CAPÍTULO 21
ROYCE
No he dormido.
Me he pasado toda la noche despierto, mirando el techo de mi suite, reviviendo cada segundo de ese beso una y otra vez hasta que se ha grabado en mi cerebro con la precisión de un láser.
La forma en que Hannah me miró antes de que ocurriera.
El sonido que hizo cuando la presioné contra la pared.
El sabor de sus labios.
La sensación de su cuerpo contra el mío.
Cierro los ojos y está ahí. Los abro y sigue ahí. No hay escapatoria.
He intentado trabajar. He revisado proyecciones financieras que ya había revisado tres veces. He leído informes sin procesar una sola palabra. He respondido emails con frases sin pies ni cabeza.
Todo es inútil.
Porque mi cabeza solo tiene sitio para Hannah y para cómo lo he destrozado todo en cuestión de minutos.
El reloj marca las ocho de la mañana cuando escucho el golpe en mi puerta.
Sé quién es antes de que Claire anuncie su nombre por el intercomunicador.
—Señor Harris, la señorita Gray está aquí.
El estómago se me contrae.
—Hazla pasar.
Me levanto del escritorio y me aliso la corbata con manos que casi no tiemblan. Casi.
La puerta se abre y Hannah entra.
Está pálida. Tiene ojeras que no tenía ayer. El pelo recogido en una coleta tan tirante que duele solo de verla. Lleva vaqueros y una camisa blanca que parece sacada del fondo de su armario sin pensarlo demasiado.
Se ve tan destrozada como me siento yo.
Y eso solo hace que me odie más.
—Hannah. —La ronquera de mi voz me delata—. No esperaba que vinieras.
—He pensado que deberíamos… hablar. —Se queda junto a la puerta, sin acercarse—. Sobre lo que pasó ayer.
Asiento una vez y señalo las sillas frente a mi escritorio.
Ella se sienta en la más lejana y deja el bolso en el suelo con movimientos demasiado cuidadosos.
Yo vuelvo a mi silla, con el escritorio entre nosotros como una barrera física que necesito más de lo que querría admitir.
El silencio dura diez segundos. Los cuento.
—Perdí la cabeza —digo al fin, porque alguien tiene que romper este silencio antes de que nos asfixie—. Ayer. La perdí del todo. No debería haber…
—Los dos lo hicimos. —Hannah me interrumpe, con la mirada clavada en sus manos—. No fuiste solo tú. Yo también… también perdí la cabeza.
Entre nosotros se vuelve a instalar el silencio.
Más pesado que el anterior.
—No puede volver a pasar. —Me sale más duro de lo que pretendía—. Nunca.
Hannah levanta la vista y sus ojos dorados me parten en dos.
—Lo sé.
—Eres la prometida de Drake.
—Lo sé.
—Te vas a casar con él en menos de tres semanas.
—Lo sé, Royce. —Se le quiebra la voz—. Créeme que lo sé. No necesitas recordármelo.
Me paso una mano por el pelo y siento cómo el control que tanto me ha costado mantener toda la noche amenaza con romperse.
—Entonces tenemos que encontrar una forma de… de seguir adelante. De terminar esta biografía sin que vuelva a pasar algo así.
—¿Cómo? —pregunta con una desesperación que reconozco, porque siento lo mismo—. ¿Cómo se supone que vamos a hacer eso? Porque estar en la misma habitación contigo es…
Se detiene y se muerde el labio.
Y yo no puedo apartar los ojos de ese gesto.
De sus labios.
De los mismos labios que besé ayer hasta dejarlos hinchados.
Joder.
—Es imposible —termino por ella—. Estar en la misma habitación es imposible.
Hannah asiente, con un brillo en los ojos que me duele mirar.
—Entonces ¿qué hacemos?
Me obligo a pensar con lógica. Con la misma frialdad analítica que uso para resolver cualquier crisis en el hotel.
Pero esto no es una crisis hotelera.
Esto es Hannah.
Y cuando se trata de ella, por lo visto mi cerebro ha decidido dimitir.
—Un cuestionario —consigo decir—. Prepara un cuestionario con todas las preguntas que necesites para terminar la biografía. Me lo envías y yo te lo devuelvo relleno. Podemos hacer el resto del trabajo por email.
—¿Sin vernos?
