CAPÍTULO 10
ROYCE
Esto es una idea pésima.
Lo supe ayer, en el restaurante tailandés, cuando Hannah me miró con esos ojos dorados retándome a aceptar y mi boca dijo que sí antes de que mi cerebro pudiera vetarlo.
Lo supe anoche, dando vueltas en la cama de mi suite mientras repasaba una por una todas las formas en que esto puede salir mal.
Y lo sé ahora, con las manos apoyadas en el escritorio y la mandíbula tan apretada que me va a doler durante horas.
La prometida de mi hermano va a escribir mi biografía.
La mujer que lleva desde que la conocí apareciendo en mis pensamientos sin permiso va a pasar los próximos meses entrevistándome, observándome, desmantelando cada muro que he construido durante años para mantener a todo el mundo a distancia.
Un idiota.
Eso es lo que soy.
Un idiota con corbata de seda y un imperio que proteger, que ha permitido que una sonrisa irónica y un par de réplicas afiladas lo desarmaran en menos de cinco minutos.
Me aprieto la nuca y miro el contrato que mi abogado ha dejado sobre mi escritorio esta mañana.
Diecisiete páginas de cláusulas de confidencialidad, control editorial absoluto y penalizaciones que harían llorar a un juez.
Es hermético. Blindado. Cada párrafo está diseñado para recordarle a Hannah que esto no es una colaboración: es un trabajo, y yo soy quien manda.
Debería bastar.
No va a bastar.
Porque el problema no es lo que ella pueda escribir. El problema es que cuando la miro, noto una presión en el pecho que no reconozco y que no me gusta nada. El problema es que llevo desde que la conozco intentando convencerme de que es solo una mujer más, y mi cuerpo se niega a creérselo.
Es la prometida de Drake.
Eso debería ser suficiente para matarme cualquier pensamiento inapropiado de raíz. Pero cuando la vi en aquel callejón, antes de saber quién era, mi primera reacción no fue racional ni controlada. Fue visceral. Un golpe directo al estómago que todavía no se ha disipado.
Y ahora voy a tenerla cerca. Sentada frente a mí, haciéndome preguntas, esperando que le abra puertas que llevo años manteniendo cerradas.
Aprieto los dientes y cojo el contrato. Si esto va a pasar, va a pasar bajo mis condiciones. Distancia. Frialdad. Nada de concesiones.
La voz de Hannah llega desde el pasillo, amortiguada por la puerta del despacho. Está hablando con Claire, mi secretaria. No distingo las palabras, pero sí el tono: cálido, cercano, con ese punto de humor que hace que todo el mundo baje la guardia con ella.
Conmigo no va a funcionar.
Me levanto, me ajusto los puños de la camisa y salgo del despacho antes de que Claire pueda anunciarla. Hannah se gira al verme, con una sonrisa a medio formar que se congela cuando cruzo la recepción sin devolverle el gesto.
—Señorita Gray. —Soy más cortante de lo que pretendía—. Sígame.
No espero a ver si obedece. Camino por el pasillo hacia la sala de reuniones del ala este, la más grande, la más impersonal, la que uso para negociaciones donde necesito que la otra parte entienda quién tiene el poder.
Mis pasos resuenan contra el mármol. Los de ella, más suaves, me siguen a dos metros de distancia.
No me vuelvo para comprobar si me está siguiendo.
Sé que sí.
Lo noto en la nuca, esa mirada que no debería afectarme y que me está quemando la piel.
Abro la puerta de la sala y me aparto para dejarla pasar.
Hannah entra y se detiene en seco. La sala es puro cristal y acero: ventanales de suelo a techo con vistas a la Quinta Avenida, una mesa de doce metros que podría albergar una junta de accionistas entera, sillas de cuero negro. Impecable. Fría. Hecha a mi medida.
Cierro la puerta a nuestra espalda y camino hasta el extremo opuesto de la mesa, donde ya he dejado preparadas dos copias del contrato. Me siento, cruzo las manos sobre la superficie de cristal y espero.
Hannah tarda tres segundos en moverse. Cuando lo hace, elige la silla más alejada de mí, en el otro extremo de la mesa. Doce metros de distancia. Bien. Mejor así.
Deslizo una de las copias hacia ella. El papel resbala sobre el cristal con un susurro suave.
—El contrato. Léalo con atención antes de firmarlo.
