Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

HANNAH

Me despierto el miércoles con una certeza que me golpea como un café expreso directo a las venas: necesito cambiar de estrategia.

Llevo desde que comenzamos intentando sacarle información a Royce con preguntas directas, y lo único que he conseguido son respuestas cortantes y silencios incómodos. Pero ayer, en la pastelería, cuando le conté lo de las frambuesas y mi padre, algo cambió.

Royce me habló de sus padres.

Por primera vez desde que lo conozco, compartió algo real. Algo que dolía.

Y lo hizo porque yo me abrí primero.

Me siento en la cama con el portátil en el regazo y me quedo mirando la pantalla en blanco del documento donde debería estar escribiendo su biografía. Demasiadas semanas de entrevistas y apenas tengo material suficiente para un artículo mediocre, mucho menos para un libro.

Pero ahora tengo una pista.

Si me abro yo, él se abre también.

Es de una simpleza casi ridícula y, a la vez, aterradora, porque significa dejar que Royce Harris vea partes de mí que no enseño a cualquiera. Significa volverme vulnerable delante del hombre más blindado que he conocido y esperar que él haga lo mismo.

Lo otro que tengo claro: dentro del hotel, Royce es inalcanzable. Es su reino, su zona de control absoluto, donde cada detalle está bajo su mando y cada conversación puede interrumpirse con una llamada o una crisis que resolver.

Pero fuera…

Fuera es territorio neutral.

Fuera, Royce Harris es solo un hombre.

Me lo demostró en el planetario primero, y ayer en la pastelería.

Cojo el móvil de la mesilla y le escribo antes de que pueda arrepentirme.

Hoy no puedo quedar por la mañana. ¿Te importa cambiar a la tarde? ¿A eso de las nueve?

Pulso enviar y dejo el móvil sobre la cama con la esperanza de que tarde al menos unos minutos en responder.

La pantalla se ilumina en menos de treinta segundos.

¿Te pasa algo?

Parpadeo mirando las tres palabras.

No esperaba eso. No esperaba la inmediatez de su respuesta ni el tono de preocupación implícito en una pregunta tan simple.

Me sube por dentro un calorcillo que no debería estar ahí.

Sonrío sin poder evitarlo y escribo:

No. Solo necesito la mañana libre. ¿A las nueve está bien?

Esta vez la respuesta tarda más.

Tres minutos en los que me imagino a Royce en su despacho, mirando el móvil con el ceño fruncido, debatiendo si es profesional o no cambiar los horarios establecidos que debe de tener marcados en su agenda con rotulador permanente.

Casi puedo verlo: la mandíbula tensa, los dedos tamborileando sobre el escritorio una sola vez antes de detenerse, esa expresión de irritación controlada que hace que quiera provocarlo hasta que explote.

El móvil vibra.

No me parece profesional cambiar de hora así.

Pongo los ojos en blanco tan fuerte que me duelen.

Por supuesto que no le parece profesional.

Porque Royce Harris vive y respira profesionalidad como si fuera oxígeno. Seguro que tiene reuniones programadas para ir al baño y alarmas que le recuerdan cuándo es socialmente aceptable tomarse un café.

Me imagino su expresión en este momento: labios apretados en una línea de desaprobación, esos ojos grises clavados en la pantalla del móvil como si pudiera obligarme a cambiar de opinión con la fuerza de su mirada.

Y las mariposas que siento revoloteando en mi estómago no tienen ningún sentido.

Para, Hannah. Para ahora mismo.

Me reprendo en silencio y suelto el móvil como si quemara.

No puedo sentir mariposas por Royce solo porque se ha molestado en responderme rápido. Solo porque ha preguntado si me pasaba algo con una inmediatez que sugiere que dejó lo que estuviera haciendo para escribirme.

Eso no significa nada.

El móvil vibra de nuevo.

No llegues tarde.

La sonrisa que se me pone es tan grande que me tira de las mejillas.

Ha cedido.

Royce Harris, el hombre más inflexible del planeta, ha cambiado sus horarios sagrados por mí.

Guardo el móvil en el cajón de la mesilla para no hacer algo estúpido como releer sus mensajes cincuenta veces buscando significados ocultos que no existen.

Paso el día entero preparándolo todo con un nivel de detalle que roza lo obsesivo.