—Sin vernos —confirmo, aunque cada palabra me duele—. Es lo más sensato.
Hannah me mira durante un momento que se extiende demasiado.
—¿Y si hay algo que necesite aclarar? ¿Algo que requiera una conversación real?
—Llamadas de teléfono. O videoconferencias si es absolutamente necesario. Pero nada presencial. Nada que nos ponga en la misma habitación.
Puedo ver el momento exacto en que Hannah entiende lo que estoy diciendo de verdad.
Que no confío en mí mismo cerca de ella.
Que si vuelvo a tenerla a menos de tres metros, voy a volver a hacer lo mismo que hice ayer.
Que la única forma de protegernos a ambos es mantener la distancia.
—De acuerdo —dice con un hilo de voz—. Tienes razón. Es lo más sensato.
Se levanta de la silla con movimientos rígidos y coge el bolso.
Y se me rompe algo al verla dirigirse hacia la puerta.
Porque sé que esto es lo correcto.
Sé que es lo que tiene que pasar.
Pero todo mi cuerpo me grita que la detenga, que la haga quedarse, que al infierno las consecuencias.
Pero estamos hablando de hacer daño a mi hermano.
Hannah llega a la puerta y se detiene con la mano en el pomo.
Se vuelve a medias, sin llegar a mirarme.
—¿Royce?
—¿Sí?
—¿De verdad crees que podemos olvidar lo que pasó?
La pregunta me atraviesa como una bala.
Porque la respuesta honesta es no.
No puedo olvidar lo que fue tenerla entre mis brazos.
No puedo olvidar el sonido que se le escapó cuando la besé.
No puedo olvidar nada de eso aunque me pase el resto de mi vida intentándolo.
Pero la respuesta que necesita escuchar es diferente.
—Tenemos que hacerlo —respondo—. No hay otra opción.
Hannah asiente despacio, sin volverse.
—Tienes razón. No la hay.
Abre la puerta, sale y la cierra tras ella con un suave clic que suena como el final más terrible de mi vida.
Me quedo sentado en mi silla, mirando la puerta cerrada, con el corazón en un puño.
¿Existe mayor pecado que desear a la prometida de tu hermano? La pregunta me ha estado persiguiendo desde el momento en que conocí a Hannah. Pero ahora conozco la respuesta.
Sí. Enamorarte de ella.
La comprensión me arrolla como un camión a toda velocidad. No es solo deseo lo que siento. No es solo atracción física. No es solo que Hannah sea hermosa y divertida y brillante.
Es que cuando está cerca, el mundo tiene sentido de una forma que nunca ha tenido. Es que sus sonrisas derriten algo frío en mí. Es que la forma en que me mira, como si pudiera ver todas mis capas de control y no le asustara lo que hay debajo, me hace querer ser un hombre diferente.
Es que la llevo grabada bajo la piel y no sé cómo sacarla.
Me levanto de la silla tan bruscamente que casi la vuelco. Camino hacia la ventana, con las manos apretadas en puños a los costados, mirando Manhattan sin ver realmente nada.
Me he enamorado de Hannah. De la prometida de mi hermano. De la mujer que se va a casar con Drake en dieciocho días.
Y eso me convierte en la peor clase de hombre que existe.
Porque Drake confía en mí. Me admira. Me ve como la única figura paterna real que ha tenido. Y yo he traicionado esa confianza de la forma más imperdonable posible. No solo he deseado a su prometida. Me he enamorado de ella.
Es tal el pánico que me atraviesa, que tengo que apoyarme contra el cristal para no caer.
¿Qué se supone que hago con esto?
¿Cómo se supone que voy a estar en esa boda, viendo a Hannah caminar hacia el altar vestida de blanco, sabiendo que cada paso que da hacia mi hermano es un paso que se aleja de mí?
¿Cómo se supone que voy a sonreír y brindar y fingir que no me estoy haciendo pedazos por dentro?
La respuesta es simple: no puedo. Pero tampoco tengo elección.
Porque el amor, el amor de verdad, no es lo que yo siento. El amor es lo que vi entre mis padres durante toda mi infancia. Gritos y portazos. Infidelidades y venganzas. Odio disfrazado de pasión.
El amor destruye todo lo que toca. Convierte a las personas en versiones retorcidas de sí mismas. Los hace crueles y egoístas y capaces de hacerse daño mutuamente de formas que ningún enemigo podría imaginar.
