CAPÍTULO 20
HANNAH
El mensaje me llega el lunes por la mañana, cuando ya estoy llegando a The Legacy.
Estimada señorita Gray: El señor Harris me ha pedido que le informe de que las sesiones de esta semana quedan canceladas. Le contactaremos próximamente para reprogramarlas. Saludos, Claire Mills, Asistente Ejecutiva.
Leo el mensaje tres veces.
Luego una cuarta.
Y entonces la furia que se apodera de mí es tan intensa que tengo que detenerme en medio de la acera para no gritar.
¿Me está cancelando?
¿Royce Harris, el hombre que me llevó a ver un lanzamiento de cohete el viernes, que casi me besa en el momento más perfecto de mi vida, me está cancelando a través de su asistente?
Ni siquiera ha tenido las agallas de escribirme él mismo.
Ha enviado a su empleada a hacer el trabajo sucio.
Cobarde.
Aprieto el móvil con tanta fuerza que la funda cruje.
Cruzo las puertas de The Legacy con pasos capaces de dejar marcas en el suelo de mármol. El portero me saluda con su habitual cortesía pero yo apenas lo registro.
Subo derecha a la planta ejecutiva, ignorando las miradas curiosas del personal que se aparta a mi paso.
La asistente de Royce, Claire, levanta la vista de su ordenador cuando me acerco a su escritorio.
—Señorita Gray, me temo que el señor Harris está en una reunión y…
—No me importa.
Paso junto a su escritorio sin detenerme y empujo las puertas de caoba del despacho de Royce sin llamar.
Royce está sentado tras su escritorio, con el teléfono pegado a la oreja, vestido con uno de esos trajes oscuros que le sientan como el pecado. Pero yo solo puedo concentrarme en lo furiosa que estoy.
Levanta la vista cuando entro, y su expresión es una mezcla de sorpresa y… ¿pánico?
Bien.
—Te llamo luego —dice al teléfono, y cuelga sin esperar respuesta—. Hannah, estoy en mitad de...
—Has cancelado nuestras reuniones. —Cierro la puerta detrás de mí de un golpe—. ¿Así? ¿Con un mensaje de tu asistente?
Royce se levanta de su silla con esa calma controlada que me pone de los nervios.
—Tengo una semana complicada. Es mejor…
—Mentira. —Camino hacia su escritorio—. Has tenido semanas complicadas antes y nunca has cancelado. ¿Qué ha cambiado?
—Hannah…
—Es por lo del viernes, ¿verdad? —No consigo callármelo—. Por lo que casi pasó. Por eso estás huyendo.
A Royce se le tensa la mandíbula.
—No estoy huyendo. Estoy siendo profesional.
—¿Profesional? —Me río sin humor—. ¿Profesional es llevarme a Florida en tu avión privado para ver un lanzamiento de cohete? ¿Profesional es llamar a tu médico porque me torcí el tobillo? ¿Profesional es…?
—Para. —Su voz corta el aire como un cuchillo—. Para ahora mismo.
—¿Por qué? —Doy otro paso hacia él—. ¿Por qué tengo que parar? ¿Porque estoy diciendo en voz alta lo que ambos sabemos que es verdad?
Royce rodea el escritorio con pasos medidos, acortando la distancia entre nosotros de una forma que me dispara el pulso.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sí que lo sé. —Levanto la barbilla y le sostengo la mirada—. Sé exactamente de qué estoy hablando. Y tú también lo sabes. Por eso estás asustado.
—No estoy asustado.
—Entonces ¿por qué me estás evitando?
—Porque es lo correcto. —Alza un poco la voz—. Porque eres la prometida de mi hermano. Porque dentro de tres semanas te vas a casar con él. Porque esto… —Gesticula entre los dos—. Esto no puede pasar.
—¿El qué no puede pasar, Royce? —Le reto a que lo diga en voz alta.
El silencio que cae es tan denso que se mastica.
Royce me mira con esos ojos grises que ahora parecen tormentas, con la mandíbula apretada y los puños cerrados a los costados, como si estuviera usando toda su fuerza de voluntad para mantenerse quieto.
—No hagas esto. —Habla bajo, con la voz rasposa—. No me hagas decirlo.
—¿Decir el qué?
—Que no puedo estar cerca de ti sin… —Se detiene y se pasa una mano por el pelo—. Joder, Hannah. ¿De verdad tengo que explicártelo?
