo cómo se casa con Drake.
Viendo cómo promete amarlo para siempre.
Viendo cómo se convierte oficialmente en algo que nunca podré tener.
No.
Solo hay una solución.
Tengo que irme.
Tengo que volver a Londres antes de que esto se vuelva peor de lo que ya es.
Antes de que haga algo más imperdonable de lo que ya he hecho.
Cojo la chaqueta del respaldo del sofá y salgo de mi suite sin pensarlo dos veces.
El pasillo está en silencio. Son las once de la noche y el hotel duerme con esa calma que solo existe a esas horas de la noche.
Bajo un piso por las escaleras. La suite de Drake está al final del pasillo, idéntica a la mía, pero con esa energía caótica que mi hermano lleva a todas partes.
Llamo a la puerta. Una vez. Dos veces. Tres. Nada.
—¿Drake? —llamo, golpeando más fuerte—. Sé que estás ahí. Abre.
Silencio. Pero sé que está en casa. Ha venido al hotel conmigo. Estará en la ducha. O con los auriculares puestos, escuchando esa música horrible que llama jazz moderno.
Saco la llave maestra de mi bolsillo. Como director del hotel, tengo acceso a todas las habitaciones en caso de emergencia.
Y esto es una emergencia. Necesito hablar con mi hermano ahora, antes de que pierda el valor.
Necesito decirle que lo siento. Que he traicionado su confianza de la peor forma posible.
Que me voy a Londres y que no voy a volver para la boda. Que es mejor así.
Abro la puerta y entro.
—Drake, soy yo. Necesito...
Las palabras mueren en mi garganta. Porque Drake no está en la ducha o con los cascos puestos. Drake está en el sofá del salón. Con una mujer.
Una mujer que desde luego no es Hannah.
Una mujer morena con un vestido rojo que está a medio quitar y que grita al verme entrar y se tapa con un cojín.
Drake se levanta de un salto, con los pantalones desabrochados y el pelo revuelto, boquiabierto.
—Joder, Royce. ¿Qué…?
No le dejo terminar.
Cruzo la habitación y mi puño se estrella contra su mandíbula con toda la fuerza que llevo conteniendo durante semanas.
Drake cae hacia atrás y choca contra el respaldo del sofá.
La mujer grita de nuevo, coge su ropa y corre hacia la otra punta de la suite.
—¡¿Qué coño te pasa?! —Drake se lleva la mano a la mandíbula y me mira con una mezcla de estupor y furia—. ¡Estás loco!
—¿Que qué me pasa? —Me sale un rugido—. ¿Que qué me pasa a mí? ¡Estás prometido, joder! ¡Te vas a casar en diez días!
—Royce…
—¡Con Hannah! —continúo, lanzado ya—. Con una mujer que es demasiado buena para ti. Una mujer que te quiere. Una mujer maravillosa, brillante, perfecta. ¿Y tú estás aquí follando con otra?
Drake se pone de pie, todavía tocándose la mandíbula.
—No lo entiendes…
—Sí que lo entiendo —le corto—. Entiendo perfectamente que eres un puto gilipollas que no merece lo que tiene.
—¡Deja de gritar y escúchame!
—¿Escucharte? —Se me escapa una risa amarga—. ¿Qué vas a decirme? ¿Qué esto no es lo que parece? ¿Qué esta mujer es tu prima lejana y estabais teniendo una conversación muy íntima?
—¡No nos vamos a casar por amor!
Las palabras estallan en el aire como una bomba.
Me quedo helado.
—¿Qué?
Drake respira hondo y se abrocha los pantalones con dedos que no aciertan.
—Hannah y yo no estamos enamorados. Nunca lo hemos estado. El compromiso es falso.
El mundo se detiene.
O quizás soy yo quien se ha detenido.
No puedo moverme.
No puedo respirar.
No puedo procesar lo que acabo de escuchar.
—Estás mintiendo.
—No estoy mintiendo. —Drake se pasa una mano por el pelo, sin mirarme—. Es un acuerdo. Entre los dos. Yo necesitaba que tú confiaras en mí, que creyeras que había sentado la cabeza. Ella necesitaba que su padre dejara de presionarla para que se casara. Así que decidimos casarnos temporalmente.
Las palabras entran en mi cerebro pero no tienen sentido.
No pueden tener sentido.
—¿Hannah sabe esto?
—Por supuesto que lo sabe. —Drake me mira como si fuera idiota—. Fue idea suya tanto como mía.
—No. —Niego con la cabeza—. No puede ser. Os he visto juntos. La forma en que te mira…
—Me mira como a su mejor amigo. Porque eso es lo que soy. Su mejor amigo desde la universidad. No hay nada romántico entre nosotros. Nunca lo ha habido.
