Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 19
63%

CAPÍTULO 19

HANNAH

El mensaje de Royce me llega a las siete de la mañana del viernes.

Hoy tengo yo una sorpresa para ti. Estate lista a las nueve. Paso a recogerte a tu casa.

Me quedo mirando la pantalla del móvil medio minuto largo, parpadeando como si las palabras fueran a cambiar si las miro durante el tiempo suficiente.

Royce no prepara sorpresas.

Royce es el hombre que programa sus desayunos con dos semanas de antelación y que tendrá alarmas que le recuerdan cuándo respirar.

Le respondo:

¿Quién eres y qué has hecho con Royce?

La respuesta llega en menos de un minuto.

Estate lista. No bajes tarde.

Sonrío a pesar de mí misma.

A las nueve menos cinco estoy esperando en la puerta de mi edificio, con vaqueros, una camiseta cómoda y una chaqueta ligera porque no tengo ni idea de adónde vamos.

El coche de Royce aparece puntual, como siempre, pero cuando se baja para abrirme la puerta, me quedo paralizada.

Royce Harris lleva vaqueros.

Vaqueros.

No un traje de tres piezas impecable. No una camisa planchada al milímetro, con unos gemelos que cuestan una fortuna.

No.

Lleva unos vaqueros oscuros que le quedan indecentemente bien y un jersey gris de cuello redondo que se le ajusta a los hombros de una forma que debería ser ilegal.

Parpadeo una vez. Dos veces.

—¿Estás bien? —Royce me mira con el ceño fruncido—. Pareces en shock.

—Es que… —Señalo en su dirección—. ¿Vaqueros?

—Llevo vaqueros, Hannah. No es el fin del mundo.

—¿Seguro? —Subo al coche, incapaz de dejar de mirarlo—. Porque esto es muy raro. Muy, muy raro. ¿Estás enfermo? ¿Te han amenazado? ¿Debería llamar a alguien?

Royce pone los ojos en blanco, pero creo ver el atisbo de una sonrisa en la comisura de sus labios.

—Átate el cinturón antes de que me arrepienta de esto.

Obedezco y me abrocho el cinturón mientras él rodea el coche y se sienta al volante.

Arranca sin decir una palabra y conduce con esa precisión controlada que ya reconozco.

—¿Me vas a decir adónde vamos?

—No.

—¿Ni una pista?

—No.

—¿Ni siquiera un…?

—Hannah. —Me mira de reojo—. La gracia de una sorpresa es que sea una sorpresa.

—Odio las sorpresas.

—Por eso va a ser divertido. Te mereces que te la devuelva por todas las veces que tú lo has hecho.

Me cruzo de brazos sin conseguir ocultar la sonrisa.

Pasamos los siguientes quince minutos en un silencio cómodo. Royce conduce mientras yo miro por la ventanilla, viendo cómo Manhattan va quedando atrás.

—¿Al menos puedes decirme si voy vestida apropiadamente? —pregunto—. Porque si me llevas a algún sitio elegante, estos vaqueros no van a impresionar a nadie.

—Vas vestida perfectamente.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Era la respuesta que ibas a recibir.

Sonrío y niego con la cabeza.

El trayecto continúa. Cada vez más lejos de la ciudad. Y entonces empiezo a reconocer las señales.

Aeropuerto Internacional JFK.

La diversión se me pasa de golpe, reemplazada por una perplejidad absoluta.

—Royce. —Mi voz sube medio tono—. ¿Por qué estamos yendo al aeropuerto?

Royce gira hacia la entrada con una calma que contrasta con el pánico que empieza a apoderarse de mí.

—¿Royce?

—Ahora eres tú la que tiene que creerse que yo no pretendo matarte y enviarte a otro continente.

Me giro en el asiento para mirarlo directamente.

—¿Me estás secuestrando?

—Técnicamente no es secuestro si vienes voluntariamente.

—¡No he dicho que venga voluntariamente! ¡Ni siquiera sé adónde vamos!

Royce aparca en una zona restringida donde hay varios aviones privados. Apaga el motor y se vuelve hacia mí con una expresión seria que no revela nada.

—Confía en mí.

Las dos palabras me dejan sin argumentos.

Porque Royce no es un hombre que pida confianza. Y yo, por lo visto, soy una completa idiota, porque le creo.

—De acuerdo. —Respiro hondo—. Pero si me despierto en Siberia, te juro que...

—No vas a despertarte en Siberia.

Salimos del coche y entonces lo veo.

