CAPÍTULO 14
HANNAH
Entro en The Legacy como un huracán categoría cinco.
Claire levanta la vista de su ordenador con los ojos como platos cuando paso por recepción sin saludar, con el bolso colgado del hombro y una determinación que debería asustarme a mí misma.
Llevo dos días investigando sobre astrofísica estelar hasta que me han llorado los ojos, he memorizado nombres de constelaciones, tipos de estrellas y datos sobre la formación del universo. Dos días preparándome para esto.
No pienso desaprovechar la oportunidad.
Abro la puerta del despacho de Royce sin llamar. Él alza la vista del ordenador, con una expresión de sorpresa controlada que dura medio segundo antes de que la máscara vuelva a su sitio.
—Hannah. Son las ocho y dos. Llegas tarde.
—Dos minutos. —Cierro la puerta a mi espalda—. Y no importa, porque hoy la reunión no es aquí.
Royce deja el bolígrafo sobre el escritorio con una precisión que me pone los pelos de punta.
—¿Perdón?
—Que nos vamos. —Señalo la puerta con el pulgar—. Fuera. Al mundo real. Ya sabes, ese lugar con luz natural y gente que sonríe de vez en cuando.
—No voy a ninguna parte. —Su tono es definitivo—. Tenemos una agenda establecida. Nos quedamos aquí.
—No. —Cruzo los brazos sobre el pecho—. Si no me acompañas ahora mismo, te juro por lo más sagrado que me tiro al suelo de este despacho y me pongo a gritar como una niña de tres años hasta que todo el edificio venga corriendo.
Royce me mira como si acabara de amenazarlo con un arma nuclear.
—Estás de broma.
—Ponme a prueba. —Doy un paso hacia su escritorio—.
Llevo semanas viniendo aquí todos los días para que me mires con esos ojos de hielo, me sueltes tres palabras como mucho y me despidas como si fuera una molestia.
No puedo más, Royce. No avanzamos. No conseguimos nada.
Así que hoy vamos a hacer algo diferente, o te prometo que el escándalo va a ser memorable.
El silencio que sigue a mi declaración es tan largo que podría transcribirlo palabra por palabra.
Royce se recuesta en su silla y me estudia con una intensidad que me clava al sitio. Sus dedos tamborilean una vez sobre el reposabrazos. Luego se levanta, coge su americana del respaldo de la silla y se la pone con movimientos precisos.
—Solo en esta ocasión, Hannah. —La voz le sale más afilada que de costumbre—. Y que conste que cedo bajo protesta.
Me golpea un subidón de euforia.
He ganado.
Le he hecho cambiar de opinión a Royce Harris.
Es casi adictiva, la sensación de haberlo alterado, de haberlo sacado de su zona de control absoluto. De haber conseguido que reaccione de alguna manera que no sea mirarme como si fuera un problema por resolver.
Es tu futuro cuñado, Hannah. Grábatelo a fuego en el cerebro. Y en el cuerpo, ya de paso.
Pero la advertencia llega tarde, porque mi cuerpo ya ha decidido que ver a Royce Harris ceder terreno es lo mejor que le ha pasado en semanas.
—Excelente decisión. —Sonrío con más dulzura de la necesaria—. No te arrepentirás.
—Ya me estoy arrepintiendo. —Coge las llaves de su coche del escritorio—. ¿Adónde vamos exactamente?
—Es una sorpresa.
—Odio las sorpresas.
—Nunca me lo hubiera imaginado —bromeo. No puedo evitarlo.
Royce me lanza una mirada que podría congelar el infierno, pero me sigue fuera del despacho.
Veinte minutos después, el coche de Royce se detiene frente al Museo Americano de Historia Natural. Apaga el motor y se vuelve hacia mí con una expresión que no sé si es curiosidad o incredulidad.
—¿Es una broma?
—Para nada. —Abro la puerta del copiloto—. Vamos. No tenemos todo el día.
—Hannah. —Su voz baja medio tono, y el estómago se me retuerce—. ¿Se puede saber qué hacemos aquí?
—Vamos a ver estrellas. —Salgo del coche antes de que pueda responder, pero lo oigo cerrar su puerta de un golpe seco.
Me alcanza en tres zancadas largas y me corta el paso a medio camino de la puerta.
—Ha sido Drake. —No es una pregunta—. Mi hermano te ha dicho que me gusta la astrofísica.
No pensaba que se fuera a dar cuenta tan rápido.
Pero Royce ha demostrado tener una inteligencia exasperante.
—No sé de qué me hablas.
—Sí lo sabes. —Royce se cruza de brazos, y el movimiento hace que la tela de la americana se le tense sobre los hombros de una forma que no debería distraerme tanto—. Drake es el único que conoce ese detalle. Y claramente te lo ha contado.
—¿Y qué si lo ha hecho? —Levanto la barbilla—. ¿Qué cambia eso? Tú no me cuentas nada sobre tu vida. Tengo que buscar información donde pueda.
