Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

ROYCE

Conduzco demasiado rápido.

El velocímetro marca casi ochenta millas por hora en una zona donde el límite es cincuenta y cinco, y mis manos aprietan el volante con tanta fuerza que los nudillos se me han puesto blancos.

Me salto un semáforo en ámbar que debería haber respetado.

Adelanto a un coche por la derecha cuando hay espacio suficiente por la izquierda.

Tomo una curva con más velocidad de la prudente y los neumáticos chirrían contra el asfalto.

Y entonces me doy cuenta, con una claridad que me sacude: yo no conduzco así.

Nunca.

Yo respeto los límites de velocidad. Yo mantengo la distancia de seguridad reglamentaria. Yo conduzco con la misma precisión controlada con la que hago todo lo demás en mi vida.

Pero ahora estoy conduciendo como un lunático por una carretera de montaña porque Hannah me ha escrito que se ha quedado tirada, y solo puedo pensar en que está sola, en mitad de la nada, al anochecer.

Que podría pasarle algo.

Que podría necesitarme.

Aprieto el acelerador un poco más y el motor responde con un rugido.

Joder.

No puedo negar que estoy preocupado por mi futura cuñada.

Futura cuñada.

Eso es lo que necesito tatuarme en la frente, en el pecho, en cada centímetro de piel hasta que se convierta en lo único que vea cuando la miro.

Hannah Gray es la prometida de mi hermano.

Se van a casar en unas semanas.

Va a llevar el apellido Harris y yo voy a tener que verla en cada cena familiar, en cada evento, en cada maldito día festivo durante el resto de mi vida, sabiendo que es de Drake y que yo no tengo ningún derecho a sentir lo que sea que estoy sintiendo ahora mismo.

Tomo otra curva demasiado rápido y el GPS me informa con voz mecánica que mi destino está a cinco kilómetros.

Cinco kilómetros más y sabré que está bien.

Cinco kilómetros más y podré respirar de nuevo.

Cuando llego al mirador y veo su coche aparcado bajo la luz tenue del atardecer, el alivio es tan brutal que tengo que detenerme un momento antes de salir.

Está ahí.

Está bien.

No hay neumáticos reventados ni capó humeante ni ninguna señal de emergencia.

El alivio dura tres segundos.

Porque entonces la veo.

Hannah está de pie junto a su coche, sana y salva, con una sonrisa radiante en el rostro y una cesta de mimbre en una mano y una manta a cuadros en la otra.

Y lo comprendo todo de golpe.

No hay ninguna emergencia.

No se ha quedado tirada.

Me ha tendido una trampa.

El cabreo que se apodera de mí es tan intenso que tengo que apretar la mandíbula para no gritar.

Salgo del coche y cierro la puerta de un golpe que resuena en el silencio del mirador.

—Me has tendido una trampa.

Hannah sonríe aún más, si eso es posible, y sus ojos brillan con algo muy cercano a la diversión.

—Hola, Royce. Qué bien que hayas llegado tan rápido.

—Hannah. —Camino hacia ella con pasos controlados que requieren más esfuerzo del que debería—. Me has hecho creer que estabas en peligro.

—Te he dicho que me había quedado tirada. Tú has asumido el resto. —Se encoge de hombros con una inocencia tan falsa que casi resulta insultante—. Técnicamente no he mentido.

—Técnicamente me has manipulado.

—Técnicamente te he sacado de tu despacho para que respires aire fresco. —Señala la cesta y la manta—. Y te he traído la cena. Deberías estar agradecido.

—Debería dejarte aquí y volver a Manhattan ahora mismo.

—Pero no lo vas a hacer. —Da un paso hacia atrás, sonriendo—. Porque eso significaría dejar a una mujer indefensa sola en el monte al anochecer. Y tú no eres ese tipo de hombre.

La miro un buen rato, buscando las palabras adecuadas para expresar lo que pienso de su plan absurdo.

—Tú eres la mujer menos indefensa que he tenido la desgracia de conocer en toda mi vida.

Hannah se ríe.

Es una risa clara y genuina que llena el aire de la noche como música, y noto en el pecho un tirón que me niego a analizar.

Se da la vuelta y empieza a caminar hacia una zona elevada del mirador, con la manta bajo un brazo y la cesta balanceándose en su mano.

—Vamos, gruñón. No voy a morderte.

Me quedo junto a mi coche, viendo cómo sube por el sendero irregular con unos vaqueros que le quedan demasiado bien y una camiseta blanca que el viento pega contra su espalda.

Esta mujer me va a volver loco.

Más pronto que tarde.

Probablemente más pronto.

Cierro el coche con el mando a distancia y la sigo, porque por lo visto mi sensatez se ha tomado la noche libre.