El amor es veneno. Y yo no voy a envenenar a Hannah con él.
No voy a convertirme en mi padre, que destruía con la misma intensidad con la que decía querer. No voy a hacer lo que mis padres se hicieron el uno al otro durante años: atarse mutuamente en un infierno del que ninguno podía escapar.
Porque así es como termina el amor. Siempre.
Mi madre lloraba en su habitación después de que mi padre saliera de casa a las tantas de la madrugada.
Mi padre bebía solo en su despacho después de descubrir la última aventura de mi madre.
Los dos nos usaban a Drake y a mí como armas en su guerra privada. Los dos se destruyeron el uno al otro, año tras año, hasta que no quedó nada excepto cenizas y resentimiento. Y aun así nunca se separaron.
Porque así de retorcido es el amor. Te ata incluso cuando te está matando. Te hace quedarte incluso cuando irte es lo único sensato. Te convierte en esclavo de tus propias emociones hasta que pierdes cualquier rastro de la persona que eras antes.
No. Lo que siento por Hannah no puede ser amor. Porque si es amor, entonces estoy condenado. Y ella está condenada. Y todo lo que toquemos se va a pudrir.
Me obligo a apartarme de la ventana. Me obligo a volver a mi escritorio. Me obligo a abrir el portátil y fingir que puedo concentrarme en el trabajo.
Pero las palabras en la pantalla se difuminan. Y lo único que puedo ver es a Hannah. La forma en que me miró antes de irse. Con esos ojos dorados llenos de esperanza.
Como si una parte de ella quisiera que yo la detuviera, que le dijera que al infierno todo, que encontraremos una forma, que esto que hay entre nosotros es más importante que cualquier otra cosa.
Pero no lo hice. Porque soy un cobarde. O porque soy lo suficientemente inteligente para saber que algunos errores no tienen vuelta atrás. O porque en el fondo, bajo todas las capas de justificaciones, sé la verdad: que le haría daño.
Que el amor que siento por ella, si es que es amor y no alguna forma de obsesión retorcida heredada de mis padres, solo conseguiría destruirla. Porque no sé cómo amar de forma sana. Nunca lo he visto. Nunca lo he aprendido. Y no voy a experimentar con Hannah.
No voy a arriesgarme a convertirla en otra versión de mi madre: atrapada con un hombre que no sabe amarla, en una vida que se convierte en una jaula. Mejor que se case con Drake. Drake es bueno. Es cálido. Es todo lo que yo no soy.
Drake la hará reír todos los días. Drake le dará una vida llena de luz en lugar de sombras. Drake no la mirará algún día con los ojos llenos del mismo resentimiento que vi en los de mi padre.
Eso es lo que me repito una y otra vez. Lo que repito en mi cabeza hasta que se convierte en mi nueva verdad. Hannah está mejor con Drake. Hannah merece a alguien mejor que yo. Hannah merece algo mejor que este desastre de sentimientos que ni siquiera puedo nombrar sin que me dé pánico.
Me obligo a respirar. Dentro. Fuera. Control. Eso es lo que necesito. Eso es lo único que sé hacer.
Controlar cada variable hasta que no haya espacio para el caos. Mantener todo en su sitio. Asegurarme de que cada pieza encaje justo donde debe.
Y Hannah encaja con Drake. No conmigo.
Abro un nuevo email y empiezo a escribir. Drake: Necesito hablar contigo sobre las últimas cifras del hotel. ¿Tienes un momento esta tarde? Pulso enviar antes de poder arrepentirme.
Necesito ver a mi hermano. Necesito recordarme a mí mismo por qué esto es importante. Necesito mirar a Drake a los ojos y ver al niño que solía llevar de la mano cuando nuestros padres empezaban a gritarse. Necesito recordar que él es la única persona en este mundo a la que no puedo traicionar.
Y si eso significa enterrar lo que siento por Hannah tan profundo que ni siquiera yo pueda encontrarlo, entonces eso es lo que voy a hacer. Porque ese es mi pecado. No desear a la prometida de mi hermano. Sino enamorarme de ella.
Y si hay algo que aprendí de mis padres, es que el amor no redime. El amor destruye. Y yo no voy a dejar que destruya a Hannah. Aunque eso signifique destruirme a mí mismo por el camino.