—Buscar información es una cosa. Manipularme con ella es otra muy distinta.
—No te estoy manipulando. —La respuesta me sale más defensiva de lo que pretendía—. Estoy intentando encontrar una forma de que me dejes entrar. Aunque sea un milímetro. Porque hasta ahora todo lo que he conseguido es estrellarme contra el mismo muro una y otra vez.
Royce me sostiene la mirada sin parpadear. Luego suspira, un sonido tan sutil que casi me lo pierdo.
—Una hora. Tienes una hora, Hannah. Después volvemos al hotel y seguimos con la agenda normal.
—Dos horas.
—Una y media. Es mi última oferta.
—Trato hecho.
Me adelanto hacia la entrada antes de que pueda arrepentirse. Royce me sigue, y cuando pago las entradas sin darle tiempo a sacar la cartera, me dedica una mirada que mezcla irritación con algo que casi parece diversión.
Casi.
Entramos en el museo y me dirijo directa al Planetario Hayden. El edificio es una esfera gigante de cristal y acero que parece suspendida en el espacio, impresionante incluso desde fuera. Cuando llegamos a la entrada, le tiendo a Royce uno de los folletos informativos.
—Aquí dice que tienen una presentación sobre la formación de sistemas estelares. ¿Te interesa?
Royce coge el folleto sin mirarlo.
—Sabes perfectamente que sí.
Sonrío.
—Solo quería oírtelo decir.
Entramos en la sala de proyecciones y nos sentamos en las butacas reclinables. La cúpula sobre nuestras cabezas se ilumina con miles de estrellas mientras una voz en off comienza a explicar los misterios del cosmos. Miro de reojo a Royce, esperando ver algún atisbo de emoción en su rostro.
Nada.
Sigue con esa expresión impasible, como si estuviera sentado en una reunión de accionistas en lugar de bajo un cielo artificial lleno de galaxias.
Me desespero.
Después de la presentación, recorremos las distintas salas del planetario.
Royce camina a mi lado, mirándolo todo con esos ojos grises que no revelan nada.
Cuando intento hacerle preguntas sobre qué piensa, sobre qué siente al ver todo esto, sus respuestas son monosílabos corteses. Igual que siempre.
—¿Interesante?
—Sí.
—¿Te gusta esta exhibición?
—Está bien.
—¿Te trae recuerdos?
—Algunos.
Quiero gritar.
Estamos en el lugar perfecto, rodeados de todo lo que le apasiona según Drake, y Royce sigue siendo una estatua de mármol con traje de tres piezas.
Llegamos al Sendero Cósmico, una rampa en espiral que recrea la línea temporal del universo desde el Big Bang hasta el presente. Las paredes están llenas de imágenes de vértigo: nebulosas, supernovas, la formación de las primeras estrellas.
Me detengo frente a una fotografía de la nebulosa del Águila, esas columnas inmensas de gas y polvo donde nacen las estrellas. Es preciosa. Aterradora. Imposible.
—Es increíble —digo, más para mí misma que para él—. Pensar que ahí fuera están naciendo estrellas en este mismo momento y nosotros ni siquiera…
—Son los Pilares de la Creación. —La voz de Royce me corta, y su tono es diferente.
Más suave—. Están a siete mil años luz de distancia, en la constelación de Serpens.
Esa imagen la tomó el telescopio Hubble en 1995, pero las estructuras que vemos probablemente ya no existen.
La luz tarda tanto en llegar hasta nosotros que estamos mirando el pasado.
Me vuelvo hacia él, sorprendida.
Royce está mirando la fotografía con una intensidad que no le había visto antes. No es la mirada calculadora de siempre. Se parece más a la fascinación.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Solía leer mucho sobre el tema. —No aparta los ojos de la imagen—. Cuando era niño tenía un telescopio. Pasaba horas observando el cielo, intentando encontrar las cosas que los libros describían. Nunca lo conseguía del todo, pero no importaba. Era… liberador.
La palabra se queda flotando entre nosotros.
Liberador.
—¿Y dejaste de hacerlo?
Royce se encoge de hombros, un gesto mínimo.
—Hubo cosas más importantes que hacer.
—¿Más importantes que mirar las estrellas?
—Más urgentes. —Se aparta de la fotografía y sigue caminando por la rampa—. Mi padre decía que la astrofísica era una distracción. Que tenía que centrarme en lo que realmente importaba: la empresa, los números, el legado familiar.
Lo sigo, con el corazón latiéndome un poco más rápido.
—¿Y le hiciste caso?
—No tenía otra opción. —Se detiene frente a otra exhibición, esta sobre la expansión del universo—. Cuando heredé Harris Legacy Hotels, las distracciones no eran una opción.
Hay una resignación en su voz que no casa con el hombre de control absoluto que conozco, y que me duele más de lo que debería.
—Pero todavía te gusta —afirmo—. Todavía te importa.
Royce no responde de inmediato. Cuando lo hace, baja la voz.