Ella coge el documento sin apartar los ojos de mí. Hay algo en su mirada: ¿sorpresa? ¿enfado? No. Es otra cosa. Algo más afilado.
Me está retando.
—Buenos días a usted también, señor Harris.
El sarcasmo me cruza la cara como una bofetada elegante. Me obligo a no reaccionar, a mantener la máscara en su sitio.
—Buenos días. —Señalo el contrato—. Tiene diecisiete páginas. Puede tomarse el tiempo que necesite.
Hannah baja la vista al documento y empieza a leer.
Yo finjo revisar mi copia, pero lo que hago en realidad es observarla.
Lleva el pelo castaño recogido en un moño bajo, con mechones sueltos que le caen sobre las mejillas.
Un vestido azul marino, sencillo, elegante, que se le ciñe en los sitios exactos para volverme loco.
Las manos sobre el papel, dedos largos, uñas cortas sin pintar.
Profesional. Controlada.
Hannah pasa una página. Luego otra. No dice nada, pero su expresión se va endureciendo con cada cláusula que lee.
Bien.
Que se enfade. Que entienda que esto no es un juego.
HANNAH
Este hombre es un paranoico de manual.
Llevo cinco páginas del contrato más hermético que he visto en mi vida y cada línea me deja más claro que Royce Harris no confía en mí ni un ápice.
Confidencialidad absoluta. Prohibición de grabar conversaciones sin autorización expresa.
Control editorial total: ni una sola palabra se publica sin su aprobación previa.
Penalizaciones económicas que me dejarían en la ruina incluso a mí si incumplo cualquiera de las cláusulas.
Es como si esperara que lo traicionara antes incluso de empezar.
Aprieto los dientes y sigo leyendo. Me niego a levantar la vista aunque siento su mirada sobre mí como un peso físico.
Royce no ha dejado de observarme desde que me senté.
No de forma obvia ni molesta; es más sutil que eso.
Pero lo noto. Cada vez que paso una página, cada vez que me muevo en la silla, estoy convencida de que él lo registra.
Paso otra página y me obligo a concentrarme en las palabras, no en el hombre sentado a muchos metros de distancia con las manos cruzadas sobre la mesa y esa quietud absoluta que hace que parezca tallado en mármol.
Dios.
Hasta enfadada, mi cerebro encuentra formas de traicionarme.
Porque Royce Harris con el ceño fruncido y esa mandíbula cuadrada en tensión es un problema para mi salud mental.
Y sus manos. Sus manos sobre el cristal, grandes, de dedos largos, con ese reloj de acero en la muñeca izquierda.
Manos que seguro que saben desmontar a una mujer pieza por pieza sin despeinarse.
Para.
Me muerdo el interior de la mejilla y vuelvo al contrato.
«Cláusula 9: La parte B se compromete a no revelar información personal o profesional de la parte A sin consentimiento explícito y por escrito.
» Leo la frase tres veces antes de entender lo que dice, porque mi cerebro ha decidido que es un buen momento para preguntarse si Royce Harris duerme con la corbata puesta.
Seguro que sí.
Este hombre es incapaz de relajarse ni cinco minutos.
—¿Algún problema, señorita Gray?
Su voz atraviesa la enorme distancia como un cuchillo. Levanto la vista y me encuentro con sus ojos grises clavados en mí, fríos, analíticos, sin ceder ni un milímetro.
—Ninguno. —Consigo que mi voz suene firme—. Solo estoy asegurándome de leer cada palabra. Como me ha recomendado.
Algo le cruza la cara, demasiado deprisa para saber qué. Entonces asiente una vez y vuelve a su propia copia del contrato. Yo bajo la vista al mío y finjo seguir leyendo mientras el corazón me late demasiado rápido.
Esto va a ser un infierno.
No por el contrato, que es draconiano pero justo. No por el proyecto, que sigue siendo la oportunidad más grande de mi carrera. Sino porque cada vez que Royce Harris me mira así, con esa intensidad glacial, se me tensa el estómago de una forma que no debería.
Porque estoy prometida con su hermano.
Aunque no nos amamos.
Lo cual no cambia nada, porque Drake sigue siendo mi mejor amigo y Royce sigue siendo su hermano y yo sigo sin tener ningún derecho a fijarme en la forma en que se le marcan los músculos del antebrazo cuando apoya la mano sobre el contrato.
