Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

HANNAH

La oficina de Paige Lawrence es exactamente lo que esperaba de alguien que organiza bodas para la élite de Manhattan: elegante sin alardes, luminosa sin resultar fría, con ese toque personal que te hace sentir que estás en buenas manos aunque tu vida sea un desastre absoluto.

Como la mía, por ejemplo.

—Hannah, Drake, pasad. —Paige nos recibe con una sonrisa cálida y profesional a partes iguales—. Perdonad el caos. Acabo de volver de una reunión con un cliente que quiere cisnes blancos en su boda. Cisnes reales. En Central Park. En octubre.

—¿Y qué le has dicho? —pregunto mientras me siento en una de las butacas frente a su escritorio.

—Que en octubre los cisnes están de mal humor y que sus invitados no querrán arriesgarse a perder un dedo. —Se ríe y se recuesta en su silla—. Al final hemos acordado unas esculturas de hielo con forma de cisne. Todo el mundo contento.

Drake se sienta a mi lado, relajado como siempre, con esa sonrisa fácil que desarma a la gente. Yo, en cambio, tengo las manos apretadas sobre el regazo y el estómago hecho un nudo.

Dos meses.

Quedan dos meses para una boda que no debería estar ocurriendo.

—Antes de empezar con los detalles. —Miro la fotografía enmarcada en el escritorio de Paige: una imagen adorable de un bebé rubio con los ojos azules más grandes que he visto—. ¿Esa es tu hija?

La expresión de Paige se suaviza de inmediato.

—Sí, es Emily. Tiene cuatro meses ya. —Hay un orgullo evidente en su voz—. Está con su padre hoy. Aunque debo admitir que trabajo desde casa más de lo que jamás pensé que haría. Esta pequeña tirana no entiende de horarios.

—Es preciosa. —Y lo digo de verdad—. Debe de ser complicado compaginar tu empresa con un bebé.

—Complicado es quedarse corta. —Paige coge una tableta del escritorio—.

Pero Reid me ayuda muchísimo, y tengo un equipo increíble.

Además, organizar bodas mientras funciono con tres horas de sueño me ha hecho mucho más eficiente.

Ahora puedo planificar una cena de gala para doscientas personas en el tiempo que tardo en calentar un biberón.

Drake se ríe.

—Eso es impresionante.

—Es supervivencia. —Paige le guiña un ojo y luego me mira—.

Y hablando de supervivencia, vamos a lo vuestro.

Tres meses era un plazo ajustadísimo para una boda de vuestra envergadura, y ahora que solo quedan dos…

pero he hecho milagros con menos. Lo primero: necesito que me confirméis el número de invitados.

Me quedo en blanco.

Drake carraspea.

—Estamos pensando en algo… íntimo. ¿Cien personas?

—Ciento cincuenta si contamos a mi padre y su lista interminable de socios. —Consigo que mi voz suene firme—. Pero Drake tiene razón. Queremos algo personal, no un circo.

Paige asiente y toma notas en su tableta.

—Perfecto. Ciento cincuenta invitados es manejable. ¿Habéis pensado en el lugar? Porque con dos meses de margen, los sitios más exclusivos están reservados. Pero tengo contactos. Puedo conseguiros el Rainbow Room, el Glasshouse en Chelsea…

—El jardín botánico de Brooklyn. —Las palabras salen de mi boca antes de pensarlas—. Siempre he querido casarme allí.

Es verdad. Desde que era niña y mi padre me llevaba a pasear entre los rosales, he soñado con eso. Claro que en mis sueños la boda era real, no una farsa elaborada para escapar de las presiones paternas.

Drake me mira con sorpresa, pero se recupera rápido.

—El jardín botánico suena genial.

—Me encanta. —Paige sonríe—. Y he trabajado allí antes. Déjame hacer unas llamadas. Tengo una relación excelente con la dirección. —Anota algo más—. Ahora, la parte divertida: necesitamos elegir colores, flores, estilo de decoración, menú…

Me vibra el móvil en el bolso. Lo ignoro.

—También tenemos que hablar del pastel. —Paige consulta su agenda—.

Tengo una cita para vosotros la semana que viene en Dominique Ansel.