—Las estrellas tienen un ciclo vital predecible. Nacen, se expanden, colapsan, mueren. No hay sorpresas. No hay… caos. —Finalmente me mira—. A veces echo de menos esa simplicidad.
Un calor peligroso me sube por el pecho.
Porque este Royce, el que habla de estrellas con esa pasión contenida, no tiene nada que ver con el hombre hermético que me ha estado rechazando durante semanas.
Este Royce es peligroso para mi cordura.
Pero también es justo lo que necesitaba.
—Háblame más. —Saco la libreta del bolso—. Por favor. Cuéntame qué te gustaba observar. Qué descubrimientos te emocionaban. Lo que sea.
Royce duda un momento. Luego, como si la puerta de la caja fuerte cediera por fin, empieza a hablar.
Me cuenta sobre las noches en el jardín de la casa familiar en Londres, con el telescopio apuntando al cielo mientras el resto del mundo dormía.
Sobre la primera vez que vio los anillos de Saturno y sintió que el universo era más grande de lo que jamás podría comprender.
Sobre los libros que devoraba, las constelaciones que memorizaba, los planes absurdos de ser astrofísico que tuvo durante tres meses justos antes de que su padre los aplastara.
No es que de repente se vuelva encantador. No sonríe ni me mira a los ojos más de lo estrictamente necesario. Pero habla con una pasión que hace que cada palabra importe, que hace que mi bolígrafo vuele sobre el papel intentando capturarlo todo.
Y yo, que he pasado semanas intentando arrancarle una frase entera, me limito a escuchar.
A disfrutar del momento.
Porque Royce Harris apasionado es algo de otro mundo.
Salimos del museo dos horas y cincuenta minutos después. Royce no menciona que nos hemos pasado del límite acordado.
El sol de media mañana nos recibe con un calor suave, y la calle está llena de gente que pasea, de turistas que sacan fotografías y del ruido constante de Manhattan.
—Tengo hambre —anuncio, señalando un puesto de perritos calientes en la esquina—. Vamos a comer algo.
Royce mira el puesto como si fuera la escena de un crimen.
—Puedes comer en el hotel. Tengo un restaurante con estrellas Michelin en la planta baja.
—No quiero estrellas Michelin. Quiero un perrito caliente. —Me pongo con los brazos en jarras—. Y tú también. A menos que quieras que monte un numerito aquí mismo.
—Ese truco no te va a volver a funcionar, Hannah.
—¿Seguro? —Sonrío con mi mejor cara de ángel—. Porque tengo pulmones muy potentes y cero vergüenza.
Royce aprieta la mandíbula. Luego, sin decir una palabra, camina hacia el puesto de perritos calientes.
La victoria me sabe mejor que cualquier pastel de Dominique Ansel.
El vendedor nos saluda con una sonrisa enorme y Royce pide dos perritos con una eficiencia que choca con lo ridículo de la situación. Paga sin darme opción a protestar y me tiende uno envuelto en papel de aluminio.
Nos apartamos a un lado de la acera. Yo le doy un mordisco enorme a mi perrito, saboreando la mezcla de kétchup y mostaza. Royce, en cambio, desenvuelve el suyo con la misma precisión con la que probablemente firma contratos millonarios.
Y luego se lo lleva a la boca.
Royce Harris, CEO de un imperio hotelero global, comiendo un perrito caliente en plena calle como si fuera lo más normal del mundo.
No puedo evitarlo: me río.
—¿Qué? —Royce me mira, masticando con dignidad absoluta.
—Nada. Es solo… —Intento controlarme, pero es imposible—. Tienes mostaza en la comisura del labio.
Royce se limpia con una servilleta, sin perder la compostura ni por un segundo.
—¿Satisfecha?
—Inmensamente. —Le doy otro mordisco—. Nunca pensé que vería esto. Royce Harris, el hombre más serio de Manhattan, comiendo comida callejera.
—No te acostumbres. Esto no va a volver a pasar.
—Eso dijiste de salir del hotel. —Sonrío—. Y sin embargo, aquí estamos.
Royce no responde, pero algo en su expresión se suaviza. Solo un poco. Lo suficiente para que me dé cuenta de que, bajo toda esa armadura de control y frialdad, hay una persona real.
Una persona que ama las estrellas y come perritos calientes con dignidad y se niega a admitir que esto, tal vez, no ha sido tan terrible como esperaba.
Terminamos de comer en un silencio cómodo, viendo pasar a la gente. Cuando Royce se limpia las manos con la última servilleta y tira los restos a la papelera, me mira.
—¿Volvemos?
—Volvemos. —Guardo la libreta en el bolso, con páginas y páginas de notas que, por fin, por fin, valen algo—. Gracias, Royce. Por venir. Por… todo.
Royce asiente una vez, sin decir nada más.
Pero cuando caminamos de vuelta al coche, noto que su postura es un punto menos rígida.
Y eso, para mí, es una victoria más grande que cualquier exclusiva.