Un jet privado con el logo de Harris Legacy Hotels en el fuselaje, esperando en la pista con las escaleras bajadas.

—¿Vamos a volar en eso?

—Sí.

—¿A dónde?

Royce me mira con un asomo de diversión.

—A Florida.

El interior del avión es espectacular: todo cuero crema, maderas nobles y ese lujo discreto que proclama dinero sin levantar la voz.

Me acomodo en uno de los asientos, más cómodos que mi cama, y me abrocho el cinturón mientras Royce habla con el piloto.

Cuando vuelve y se sienta frente a mí, no puedo contenerme más.

—¿Por qué vamos a Florida?

—Ya lo verás.

—Royce. Me estás matando.

—Bien. Considera esto una venganza por hacerme conducir hasta Bear Mountain pensando que estabas en peligro.

Touché.

El avión despega con una suavidad que apenas noto. En cuestión de minutos estamos sobre las nubes, y una azafata aparece para ofrecernos bebidas y algo de comer.

Pido un zumo de naranja y Royce pide café solo, sin azúcar, como si estuviera en su despacho y no a diez mil metros de altura.

—¿Cuánto dura el vuelo? —pregunto.

—Dos horas y media aproximadamente.

—¿Y vas a hacerme esperar dos horas y media sin decirme qué estamos haciendo?

Royce me sostiene la mirada con esos ojos grises que no sueltan prenda.

—Sí.

—Eres imposible.

—Lo sé.

Pero su expresión tiene algo suave. Casi… nervioso.

Como si le importara que esto salga bien; como si quisiera que me gustara.

Y eso me deja en el pecho una calidez que no debería estar ahí.

Pasamos el vuelo en una conversación ligera. Hablamos de todo y de nada. De los últimos eventos en The Legacy. De un artículo que leí sobre tendencias hoteleras. De cómo Drake está histérico con los últimos detalles de la boda.

Royce se relaja poco a poco. Se quita los zapatos. Se arremanga el jersey. Pide un segundo café y lo bebe mientras me cuenta una anécdota sobre un huésped especialmente difícil que se quejó porque las almohadas eran «demasiado esponjosas».

Me río tanto que casi me atraganto con el zumo.

Y me doy cuenta, con una nitidez que debería asustarme, de que esto es fácil.

Estar con Royce es fácil cuando afloja, cuando deja de ser el CEO hermético y se convierte solo en… Royce.

El hombre que ama las estrellas y llama a su médico privado por un esguince menor.

El hombre que está ahora mismo llevándome a algún lugar de Florida y se niega a decirme por qué con una terquedad que me resulta cada vez más encantadora.

—Estamos empezando el descenso. —La voz del piloto nos interrumpe—. Aterrizaremos en diez minutos.

El estómago me da un vuelco de anticipación.

Cuando el avión toca tierra y las puertas se abren, el calor de Florida nos golpea como una ola.

Hay un coche esperándonos. Negro, elegante, con chófer incluido que nos saluda con una sonrisa profesional.

—Señor Harris. Todo está preparado tal y como solicitó.

—Gracias.

Subimos al coche y empezamos a conducir. Miro por la ventanilla, intentando averiguar dónde estamos, pero no reconozco nada.

—¿Cuánto más vas a hacerme esperar? —pregunto.

—Cinco minutos.

Y entonces, cuando doblamos una esquina, lo veo.

Un cartel enorme que dice: CABO CAÑAVERAL - CENTRO ESPACIAL KENNEDY.

Mi cerebro tarda tres segundos en procesar la información.

Luego otros dos en atar cabos.

Y entonces exploto.

—¿Me has traído a ver un lanzamiento de cohete? —Mi voz sube tres octavas—. ¿En serio? ¿De verdad?

Royce me mira casi con timidez.

—Hay un lanzamiento esta tarde. A las cuatro. He reservado asientos en la zona VIP.

No puedo controlarme.

Me lanzo sobre él y le rodeo el cuello con los brazos en un abrazo de lo más inapropiado, y no me importa lo más mínimo.

—Gracias. Gracias, gracias, gracias.

Royce se queda inmóvil durante un segundo. Luego sus brazos me rodean con tanta delicadeza que me olvido de respirar.

—De nada. —Ahora habla más bajo, más ronco—. Dijiste que te gustaría verlo alguna vez. Pensé que… bueno. Que hoy podría ser ese día.

Me aparto lo suficiente para mirarlo, con las manos todavía sobre sus hombros.

Sus ojos grises están clavados en los míos con una intensidad que me acelera el corazón.