Hannah extiende la manta sobre la hierba en una zona plana con vistas despejadas del cielo. El sol ya se ha puesto por completo, dejando solo un rastro de luz púrpura en el horizonte. Las estrellas empiezan a aparecer, tímidas al principio, luego más brillantes.

Demasiadas para contarlas, demasiado hermosas para ignorarlas.

Hannah se sienta en la manta y empieza a sacar cosas de la cesta: quesos, pan, uvas, algo envuelto en papel de aluminio con pinta de sándwiches.

Me quedo de pie, mirándola, con las manos en los bolsillos porque no sé qué hacer con ellas.

—¿Vas a envenenarme con la comida? —pregunto—. ¿Es por eso por lo que me has traído aquí? ¿Para poder enterrarme en el bosque sin testigos?

Hannah levanta la vista y su risa llena de nuevo el aire.

—Ojalá se me hubiera ocurrido antes.

Coge uno de los sándwiches, le quita el papel de aluminio y le da un bocado enorme y mastica con exageración mientras me mira.

—¿Ves? Comestible. No hay veneno. Estás a salvo.

No sé por qué me dejo caer sobre la manta junto a ella.

No sé por qué cojo otro sándwich y le doy un mordisco.

No sé por qué, cuando ella me tiende una copa de vino que ha sacado de algún lugar imposible de la cesta, la acepto.

Solo sé que el sándwich está bueno. Que el vino es mejor de lo esperado. Que el aire de la montaña es fresco y limpio, sin el ruido constante de Manhattan.

Y que Hannah está aquí, sentada a mi lado, con las piernas cruzadas y una sonrisa que me hace olvidar por qué esto es tan mala idea.

Comemos en silencio durante un rato. No es incómodo. Es… extrañamente pacífico.

Hannah señala el cielo.

—¿Cuál es esa estrella de ahí? La que brilla más que las demás.

—Venus. —Sigo su dedo con la mirada—. Técnicamente no es una estrella, es un planeta. Pero es el objeto más brillante del cielo nocturno después de la Luna.

—¿Y esas? —Señala un grupo de estrellas agrupadas.

—La Corona Boreal. Un semicírculo casi cerrado de siete estrellas. La más brillante está a unos setenta y cinco años luz de distancia.

Hannah se tumba sobre la manta, con las manos bajo la cabeza, mirando hacia arriba.

—Cuéntame más.

No debería hacerlo.

Debería levantarme ahora mismo, volver a mi coche y conducir de vuelta a mi vida ordenada donde todo está bajo control y nadie me hace sentir cosas que no debería sentir.

Pero no lo hago.

Me quito los zapatos, porque estar descalzo sobre la hierba parece lo correcto. Me aflojo la corbata, luego me la quito del todo y la dejo doblada junto a la cesta. Me tumbo a su lado, a una distancia prudente, y empiezo a hablar.

Le hablo de Orión, el cazador celestial que domina el cielo de invierno. De Casiopea, la reina vanidosa condenada a dar vueltas alrededor del polo norte celeste. De la Osa Mayor y cómo usarla para encontrar la Estrella Polar.

Hannah escucha cada palabra, haciendo preguntas que demuestran que no está fingiendo interés.

—¿Cómo se forman las estrellas?

—A partir de nubes de gas y polvo que colapsan bajo su propia gravedad. Cuando la presión y la temperatura en el núcleo son suficientes, empieza la fusión nuclear.

—¿Y cuánto viven?

—Depende de su masa. Las más masivas viven solo unos millones de años y terminan en supernovas. Las más pequeñas pueden vivir miles de millones de años.

—¿Y el Sol?

—Está a mitad de camino de su vida. Le quedan otros cinco mil millones de años.

Hannah gira la cabeza hacia mí, con los ojos encendidos bajo la luz de las estrellas.

—Es increíble. Todo esto. Que estemos aquí, en este pequeño planeta, mirando cosas que están a años luz de distancia. Que algunas de esas estrellas probablemente ya no existen y estamos viendo su luz del pasado.

—Por eso me gustaba tanto. Porque nos pone en perspectiva. Todos nuestros problemas, nuestras preocupaciones, nuestros planes… no significan nada comparado con la inmensidad del universo.

—¿Alguna vez soñaste con ser astronauta?

La pregunta me pilla desprevenido.

—Cuando era niño, sí. Durante un tiempo quise serlo.

Pensaba que sería increíble flotar en el espacio, ver la Tierra desde arriba, tocar las estrellas.

—Hago una pausa—. Luego me di cuenta de que me gustaría más ser investigador desde la Tierra.

Estudiar los datos, entender los patrones, resolver los misterios sin tener que estar allí físicamente.

—¿Pero los cohetes te fascinan?

—Sí.

—¿Has visto alguna vez el lanzamiento de uno?