Martes a las cinco de la tarde. La pastelera es un genio, pero está súper solicitada.

Le he tenido que suplicar que os hiciera un hueco, así que por favor, no me falléis.

—¿Dominique Ansel? —Drake silba—. Eso es serio.

—Todo en esta boda va a ser serio. —Paige nos mira a ambos—. Vuestra boda va a ser la comidilla de Manhattan durante meses. Cada detalle cuenta.

Se me seca la boca.

—¿Y la cena de prueba? —pregunto, porque por lo visto mi boca ha decidido seguir ahondando en el agujero.

—Será en unas semanas. Tengo que coordinar con el catering, pero lo más probable es que caiga en jueves o viernes. —Paige desliza el dedo por la pantalla—. También necesitamos decidir el tema de la música. ¿Banda en directo? ¿DJ? ¿Ambos?

Drake me lanza una mirada de auxilio. Yo se la devuelvo, multiplicada por mil.

—Banda en directo —digo—. Y quizá un DJ para después, cuando la gente ya esté… animada.

—Hecho. Conozco al mejor. —Más notas—. Fotógrafo, flores, la tarta, el menú, las invitaciones… —Levanta la vista—. ¿Queréis que os ayude también con la luna de miel?

La luna de miel.

Dios.

—Eso… lo estamos decidiendo aún. —La voz me sale un tono más aguda de lo normal—. Es que Drake y yo tenemos agendas complicadas y…

—Entendido. Ya me lo diréis. —Paige cierra la tableta y nos sonríe—. Sé que es abrumador, pero confiad en mí. Vamos a hacer que vuestra boda sea inolvidable. Solo necesito que vengáis a las citas que os programe y que toméis decisiones rápido. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. —Drake se levanta y le tiende la mano—. Gracias, Paige. De verdad.

Yo también me levanto, aunque apenas me sostienen las piernas. Salimos de la oficina y bajamos en el ascensor en silencio. Hasta que no estamos en la calle, con el ruido del tráfico de la Quinta Avenida rodeándonos, Drake no me coge del brazo.

—Hannah. Estás pálida.

—Estoy bien.

—Estás a punto de desmayarte. —Me guía hasta un banco en la acera—. Siéntate. Respira.

Me siento porque no tengo otra opción. Drake se acomoda a mi lado y me pasa un brazo por los hombros.

—Eh. Mírame.

Levanto la vista. Sus ojos, del mismo gris que los de Royce pero mucho más cálidos, me estudian con preocupación.

—¿Qué te pasa? —pregunta con suavidad—. Y no me digas que nada, porque te conozco.

No puedo decirle la verdad. Que estoy aterrada por lo de la boda, que cada detalle que Paige menciona hace la mentira más real y más asfixiante.

Drake pensará que me estoy echando para atrás, que quiero romper el trato, y no puedo hacerle eso.

No después de que haya puesto tanto en juego con su hermano.

Así que escojo el otro tema que me preocupa.

—Es tu hermano —le digo—. Llevo semanas intentando sacarle algo, lo que sea, y es imposible. No me cuenta nada personal, Drake. Absolutamente nada.

Drake suspira, como si se lo esperara.

—Royce siempre ha sido así. ¿Tan mal van las entrevistas?

—Peor que mal. —Me froto las sienes—. Le pregunto por su infancia y me responde con monosílabos.

Le pregunto qué lo motiva y me dice «el trabajo».

Le pregunto literalmente cualquier cosa que vaya más allá de cifras de ocupación hotelera y se cierra como una ostra.

Llevo tres páginas de notas, Drake. Tres páginas en semanas.

—Mierda. —Drake se pasa una mano por el pelo—. Lo siento. Debería haberte advertido mejor sobre cómo es.

—Me advertiste. —Me río sin ganas—. Pero no pensé que fuera tan… hermético. Es como intentar entrevistar a una caja fuerte.

—Suena a Royce. —Drake se queda callado un momento, pensativo—. ¿Quieres un consejo?

—Desesperadamente.

—A Royce siempre le ha encantado la astrofísica.

—Lo dice despacio, como si eligiera cada palabra con pinzas—.