El corazón me golpea las costillas.
—Sí —susurro—. Necesito que lo digas.
Royce da un paso hacia mí. Luego otro.
Ahora estamos tan cerca que puedo ver las motas plateadas en sus ojos grises. Puedo oler su colonia, esa mezcla de madera y humo que me está volviendo loca desde el primer día.
—No puedo estar cerca de ti. —Su voz es poco más que un gruñido—. Sin querer hacer cosas que no debería querer hacer. Sin pensar cosas que no tengo ningún derecho a pensar. Sin desearte de formas que me hacen sentir el peor hermano del mundo.
Me quedo sin aire.
—Royce…
—Por eso he cancelado nuestras reuniones —continúa, con la mirada clavada en la mía—.
Porque cada vez que te veo, cada vez que me miras con esos malditos ojos, cada vez que sonríes, me cuesta más recordar por qué esto no puede pasar.
Y el viernes, cuando casi te besé, me di cuenta de que estoy a dos segundos de hacer algo imperdonable.
No puedo respirar.
No puedo pensar.
Solo puedo mirarlo, con el corazón latiéndome tan fuerte que duele.
—¿Y si yo también quiero que pase? ¿Y si yo también llevo semanas sin poder dejar de pensar en ti? ¿Y si el viernes no te apartaste lo suficientemente rápido porque yo tampoco quería que lo hicieras?
La expresión de Royce se resquebraja.
—No digas eso.
—¿Por qué no? Es la verdad.
—Porque si sigues hablando, voy a hacer algo de lo que ambos nos vamos a arrepentir.
—¿Y si no me arrepiento?
Royce cierra los ojos, como si mis palabras le hicieran daño físico.
—Hannah. Por favor. No hagas esto más difícil de lo que ya es.
Pero yo ya he cruzado la línea.
Ya no hay vuelta atrás.
Acorto la distancia que nos separa y le pongo una mano en el pecho. Su corazón late tan rápido como el mío bajo mi palma.
—Mírame. —Se lo pido en un susurro—. Mírame y dime que no sientes esto.
Royce abre los ojos y la intensidad en su mirada hace que me tiemblen las rodillas.
—Joder. —Susurra—. No puedo.
Y entonces me besa.
No es suave.
No es dulce.
Es desesperado y furioso y lleno de semanas de contención que acaban de explotar.
Sus manos se me clavan en la cintura y me atraen hacia él con una fuerza que me roba el aliento. Su boca se estrella contra la mía con una urgencia que me hace gemir contra sus labios.
Y yo le devuelvo el beso con la misma desesperación.
Mis manos le suben por el pecho, por los hombros, se le enredan en el pelo y tiran de él para acercarlo más, aunque ya no queda espacio entre nosotros.
Royce gime contra mi boca, un sonido grave y gutural que siento en todo el cuerpo.
Sus manos me bajan por la espalda y me aprietan contra él de una forma que no deja lugar a dudas de lo que le estoy haciendo sentir.
Puedo sentir cada centímetro de él presionado contra mí. Su dureza.
Puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo.
Puedo sentir cómo tiembla, como si se contuviera con las últimas fuerzas y aun así no fuera suficiente.
Sus labios se mueven sobre los míos con una maestría que me anula. Me besa como si llevara años esperando este momento, como si quisiera memorizarme, como si yo fuera lo único que le importara en el mundo.
Me muerde el labio inferior, suave, y un jadeo se me escapa de la garganta.
Royce aprovecha para profundizar el beso, su lengua roza la mía en una danza que hace que se me doblen las rodillas.
Una de sus manos me sube por la espalda, se me enreda en el pelo y tira justo lo suficiente para inclinarme la cabeza hacia atrás y tener mejor acceso.
La otra mano se queda en mi cintura, apretándome contra él con una posesividad que tendría que asustarme, pero que solo consigue encenderme más.
Me empuja hacia atrás hasta que mi espalda choca contra la pared.
El impacto me arranca otro gemido de la garganta, que Royce traga con su boca, apretando su cuerpo contra el mío hasta hacerme perder cualquier pensamiento coherente.
Sus labios abandonan los míos solo para descender por mi mandíbula, por mi cuello, y dejan un rastro de fuego a su paso.
Cuando me muerde el punto donde el cuello se une al hombro, las rodillas me ceden del todo.