La pregunta trae un recuerdo que había olvidado. Un viaje a Cabo Cañaveral hace años, antes de que mi vida entera girase en torno a los negocios. La cuenta atrás. El rugido ensordecedor de los motores. La columna de fuego que se elevaba hacia el cielo.

—Sí. Una vez. En Florida.

Hannah se incorpora sobre los codos, mirándome con esos ojos dorados llenos de asombro.

—Tiene que ser algo maravilloso. Grandioso. Ver toda esa potencia, toda esa ciencia trabajando junta para enviar algo al espacio. —Suspira y vuelve a tumbarse—. Ojalá alguna vez pueda verlo.

Lo dice en voz baja, soñadora, con un anhelo genuino que hace saltar un resorte en mi cabeza.

Puedo llevarla.

El pensamiento aparece sin permiso, ya formado y aterrador en su claridad.

Puedo llevarla a ver un lanzamiento. Puedo mostrarle lo que es estar ahí, sentir la vibración en el pecho, ver el cohete desaparecer en el cielo. Puedo compartir eso con ella.

Puedo volver a sentirlo junto a ella.

Y esa es la razón por la que necesito irme ahora mismo.

Me incorporo con tanta brusquedad que Hannah da un respingo.

—Se está haciendo tarde. —Me sale como un portazo—. Deberíamos irnos.

Hannah se queda tumbada un momento más, mirándome con una expresión que no puedo descifrar. Suspira, se sienta y empieza a recoger los restos de la cena.

—De acuerdo.

No protesta. No me pregunta por qué. No intenta convencerme de quedarnos un poco más.

Y eso me hace sentir aún peor.

Recogemos en silencio. Hannah dobla la manta con movimientos precisos mientras yo llevo la cesta de vuelta a su coche. El aire de la noche se ha vuelto más fresco y huele a pino y a tierra húmeda.

Cuando todo está guardado, Hannah se vuelve hacia mí con las llaves en la mano.

—Gracias por venir. Sé que te he engañado para traerte aquí, pero… ha merecido la pena. Para mí. Espero que para ti también.

La miro bajo la luz tenue de las estrellas. Tiene el pelo revuelto por el viento. Tiene una mancha de lo que parece queso en la comisura del labio. Sus ojos me miran con una calidez que me aprieta el pecho hasta doler.

Y me doy cuenta, con una claridad aterradora, de que esto ha sido perfecto.

Compartir las estrellas con ella. Hablar de algo que amo sin sentirme juzgado o ridiculizado. Ver su fascinación genuina, su curiosidad sin filtros, la forma en que sus ojos brillaban cada vez que le explicaba algo nuevo.

Ha sido demasiado perfecto.

Y por eso necesito poner distancia entre nosotros antes de que haga algo irreparable.

—Conduce con cuidado. —Consigo que mi voz suene profesional, distante—. Y la próxima vez que necesites cambiar la ubicación de una reunión, simplemente dímelo. No hace falta el drama.

Hannah sonríe, pero hay algo triste en sus ojos.

—¿Dónde estaría la diversión en eso?

Se mete en su coche sin esperar respuesta. Arranca el motor y baja la ventanilla.

—Buenas noches, Royce.

—Buenas noches.

Espero a que salga del aparcamiento antes de volver a mi coche. Me quedo sentado al volante cinco minutos largos, con las manos apoyadas en él y la mirada clavada en el cielo a través del parabrisas.

Las estrellas siguen ahí, indiferentes a todo lo que acaba de pasar.

Pero yo no.

Yo estoy completamente jodido.

Porque he pasado dos horas tumbado en una manta bajo las estrellas con Hannah, hablando de cosas que no le cuento a nadie, sintiéndome más yo mismo de lo que me he sentido en años.

Y cuando ha dicho que le gustaría ver un lanzamiento de cohete, mi primer instinto no ha sido asentir educadamente.

Ha sido pensar: puedo hacer que eso pase.

Ha sido imaginarme llevándola a Cabo Cañaveral, o mejor aún, a Vandenberg en California. Reservar los mejores asientos. Ver su cara cuando el cohete despegue. Escuchar su risa cuando sienta la vibración.

Ha sido pensar en un futuro con ella en él.

Y eso me aterra.

Porque no me toca a mí imaginar futuros con Hannah.

Es de Drake.

Y yo necesito recordarlo antes de que sea demasiado tarde.

Arranco el motor y conduzco de vuelta a Manhattan, esta vez respetando cada límite de velocidad, cada señal de tráfico, cada regla.

Pero por mucho que intente controlar mi conducción, no puedo controlar la imagen de Hannah tumbada bajo las estrellas que se ha quedado grabada en mi mente.

Ni las ganas de volver a verla así.

Una y otra vez.