CAPÍTULO 18
ROYCE
Han pasado casi cinco semanas desde la noche del pícnic. Cinco semanas de entrevistas correctas y distantes, de fingir que aquella noche bajo las estrellas no cambió nada. El verano se ha terminado sin que me diera cuenta.
Y yo sigo sin ser capaz de mantenerme alejado de ella.
—¿No es mala suerte que el novio vea a la novia con el vestido antes de la boda?
Drake me mira como si acabara de sugerir que cancelemos la ceremonia.
—No tenemos tiempo para andar con supersticiones, hermano. —Se ajusta los gemelos de la camisa—. Necesitamos decidir hoy. La boda es en un mes.
Un mes.
El recordatorio me cae encima como una losa, pero mantengo la expresión neutral mientras entramos en la boutique nupcial más exclusiva de la Quinta Avenida.
El lugar es tal y como lo esperaba: todo cristal, espejos y telas blancas que flotan como nubes. Una mujer con el pelo recogido en un moño tan apretado que tiene que doler nos recibe con una sonrisa profesional.
—Señores Harris, señorita Gray. Los estábamos esperando.
Hannah sale de detrás de nosotros, con ese vestido azul claro que hace que sus ojos parezcan dorados bajo la luz del sol. Me obligo a apartar la mirada antes de que note que la estoy observando.
—Gracias por recibirnos con tan poca antelación. —Hannah le sonríe a la mujer con esa calidez que parece tan natural en ella—. Sé que es complicado.
—Para ustedes, siempre. —La mujer nos guía hacia el interior—. Caballeros, por aquí. Señorita Gray, si me acompaña.
Hannah desaparece tras una cortina de terciopelo blanco y yo sigo a Drake hacia la sección de trajes masculinos.
No tardo nada en elegir.
Cojo el más sobrio de toda la tienda: negro, corte clásico, sin ningún detalle innecesario. Me lo pruebo en menos de cinco minutos, dejo que el sastre tome las medidas para los ajustes y salgo del probador ya vestido de nuevo con mi ropa.
—Eficiente como siempre. —Drake se ríe desde su probador—. Podrías al menos fingir que te importa.
—Me importa. Por eso he elegido rápido para no perder tu tiempo.
—O el tuyo.
No respondo a eso.
Me siento en uno de los sofás de cuero que hay en la zona de espera y saco el móvil para revisar los emails que se han acumulado en la última hora. Tengo tres mensajes de Laura sobre la campaña de marketing, uno de mi jefe de finanzas sobre las proyecciones del próximo trimestre y…
Un movimiento en mi visión periférica me distrae.
Levanto la vista.
Y me quedo de piedra.
Incapaz de apartar la mirada.
La puerta del probador de Hannah está entreabierta. No mucho.
Solo lo suficiente para que pueda ver su espalda desnuda mientras una de las empleadas la ayuda a quitarse un vestido.
La tela blanca se desliza por sus hombros, por la curva de su espalda, y deja a la vista una piel pálida y suave que parece brillar bajo la luz cálida del probador.
La empleada le dice algo que no alcanzo a oír y Hannah se ríe, ese sonido que ya reconocería en cualquier parte, mientras levanta los brazos para que le pasen otro vestido por la cabeza.
La curva de su cintura. La forma en que su espalda se arquea ligeramente cuando la empleada ajusta algo en el vestido. El movimiento de sus caderas cuando se gira para mirarse en el espejo.
El culo.
Joder.
La curva perfecta de su culo enfundada en ropa interior blanca de encaje que no debería estar viendo, que no tengo ningún derecho a ver, que probablemente es un delito mirar… pero no puedo apartar la mirada.
La boca se me seca como si llevara días sin beber agua.
La polla se me pone dura en cuestión de segundos y presiona, incómoda, contra la cremallera del pantalón.
Y no puedo apartar los ojos.
