Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

HANNAH

Una semana.

Llevo una semana entera sin ver a Royce en persona.

Siete días de intercambiar emails fríos y profesionales sobre su biografía. Siete noches de no dormir reviviendo ese beso una y otra vez. Una semana de intentar convencerme de que puedo hacer esto.

Que puedo sentarme en la misma mesa que él y fingir que no pasa nada.

Que puedo mirarlo a los ojos y no derrumbarme.

Que puedo sobrevivir a esta cena de prueba de menú de la boda sin que se me note en la cara que estoy enamorada hasta los huesos del hombre equivocado.

Spoiler: no puedo.

El restaurante que Paige ha elegido para la prueba es uno de esos lugares discretamente elegantes del Upper East Side donde la gente rica va a comer sin que los molesten. Con un piano de fondo tocando algo de Chopin.

Llego cinco minutos tarde a propósito.

Cuando entro en el reservado privado, los tres hombres de mi vida ya están sentados.

Mi padre en la cabecera, con ese traje gris que se pone para las ocasiones especiales y una sonrisa tan grande que me parte el corazón.

Drake está sentado a su derecha, guapísimo con una camisa azul que le queda muy bien.

Y Royce…

Royce está al otro lado de la mesa, vestido con uno de esos trajes negros sobrios que siempre suele usar y que parecen hechos a medida para torturarme, el pelo impecable y la mandíbula tensa, con los ojos grises clavados en el menú como si fuera lo más fascinante del mundo.

No levanta la vista cuando entro.

—Hannah, cariño. —Mi padre se levanta para abrazarme—. Empezaba a preocuparme.

—Perdón. El tráfico estaba imposible.

Mentira.

He dado tres vueltas a la manzana antes de armarme de valor para entrar.

Drake me sonríe y señala la silla vacía a su lado.

—Ven, siéntate. Acaban de traer la carta con todas las opciones.

Me siento y cuelgo el bolso en el respaldo de la silla con manos poco firmes.

Y entonces, porque está claro que odio mi propia cordura, levanto la vista hacia Royce.

Él ya me está mirando.

Nuestros ojos se encuentran durante dos segundos. Una eternidad.

Su expresión tiene algo oscuro y torturado que no sé leer, y que me cierra el estómago.

Luego aparta la mirada y vuelve al menú.

Como si nada.

Como si ese beso que me quitó el aliento y me rompió el corazón a la vez nunca hubiera ocurrido.

—Bueno. —Mi padre se frota las manos con entusiasmo—. Esto es emocionante. Probar el menú de vuestra boda. Se me hace raro pensar que en diez días mi niña estará casada.

Diez días.

La cifra cae sobre la mesa como una piedra.

Diez días hasta que camine por ese pasillo vestida de blanco en una farsa que cada vez se parece más a una pesadilla.

Diez días hasta que me convierta oficialmente en la cuñada de Royce.

Diez días hasta que todo esto se vuelva permanente e irrevocable.

—A mí también —digo con una sonrisa forzada—. No puedo creer que esté pasando tan rápido.

Drake me coge la mano sobre la mesa y entrelaza los dedos con los míos.

Es un gesto cariñoso. Fraternal. Justo lo que debería haber entre dos mejores amigos que fingen estar enamorados.

Pero los ojos se me van solos hacia Royce.

Él está mirando nuestras manos unidas con una expresión que me estruja el pecho.

Luego vuelve a apartar la mirada.

La anfitriona aparece con una bandeja llena de entrantes y explica cada plato con ese entusiasmo profesional que debe de usar con todos sus clientes.

—Para empezar tenemos tres opciones. Ensalada de rúcula con pera caramelizada y queso de cabra. Tartar de salmón con aguacate y caviar. Y vieiras a la plancha con puré de coliflor.

Coloca los platos en el centro de la mesa y nos anima a probar.

Mi padre prueba la ensalada y comenta que está deliciosa.

Drake el tartar y hace un sonido de aprobación.

Yo me quedo mirando las vieiras sin poder moverme.

—¿Hannah? —La voz de Royce me sobresalta—. ¿Vas a probar algo?

Es la primera vez que se dirige a mí en una semana.