Paso otra página. Luego otra. Las cláusulas se vuelven más técnicas: plazos de entrega, formato del manuscrito, número de revisiones permitidas. Todo detallado con lupa, sin dejar espacio para la ambigüedad.
Es brillante.
Odioso, pero brillante.
Porque Royce no ha dejado ni un resquicio por donde pueda colarle algo que él no haya autorizado. Cada palabra que escriba va a pasar por su filtro. Va a ser agotador. Frustrante. Un pulso constante entre lo que yo quiera contar y lo que él me permita contar.
Y aun así, voy a firmarlo.
Porque necesito este proyecto. Porque es la primera vez que alguien me da una oportunidad real como escritora, no como la hija de Richard Gray. Y porque una parte de mí, pequeña pero insistente, quiere descubrir qué se esconde detrás de esa coraza de hielo.
Llego a la última página. La cláusula final es simple, casi anticlimática: «La parte B acepta las condiciones establecidas en el presente documento y se compromete a cumplirlas durante la vigencia del contrato.
» Debajo, una línea para mi firma. Y al lado, la de Royce, ya estampada con una letra angulosa y firme que parece un dictamen judicial.
Levanto la vista. Él me está mirando, esperando, con una calma que me pone los nervios de punta.
—¿Satisfecha, señorita Gray?
—Profundamente. —Le dedico mi mejor sonrisa, esa que reservo para cuando alguien me subestima—. Aunque tengo que admitir que esperaba algo menos… exhaustivo.
—Exhaustivo es sinónimo de profesional. —Lo dice como quien cierra un expediente—. Si va a escribir sobre mi vida, necesito garantías de que lo hará según mis condiciones.
—Sus condiciones —repito, dejando que las palabras floten entre nosotros—. ¿Y si mis condiciones incluyen contar la verdad, no solo la versión que usted quiere vender?
Por primera vez desde que he entrado en esta sala, Royce sonríe. No es una sonrisa amable ni cálida; es afilada, casi depredadora.
—Entonces tendrá que convencerme de que su verdad merece la pena ser contada. —Se inclina apenas hacia delante, sin romper el contacto visual—. Y le advierto, señorita Gray: soy muy difícil de convencer.
El aire de la sala se carga. Porque Royce me está mirando como si ya supiera lo que pienso, y yo estoy luchando por no dejar que se me note en la cara lo mucho que me afecta esa mirada.
Cojo el bolígrafo que he sacado del bolso y lo hago girar entre los dedos para ganar tiempo.
—Pues tendrá que acostumbrarse a que lo sorprendan, señor Harris. Porque no pienso escribir un panfleto publicitario.
—No espero que lo haga. —Se recuesta en la silla y cruza los brazos sobre el pecho—. Espero que haga su trabajo. Profesionalmente.
Ahí está otra vez esa palabra: profesional. Como si fuera un mantra que necesita repetirse para mantenernos a ambos en nuestro sitio.
Bajo la vista al contrato y firmo en la línea indicada. Mi letra, redondeada y algo caótica al lado de la suya, parece fuera de lugar. Como si no perteneciéramos al mismo documento. Al mismo mundo.
Deslizo el papel de vuelta por la mesa. Royce lo coge, lo revisa con una mirada rápida y eficiente, y lo guarda en una carpeta de cuero negro que tiene a su lado.
—Todo en orden. —Se levanta, y yo hago lo mismo, como un resorte—. Empezaremos el lunes. Ocho de la mañana. No llegue tarde.
Ocho de la mañana.
Este hombre es un sádico.
—Llegaré a las ocho en punto. —Me cuelgo el bolso del hombro y rodeo la mesa gigantesca. Cuando llego a su altura, me detengo. Él no retrocede, pero tampoco se acerca. Simplemente me mira, con una expresión inescrutable, entrenada en años de negociaciones.
—Que tenga un buen día, señorita Gray.
Es una despedida. Clara, firme, sin espacio para prolongar la conversación.
Salgo de la sala con las piernas menos firmes de lo que me gustaría y el contrato firmado ardiendo en mi memoria como una sentencia.
Royce Harris acaba de convertirse en mi jefe.
Voy a pasar los próximos meses trabajando para el hombre que me desordena la respiración con una mirada. El hermano de mi prometido. El tipo más hermético, controlador y frustrante que he conocido en mi vida.
Llego al ascensor y pulso el botón de la planta baja más veces de las que hacen falta.
¿Es solo mi impresión o cada día que pasa tomo peores decisiones?