Primero: encontrar el mejor lugar cerca de Nueva York para ver las estrellas. Si Royce ama la astrofísica, voy a darle cielo nocturno de verdad, no las tres estrellas tristes que se ven desde Manhattan.

Después de cuarenta minutos investigando foros de astronomía y blogs de aficionados, encuentro un sitio en Bear Mountain State Park. A una hora de la ciudad, suficientemente alto para escapar de la contaminación lumínica, con vistas despejadas del cielo.

Perfecto.

Segundo: el picnic.

Porque si voy a sacar a Royce de su zona de confort, de su despacho y sus trajes de tres piezas y su control absoluto sobre cada variable, no pienso hacerlo a medias.

Me paso una hora en Whole Foods llenando la cesta.

Quesos variados, uvas rojas y verdes, galletas saladas de esas caras que vienen en cajas elegantes.

Una botella de vino tinto que el dependiente me asegura que es excelente y que cuesta un dineral, pero da igual.

Pan recién horneado que huele tan bien que casi me lo como en el coche de camino a casa.

Frambuesas frescas.

Las añado a la cesta sin pensarlo demasiado, ignorando la vocecita en mi cabeza que me recuerda por qué las frambuesas ahora significan todavía más para mí.

Cuando termino de empaquetar todo en una cesta de mimbre que encontré en el fondo de mi armario, junto con una manta a cuadros que heredé de mi abuela, me siento tan satisfecha que casi me da vergüenza.

Esto va a funcionar.

Tiene que funcionar.

A las ocho salgo de mi apartamento con la cesta, la manta enrollada bajo el brazo y una mezcla de emoción y nervios burbujeándome en el pecho como champán mal cerrado.

El tráfico está más despejado de lo que esperaba. Cruzo el puente George Washington mientras el sol se pone, tiñendo el Hudson de naranjas y rosas. La carretera serpentea entre árboles cada vez más densos a medida que me alejo de la ciudad, y cuando llego a Bear Mountain son las ocho y cincuenta.

Aparco en un mirador casi desierto. Solo hay otros dos coches a lo lejos, de excursionistas que estarán terminando sus rutas antes de que oscurezca del todo.

El cielo sobre mí es una mezcla de azul oscuro y los últimos vestigios de luz dorada. Las primeras estrellas empiezan a aparecer, tímidas todavía, pero prometen un espectáculo cuando la noche se asiente del todo.

Respiro hondo y cojo el móvil.

Es ahora o nunca.

Le envío la ubicación a Royce y escribo:

Me he quedado tirada aquí. ¿Puedes venir a buscarme?

No han pasado ni dos segundos cuando el móvil vibra en mi mano.

Pero no es un mensaje.

Es una llamada.

De Royce.

El corazón me da un vuelco que intento ignorar mientras deslizo el dedo para responder.

—¿Hannah? —Suena tenso, alterado de una forma que nunca le he oído—. ¿Estás bien?

El pánico en su tono es tan evidente que me desarma por completo.

—Eh… sí. Estoy bien.

—¿Qué ha pasado? ¿Necesitas que llame a la policía? —Habla rápido, sin pausas, como si las palabras se le atropellaran unas a otras—. Estoy saliendo ahora mismo. No te muevas. ¿Es un sitio peligroso? ¿Hay alguien más contigo?

Me derrito por dentro como mantequilla al sol de agosto.

Royce está preocupado.

De verdad preocupado.

No es la preocupación educada de alguien que cumple con las formalidades sociales. Es pánico real. Puedo oírlo en su voz, en la forma en que dispara preguntas sin esperar respuestas, en el ruido de fondo: llaves que chocan, una puerta que se cierra con urgencia.

—Royce. —Intento que mi voz suene tranquilizadora—. Estoy perfectamente. De verdad. No hay ninguna emergencia. Solo… ven rápido, ¿vale? Me aburro.

El silencio al otro lado de la línea se alarga tres segundos.

Puedo imaginar su expresión cambiando: del pánico a la incredulidad, de la incredulidad a la irritación.

—¿Te aburres? —Su tono ha pasado de alterado a gélido en un parpadeo—. ¿Estás tirada en Dios sabe dónde y tu única preocupación es que te aburres?

—Te he dicho que me he quedado tirada. Has asumido el peligro tú solo. —Me muerdo el labio para no reírme.

—Quedarse tirada implica una emergencia, Hannah. Implica que necesitas ayuda inmediata. Que algo ha ido mal.