Ni siquiera cuando mi cerebro me grita que mire hacia otro lado, que esto está mal, que es Hannah, la prometida de Drake, mi futura cuñada.
Pero mi cuerpo no escucha razones.
Solo ve a la mujer que lo vuelve loco, medio desnuda a pocos metros de distancia, y reacciona de la forma más primitiva y vergonzosa posible.
—¿Royce?
La voz de Drake me devuelve a la realidad con la sutileza de un cubo de agua helada.
Arranco la vista del probador y miro hacia donde mi hermano está saliendo de su propio probador con un traje gris claro que habrá elegido Hannah, porque a él jamás se le ocurriría ese color.
—¿Qué tal me queda? —Drake se mira en el espejo de tres cuerpos mientras se ajusta la chaqueta—. Hannah dice que el gris es más moderno que el negro clásico.
Intento enfocar mi atención en mi hermano. En el traje que lleva. En la pregunta que acaba de hacerme.
Pero mi cabeza sigue en que acabo de ver a su prometida medio desnuda y que mi cuerpo ha reaccionado como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.
Como si mi cuerpo pensase que Hannah es suya.
Soy un completo cabrón.
Soy el peor hermano del puto mundo.
—Te queda bien. —Logro sonar normal, profesional incluso—. El corte es favorecedor.
Drake se vuelve hacia mí con una sonrisa.
—¿Solo bien? Vamos, hermano. Dame algo más que eso.
—Es perfecto. Te ves perfecto. Hannah va a…
Un jadeo ahogado interrumpe mis palabras.
Luego un golpe.
Luego un grito apagado que reconozco al instante.
Hannah.
No lo pienso.
Me levanto del sofá con tanta fuerza que casi lo vuelco. Cruzo la distancia hasta el probador en tres zancadas y empujo la cortina que ya estaba entreabierta.
Hannah está en el suelo.
En el maldito suelo.
Con uno de esos vestidos blancos enormes enredado alrededor de sus piernas.
No registro nada más.
Solo que está en el suelo y que podría haberse hecho daño y que necesito saber ahora mismo que está bien.
Me arrodillo a su lado, le paso los brazos bajo las rodillas y la espalda y la levanto del suelo con un movimiento más brusco de la cuenta que no puedo controlar.
Es ligera. Demasiado ligera.
Y huele a ese perfume floral con notas de vainilla que me está volviendo loco desde hace semanas.
—¿Qué ha pasado? —La voz me restalla más dura de lo que pretendía—. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
La llevo hasta el sofá donde estaba sentado hace apenas segundos, con el corazón tan desatado que parece que me va a dar un infarto.
La siento con cuidado, asegurándome de que el vestido no se le enganche en nada, y entonces me arrodillo frente a ella.
La idea de que pueda haberse hecho daño me resulta físicamente insoportable.
—¿Hannah? —Las manos se me mueven solas y le recorren los brazos, buscando señales de alguna lesión—. Háblame. ¿Qué te duele? ¿Te has golpeado la cabeza?
HANNAH
El hombre más frío y distante que he conocido en toda mi vida está ahora mismo arrodillado frente a mí.
Arrodillado.
Con esos ojos grises que normalmente parecen témpanos del Ártico ahora llenos de lo que solo puedo llamar pánico.
Sus manos me recorren los brazos con una delicadeza que contrasta con la urgencia de sus movimientos. Está buscando lesiones, comprobando que no me haya roto nada, y lo hace con una concentración absoluta como si fuera lo más importante del mundo.
—¿Hannah? —repite, con un tono histérico que nunca, jamás, le había oído—. Por favor, dime qué te ha pasado.
Apenas puedo procesar lo que está ocurriendo.
Porque detrás de Royce, a unos tres metros de distancia, está Drake.
Mi prometido.
Mi futuro marido.
Mirando a su hermano con la boca literalmente abierta y una expresión de completa estupefacción en el rostro.
