Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

ROYCE

—Necesito que me hagas un favor.

Drake entra en mi despacho sin llamar, con esa sonrisa enorme que usa cuando está a punto de pedirme algo que sabe que no me va a gustar.

Levanto la vista del informe trimestral que estoy revisando y lo miro con la desconfianza que mi hermano se ha ganado a pulso durante años.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a pedirte.

—Conozco ese tono. La respuesta sigue siendo no.

Drake se deja caer en una de las sillas frente a mi escritorio y cruza los tobillos con un descaro que me irrita.

—Tengo que viajar a Londres. A una reunión urgente del departamento de Relaciones Institucionales. Me voy mañana por la mañana y vuelvo el jueves.

—Perfecto. Buen viaje.

—El martes tenemos la prueba de los pasteles de boda. —Lo suelta a toda prisa, como si tuviera el discurso ensayado—. A las cinco de la tarde. En Dominique Ansel. Y necesito que acompañes a Hannah.

El bolígrafo se me escapa de los dedos y cae sobre el escritorio con un golpe seco.

—¿Qué?

—Ya me has oído. —Drake se encoge de hombros, como si me hubiera pedido que le recogiera la ropa de la tintorería—. No quiero que vaya sola. Es importante. Y su padre está fuera de la ciudad esta semana, así que no puede acompañarla él.

El pecho se me encoge de una forma que no reconozco.

—Drake. Tiene amigas. Compañeras. Gente que...

—No tiene hermanos, Royce —me interrumpe, con una seriedad en la voz que me hace callar—. Y este tipo de cosas… no sé. Siempre pensé que eran decisiones que se tomaban en familia. No quiero que se sienta sola.

La palabra se me clava en un punto vulnerable que no sabía que tenía.

Sola.

Joder.

Me imagino a Hannah, sentada en una pastelería exclusiva eligiendo el pastel de su boda sin nadie a su lado.

Hannah, mordiéndose el labio mientras intenta decidir entre sabores que deben de parecerle todos igual de buenos.

Hannah, sonriendo a la pastelera con esa calidez que tiene y escondiendo que le gustaría tener a alguien allí con ella.

Aprieto la mandíbula.

—Seguro que ella prefiere ir sola que conmigo. No soy precisamente… cálido.

—Eres su futuro cuñado. —Drake se inclina hacia delante—. Y sé que has estado trabajando con ella en la biografía. Las cosas entre vosotros están mejor, ¿no? Después de lo del planetario...

Mierda.

El planetario.

El recuerdo me viene solo. Hannah mirando los Pilares de la Creación con los ojos brillantes, escuchándome hablar de estrellas como si cada palabra importara, riéndose cuando me vio comer ese maldito perrito caliente en plena calle.

Odio lo bien que me sentí ese día.

Odio que durante tres horas me olvidé de mantener las distancias, de controlar cada palabra, de recordarme que ella es la prometida de mi hermano y que no tengo ningún derecho a sentir nada que no sea indiferencia educada.

—Las cosas están… profesionales. —Consigo que mi voz suene firme—. Pero acompañarla a elegir el pastel de vuestra boda es cruzar una línea, Drake.

—¿Qué línea?

Todas.

La que separa al futuro cuñado del hombre que no puede dejar de mirarla cuando entra en una habitación. La que mantiene mis pensamientos donde deben estar en lugar de donde no deberían. La que me protege de cometer el error más grande de mi vida.

—Es vuestro momento. Vuestro día. No debería estar ahí.

Drake suspira y se pasa una mano por el pelo.

—Royce. Te lo estoy pidiendo porque confío en ti. Porque eres mi hermano y sé que cuidarás de ella. —Hace una pausa—. Por favor.

Y ahí está.

La única palabra que mi hermano siempre usa conmigo porque sabe que funciona.

Por favor.

El dolor de imaginar a Hannah sola en esa pastelería supera el pánico que me atenaza. Y eso, en sí mismo, debería aterrarme más que cualquier otra cosa.

—De acuerdo —cedo antes de pensarlo—. La acompañaré.

La sonrisa que ilumina el rostro de Drake me retuerce las tripas de culpa.

—Gracias, hermano. De verdad.

Sale de mi despacho silbando, y yo me quedo mirando el informe trimestral sin ver una sola cifra.

¿Qué acabo de aceptar?

El martes llego a Dominique Ansel a las cinco menos diez.

Hannah ya está allí, esperando en la entrada con un vestido rosa pálido que hace que parezca salida de un cuento de hadas. El color le ilumina la piel, le suaviza las facciones, le da un aire de dulzura que me golpea como un puñetazo directo al estómago.