—Y necesito ayuda. Necesito que vengas aquí. —Sonrío aunque no puede verme—. Así que date prisa.

—Eres una insensata. —Lo dice sin rabia de verdad, con esa exasperación controlada que me resulta cada vez más divertida—. Una completa y absoluta insensata.

—Tampoco es para tanto —me quejo, pero la verdad es que me da igual lo que piense. Lo único que me importa es arrastrar a Royce hasta aquí.

Royce no responde a eso. Cuando habla, lo hace más bajo, más controlado.

—Voy para allá. No hagas ninguna tontería hasta que llegue.

—¿Qué tipo de tontería podría…?

Pero ya ha colgado.

Me quedo mirando la pantalla del móvil, con el corazón desbocado y una sonrisa estúpida que no puedo borrar de mi cara.

Royce ha entrado en pánico.

Por mí.

Lo ha dejado todo, ha cogido las llaves y ha salido corriendo porque pensaba que estaba en peligro.

La calidez que se extiende por mi pecho es tan intensa que casi me asusta.

Se instala justo debajo de mis costillas y se niega a moverse.

Es normal, me digo, guardando el móvil en el bolsillo de mis vaqueros. Soy su cuñada. La prometida de su hermano. Claro que se preocupa. Es lo que hace la gente responsable. Cuidar de la familia. Asegurarse de que nadie acabe en una zanja en mitad de la nada.

La justificación suena de lo más razonable en mi cabeza.

Y aun así, hueca.

Porque no me siento como una familiar suya.

Me he sentido como algo más.

Como si le importara. De verdad. No porque sea la prometida de Drake o porque sea lo profesional o porque cuidar de mí esté en alguna lista de obligaciones que tiene pegada en la nevera.

Sino porque soy yo.

Hannah.

Y la idea de que me pase algo le resulta insoportable.

Me siento en el capó del coche, con la vista en las estrellas que empiezan a multiplicarse sobre mi cabeza, e intento ignorar la pregunta que me martillea el cerebro.

¿Por qué me molesta pensar que solo se preocupa por mí porque soy familia?

¿Por qué quiero que sea algo más?

¿Por qué la idea de que Royce se preocupe por mí, específicamente por mí y no por su deber hacia su hermano, hace que el estómago se me llene de mariposas y el pecho se me hinche de algo muy parecido a la esperanza?

No tiene sentido.

Nada de esto tiene sentido.

Hace un mes y medio, mi vida tenía una estructura clara. Un plan: escapar de las citas horribles que me organizaba mi padre, escribir algo que importara, mantener a Drake como mi mejor amigo y seguir adelante con una existencia que, aunque no fuera emocionante, al menos era manejable.

Simple. Segura. Predecible.

Y entonces apareció Royce Harris.

Con sus trajes perfectos y sus silencios glaciales. Con esa forma de mirarme que me deja sin aire. Con esos destellos de vulnerabilidad que esconde tras capas y capas de control hermético.

Con esa voz al teléfono preguntándome si estoy bien como si la respuesta fuera lo más importante del mundo.

Y ahora estoy aquí, en mitad de Bear Mountain, esperándolo con un picnic que he preparado con mis propias manos y un plan para sacarle secretos usando las estrellas como excusa.

Ahora paso más tiempo pensando en él que en cualquier otra cosa.

En cómo frunce el ceño cuando algo le molesta.

En cómo sus dedos tamborilean una sola vez sobre cualquier superficie cuando está considerando algo.

En la forma en que me miró ayer en la pastelería cuando probé el pastel de chocolate, como si cada sonido que hice le costara un esfuerzo sobrehumano ignorar.

En cómo me rozó la parte baja de la espalda sin querer y luego apartó la mano tan rápido que casi pareció que le había quemado tocarme.

Conocer a Royce ha puesto mi mundo patas arriba.

Ha cogido mi vida ordenada y la ha sacudido como una bola de nieve de cristal, y ahora no sé dónde están las piezas ni cómo se supone que debo volver a encajarlas.

Lo peor de todo es que no estoy segura de querer hacerlo.

Porque esta versión caótica de mi vida, donde siento mariposas estúpidas cada vez que Royce me mira y donde mi corazón se acelera cuando veo su nombre en la pantalla del móvil, es aterradora y confusa y completamente inadecuada.

Pero también es con la que más viva me he sentido en años.

Y eso, probablemente, es lo más peligroso de todo.