Su voz suena igual que siempre: controlada, fría, profesional.

Como si no hubiera pasado nada.

Como si no me hubiera besado contra una pared hasta dejarme sin aliento.

Como si no hubiera susurrado mi nombre contra la piel de mi cuello de una forma que todavía me hace temblar cuando lo recuerdo.

—Sí. Claro. —Cojo el tenedor y pincho una vieira sin ganas.

La pruebo sin enterarme del sabor. Podría ser cartón y no lo notaría.

—¿Qué te parece? —pregunta la anfitriona, con su iPad lista para tomar notas.

—Deliciosa —miento—. Perfecta.

La cena continúa en la misma línea.

Plato tras plato de comida que será exquisita y que yo apenas registro.

La anfitriona nos lo explica todo. Mi padre opina. Drake bromea. Royce permanece en silencio la mayor parte del tiempo y se limita a asentir cuando se le pregunta.

Y yo intento no mirarle. De verdad que lo intento. Pero mis ojos tienen vida propia y siguen buscándole.

La forma en que sostiene la copa de vino. La forma en que se pasa la servilleta por los labios después de beber. La forma en que sus dedos tamborilean una sola vez sobre la mesa cuando algo le molesta.

Y cada vez que lo miro, descubro que él también me está mirando. Nuestros ojos se encuentran. Se sostienen. Se apartan. Una y otra vez.

Como un baile doloroso que ninguno de los dos puede dejar de bailar.

—¿Os ha pasado algo? —La voz de mi padre me saca de mis pensamientos.

Levanto la vista, con el corazón acelerado.

—¿Qué?

Mi padre me mira con esos ojos que me conocen demasiado bien.

—Entre vosotros dos. —Hace un gesto vago entre Royce y yo—. Hay una tensión extraña en la mesa. ¿Habéis discutido por el trabajo?

Se hace un silencio de los que se cortan con cuchillo.

—No —digo demasiado rápido—. No hemos discutido. Todo está bien.

—No parece que todo esté bien. —Mi padre frunce el ceño—. Apenas os habéis dirigido la palabra en toda la noche.

Drake nos mira a ambos con una expresión indescifrable.

—Ahora que lo dices… —Entrecierra los ojos—. Sí que hay algo raro. ¿Ha pasado algo con la biografía?

—No. —Royce habla por primera vez en veinte minutos—. Todo va según lo previsto.

—Entonces ¿por qué…?

—Estoy cansada —interrumpo a Drake antes de que termine la pregunta—. He tenido mucho trabajo esta semana. Se me debe de notar.

No es del todo mentira. Estoy agotada de fingir que puedo hacer esto.

De fingir que no se me parte el alma cada vez que miro a Royce y veo esa expresión glacial en su rostro.

De sentarme en esta mesa hablando de menús y flores y música para una boda que es una mentira de principio a fin.

La anfitriona elige ese momento para traer el plato principal.

—Tenemos tres opciones de carne. Solomillo Wellington. Cordero con costra de hierbas. Y pato confitado con salsa de cerezas.

Coloca los platos y yo miro la comida con el estómago revuelto.

No puedo seguir haciendo esto.

No puedo seguir sentada aquí, fingiendo que todo está bien, cuando cada segundo que paso en la misma habitación que Royce es una tortura.

—Disculpadme. —Me pongo en pie tan deprisa que la silla rechina contra el suelo—. Necesito ir al baño.

Salgo del reservado antes de que nadie pueda objetar.

Cruzo el restaurante deprisa, esquivando las miradas curiosas de los otros comensales.

Pero no voy al baño.

Salgo derecha a la calle.

El aire frío de la noche me golpea la cara y respiro hondo para que el pánico que amenaza con ahogarme afloje un poco.

¿Cómo he llegado a este punto?

¿Cómo he podido ser tan estúpida, tan idiota, de enamorarme de Royce?

De un hombre que no siente nada por mí.

Que se va a convertir en mi cuñado en diez días y al que voy a tener que ver en cada cumpleaños, cada Navidad, cada reunión familiar durante el resto de mi vida.

Viendo cómo hace su vida con otra persona. Viendo cómo se casa con alguien que no soy yo. Viendo cómo construye la familia que yo nunca voy a tener con él.