Joder.

Se vuelve cuando me acerco, y su sonrisa es instantánea.

—De verdad has venido —se mofa.

—Drake me lo pidió. —Necesito que le quede claro que esto no es decisión mía—. ¿Entramos?

Una sombra de malestar le cruza la expresión, demasiado rápida para identificarla. Luego asiente y empuja la puerta de la pastelería.

El interior es lo que cabría esperar: elegante, íntimo, con ese toque francés que destila exclusividad. Una mujer de unos cincuenta años con el pelo recogido en un moño impecable nos recibe con una sonrisa profesional.

—Buenas tardes. Deben de ser los futuros señores Harris.

—Eh... —Hannah duda—. Sí. Somos nosotros.

El corazón me da un estúpido salto cuando Hannah no corrige a la mujer y deja que piense que somos pareja.

Joder. ¿Por qué demonios me afecta tanto todo lo que hace esta mujer?

Nos guía hasta una mesa en el fondo, apartada del resto de la pastelería. Hay bandejas con distintos tipos de bizcocho, cuencos con rellenos variados y una lista impresa con combinaciones posibles.

—Les dejaré a solas para que prueben con tranquilidad. —La mujer sonríe—. Tómense todo el tiempo que necesiten. Es una decisión importante.

Desaparece por una puerta lateral, y de repente estamos solos.

Hannah se sienta en una de las sillas y yo cojo la de al lado, manteniendo una distancia prudencial. Pero cuando me inclino y me apoyo sobre su silla para acercarle una de las bandejas, mi mano le roza la parte baja de la espalda sin querer.

El contacto dura menos de un segundo.

Pero es suficiente para ponerme en alerta hasta el último nervio del cuerpo.

Hannah se tensa, y yo aparto la mano como si me hubiera quemado. Me acomodo en mi silla y entrelazo las manos sobre la mesa, con los nudillos blancos.

Profesional. Controlado. Distante.

—¿Por dónde empezamos? —pregunta Hannah, cogiendo la lista.

—Tú decides. Es tu boda.

—Nuestra boda —bromea, pero el tono no la acompaña—. Técnicamente.

—Técnicamente —repito, porque no se me ocurre qué más decir.

Hannah coge una cuchara pequeña y prueba el primer bizcocho: vainilla clásica. Cierra los ojos al masticar, y tengo que obligarme a apartar la vista.

No funciona.

Porque cuando abre los ojos y sonríe con un «este está bien, pero un poco soso», lo único en lo que puedo pensar es en cómo sus labios se han curvado alrededor de la cuchara.

Esto va a ser un infierno.

Hannah prueba el siguiente: chocolate belga con ganache. Esta vez el sonido que hace es casi obsceno. Un gemido suave de placer que me golpea de lleno en la entrepierna.

Aprieto los dientes y me obligo a mirar la lista de sabores como si fuera el documento más fascinante del mundo.

—¿Royce? —Su voz me devuelve al presente—. ¿No vas a probar nada?

—No soy muy de dulces.

—Vamos. —Me tiende una cuchara con un trozo de bizcocho de limón—. Prueba aunque sea uno. Tienes que ayudarme a decidir.

Cojo la cuchara sin rozarle los dedos, un movimiento tan calculado que roza el ridículo. Me llevo el bizcocho a la boca. Está bueno. Ligero. Con un toque ácido que equilibra el azúcar.

—Está bien —digo, devolviéndole la cuchara.

—¿Solo bien? —Hannah se ríe—. Eres imposible de impresionar.

—Simplemente tengo estándares altos.

—Eso ya lo he notado. —Prueba otro sabor, esta vez frambuesa con nata—. Oh, Dios. Este.

La forma en que cierra los ojos, en que su expresión se suaviza con ese placer puro, me tensa entero.

No debería estar aquí, ni mirándola así, ni sintiendo esto.

Hannah abre los ojos y me encuentra observándola. Se sonroja y baja la vista a la bandeja.

—Me encantan las frambuesas. Siempre me han encantado.

—¿Por alguna razón en particular? —La pregunta se me escapa.

Hannah sonríe, y la nostalgia le asoma a la cara.

—Cuando era pequeña, mi padre me llevaba a una granja en las afueras de la ciudad.

Pasábamos el día recogiendo frambuesas, llenando cestas enormes.

Él siempre decía que yo comía más de las que guardaba.

—Se ríe bajito—. Volvíamos a casa con los dedos manchados de rojo y el coche oliendo a verano. Son… buenos recuerdos.