Royce me sostiene sin esfuerzo, con sus manos firmes en mi cintura, sus labios todavía explorando cada centímetro de piel que puede alcanzar.
—Dios, Hannah. —Su voz contra mi piel es ronca, deshecha—. Llevo semanas queriendo hacer esto.
Sus palabras me atraviesan como electricidad.
Tiro de él hacia arriba, vuelvo a buscarle la boca y lo beso con toda la desesperación acumulada.
Royce responde con la misma intensidad, presionándome más contra la pared, una de sus piernas se desliza entre las mías de una forma que me arranca un sonido que nunca había hecho antes.
Sus manos están en todas partes: en mi pelo, en mi cintura, subiendo por mis costados hasta hacerme temblar.
Las mías no se quedan atrás. Tiro de su corbata para aflojarla; necesito más contacto, más piel, más de él.
Royce gime contra mi boca cuando mis dedos encuentran los botones de su camisa.
—Hannah. —Mi nombre en sus labios suena como una súplica y una advertencia al mismo tiempo.
Pero no me detengo.
No puedo detenerme.
Porque esto es lo que he querido desde el momento en que lo conocí en ese callejón hace semanas.
Esto es lo que he estado negándome a mí misma con cada excusa, con cada justificación.
Esto es…
El ruido de algo al caer al suelo nos hace separarnos de golpe.
Jadeantes. Despeinados. Mirando hacia la puerta.
La puerta que está entreabierta.
La puerta donde Claire, la asistente de Royce, está de pie con los ojos como platos y la boca abierta, con una carpeta a los pies que se le acaba de caer de la impresión.
El golpe de realidad me deja helada.
Dios mío.
Dios mío.
Acabo de besar a Royce.
Acabo de besar al hermano de Drake.
A mi futuro cuñado.
El pánico me golpea tan fuerte que apenas puedo respirar.
Me aparto de Royce de un salto y me aliso la ropa con dedos torpes.
—Yo… —No me sale nada más.
Royce me mira con una expresión que es puro tormento.
—Hannah…
Pero no puedo escucharlo.
No puedo quedarme aquí.
No puedo enfrentarme a lo que acabo de hacer.
Paso junto a Claire, que sigue paralizada en la puerta, y echo a correr.
Bajo las escaleras porque no puedo esperar al ascensor. Cruzo el vestíbulo sin ver a nadie. Salgo a la calle y el sol de la mañana me ciega un instante.
Y sigo corriendo.
Corro hasta que me arden los pulmones.
Hasta que las piernas me fallan.
Hasta que tengo que detenerme en un callejón lateral y apoyarme contra una pared para recuperar el aliento.
¿Qué he hecho?
¿En qué estaba pensando?
He besado al hermano del hombre con el que me voy a casar en tres semanas.
He cruzado la línea más sagrada que existe.
Y lo peor…
Lo peor no es que lo haya hecho.
Lo peor es que mientras estaba allí, presionada contra esa pared, con sus labios sobre los míos y sus manos en mi cuerpo, no estaba pensando en las consecuencias.
No estaba pensando en Drake.
No estaba pensando en nada excepto en que quería más.
Más de Royce.
Más de sus besos.
Más de sus manos.
Más de todo.
Y ahora, apoyada contra esta pared con el corazón todavía latiendo sin freno y los labios hinchados por sus besos, tengo que enfrentarme a la verdad que he estado negando durante semanas.
Me he enamorado de él.
Me he enamorado de Royce Harris.
Del hombre más complicado, más hermético, más imposible que he conocido en mi vida.
Del hermano de mi mejor amigo.
De mi futuro cuñado.
¿Cómo ha pasado esto?
¿En qué momento exacto me enamoré de él?
¿Fue en el planetario, cuando me habló de las estrellas con esa pasión contenida?
¿Fue cuando me llevó a probar pasteles y compartió algo real sobre su familia?
¿Fue cuando me levantó del suelo con tanto pánico en los ojos que me partió el corazón?
¿Fue cuando me llevó a Florida porque mencioné una vez que me gustaría ver un lanzamiento de cohete?
¿O fue desde el principio, desde ese momento en el callejón cuando me preguntó si estaba borracha y algo dentro de mí reconoció algo en él?
No lo sé.
Solo sé que estoy total e irrevocablemente enamorada de Royce Harris.