Como si estuviera presenciando algo imposible.
Como si Royce mostrando emociones fuera tan probable como que empezara a nevar en septiembre.
—Royce —consigo decir, aunque me tiembla la voz—. Estoy bien. Solo me he desestabilizado con los tacones.
Pero Royce no parece escucharme.
Se mueve hacia mis pies y, sin pedir permiso, me quita los tacones con movimientos precisos pero urgentes. Sus dedos me rozan los tobillos y un escalofrío me recorre entera.
—¿Te duele aquí? —Presiona suavemente—. ¿Y aquí?
—No. Royce, de verdad, estoy…
—¿Te has roto algo? ¿Puedes mover los pies?
Muevo los pies, obediente, y él me observa con una intensidad que haría pensar que estoy en plena cirugía a corazón abierto y no solo flexionando el tobillo.
El corazón me late tan fuerte que seguro que lo oye.
Porque Royce, el hombre que se niega a mostrar cualquier emoción que no sea irritación controlada o indiferencia glacial, está tocándome el tobillo con una ternura que me deshace.
No estoy segura de que mi corazón pueda soportar la preocupación de este hombre.
—Solo me he torcido un poco el tobillo derecho. —Intento que mi voz suene tranquilizadora—. Estoy bien, Royce. De verdad.
Royce levanta la vista hacia mí y no me suelta la mirada.
—¿Segura?
—Completamente segura.
Pero puedo ver que no me cree. O que no quiere creerme.
Sus manos me recorren el tobillo una vez más, centímetro a centímetro, buscando hinchazón o cualquier señal de lesión. Cuando está satisfecho de que no hay nada roto, se levanta del suelo con un movimiento fluido y saca el móvil del bolsillo de su pantalón.
—¿Qué haces? —pregunto, aunque creo que ya sé la respuesta.
—Llamar a mi médico.
—¿Qué? No. Royce, no es necesario. Solo ha sido un tropezón.
Pero ya está marcando, con el móvil contra la oreja y esa expresión implacable que reconozco demasiado bien.
—Doctor White. Soy Royce Harris. Necesito que venga inmediatamente a… —Mira alrededor, buscando el nombre de la tienda—. A la boutique Evangeline en la Quinta Avenida. Es urgente.
—Royce. —Intento levantarme del sofá pero él me detiene con una mano en el hombro—. Estoy bien. No necesito un médico.
Me ignora por completo.
—Una caída. Posible esguince de tobillo. Sí, necesito que lo revise ahora. No, no puede esperar hasta mañana. —Hace una pausa, escuchando—. Gracias. Lo espero.
Cuelga y me mira con esos ojos que no admiten discusión.
—El doctor White estará aquí en veinte minutos.
—No hacía falta que…
—Sí hacía falta. —Y su tono da el tema por zanjado—. Te has caído. Podrías tener una lesión que no es evidente a simple vista. No voy a arriesgarme.
No sé qué decir a eso.
No sé cómo procesar que Royce acaba de llamar a su médico privado para que venga a revisarme un tobillo que ni siquiera está hinchado.
—Hermano. —La voz de Drake nos sobresalta a ambos.
Me había olvidado de que estaba ahí.
Drake se acerca con pasos lentos, mirando a su hermano como si acabara de presenciar un milagro médico.
—Joder, Hannah. —Se sienta en el sofá a mi lado, pero sus ojos no se apartan de Royce—. No sé cómo lo has hecho, pero eres la primera persona aparte de mí por la que he visto a mi hermano preocupado.
La frase se queda flotando en el aire como una bomba sin detonar.
Royce se tensa, con la mandíbula apretada y los hombros rígidos.
—Solo estoy siendo precavido. —Su voz ha recuperado ese tono frío y controlado—. Hannah es tu prometida. Es mi responsabilidad asegurarme de que esté bien.
—Claro. —Drake sonríe, pero la sonrisa le sale torcida—. Tu responsabilidad.