Escucharla me deja un peso frío en el pecho.

Porque yo no tengo recuerdos así.

No tengo tardes recogiendo fruta con mis padres. No tengo risas compartidas ni coches oliendo a verano. Lo que tengo son imágenes fragmentadas de una casa inmensa y fría, de gritos amortiguados tras puertas cerradas, de portazos y silencios que duraban días.

—Mis padres nunca hacían esas cosas con nosotros. —Las palabras salen sin permiso, y me arrepiento en el instante en que cruzan mis labios.

Hannah levanta la vista, sorprendida.

—¿Nunca?

—Nunca. —Aprieto la mandíbula—. Estaban demasiado ocupados odiándose entre ellos para preocuparse por criar a nadie. Drake y yo crecimos con niñeras, internados y vacaciones que pasábamos solos.

El silencio que sigue es demasiado pesado.

¿Por qué he dicho eso?

¿Por qué le he dado acceso a algo tan privado, tan… real?

Me levanto de golpe, y la silla chirría contra el suelo.

—Es tarde. Deberíamos irnos.

Hannah me mira sin moverse, con esos ojos dorados que ven demasiado.

—Royce...

—Ya has probado suficientes sabores. —Lo digo más cortante de lo que pretendía—. Elige el que más te guste y ya está. No necesitas mi opinión para esto.

Espero que me discuta. Que me exija que me siente y termine lo que he empezado. Que me obligue a hablar de cosas que llevo años enterrando.

Pero no lo hace.

Es como si supiera que en este momento no debe presionarme. Es como si… me conociera.

Se limita a asentir despacio y se levanta de la silla.

—De acuerdo. El de frambuesa, entonces.

La espero mientras le comunica a la dueña su decisión, desconectado de todo a mi alrededor. Me siento demasiado expuesto. Demasiado en carne viva.

Salimos de la pastelería en silencio. El sol de la tarde nos recibe con una luz dorada que hace que el rosa de su vestido brille de una forma que no debería afectarme.

Mi coche nos espera en la acera. Wilson, mi chófer, se baja para abrirnos la puerta.

—Te llevo a casa —le informo.

—No hace falta. Puedo coger un taxi.

—No lo voy a permitir. —La miro—. Así que ahórrate la discusión.

Hannah me aguanta la mirada un instante. Luego suspira.

—Eres un controlador.

—Lo sé.

Se mete en el coche y yo la sigo. Wilson arranca y el silencio dentro del vehículo es tan denso que me cuesta respirar.

Hannah mira por la ventanilla, con las manos cruzadas sobre el regazo. El perfil de su rostro está bañado por la luz del atardecer, y tengo que obligarme a apartar la vista antes de que note que la estoy mirando.

Veinte minutos después, llegamos a su edificio en el West Village. Wilson detiene el coche y Hannah se vuelve hacia mí.

—Gracias. Por venir hoy. Sé que no querías.

—Drake me lo pidió. —Necesito recordárselo. Recordármelo—. Eso es todo. Avísame cuando llegues arriba. Hasta entonces no nos moveremos de aquí.

Se le apaga la sonrisa, pero asiente.

—Claro. Buenas tardes, Royce.

Sale del coche antes de que pueda responder. La veo entrar en el edificio, desaparecer tras la puerta de cristal, y me quedo mirando el espacio vacío que ha dejado.

Mi móvil vibra cinco minutos después.

Ya estoy arriba. Gracias por la escolta. H.

Le hago un gesto a Wilson para que arranque.

Durante todo el trayecto de vuelta a The Legacy, no puedo dejar de pensar en el vestido rosa.

En los labios de Hannah curvándose alrededor de la cuchara.

En el gemido suave que hizo al probar el chocolate.

En la forma en que mi cuerpo reaccionó a cada detalle como si tuviera diecisiete años y ningún autocontrol.

En lo que sentí al rozarle la parte baja de la espalda, aunque fuera sin querer.

En cómo me costó cada gramo de autocontrol que tengo no volver a hacerlo.

Cuando llego al ático, me quito la corbata y la lanzo sobre el sofá con más violencia de la necesaria.

Esto no puede seguir así.

Hannah es la prometida de mi hermano.

Es la línea roja que no puedo cruzar.

Es todo lo que no debería querer y justo lo que no puedo dejar de desear.

Y hoy, en esa maldita pastelería llena de bizcochos y decisiones que no me correspondían, me he dado cuenta de algo muy peligroso.

Me gusta pasar tiempo con ella.