Las lágrimas me escuecen en los ojos, pero las contengo. No voy a llorar. No aquí. No ahora.

Mi teléfono vibra en el bolso. Es Drake. ¿Estás bien? Tu padre está preocupado.

Escribo una respuesta rápida. No me encuentro bien. Me voy a casa. Lo siento. Pulso enviar y levanto la mano para parar un taxi.

Uno se detiene en cuestión de segundos y me meto dentro y le doy mi dirección al conductor. Mientras el taxi se aleja, miro por la ventana hacia el restaurante.

Y el corazón me da un vuelco.

Porque ahí está Royce. De pie en la acera, mirando mi taxi alejarse, con las manos en los bolsillos y una expresión atormentada que me persigue hasta dentro del taxi.

Aparto la mirada antes de que pueda ver las lágrimas que finalmente empiezan a rodar por mis mejillas. Porque la verdad, la verdad que me he estado negando durante días, es esta: lo que siento por Royce es ridículo. Es imposible. Es la peor idea que he tenido jamás.

Y lo peor de todo es que ni siquiera puedo romper el compromiso. Porque ¿qué cambiaría eso? Nada. Royce no me quiere.

Lo tengo clarísimo.

Y aunque yo rompa mi compromiso con Drake, aunque le diga la verdad a mi padre, aunque detenga esta farsa ahora mismo…

Seguiría enamorada de un hombre que no me corresponde.

Y además lo destrozaría todo a mi paso.

El plan de Drake de demostrarle a Royce que ha sentado cabeza se iría al garete.

Mi padre se quedaría destrozado al ver cómo su hija cancela la boda del año a diez días de la ceremonia.

La prensa se pondría las botas con el escándalo.

Los Gray y los Harris quedarían en ridículo delante de toda la alta sociedad de Manhattan.

Y para qué.

Para confesar mis sentimientos a un hombre que me mirará con lástima antes de decirme con esa voz fría que lo que pasó fue un error.

No.

Es mejor seguir adelante.

Casarme con Drake como planeamos.

Mantener la farsa el tiempo suficiente para que todos consigan lo que necesitan.

Y luego, cuando pase el tiempo apropiado, divorciarnos discretamente como teníamos planeado desde el principio.

Será doloroso.

Será insoportable.

Pero al menos no destrozaré las vidas de todos los que me importan.

El taxi se detiene frente a mi edificio. Pago al conductor y subo lentamente las escaleras hasta mi apartamento. Una vez dentro, me dejo caer en el sofá sin molestarme en encender las luces.

Mi teléfono vibra. Cinco mensajes de Drake preguntando si estoy bien. Tres llamadas perdidas de mi padre. Y un mensaje de un número que reconozco aunque no esté guardado en mis contactos.

Espero que estés bien.

Royce. Royce acaba de escribirme por primera vez en una semana para decirme que espera que esté bien. Me quedo cinco minutos mirando el mensaje.

Luego escribo una respuesta. Estoy bien. Solo cansada. Buenas noches. Pulso enviar y apago el teléfono antes de que pueda responder. Porque si me escribe de nuevo, si me dice cualquier cosa que suene remotamente amable o preocupada, voy a derrumbarme. Y no puedo permitirme derrumbarme ahora.

Quedan diez días para la boda. Diez días para mantener la compostura. Diez días para fingir que no se me está rompiendo el corazón.

Y luego… Luego tendré el resto de mi vida para aprender a vivir con el hecho de que me enamoré del hombre equivocado. Del hermano de mi mejor amigo. De mi futuro cuñado. Del único hombre que jamás podré tener.

Me acurruco en el sofá, abrazando un cojín contra mi pecho, y finalmente dejo que las lágrimas fluyan.

Porque aquí, en la oscuridad de mi apartamento, sin nadie que pueda verme, puedo permitirme ser honesta.

Puedo admitir que me he enamorado. Puedo admitir que duele.

Puedo admitir que no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a esto.

Pero mañana, cuando salga el sol, volveré a ponerme la máscara. Volveré a ser Hannah Gray, la novia radiante. Y nadie, absolutamente nadie, sabrá que por dentro me estoy muriendo.