El silencio que sigue es tan incómodo que duele.
Royce se aleja hacia la ventana, dándonos la espalda, con las manos en los bolsillos y esa postura rígida que indica que está a dos segundos de salir corriendo de aquí.
Drake me mira, luego mira a su hermano, luego vuelve a mirarme a mí con una expresión que no le conozco.
Y yo solo puedo quedarme sentada en este sofá, con el tobillo que apenas me duele y el corazón latiéndome como si acabara de correr una maratón, intentando entender qué acaba de pasar.
Royce me ha levantado del suelo en brazos.
Me ha llevado hasta el sofá como si pesara menos que una pluma.
Se ha arrodillado frente a mí con pánico real en los ojos.
Me ha tocado tan suave que todavía siento sus dedos fantasma en la piel.
Y ha llamado a su médico privado porque no se fía de mi palabra cuando le digo que estoy bien.
¿Cómo es posible que todo se complique un poco más a cada segundo?
La empleada que estaba ayudándome aparece con expresión preocupada ahora que nos hemos tranquilizado.
—Señorita Gray, ¿se encuentra bien? He visto que…
—Está bien. —Royce responde antes de que yo pueda hacerlo, sin volverse de la ventana—. Pero necesitaremos unos minutos antes de continuar con las pruebas.
—Por supuesto. Tómense todo el tiempo que necesiten. —La mujer desaparece con la misma rapidez con la que apareció.
Drake me coge la mano y me la aprieta un momento.
—¿De verdad estás bien?
—Sí. —Consigo sonreír—. De verdad. Solo ha sido un susto tonto.
—Para Royce no ha sido tonto. —Drake baja la voz, pero sé que su hermano puede oírnos—. Nunca lo había visto así.
Me quedo sin respuesta.
Porque yo tampoco lo había visto así.
Y la parte aterradora es que una parte de mí, una parte que no debería existir, que va contra todo lo que es sensato y apropiado, ha disfrutado cada segundo.
Ha disfrutado viendo a Royce perder el control.
Ha disfrutado de ser la razón por la que lo ha perdido.
Y eso significa que estoy metida en un lío mucho más grande de lo que pensaba.
El doctor White llega exactamente dieciocho minutos después, con un maletín negro y la expresión seria de alguien a quien han arrancado de algo importante para atender una emergencia.
Royce lo guía hasta donde estoy y se queda de pie a mi lado mientras el médico me examina el tobillo con manos expertas.
—No hay hinchazón. —El doctor White mueve mi pie en distintas direcciones—. Rango de movimiento completo. ¿Le duele cuando hago esto?
—No.
—¿Y esto?
—Tampoco.
El médico se incorpora y guarda su instrumental en el maletín.
—Es un esguince muy menor. Ni siquiera estoy seguro de que sea un esguince real. —Mira a Royce—. Tiene que ponerse hielo durante las próximas horas si siente molestias. Nada de tacones durante unos días. Pero estará perfectamente.
Royce asiente una sola vez, con una expresión seria que no revela nada.
—Gracias por venir tan rápido, doctor.
—Para eso estoy. —El hombre sonríe—. Aunque debo decir que es la primera vez que me llama por un esguince menor. Normalmente reserva las emergencias para cosas más… dramáticas.
Un gesto fugaz le cruza el rostro a Royce, demasiado rápido para atraparlo.
—Esta era dramática.
El doctor White nos mira a todos con una expresión que parece divertida antes de marcharse.
Y entonces volvemos a quedarnos los tres solos.
Drake, que sigue mirando a su hermano como si lo viera por primera vez.
Royce, que ha vuelto a su posición junto a la ventana, con esa rigidez que indica que está a punto de inventar una excusa para irse.
Y yo, sentada en este sofá con un vestido de novia a medio poner y el tobillo perfectamente sano, intentando entender cómo mi vida ha llegado a complicarse tanto.