Me dejo caer en el sillón más cercano antes de que las piernas me fallen.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo lleváis con esto?
Drake suspira y se sienta en el sofá.
—Desde el principio. Lo planeamos la misma noche en que me exigiste que sentara la cabeza. La idea era casarnos, mantener la farsa durante un tiempo razonable, y luego divorciarnos discretamente.
La víspera de aquella cena en el Carbone.
Antes de que conociera a Hannah.
Antes de que ese encuentro en el callejón cambiara todo.
—Por eso… —La frase se me queda a medias.
—Por eso qué.
—Por eso nunca he visto química real entre vosotros. —Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza con una claridad dolorosa—. Por eso ella siempre parece incómoda cuando la tocas en público. Por eso tú nunca hablas de ella como… como un hombre enamorado hablaría de su prometida.
Drake asiente despacio.
—No estamos enamorados, Royce. Somos amigos. Buenos amigos. Pero nada más.
El alivio que me recorre es tan intenso que me marea.
Hannah no quiere a Drake.
Nunca lo ha querido.
Todo este tiempo, todo este sufrimiento, toda esta culpa…
Por una mentira.
Por una farsa.
Por un acuerdo entre dos amigos que necesitaban resolver sus respectivos problemas.
Pero entonces me asalta otro pensamiento.
—Me habéis mentido. —La furia empieza a reemplazar al alivio—. Los dos. Durante meses.
—No pretendíamos… —Drake empieza.
—¿No pretendíais qué? ¿Engañarme? ¿Hacerme creer que mi hermano por fin había encontrado a alguien que lo hacía feliz? ¿Hacerme sentir el peor hermano del mundo por desear a tu prometida?
Drake me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Desear a…? —Se detiene—. Dios. ¿Te has enamorado de ella?
—No.
—Royce…
—No —repito con más fuerza, alejándome del sillón—. No me he enamorado de nadie.
—Hermano. —Drake se pone de pie y se acerca—. La forma en que la miras. La forma en que te pones cuando está cerca. La forma en que llevas torturándote estas últimas semanas… ¿Por eso te comportas tan raro últimamente?
No respondo.
No puedo responder.
Porque si admito en voz alta lo que siento, se volverá real.
Y si se vuelve real, tendré que enfrentarme a ello.
—Has estado huyendo de ella. —Drake continúa, con una voz que se acerca demasiado a la comprensión—. Te has estado escondiendo porque tienes miedo de lo que sientes. Igual que llevas toda tu vida huyendo del amor porque crees que vas a convertirte en papá.
—No sabes de qué hablas.
—Sí que lo sé. —Drake da un paso hacia mí—.
Porque yo he estado haciendo lo mismo. Llenando el vacío con mujeres que no significan nada.
Manteniéndolas a todas a distancia. ¿Y sabes por qué?
Porque vi el mismo matrimonio de mierda que tú.
Porque tuve el mismo miedo que tú. Porque pensé que si ninguna era real, ninguna podría hacerme daño.
Sus palabras me golpean como puñetazos.
—Pero tú no eres papá, Royce. —Se le suaviza la voz—. Y yo no lo soy. Podemos elegir ser diferentes. Podemos elegir no repetir sus errores.
—No es tan simple.
—¿Por qué no?
—¡Porque no sé cómo amar de otra forma! —Me explota en la boca—. No sé cómo se hace. Nunca lo he visto. Lo único que sé es cómo destruir. Cómo controlar.
—Entonces aprende. —Drake pone una mano en mi hombro—. Aprende con Hannah. Porque te he visto con ella, hermano. Y la forma en que la miras no es como papá miraba a mamá. Es... diferente.
Niego con la cabeza y me aparto de su mano.
—Da igual. No importa.
—Claro que importa.
—No. —Me dirijo hacia la puerta—. Porque aunque todo esto sea una farsa, eso no quita que Hannah no sienta nada por mí.
—¿Estás seguro de eso?
Me detengo con la mano en el pomo.
No puedo procesar esto. No puedo procesar nada de esto.
El compromiso es falso. Hannah no ama a Drake.
Y yo… Yo siento un cóctel de emociones tan intensas y contradictorias que no puedo separarlas.
Enfado porque me han mentido. Alivio porque Hannah no pertenece a mi hermano.
Miedo porque eso significa que podría ser mía.
Terror porque no sé si soy capaz de ser lo que ella necesita.
Pánico porque esto es real, joder, esto es completamente real y no hay vuelta atrás.
—Royce. —La voz de Drake me trae de vuelta—. ¿Qué vas a hacer?
Me quedo inmóvil. Solo sé una cosa con absoluta certeza. Solo una cosa que importa en medio de todo este caos.
Necesito ver a Hannah. Necesito verla ahora.