Sobre todo la astrofísica estelar. Cuando éramos críos, se pasaba horas con su telescopio en el jardín de la casa de Londres.

Tenía pilas de libros sobre estrellas, galaxias, agujeros negros…

Mi padre decía que era una pérdida de tiempo, que debería estar estudiando empresariales. Pero Royce no podía dejarlo.

Me quedo mirándolo, procesando.

—¿Tu hermano… el témpano andante… ama las estrellas?

—Las adora. —Drake sonríe—. O las adoraba. Hace años que no lo veo mirar el cielo. Pero si quieres acercarte a él, ese es tu camino. Habla de estrellas. De constelaciones. De lo que sea relacionado con el espacio. Es lo único que lo hace bajar la guardia.

La emoción y la culpa se me mezclan en el pecho.

—Drake, eso es… no sé si debería usar esa información. Se va a dar cuenta de que tú me lo has contado.

—Dile que lo investigaste. Que encontraste alguna entrevista antigua o algo así. —Se encoge de hombros—. Royce necesita que alguien rompa sus muros, Hannah. Y creo que tú puedes hacerlo.

Me muerdo el labio, indecisa.

Usar información privilegiada que Royce no me ha dado es hacer trampa: entrar por la puerta de atrás en lugar de ganarme su confianza de verdad.

Pero llevo semanas dándome de bruces contra un muro de hielo y no he conseguido nada. Ni una sola grieta.

—¿Estás seguro?

—Totalmente. —Drake me da un empujoncito con el hombro—. Además, técnicamente no le estoy traicionando. Te estoy ayudando a hacer tu trabajo. Que también ayuda a mi hermano, aunque él sea demasiado cabezota para verlo.

Tardo un momento en asentir.

—Vale. De acuerdo. Voy a probar.

—Así me gusta. —Drake se pone en pie y me ofrece la mano—. Ahora vámonos de aquí antes de que Paige salga corriendo detrás de nosotros con más listas de cosas que decidir.

Me río, acepto su mano y dejo que tire de mí.

Caminamos por la Quinta Avenida sin rumbo fijo, disfrutando del sol de la tarde. Drake me cuenta algo sobre un cliente que quiere convertir un hotel entero en un palacio temático de los años veinte, y yo finjo prestar atención mientras mi cerebro da vueltas a lo que acaba de revelarme.

Royce Harris, el hombre más impenetrable y controlado que he conocido, tiene una pasión secreta por las estrellas.

Es casi poético, y del todo inesperado.

—Hannah. —La voz de Drake me devuelve al presente—. ¿Seguro que estás bien? Pareces… distraída.

—Estoy bien. —Sonrío—. Solo pensando en cómo voy a abordar a tu hermano con esto de la astrofísica sin que parezca que lo he estado acosando en internet.

—Improvisa. Se te da bien.

—Sí, bueno. Últimamente improvisar es mi especialidad. —Pienso en la boda falsa, en las entrevistas frustrantes, en el caos general en el que se ha convertido mi vida—. ¿Qué podría salir mal?

Drake se ríe.

—Con Royce, todo. Pero eso es lo divertido.

Nos despedimos en la esquina de la Veintitrés. Drake tiene una reunión y yo, oficialmente, el resto del día libre. Camino de vuelta a mi apartamento del West Village, esquivando turistas y neoyorquinos que van siempre con prisa.

Cuando llego a casa, me dejo caer en el sofá con el portátil sobre las piernas.

Abro Google.

Escribo: Astrofísica estelar para principiantes.

Porque si voy a hacer esto, voy a hacerlo bien.

Aunque me sienta la peor tramposa del mundo, tengo que admitir que Drake me ha dado exactamente lo que necesitaba: una forma de entrar.

Royce Harris ama las estrellas.

Y yo voy a usar eso para derribar sus muros, aunque me odie por ello después.

Paso las siguientes horas leyendo sobre nebulosas, supernovas y la formación de sistemas estelares. Mi cerebro protesta ante tanta información científica, pero no paro. No puedo.

Porque el lunes vuelvo a The Legacy.

Y esta vez, voy armada con algo más que preguntas que Royce puede esquivar.

Esta vez, tengo la llave.

Solo espero no destrozarla al intentar abrir la puerta.