—Esto es… no tengo palabras. Es perfecto.

—Todavía no hemos visto el lanzamiento. Podrías odiarlo.

—Imposible. —Sonrío—. Esta ya es la mejor sorpresa que me han dado nunca.

Por el rostro de Royce cruza una expresión cálida y vulnerable que se esfuma antes de que pueda identificarla del todo.

Las siguientes tres horas pasan en un borrón de emoción.

Royce me lleva por el Centro Espacial como si fuera un guía profesional. Me habla sobre el programa Apollo, sobre las misiones a Marte, sobre los planes futuros de exploración espacial.

Sus ojos brillan cuando habla de esto. Se le suaviza la voz. Gesticula con las manos de una forma que nunca hace en el hotel.

Es Royce sin las capas de control.

Royce apasionado.

Y es lo más hermoso que he visto en mi vida.

Cuando llega la hora del lanzamiento, nos dirigen a la zona VIP. A unos asientos cómodos con vistas inmejorables de la plataforma de lanzamiento a unos tres kilómetros de distancia.

Royce me tiende unos auriculares.

—Para proteger los oídos. El sonido es… intenso.

Me los pongo con las manos temblorosas de impaciencia.

La cuenta atrás empieza.

Diez.

Nueve.

Ocho.

Miro de reojo a Royce. Está inclinado hacia delante en su asiento, con los ojos fijos en el cohete, con una expresión de fascinación pura.

Siete.

Seis.

Cinco.

El corazón me late como si también él quisiera despegar.

Cuatro.

Tres.

Dos.

Uno.

El rugido es ensordecedor incluso con los auriculares puestos.

El cohete se eleva. Despacio al principio, luego más rápido, con una columna de fuego que parece tocar el suelo.

La vibración me atraviesa el pecho como un trueno.

Es glorioso.

Es imposible.

Es lo más increíble que he visto jamás.

No puedo contenerme.

Me lanzo hacia Royce, le echo los brazos al cuello y grito de emoción aunque sé que no puede oírme por el rugido del cohete.

Royce me rodea con los brazos, firme, y cuando me aparto lo suficiente para mirarlo, nuestras caras están a centímetros de distancia.

Sus ojos grises clavados en los míos.

Su aliento mezclado con el mío.

El rugido del cohete todavía en mis oídos.

Y de repente todo lo demás desaparece.

No hay cohete.

No hay espectadores.

No hay nada excepto Royce y yo y el espacio de aire que nos separa y que se está reduciendo, milímetro a milímetro.

Sus ojos bajan a mis labios.

Los míos bajan a los suyos.

Su mano se mueve hacia mi mejilla.

La mía se aprieta en su hombro.

Y estamos a punto de…

La conciencia nos golpea a los dos al mismo tiempo.

Nos separamos como si nos hubiéramos quemado.

Royce se aparta tan rápido que casi se cae del asiento. Yo me echo hacia atrás, con el corazón latiéndome tan fuerte que estoy segura de que puede oírse en toda Florida.

—Yo… —empiezo, sin saber cómo terminar la frase.

—El cohete. —Royce señala el cielo donde el cohete ya es solo un punto brillante—. Deberías… deberías verlo.

Asiento y me giro hacia el cielo, aunque no veo nada porque mi cerebro está demasiado ocupado procesando lo que casi acaba de pasar.

Casi he besado a Royce.

Casi he besado al hermano de Drake.

Al hombre que se va a convertir en mi cuñado en menos de un mes.

Y lo peor de todo: lo habría hecho.

Si no nos hubiéramos dado cuenta a tiempo, lo habría besado sin dudarlo.

Me habría lanzado sobre él y le habría plantado los labios en los suyos y habría olvidado que existe algo llamado consecuencias.

Miro de reojo a Royce.

Está rígido en su asiento, con la mirada fija en el cielo y la mandíbula tan tensa que parece que va a romperse los dientes.

Y sé que está pensando lo mismo que yo.

Que casi ha pasado algo imperdonable.

Que hemos cruzado una línea que no deberíamos ni haber visto.

Que todo se ha vuelto muchísimo más complicado.

El cohete desaparece en las nubes y el rugido se desvanece poco a poco, reemplazado por los aplausos de la gente a nuestro alrededor.

Pero Royce y yo seguimos sentados en silencio.

Sin mirarnos.

Sin hablar.

Porque ambos sabemos que, si nos miramos ahora mismo, si decimos una sola palabra sobre lo que casi ha pasado, no habrá vuelta atrás.

Y ninguno de los dos está preparado para eso.